FAZER LOGIN"Una noche de pasión en el rascacielos. Un diagnóstico que destruye todo. Un amor por el que vale la pena morir." Elena es una brillante analista financiera que solo busca triunfar por sus propios méritos. Gabriel es el Director Ejecutivo de la corporación: frío, implacable, inalcanzable... y peligrosamente obsesionado con ella. Lo que comenzó como miradas furtivas en las reuniones directivas estalla una noche a solas en la sala de juntas, desencadenando una pasión clandestina, voraz y sin frenos. Pero mientras Elena se hunde en los brazos del hombre que domina su cuerpo y su razón, un enemigo invisible amenaza con destruirla: una enfermedad mortal diagnosticada en secreto. Decidida a no ser una carga, Elena intentará alejarlo, pero Gabriel no es un hombre que acepte un "no" por respuesta. Y cuando un embarazo inesperado aparezca en medio de la tragedia, ella deberá tomar la decisión más desgarradora de su vida: elegir entre el tratamiento que salvaría su vida o traer al mundo al fruto del amor más pasional y trágico que jamás existió.
Ver maisEl zumbido del aire acondicionado me recordaba lo sola que estaba en el piso cuarenta y dos. Eran más de las ocho de la noche. Me pasé la mano por la nuca, intentando aliviar la tensión mientras ordenaba los balances financieros sobre la mesa de cristal. Recordé el primer día que entré a esta empresa, cuando juré que jamás dejaría que un hombre interfiriera en mi carrera. Qué ilusa fui.
Escuché los pasos firmes en el pasillo. El corazón se me aceleró de inmediato. Aunque intenté concentrarme en los números enfrente de mí, mi mente quedó completamente atrapada por el ritmo deliberado de sus zapatos sobre el mármol. Mi respiración se volvió corta antes de tenerlo a la vista. —¿Todavía no has terminado, Elena? —preguntó Gabriel desde la puerta. Se había quitado el saco. Traía la camisa blanca arremangada y el primer botón suelto. Me negué a mirarlo fijamente, bajando la vista al papel con determinación, pero mi mirada periférica traicionera se descontroló: me fijé en la firmeza de sus antebrazos, en el movimiento de su nuez de Adán al hablar y en la línea marcada de sus hombros. Tuve que forzarme a parpadear y desviar los ojos hacia la ventana para no delatarme. —Faltan los anexos del mercado bursátil. Quería dejarlos listos antes de primera hora —respondí con voz seca. —Eso puede esperar. Te dije claramente que la jornada terminó a las siete. —Los accionistas no esperan, señor director. Si el informe se retrasa, la responsabilidad será mía. Gabriel caminó despacio alrededor de la mesa. Aunque no lo miraba de frente, el sonido de su andar me erizaba la piel. Cada paso suyo rompía mi intento de mantener la calma; intentaba repasar mentalmente las cifras en mi cabeza, pero mi concentración estaba destruida. —Deja de usar ese tono corporativo. Estamos solos —dijo, deteniéndose justo detrás de mí. Me obligué a construir un muro mental. Me repetí a mí misma que yo era una profesional, que él no me afectaba en absoluto y que podía dominar la situación. Ajusté la postura, me congelé por dentro y me autodesensibilicé antes de reaccionar. —Aquí sigo siendo su analista y usted mi jefe. No hay motivo para cambiar el trato —dije, dándome la vuelta con rapidez para encararlo. Quedamos a centímetros. El calor de su cuerpo atravesó mi blusa de seda, desmontando en un segundo la fría seguridad que me había prometido sostener. —Estás temblando, Elena. Llevamos semanas en este juego. ¿Vas a seguir fingiendo que no te estás quemando por dentro? —No sé de qué habla. Por favor, déjeme pasar —dije, intentando dar un paso al costado. Pero internamente me estaba maldiciendo. Me daba rabia la tembladera de mis manos, me daba rabia saber que la cercanía de su pecho me dejaba sin aliento y que por más que me dijera que debía odiar su prepotencia, mi cuerpo respondía a su presencia. —No te vas a ir hasta que me digas la verdad —sentenció Gabriel. Su negativa fue el detonante. Toda la tensión reprimida durante semanas, la lucha entre mi orgullo profesional y esta atracción salvaje que no podía controlar, terminó por desbordarme. La impotencia de no poder dominarme a mí misma se convirtió en fuego puro. —¿Qué verdad quiere escuchar? —le espeté, sintiendo que la rabia y el deseo me nublaban definitivamente el juicio—. ¿Que me vuelve loca la forma en que me mira delante de todos? ¿Que no puedo concentrarme cuando entra a mi oficina? ¿Eso quería oír? —Quiero oír que me deseas tanto como yo a ti. Esa confesión destruyó la poca cordura que me quedaba. Recordé cada noche que pasé en blanco imaginando este momento, odiándolo por tener tanto poder sobre mí. —Es un maldito arrogante —susurré. Le agarré la solapa de la camisa y tiré de él hacia mí. Lo besé con rabia, con una desesperación que llevaba meses atragantada en mi garganta. Gabriel soltó un gruñido sordo y me agarró de la cintura. De un solo impulso me levantó y me sentó sobre el borde de la mesa de conferencias. Las carpetas salieron volando al suelo. —Dímelo otra vez, Elena —murmuró contra mi cuello, bajando la cremallera de mi vestido con prisa—. Dime que esto es una equivocación. —Es una locura... si alguien entra... —gemí, perdiendo el aliento cuando sus labios bajaron a mi escote. —Nadie va a entrar. La puerta está cerrada y la seguridad responde ante mí. Sus manos bajaron por mis muslos, empujando mi ropa interior hacia un lado. La frialdad de la mesa de cristal contrastó con el ardor de su cuerpo cuando se posicionó entre mis piernas. Se acomodó y me penetró de una sola estocada firme y profunda. Un grito se me ahogó en la garganta. Me aferré a sus hombros anchos mientras él se congelaba un segundo dentro de mí, mirando mis ojos con una intensidad que me helaba la sangre. —Eres mía, Elena —dijo con voz rasposa—. No intentes volver a huir de mí en esta oficina. —No hables... solo hazlo —le exigí, rodeando su cadera con mis piernas. Gabriel empezó a moverse con fuerza, marcando un ritmo violento y constante que hacía retumbar la mesa. Recordé las advertencias de mi madre sobre los hombres con poder, pero en este momento no me importaba nada. El placer me recorría el cuerpo como una descarga eléctrica. Clavé mis uñas en su espalda sintiendo sus músculos contraerse a cada embestida. —Me estás destruyendo la vida, Elena —jadeó él, acelerando el paso sin quitarme la mirada de encima. —Tú me destruiste a mí primero —respondí al borde del colapso. El clímax me atrapó de golpe. Sentí una sacudida intensa que me dejó sin aire mientras me apretaba contra él. Gabriel soltó un rugido ahogado al sentir mis espasmos y se derramó por completo dentro de mí con unos últimos movimientos profundos. Nos quedamos abrazados unos minutos, escuchando nuestras respiraciones agitadas. Él escondió su rostro en mi cuello, sujetándome como si temiera que me fuera a escapar. Poco a poco se apartó y se reacomodó el pantalón. Luego se acercó y me abrochó la blusa con una delicadeza que no parecía suya. —Mañana a las ocho quiero el informe en mi escritorio —dijo, intentando recuperar su postura de jefe implacable. Me acomodé la falda con las manos temblorosas y lo miré desde la mesa. —Sí, señor director. El informe estará a tiempo. Se giró hacia la puerta, pero antes de salir me miró sobre su hombro. —Esto apenas empieza, Elena. Mañana no seremos los mismos. Salió del despacho dejándome a solas entre los papeles regados. Me toque los labios hinchados y supe que a partir de esta noche ya nada volvería a ser igual.—¿Vas a beberte esa copa o solo la sostienes para tener algo en la mano? —preguntó Gabriel mientras dejaba la botella de vino sobre la mesa de centro.—La sostengo para no temblar —admití.Me recosté contra los cojines del sofás de cuero. La luz de la ciudad entraba por los ventanales del penthouse, proyectando sombras largas y doradas sobre el suelo de mármol.—No tienes por qué temblar aquí —dijo él, sentándose a mi lado—. Estás a salvo, Elena.—Nunca estoy a salvo contigo, Gabriel. Tú eres la amenaza.Gabriel soltó una risa amarga y se pasó una mano por el cabello, despeinándose un poco.—Siempre me ves como al monstruo de la historia, ¿verdad? El jefe tirano, el hombre que te acorrala, el tipo que destruye tus planes.—Tú te encargaste de construir esa imagen. Rompiste mi carta de renuncia en mi cara esta mañana. Me dijiste que si renunciaba ibas a comprar la empresa donde pidiera trabajo solo para seguir siendo mi jefe. ¿Cómo quieres que te vea?—Como a un hombre desesperado —res
—Los números proyectados para el tercer trimestre reflejan un crecimiento del veintidós por ciento en la división de activos internacionales —expliqué frente a la pantalla táctil de la sala de juntas, manteniendo el tono firme y profesional que exigían los inversores europeos.A mi lado, Gabriel permanecía sentado en el sillón principal de cuero negro, con los codos apoyados sobre la caoba de la mesa y las manos entrelazadas frente al mentón. Nadie en esa habitación de paredes vidriadas y aire acondicionado gélido imaginaba lo que había pasado en su despacho apenas una hora antes. Nadie sabía que mi carta de renuncia yacía hecha jirones en el fondo de su papelera, ni que la tensión entre nosotros era una bomba a punto de detonar.—El análisis de riesgo que presenta la señorita Elena es impecable como siempre —comentó el señor Alarcón, el inversor principal, ajustándose las gafas con una sonrisa de aprobación—. Tienen mi visto bueno para liberar los fondos del fideicomiso.—Agradecemos
Entré a su despacho sin tocar la puerta. Gabriel estaba de espaldas, mirando la ciudad a través del ventanal con las manos metidas en los bolsillos del pantalón. La luz tibia de la mañana le marcaba la línea mandíbula, dura y tensa, como si no hubiera dormido en toda la noche. Al escuchar mis pasos, se giró despacio.—No tengo tiempo para rodeos hoy, Elena —dijo con esa voz fría que usaba cuando quería poner distancia—. Tenemos la reunión con los inversores en dos horas.—Esto no va a tomar más de dos minutos —respondí.Avancé hasta su escritorio de cristal y coloqué la carta justo en el centro. El sobre blanco destacaba contra la superficie limpia. Gabriel bajó la mirada, vio el papel y volvió a fijar sus ojos oscuros en los míos. Una ceja se le elevó imperceptiblemente.—¿Qué es esto?—Mi renuncia. Firma el recibido para que Recursos Humanos procese mi salida hoy mismo.Gabriel se quedó inmóvil. El silencio en la oficina se volvió pesado, espeso, cortado únicamente por el zumbido su
El taconeo fino resonó con fuerza en el piso de mármol de mi despacho antes de que la puerta se abriera de golpe. —¿No te enseñaron a tocar antes de entrar, o es que tu estatus de empleada te da privilegios especiales? —dije sin levantar la vista de la pantalla de mi computadora. —No necesito pedir permiso para entrar a un lugar que le pertenece a la familia de mi futuro esposo, querida —respondió una voz aguda, cargada de desprecio. Alcé la cabeza lentamente. Valeria estaba de pie en el centro de mi oficina, luciendo un vestido de diseñador color crema, lentes de sol oscuros en la cabeza y un bolso que costaba más que mi sueldo de seis meses. —Valeria. Qué sorpresa —dije, apoyando las manos sobre el escritorio con serenidad—. Gabriel no está en este piso. Subió a la sala de conferencias con la junta directiva. —No vine a ver a Gabriel —dijo, dando dos pasos lentos hacia mi escritorio, mirándome de arriba abajo con asco—. Vine a verte a ti, Elena. —Pues lamento decirte que


















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