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Hechizado

last update Fecha de publicación: 2025-01-07 07:27:19

Juntos caminaron hacia el interior del bullicio. La gente disfrazada disfrutaba de la música, los tragos, las conversaciones y las risas. El ambiente estaba cargado de la energía vibrante del Halloween. El viento traía todos los aromas más variados, desde el perfume de las manzanas acarameladas, las palomitas de maíz, la cerveza helada, los sabrosos hotdogs y quizás algunos otros aromas provenientes de gente que no estaba fumando tabaco normal. Sin dejar de tomarse de la mano para no perderse,
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Último capítulo

  • Tercer Tiempo al Amor   Right where I belong

    —¡Muy buenas tardes a todos los fanáticos del rugby que nos acompañan desde distintas partes del país y del mundo! ¡Aquí estamos, en un estadio repleto que vibra con una energía casi mística! No hay más entradas, Roberto. Estadio al máximo de sus capacidades. Hoy no es un partido más. Hoy es historia.—Así es, Claudio. Hoy no sólo abrimos los partidos del Mundial de Rugby, sino que hoy se cierra un círculo y se abre otro. Hoy vuelve un hombre que, por mucho tiempo, pensamos que no volveríamos a ver en una cancha. El vikingo. El monstruo. El capitán que cayó y volvió a levantarse.—¡Hoy vuelve Thomas Sclavi!El estadio vibraba a los pies de los comentaristas. Claudio y Roberto estaban ansiosos por ver entrar a la Bestia.—¿Quién hubiera creído que el capitán caído, el que lo perdió todo, el que casi no camina... iba a regresar para cerrar su historia en la cancha donde comenzó todo?—Permíteme, una pequeña aclaración, Claudio. Porque no quiero que la gente piense mal. Thomas viene, no

  • Tercer Tiempo al Amor   El perdón

    Charles ingresó al hospital, caminando fuerte y seguro de sí mismo. Luciendo su traje gris y su ceño fruncido.Y por detrás del abogado, como un séquito aparte, hacían su entrada John y Vivian. La mujer al ver a su hija fue corriendo hacia ella. John hizo lo mismo.—Hermana… —lloriqueó John al ver a Sophia en ese estado—. ¿Estás bien?—Pero ¿qué te hizo ese maldito? —lloriqueó Vivian al ver a su hija tan golpeada.—¡Quién es usted para darle órdenes a mi cliente! —le gritó la abogada de Helena a Charles.Sophia miró a su padre, expectante. Pues sabía que si había algo que él no toleraba era la bravuconería de los recién graduados.—Primero que se te seque la tinta del título universitario, mocosa atrevida. Porque te faltan treinta y cinco años de ejercicio de la profesión para que me grites así —gruñó Charles—. Y segundo, soy Charles Milstein. Abogado de Thomas Sclavi. Y padre de esta señorita —miró a Sophia—. Y tengo aquí la orden judicial que prohíbe expresamente el acercamiento de

  • Tercer Tiempo al Amor   De espinas y fuego

    Dentro de la ambulancia, el aire era más denso que el barro que les cubría la piel.Sophia temblaba. No sabía si por el frío que calaba los huesos o por el miedo que se le había incrustado en la columna vertebral. Tal vez por ambas cosas. Las sirenas ululaban como fantasmas desesperados, anunciando una tragedia que aún no terminaba de escribirse. A su lado, Xavier no soltaba su mano, ni siquiera cuando el paramédico los cubrió con una manta áspera y seca que olía a hospital y desinfección.—Están tiritando —dijo el hombre, con voz curtida pero amable—. No los puedo secar, pero al menos con esto no se me congelan.Sophia asintió. No tenía fuerzas para hablar. La nariz le dolía como si le hubiesen clavado una estaca, y cada respiro le venía con aroma a sangre. Pero eso no era lo que más le importaba.Frente a ella, apenas sujetado por correas a la camilla, yacía Thomas.El gigante caído. Jadeaba. Se quejaba. El sudor le perlaba la frente. No sentía las piernas.—No puedo… moverlas —susu

  • Tercer Tiempo al Amor   La furia de los justos

    El silencio que siguió al golpe fue más brutal que el propio impacto. Un segundo detenido en el tiempo. Como si el mundo contuviera el aliento.La mano de Sophia quedó flotando en el aire un instante antes de caer pesadamente al barro. Su cuerpo, frágil y ensangrentado, se desplomó sobre el de Thomas, como un escudo humano vencido. Como el cuerpo de una mariposa sin alas, luego de haber peleado contra un huracán y haber vencido.El barro la recibió con la indiferencia de quien ya ha sido manchado con demasiada sangre y demasiada historia. Su blusa era ya un trapo inservible, lleno de barro y plasma. Su nariz sangraba, sí, pero era algo más lo que se había roto: la idea de que aún quedaba un límite que Gabriel no cruzaría.Se sostenía la cara con una mano temblorosa. La sangre le brotaba feroz, dibujando un hilo oscuro sobre su piel pálida. Sus ojos estaban abiertos, pero empañados. No lloraba. Ya no. Llorar era para quienes aún tenían algo que perder. Y ella había ganado. Habían ganad

  • Tercer Tiempo al Amor   El ángel caído

    Thomas podía sentir cómo, bajo sus fuertes y poderosos dedos, la garganta de Gabriel se iba cerrando. Había soñado con ese momento tantas noches… La adrenalínica sensación de que, por fin, uno de los orígenes de todos sus males y pesares, estaba a punto de desaparecer. Sólo un poco más… Sólo un poco más…—Por favor… Thomas… —jadeó Gabriel, arañando las garras de su agresor—. Por favor…No. Así no. Esta no era la manera de solucionar las cosas. No era lo que quería que su hijo aprenda. No era lo que su madre le había enseñado. No eran los valores del rugby. Y no era lo que había aprendido de Sophia. No podía hacerlo.Y no pudo.Lento, muy lento… como quien deja a un bebé en su cuna, y con los ojos clavados en los celestes iris de Gabriel, volvió a su rival al suelo.Lo primero en tocar el suelo fueron las puntas de sus pies que, al sentir un lugar firme bajo él, y las enormes manazas de Thomas ir aflojando gradualmente el agarre sobre su cuello, la desesperación y el terror fue abandon

  • Tercer Tiempo al Amor   La furia y la lluvia

    —¡No, Gabriel! ¡NO! —gritó Sophia, su voz desgarrada por el viento y la lluvia.Pero ya era tarde. El cartel publicitario ya no reposaba en el suelo. Elevado como una lanza improvisada, Gabriel lo blandía sobre su cabeza, apuntando directamente hacia Thomas. Un destello violento cruzó sus ojos: el brillo febril de alguien que ya no tenía nada que perder pues ya había sido expuesto por lo que en verdad era.No más máscaras. No más farsas ni actuaciones. No más perfeccionismo ni reacciones medidas conforme lo que el público quería de él. Ahora que, finalmente, la máscara de príncipe se había roto en mil pedazos, ya no tenía sentido seguir fingiendo. Ahora podía dejar salir la furia asesina que venía conteniendo hacía tanto tiempo.Y justo cuando la multitud contuvo la respiración —cuando el barro, la lluvia y el horror se combinaron en un segundo suspendido en el tiempo—, una mano se alzó desde el suelo.La mano de Thomas.La bestia.Sus dedos, temblorosos, llenos de callos, lastimadura

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