LOGIN"Una noche de pasión en el rascacielos. Un diagnóstico que destruye todo. Un amor por el que vale la pena morir." Elena es una brillante analista financiera que solo busca triunfar por sus propios méritos. Gabriel es el Director Ejecutivo de la corporación: frío, implacable, inalcanzable... y peligrosamente obsesionado con ella. Lo que comenzó como miradas furtivas en las reuniones directivas estalla una noche a solas en la sala de juntas, desencadenando una pasión clandestina, voraz y sin frenos. Pero mientras Elena se hunde en los brazos del hombre que domina su cuerpo y su razón, un enemigo invisible amenaza con destruirla: una enfermedad mortal diagnosticada en secreto. Decidida a no ser una carga, Elena intentará alejarlo, pero Gabriel no es un hombre que acepte un "no" por respuesta. Y cuando un embarazo inesperado aparezca en medio de la tragedia, ella deberá tomar la decisión más desgarradora de su vida: elegir entre el tratamiento que salvaría su vida o traer al mundo al fruto del amor más pasional y trágico que jamás existió.
View MoreCapítulo 1
Escuché los pasos firmes en el pasillo. El corazón se me aceleró de inmediato. Aunque intenté concentrarme en los números enfrente de mí, mi mente quedó completamente atrapada por el ritmo deliberado de sus zapatos sobre el mármol. Mi respiración se volvió corta antes de tenerlo a la vista. —¿Todavía no has terminado, Elena? —preguntó Gabriel desde la puerta. Se había quitado el saco. Traía la camisa blanca arremangada y el primer botón suelto. Me negué a mirarlo fijamente, bajando la vista al papel con determinación, pero mi mirada periférica traicionera se descontroló: me fijé en la firmeza de sus antebrazos, en el movimiento de su nuez de Adán al hablar y en la línea marcada de sus hombros. Tuve que forzarme a parpadear y desviar los ojos hacia la ventana para no delatarme. —Faltan los anexos del mercado bursátil. Quería dejarlos listos antes de primera hora —respondí con voz seca. —Eso puede esperar. Te dije claramente que la jornada terminó a las siete. —Los accionistas no esperan, señor director. Si el informe se retrasa, la responsabilidad será mía. Gabriel caminó despacio alrededor de la mesa. Aunque no lo miraba de frente, el sonido de su andar me erizaba la piel. Cada paso suyo rompía mi intento de mantener la calma; intentaba repasar mentalmente las cifras en mi cabeza, pero mi concentración estaba destruida. —Deja de usar ese tono corporativo. Estamos solos —dijo, deteniéndose justo detrás de mí. Me obligué a construir un muro mental. Me repetí a mí misma que yo era una profesional, que él no me afectaba en absoluto y que podía dominar la situación. Ajusté la postura, me congelé por dentro y me autodesensibilicé antes de reaccionar. —Aquí sigo siendo su analista y usted mi jefe. No hay motivo para cambiar el trato —dije, dándome la vuelta con rapidez para encararlo. Quedamos a centímetros. El calor de su cuerpo atravesó mi blusa de seda, desmontando en un segundo la fría seguridad que me había prometido sostener. —Estás temblando, Elena. Llevamos semanas en este juego. ¿Vas a seguir fingiendo que no te estás quemando por dentro? —No sé de qué habla. Por favor, déjeme pasar —dije, intentando dar un paso al costado. Pero internamente me estaba maldiciendo. Me daba rabia la tembladera de mis manos, me daba rabia saber que la cercanía de su pecho me dejaba sin aliento y que por más que me dijera que debía odiar su prepotencia, mi cuerpo respondía a su presencia. —No te vas a ir hasta que me digas la verdad —sentenció Gabriel. Su negativa fue el detonante. Toda la tensión reprimida durante semanas, la lucha entre mi orgullo profesional y esta atracción salvaje que no podía controlar, terminó por desbordarme. La impotencia de no poder dominarme a mí misma se convirtió en fuego puro. —¿Qué verdad quiere escuchar? —le espeté, sintiendo que la rabia y el deseo me nublaban definitivamente el juicio—. ¿Que me vuelve loca la forma en que me mira delante de todos? ¿Que no puedo concentrarse cuando entra a mi oficina? ¿Eso quería oír? —Quiero oír que me deseas tanto como yo a ti. Esa confesión destruyó la poca cordura que me quedaba. Recordé cada noche que pasé en blanco imaginando este momento, odiándolo por tener tanto poder sobre mí. —Es un maldito arrogante —susurré. Le agarré la solapa de la camisa y tiré de él hacia mí. Lo besé con rabia, con una desesperación que llevaba meses atragantada en mi garganta. Gabriel soltó un gruñido sordo y me agarró de la cintura. De un solo impulso me levantó y me sentó sobre el borde de la mesa de conferencias. Las carpetas salieron volando al suelo. —Dímelo otra vez, Elena —murmuró contra mi cuello, buscando la cercanía de mi piel con prisa—. Dime que esto es una equivocación. —Es una locura... si alguien entra... —gemí, perdiendo el aliento cuando sus labios rozaron la curva de mi hombro. —Nadie va a entrar. La puerta está cerrada y la seguridad responde ante mí. Sus manos me sostuvieron con firmeza, acortando cualquier distancia mientras la intensidad del momento nos envolvía por completo. La atmósfera entre nosotros se volvió un torbellino de emociones contenidas que finalmente estallaban sin freno. —Eres mía, Elena —dijo con voz rasposa, mirándome a los ojos con una pasión que me arrebataba el aliento—. No intentes volver a huir de mí en esta oficina. —No hables... solo bésame —le exigí, rodeando su cadera con mis piernas y sintiendo que el mundo exterior dejaba de existir. Gabriel profundizó el abrazo, marcando un ritmo de entrega absoluta que aceleraba nuestros latidos al límite. Recordé las advertencias de mi madre sobre los hombres con poder, pero en este instante no me importaba nada. El vértigo del deseo nos consumía por completo. Clavé mis uñas en su espalda sintiendo la fuerza de cada uno de sus movimientos. —Me estás destruyendo la vida, Elena —jadeó él, sin apartar su mirada encendida de la mía. —Tú me destruiste a mí primero —respondí al borde del colapso emocional. El deseó nos atrapó de golpe en un torrente compartido, una sacudida intensa que nos dejó sin aire mientras nos aferrábamos el uno al otro. Gabriel soltó un suspiro hondo contra mi frente, deteniendo el tiempo mientras recuperábamos el aliento con lentitud. Nos quedamos abrazados unos minutos, escuchando nuestras respiraciones agitadas. Él escondió su rostro en mi cuello, sujetándome como si temiera que me fuera a escapar. Poco a poco se apartó y se reacomodó el pantalón. Luego se acercó y me abrochó la blusa con una delicadeza que no parecía suya. —Mañana a las ocho quiero el informe en mi escritorio —dijo, intentando recuperar su postura de jefe implacable. Me acomodé la falda con las manos temblorosas y lo miré desde la mesa. —Sí, señor director. El informe estará a tiempo. Se giró hacia la puerta, pero antes de salir me miró sobre su hombro. —Esto apenas empieza, Elena. Mañana no seremos los mismos. Salió del despacho dejándome a solas entre los papeles regados. Me toque los labios hinchados y supe que a partir de esta noche ya nada volvería a ser igual.—Gabriel, no quiero ver otra pared blanca —dije, mirando el techo de la habitación—. No puedo más con el olor a desinfectante. —Elena, la doctora Vargas dejó muy claro que no te puedes mover de la cama —respondió Gabriel, acomodándome la cánula de oxígeno con los dedos temblorosos—. La saturación apenas se mantiene estable. —Solo quiero ver el cielo una vez más, Gabriel. Por favor. Un rato fuera de este encierro. —Es muy peligroso, mi amor. Si te falta el aire en la calle... —Me estoy ahogando aquí adentro de todas formas —le interrumpí, tomándole la mano con las pocas fuerzas que me quedaban—. Cumpleme este capricho, te lo suplico. Necesito respirar aire limpio contigo. Gabriel se quedó en silencio varios segundos, apretando la mandíbula mientras me miraba a los ojos. Soltó un suspiro largo y se pasó la mano por la cara. —Está bien —cedió en un murmullo—. Voy a hablar con Vargas. Pe
Un silbido ahogado me salió del pecho al intentar tomar aire. Cada inspiración profunda se sentía como si mil agujas me atravesaran el costado izquierdo. Me acomodé hacia adelante, apretando la bata contra las costillas, pero el dolor no cedióa. El monitor de saturación comenzó a pitar con insistencia, marcando números cada vez más bajos.Gabriel entró a la habitación con una jarra de agua en la mano. Al ver la pantalla parpadear en rojo, dejó la jarra de golpe sobre la mesa auxiliar y corrió hacia la cama.—¡Elena! ¿Qué te pasa? ¿No puedes respirar? —pregunto alarmado, tomándome por las axilas para incorporar el torso.—Me quema... el pecho, Gabriel —logré articular entre jadeos cortados—. Siento que no me entra el aire.—Quédate tranquila, no hagas fuerza. Voy a llamar a la doctora Vargas ahora mismo —dijo él, presionando el botón de emergencia de la pared sin soltarme la espalda.—No me dejes caer... —susurré, apretándole la manga de la camisa.—Aquí
El eco de la firma en el acta matrimonial aún resonaba en el aire cálido de la habitación. Gabriel continuaba sentado a mi lado, sosteniendo mi mano izquierda con una devoción casi sagrada. El brillo de la alianza de oro blanco destacaba en mi piel pálida, un contraste perfecto en medio del entorno hospitalario. —Mírate, Elena —dijo Gabriel en voz baja, pasándome el pulgar por el dorso de la mano—. Te ves radiante. —Sigo con la bata puesta y el pelo desordenado, Gabriel —sonreí, sintiendo un leve cosquilleo en los ojos—. Pero me siento viva. —Para mí eres la mujer más bella del mundo entero —aseguró él, mirándome a los ojos—. Y a partir de hoy nada en este universo nos puede separar. —Ni siquiera el dolor que siento en la espalda —admití, soltando un largo suspiro mientras la anestesia empezaba a perder fuerza. —¿Te volvió a hincar la lumbar? —preguntó preocupado, intentando levantarse de la cama. —No te muevas —
La luz matutina entraba tibia por el ventanal de la habitación. Me acomodé las almohadas detrás de la espalda, cuidando de no rozar el cable del monitor cardíaco. Gabriel entró con pasos rápidos, trayendo las manos escondidas detrás del saco de su traje gris. —Elena, despierte —dijo Gabriel, acercándose a la cama con una sonrisa de lado. —Llevo despierta desde las seis, terco —respondí, mirándolo con curiosidad—. ¿Por qué viene tan arreglado a estas horas? —Porque hoy no es un día cualquiera en este hospital —afirmó él, sentándose en la orilla del colchón. —¿Pasó algo en la empresa? —Olvídese de la empresa por un momento —dijo, sacando de su bolsillo trasero una cajita de terciopelo azul marino—. Vine a arreglar un asunto pendiente que tenemos desde hace meses. Me quedé mirando la cajita de terciopelo sin aliento. —Gabriel... ¿qué es eso? —pregunté en un hilo de voz. —Abra la caja y véalo uste
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