INICIAR SESIÓNCAPÍTULO 4
—Señora Murphy, no es lo que pare... —logro articular. Mi voz suena pequeña, temblorosa, algo que parece divertirla. —En el metro parecías más... habladora —me dice, dando un paso lento hacia la derecha, rodeándome como un depredador que evalúa a su presa—. O al menos, más dispuesta a caer en mis brazos. ¿Qué pasó con esa urgencia por escapar, Camila? ¿Te diste cuenta de que no hay lugar en esta ciudad donde puedas esconderte de mí si yo no quiero que lo hagas? Sus ojos azules y cortantes como diamantes me escanean sin pudor. No es una mirada profesional; es una inspección minuciosa que recorre mi cabello desordenado, mi blusa blanca ligeramente arrugada por la carrera y mis labios, que muerdo con nerviosismo. Me siento desnuda bajo su escrutinio, como si ella pudiera ver no solo mi piel, sino también el miedo y la confusión que luchan dentro de mí. —Fue un accidente —respondo tratando de recuperar algo de dignidad—. El tren frenó de golpe y yo... yo no sabía quién era usted hasta ahora. —El hecho de que supieras quién soy o no, no cambia lo que sentiste, ¿verdad? —Ella se detiene frente a mí, acortando la distancia hasta que puedo sentir el calor que emana de su cuerpo—. Sentí tu corazón galopar contra mi pecho, pequeña. Sentí cómo temblabas. Y ahora aquí estás, en mi oficina, trabajando para mí. Amy extiende una mano. Por un segundo pienso que va a tocarme la mejilla y mi respiración se detiene, pero en lugar de eso sujeta el gafete de identificación que llevo colgado al cuello. Tira de él suavemente, obligándome a inclinarme hacia ella. El contacto visual es inevitable; sus ojos son una tormenta azul de la que no puedo escapar. —Déjame dejarte algo claro desde el primer segundo —susurra, y su aliento cálido roza mi oreja, enviando una oleada de calor directo a mi vientre—. Aquí no me importa quién eras antes de cruzar esa puerta. Aquí tu tiempo me pertenece, tus esfuerzos me pertenecen y, si decides quedarte, tu lealtad absoluta me pertenece. No tolero la mediocridad, no tolero las excusas y, sobre todo, no tolero que mi secretaria llegue tarde. —Lo siento, el auto no encendió y... —No me interesan tus problemas mecánicos, Camila —me interrumpe con una frialdad que me golpea como un bofetón—. Si para llegar a las ocho tienes que salir a las cuatro de la mañana y caminar descalza sobre la nieve, lo haces. En Apex Ink no contratamos víctimas de las circunstancias; contratamos soluciones. Me suelta el gafete con un gesto de desdén. La pieza de plástico golpea mi pecho, recordándome mi posición. La Amy suave y protectora del metro ha desaparecido, siendo reemplazada por una mujer cuya ambición y dureza son legendarias en Manhattan. Sin embargo, hay algo en esa hostilidad que me resulta extrañamente magnético; es como si su rechazo fuera una forma de atención que yo, de alguna manera retorcida, deseo mantener. Amy camina de regreso a su escritorio de cristal negro y se sienta, cruzando sus largas piernas con una elegancia que me hace sentir torpe y pequeña. Se inclina hacia adelante, entrelazando sus dedos largos sobre la mesa. —Susana dice que tienes potencial; yo creo que solo tienes suerte —declara, abriendo una carpeta que contiene mi currículum—. Has trabajado en oficinas pequeñas, nada que se compare con el ritmo de Nueva York y mucho menos con el mío. ¿Por qué debería mantenerte aquí? ¿Qué tienes tú que no tengan las otras cincuenta candidatas con maestrías en Columbia que están rogando por este puesto? Me quedo en silencio un momento, tratando de tragar el nudo de mi garganta. Pienso en mi madre, en mis hermanas gemelas en Venezuela y en las facturas vencidas sobre mi mesa de noche. La necesidad es un motor potente y, en este momento, el miedo al fracaso supera mi miedo a Amy Murphy. —Porque necesito este trabajo más que cualquiera de ellas —le digo. Esta vez mi voz es firme, cargada de una determinación que parece sorprenderla—. Y porque, después de lo de esta mañana, ya sabe que no me rompo fácilmente. Puede ser todo lo dura que quiera, señora Murphy, pero no encontrará a nadie que trabaje más que yo. Amy enarca una ceja perfecta. Durante un minuto eterno, el despacho queda sumido en un silencio tenso. Ella no aparta la mirada; es un duelo silencioso, una batalla de voluntades en la que yo me niego a ser la primera en parpadear. Puedo ver el brillo de curiosidad en su mirada azul, una chispa de respeto que intenta ocultar tras su máscara de frialdad. —Una respuesta valiente —concede finalmente, cerrando la carpeta con un golpe seco—. Veremos si los hechos respaldan tus palabras. Se levanta de nuevo y camina hacia un mueble lateral donde reposa una cafetera de diseño que parece sacada de un laboratorio. Se sirve una taza de café solo, sin azúcar, y el aroma amargo se mezcla con su perfume. —Regla número uno: mi café siempre debe estar listo a las 7:45. Ni un minuto antes, ni un minuto después. Regla número dos: no hablas con la prensa, no hablas con otros departamentos sobre lo que ocurre en este despacho, y no hablas con mi prima Susana a menos que sea estrictamente necesario. Ella es demasiado blanda y no quiero que sus malos hábitos se te peguen. CAPÍTULO 26—Has pasado veintidós años creyendo que el placer es algo que se negocia —dice, y siento su mano subiendo por mi muslo por debajo de la falda—; creyendo que tu cuerpo es tuyo. Pero hoy descubrirás la verdad: tu cuerpo responde a la autoridad, responde a la certeza de que alguien más ha tomado el control.Su mano sube más, más allá de la liga de mis medias, hasta llegar a mi ropa interior, tocando mi centro húmedo y resbaladizo. Suelto un gemido ahogado; mi cabeza cae hacia atrás, exponiendo mi cuello de forma instintiva.—¿Te gusta esto, Camila? —pregunta, sintiendo la presión de sus dedos a través de la tela—. ¿Te gusta saber que no puedes huir, que no puedes decidir cuándo termina esto?—Sí... —susurro, y la palabra es un ruego—. Por favor, Amy...—No me llamarás por mi nombre cuando estemos a solas: te dirigirás a mí como "Ama". Y para que quede claro, un "por favor" no es suficiente —responde ella. De repente, la presión desaparece; su mano se retira, dejándome en
CAPÍTULO 25El traslado a mi nueva realidad es tan fulminante como el cierre de un trato multimillonario: no hay tiempo para despedidas melancólicas en mi apartamento ni para recoger las tazas de café o los recuerdos de una vida que, de repente, se siente como una película en blanco y negro vista hace décadas. Amy ha decidido que mi vida anterior es un lastre, y ella no permite que sus posesiones carguen con pesos innecesarios.El auto negro nos deja en la entrada privada de su edificio. El mismo portero de la noche anterior, con una discreción que raya en lo robótico, nos abre paso. Esta vez no hay carreras ni huidas por el vestíbulo; camino al lado de Amy sintiendo el roce de su brazo contra mi hombro —debido a la diferencia de altura—, un contacto que ahora está sancionado por un documento legal que descansa en su maletín. El ascensor, nuestro confesionario, se eleva en un silencio que ya no se siente tenso, sino expectante.Al entrar en el penthouse, las luces se encienden con
CAPÍTULO 24Me muerdo el labio inferior, pensando en lo que debo hacer. Un pensamiento muy descabellado sale de mi boca antes de que tenga tiempo de procesarlo:—¿Es esto lo que les has hecho a tus anteriores secretarias?Su mirada cambia tan rápido como un parpadeo: ya no me está mirando con deseo, sino que su rostro se ha endurecido.—No tengo por qué darte ninguna explicación, Camila. No olvides que fuiste tú la que aceptó venir a mí en primer lugar. Si sabes leer, entiendes perfectamente el concepto de confidencialidad: no hablo de mis asuntos con nadie, mucho menos de mis sumisas.Automáticamente me siento regañada, molesta y asaltada por una ola de celos, porque algo me dice que ha tenido más de una sumisa y que alguna de ellas ha sido una de sus secretarias.—¿Por qué? —pregunto, levantando la vista del papel—. ¿Por qué necesitas un contrato para esto? Ya te dije que soy tuya.Ella se inclina hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio. La luz de la lámpara perfil
CAPÍTULO 23—¿Qué quieres decir con que la reunión se cancela, Camila? —la voz de Julian al otro lado del teléfono vibra con una mezcla de desconcierto y molestia—. Tenía el análisis de escaleta listo para presentárselo a la señora Murphy esta misma tarde.Sostengo el auricular con una indiferencia que no sabía que poseía. Miro hacia la puerta cerrada de la oficina de Amy antes de responder.—Lo que quiero decir, Julian, es que la señora Murphy ha reestructurado la dinámica del proyecto Nocturna —le digo con tono pausado, desprovisto de cualquier empatía; sé que todo esto se debe a que tengo un propósito muy claro al cual estoy completamente decidida a llegar—. Tu participación en la coordinación editorial queda cancelada a partir de este momento. Yo me haré cargo de la comunicación directa con ella.—¡Esto es absurdo! —protesta, elevando la voz—. Llevo semanas trabajando en esto. ¿Es una broma? Déjame hablar con ella directamente...—No hay nada que hablar —lo interrumpo con fir
CAPÍTULO 22Ella sonríe: es una sonrisa oscura, llena de victoria anticipada. Acorta el último centímetro de distancia, presionando su cuerpo contra el mío. El ventanal frío y sólido detrás de mí contrasta violentamente con el calor abrasador que emana mi piel. Detrás de nosotras, Nueva York se extiende, pero para mí el universo se ha reducido a la mujer que tengo ante mis ojos, la cual me tiene acorralada... y donde, curiosamente, quiero estar.—Mírate —me dice, pasando su otra mano por mi cintura y apretándome—. Has venido aquí vestida para llamar mi atención, has venido a buscar ese mismo fuego que te asustó hace unos días atrás. Estás rogando, Camila; estás rogando por mi dominio.—No estoy rogando —miento, aunque mis manos suben a sus hombros, aferrándose a la tela de su traje como si fuera lo único que me impide caer.—Tus labios dicen que no, pero tu cuerpo... tu cuerpo está pidiendo a gritos que le ponga las manos encima —Amy baja la cabeza, rozando con sus labios el lóbulo
CAPÍTULO 21Me despierto con una determinación que me hace sentir miedo de mí misma. Hago toda la rutina matutina de todos los días: bañarme, cepillarme, preparar café, desayunar... Y, por último pero no menos importante, la ropa: esta vez elijo una falda tubo negra que se ciñe a mis caderas y una blusa de seda blanca, casi transparente, que deja adivinar el color del encaje de mi sujetador si la luz da en el ángulo correcto. Me suelto el cabello dejando que las ondas castañas caigan salvajes sobre mis hombros y me pinto los labios de un color rojo oscuro. Mis ojos los maquillé en tonos marrones, blanco y negro para que pudieran resaltar aún mejor con un delineado impecable.Si ella quiere silencio, yo le daré un grito visual; si ella quiere distancia, yo romperé ese espacio hasta que no quede aire entre nosotras.Tengo que demostrarle que ella tampoco puede apartar los ojos de mí, como yo no puedo hacerlo de ella; que yo también causo un efecto en ella, así como ella lo hace en mí