Masuk—Aquí tiene la reestructuración de la cartera de clientes, señor director —dije, colocando la carpeta de cuero sobre su escritorio con la espalda recta y la voz perfectamente neutral.
Gabriel ni siquiera levantó la vista del monitor. Traía las mangas de la camisa enrolladas y la corbata floja. —Déjala ahí. ¿Ya revisaste los números de la sede de Miami? —Están listos. Le envié el informe a su correo a las cuatro de la tarde. Si no necesita nada más, me retiro a mi cubículo. Él se detuvo. Subió la mirada despacio, recorriéndome con esos ojos oscuros que me hacían hervir la sangre. —¿A qué viene esa actitud tan distante, Elena? —A que soy su analista financiera, señor director. Vine a trabajar, no a jugar. —Ah, claro. Ayer en San Francisco no estabas tan preocupada por las etiquetas corporativas. Sentí el golpe directo en el estómago. Apreté los puños a los costados para que no notara cómo me temblaban las manos. —Lo de ayer fue un grave error que no se va a volver a repetir —sentencié, sosteniéndole la mirada—. A partir de hoy, nuestra relación es estrictamente profesional. Si me habla, que sea de números, balances o proyectos. Gabriel soltó una risa sorda, carente de humor. Se echó hacia atrás en su sillón ejecutivo. —¿Un error? Vaya, qué fácil es para ti ponerte la máscara de empleada perfecta de nuevo. —No es ninguna máscara. Es la realidad. Respeto mi trabajo y no voy a permitir que esto arruine mi carrera. —Nadie va a arruinar tu carrera. —Usted lo está haciendo. Me arrastra, me cela, me humilla delante de todos y luego espera que me rinda a sus pies. Se acabó, Gabriel. Pongo un límite claro aquí y ahora. —A mí nadie me pone límites, Elena. Y menos tú. —Pues acostúmbrese, porque no pienso volver a ceder. Con su permiso. Me di la vuelta sobre mis tacones y salí de su despacho antes de que pudiera responder. Durante el resto de la jornada me dediqué a enterrar la cabeza en las hojas de cálculo, ignorando los murmullos de los pasillos. A las siete en punto recogí mis cosas, tomé un taxi y regresé a mi apartamento. Necesitaba respirar lejos de su sombra. Me di un baño largo, me puse un camisón sencillo de seda blanca y me preparé una taza de té. Mi madre siempre decía: «El hombre que quiere dominarte por la fuerza se retrata solo en su desesperación». Tenía razón. Tenía que mantenerme firme. A las doce y diez de la noche, tres golpes secos y pesados retumbaron en la puerta de mi apartamento. Me sobresalté, casi tirando la taza sobre el sofá. Caminé hacia la entrada con el corazón latiéndome desbocado. —¿Quién es? —pregunté desde el otro lado, sujetando el pomo con fuerza. —Abre la puerta, Elena. Era la voz de Gabriel. Rasposa, profunda y teñida de alcohol. —¿Está loco? Son más de las doce de la noche. Váyase de aquí. —No me voy a ir a ninguna parte. O abres tú o llamo al cerrajero del edificio para que eche la puerta abajo. —¡No se atreva! Va a hacer un escándalo. —Pruébame. Tienes tres segundos. Giré el seguro a la prisa y abrí la puerta un par de pulgadas, furiosa. —¿Qué demonios quiere? Esto es un acoso inaceptable. Gabriel empujó la puerta con la palma de la mano, colándose en mi recibidor antes de que pudiera reaccionar. Olía a whisky caro y a ese perfume de sándalo que me quemaba la memoria. Venía sin saco, con los dos primeros botones de la camisa abiertos y el cabello despeinado. —Se acabó tu teatrito de la oficina —dijo, cerrando la puerta de un portazo a sus espaldas. —¡Salga de mi casa ahora mismo o llamo a la policía! —le grité, dando un paso atrás. —Llama a quien quieras. No me voy a mover de aquí hasta que me digas la verdad. —¿Qué verdad? ¡Le dije todo muy claro esta tarde! Nuestra relación es laboral y no hay nada más de qué hablar. —Tú no me puedes mirar a los ojos y decirme que no me deseas —dijo él, acortando la distancia hasta tenerme a centímetros—. Todo el santo día estuve viéndote caminar con ese traje gris, fingiendo que no existo. ¿Crees que soy imbécil? —¡Creo que es un ególatra que no tolera que una mujer le diga que NO! —Tus labios me dicen que no, pero tus ojos me piden que te abra la ropa a tirones. —¡Es usted un cínico prepotente! Gabriel me agarró de la cintura con una fuerza desmedida, pegando mi cuerpo al suyo. Sentí la dureza de sus músculos atravesando la fina tela de mi camisón. —Suéltame, Gabriel... —supliqué, pero la voz me salió en un hilo sin fuerza. —Vine a hacerte una propuesta. Una propuesta indecente. —No me interesa ninguna de sus propuestas. —Escúchame bien —susurró, inclinándose hasta rozar sus labios con mi oreja—. Te voy a multiplicar el sueldo por tres. Te voy a dar las acciones del fondo de inversión de Miami y la vicepresidencia de análisis financiero en seis meses. Lo miré horrorizada, sintiendo que la sangre se me congelaba en las venas. —¿Me está intentando comprar? ¿Piensa que soy una prostituta? —No te estoy comprando, te estoy pagando lo que vales en la empresa. Pero a cambio, quiero exclusividad total. —¿Exclusividad? —Vas a ser mía. En la oficina, en mi rascacielos, en tu apartamento o donde a mí se me dé la gana tocarte. No vas a mirar a ningún otro hombre, no vas a cenar con nadie y no vas a ponerme límites ridículos nunca más. —¡Es un asqueroso! —le espeté, soltándole una bofetada sonora que le giró el rostro hacia un lado. El silencio en el recibidor fue aplastante. Gabriel se quedó inmóvil unos segundos, apoyando la lengua contra la parte interna de su mejilla. Lentamente volvió la cabeza hacia mí. Sus ojos inyectados en furia y deseo brillaban en la penumbra. —¿Te hizo sentir mejor pegarme? —preguntó con voz peligrosamente tranquila. —Salga de mi casa... —dije, temblando de rabia y miedo. —No me voy. Se abalanzó sobre mí, tomándome las dos muñecas con una sola mano y sujetándolas por encima de mi cabeza contra la pared. Con la otra mano agarró el escote de mi camisón de seda y lo rasgó hasta la cintura con un sonido seco. —¡Gabriel, no! —grité, intentando zafarme. —Dijiste que querías poner límites, ¿no? Inténtalo ahora, Elena. Me clavó la boca en un beso voraz, muerdiéndome los labios hasta sacarme un gemido de dolor y placer mezclados. La rabia de su humillación y el fuego de su toque se combinaron en mis entrañas, traicionándome de nuevo. Intenté patalear, pero él metió su pierna entre las mías, inmovilizándome por completo. —Dime que me odias —murmuró contra mi boca, bajando sus besos hacia mi cuello expuesto. —Lo odio... lo detesto con toda mi alma... —Dímelo otra vez mientras te tomo en el suelo de tu casa. —Es un monstruo... —Un monstruo que te vuelve loca. Gabriel me soltó las muñecas y bajó las manos a mis caderas, levantándome en el aire para pegarme a la pared. Se desabrochó el pantalón a la prisa, me abrió las piernas y me penetró de un solo golpe violento que me sacó un alarido al aire. El impacto retumbó en la pared. Me aferré a sus hombros desnudos, clavándole las uñas en la piel mientras él empezaba a embestirme con un ritmo frenético y descontrolado. Cada estocada en mi interior borraba mis límites, mi dignidad y mis palabras de la tarde. —Mírame, Elena —me ordenó, jadeando sobre mi rostro. —No... no puedo... —¡Que me mires! Le sostuve la mirada. Veía la locura en sus ojos, la rabia de la bofetada y la desesperación de un hombre que no sabía cómo tenerme sin destruirme. —Nadie te va a pagar lo que yo te pago —dijo él entre embestidas—. Nadie te va a tocar como yo te toco. —Eres un maldito demonio... —gemí, sintiendo cómo el clímax comenzaba a formarse en mi vientre con una fuerza insoportable. —Y tú eres mi perdición. Aceleró el paso, golpeándome contra la pared en un ritmo violento que hacía crujir el marco de la puerta. Mis piernas se apretaron alrededor de su cintura por instinto. El calor me abrasó el cuerpo entero. —¡Gabriel! ¡Ya no aguanto más! —grité al borde del abismo. —¡Correte conmigo, Elena! ¡Dime que eres mía! —¡Soy tuya! ¡Maldita sea, soy tuya! El orgasmo me explotó adentro como un latigazo eléctrico, haciéndome convulsionar sobre su cuerpo. Gabriel soltó un rugido sordo, se hundiéndose hasta el fondo de mi vientre y derramándose por completo dentro de mí con una sacudida larga que lo dejó sin aliento. Nos quedamos colapsados contra la pared, respirando agitadamente en la penumbra. Él me sostuvo unos segundos más antes de dejarme caer lentamente sobre mis pies. Tenía el camisón destruido y el cuerpo marcado por sus dedos. Gabriel se reacomodó el pantalón, se pasó la mano por el cabello despeinado y sacó un cheque en blanco de su bolsillo posterior, tirándolo sobre la mesa del recibidor. —Mañana te quiero a las ocho en la oficina. Firmas el contrato de vicepresidencia y dejamos este asunto cerrado —dijo, mirando mi cuerpo desnudo con una frialdad absoluta. Lo miré con las lágrimas bordándole los ojos, sin aliento para responder. —Esto es lo que somos, Elena. Deja de pelear contra lo inevitable —sentenció. Salió de mi apartamento cerrando la puerta tras de sí, dejándome a solas en el piso, rota, humillada y sabiendo que jamás podría volver a escapar de él.—Si mueven esa tasa de retorno al cuatro por ciento, el grupo inversor asiático retirará su capital en menos de seis meses —dije, apoyando el puntero láser sobre el gráfico del gran proyector en la sala de juntas.El salón principal de la corporación estaba abarrotado. Directores de finanzas, abogados corporativos y tres de los principales socios minoritarios seguían cada una de mis palabras en absoluto silencio. A la cabeza de la mesa ovalada, Gabriel no apartaba la mirada de mí. Tenía la pluma estilográfica suspendida entre los dedos, con la chaqueta desabrochada y esa expresión indescifrable que solía imponer terror en cualquiera, menos en mí.—El análisis de la señorita Gómez es demasiado arriesgado —interrumpió el abogado del consorcio, hojeando las carpetas con nerviosismo—. Las cláusulas de penalización nos cubren ante cualquier retiro anticipado.—Las cláusulas no cubren una fuga masiva de activos si el mercado asiático se desestabiliza en el tercer trimestr
—¿Vas a beberte esa copa o solo la sostienes para tener algo en la mano? —preguntó Gabriel mientras dejaba la botella de vino sobre la mesa de centro.—La sostengo para no temblar —admití.Me recosté contra los cojines del sofás de cuero. La luz de la ciudad entraba por los ventanales del penthouse, proyectando sombras largas y doradas sobre el suelo de mármol.—No tienes por qué temblar aquí —dijo él, sentándose a mi lado—. Estás a salvo, Elena.—Nunca estoy a salvo contigo, Gabriel. Tú eres la amenaza.Gabriel soltó una risa amarga y se pasó una mano por el cabello, despeinándose un poco.—Siempre me ves como al monstruo de la historia, ¿verdad? El jefe tirano, el hombre que te acorrala, el tipo que destruye tus planes.—Tú te encargaste de construir esa imagen. Rompiste mi carta de renuncia en mi cara esta mañana. Me dijiste que si renunciaba ibas a comprar la empresa donde pidiera trabajo solo para seguir siendo mi jefe. ¿Cómo quieres que te vea?—Como a un hombre desesperado —res
—Los números proyectados para el tercer trimestre reflejan un crecimiento del veintidós por ciento en la división de activos internacionales —expliqué frente a la pantalla táctil de la sala de juntas, manteniendo el tono firme y profesional que exigían los inversores europeos.A mi lado, Gabriel permanecía sentado en el sillón principal de cuero negro, con los codos apoyados sobre la caoba de la mesa y las manos entrelazadas frente al mentón. Nadie en esa habitación de paredes vidriadas y aire acondicionado gélido imaginaba lo que había pasado en su despacho apenas una hora antes. Nadie sabía que mi carta de renuncia yacía hecha jirones en el fondo de su papelera, ni que la tensión entre nosotros era una bomba a punto de detonar.—El análisis de riesgo que presenta la señorita Elena es impecable como siempre —comentó el señor Alarcón, el inversor principal, ajustándose las gafas con una sonrisa de aprobación—. Tienen mi visto bueno para liberar los fondos del fideicomiso.—Agradecemos
Entré a su despacho sin tocar la puerta. Gabriel estaba de espaldas, mirando la ciudad a través del ventanal con las manos metidas en los bolsillos del pantalón. La luz tibia de la mañana le marcaba la línea mandíbula, dura y tensa, como si no hubiera dormido en toda la noche. Al escuchar mis pasos, se giró despacio.—No tengo tiempo para rodeos hoy, Elena —dijo con esa voz fría que usaba cuando quería poner distancia—. Tenemos la reunión con los inversores en dos horas.—Esto no va a tomar más de dos minutos —respondí.Avancé hasta su escritorio de cristal y coloqué la carta justo en el centro. El sobre blanco destacaba contra la superficie limpia. Gabriel bajó la mirada, vio el papel y volvió a fijar sus ojos oscuros en los míos. Una ceja se le elevó imperceptiblemente.—¿Qué es esto?—Mi renuncia. Firma el recibido para que Recursos Humanos procese mi salida hoy mismo.Gabriel se quedó inmóvil. El silencio en la oficina se volvió pesado, espeso, cortado únicamente por el zumbido su
El taconeo fino resonó con fuerza en el piso de mármol de mi despacho antes de que la puerta se abriera de golpe. —¿No te enseñaron a tocar antes de entrar, o es que tu estatus de empleada te da privilegios especiales? —dije sin levantar la vista de la pantalla de mi computadora. —No necesito pedir permiso para entrar a un lugar que le pertenece a la familia de mi futuro esposo, querida —respondió una voz aguda, cargada de desprecio. Alcé la cabeza lentamente. Valeria estaba de pie en el centro de mi oficina, luciendo un vestido de diseñador color crema, lentes de sol oscuros en la cabeza y un bolso que costaba más que mi sueldo de seis meses. —Valeria. Qué sorpresa —dije, apoyando las manos sobre el escritorio con serenidad—. Gabriel no está en este piso. Subió a la sala de conferencias con la junta directiva. —No vine a ver a Gabriel —dijo, dando dos pasos lentos hacia mi escritorio, mirándome de arriba abajo con asco—. Vine a verte a ti, Elena. —Pues lamento decirte que
—Señores miembros del directorio —dijo Gabriel, de pie en la cabecera de la mesa de caoba, con el traje impecable y la voz firme como una sentencia—. Les presento a la señorita Elena, nuestra Directora Adjunta de Proyectos. Ella expondrá la reestructuración financiera que garantizará el control de la firma este trimestre. Los doce hombres maduros sentados en la sala de juntas de la planta ejecutiva giraron sus miradas hacia mí. Todos vestían trajes oscuros, con rostros serios y miradas desconfiadas. —Buenos días a todos —dije, levantándome de mi asiento a la derecha de Gabriel. Me acomodé el saco del traje sastre blanco. Apreté el control del proyector en mi mano derecha, intentando disimular el temblor de mis dedos. —Como pueden observar en la pantalla —continué, apuntando al gráfico interactivo—, las pérdidas operativas del departamento de activos internacionales no son consecuencia de una mala gestión interna, sino de una fuga sistemática de capitales canalizada a través







