INICIAR SESIÓNLa puerta de la sala se abrió repentinamente y uno de sus hombres ingresó con paso decidido, sosteniendo una carpeta entre las manos. Se acercó a Kail y se inclinó para entregársela, susurrándole unas palabras al oído. El ruso dejó de mover el cuchillo y abrió lentamente el documento, recorriendo las páginas con una expresión que comenzó a transformarse.Una sonrisa fría apareció en sus labios.—Vaya, vaya... —murmuró, levantando la mirada hacia los prisioneros—. Parece que finalmente tenemos algo interesante.El líder lo observó con desconfianza, mientras Kail cerraba la carpeta y la dejaba cuidadosamente sobre sus piernas.—Fernanda, Magaly, Rose, Katerina y Ayleen.El efecto fue inmediato.Los hombres que hasta ese momento habían permanecido inclinados sobre sus sillas levantaron bruscamente la cabeza. Algunos abrieron los ojos con auténtico terror, mientras otros comenzaron a mirar desesperadamente a sus compañeros. El líder perdió el poco color que todavía conservaba en el rostro
Los días en París habían sido un verdadero sueño para Giorgio y Lia. Por primera vez en mucho tiempo, habían conseguido olvidarse de las responsabilidades que los aguardaban en Génova, de las reuniones interminables, de los territorios que debían administrar y de los enemigos que parecían empeñados en destruir la tranquilidad de su familia. Durante aquellos días solamente habían sido Gio y Lia, dos enamorados disfrutando de una ciudad que parecía creada para el romance.Habían recorrido sus calles, visitado sus monumentos, compartido cenas a la luz de las velas y pasado horas caminando sin preocuparse por el reloj. Giorgio había descubierto que no existía nada más satisfactorio que contemplar la felicidad de su esposa, especialmente cuando ella lo abrazaba y le decía cuánto lo amaba.Aquella sería su última noche en Francia. Al día siguiente regresarían a Italia, donde nuevamente tendrían que enfrentarse a la realidad que habían dejado atrás. Sin embargo, ninguno de los dos quería pen
Cuando finalmente Elian desapareció entre la gente, ella se giró lentamente hacia su esposo y cruzó los brazos sobre el pecho.—Ahora sí, Giorgio Bellamonte. Explícame desde cuándo tienes bloqueado a Elian.Giorgio dejó escapar un suspiro y se pasó una mano por el cabello, comprendiendo que aquella conversación todavía no había terminado.—Desde que elegimos a Kail como uno de los miembros del consejo.Lia abrió los ojos con incredulidad.—¡¿Desde entonces?! ¡Gio, eso fue hace bastante tiempo!—Lo sé, mi vida. Tengo muy buena memoria.—¡Te pasas, Giorgio Bellamonte! ¡No puedes andar bloqueando a todos los hombres que intentan comunicarse conmigo!Él hizo una pequeña mueca al escuchar su nombre completo y se acercó inmediatamente, rodeándole la cintura con ambos brazos.—No me digas Giorgio, amore mio.Lia levantó una ceja.—¿Y cómo quieres que te diga?—Gio, amor, mi vida, grillito, precioso, el hombre más guapo del mundo... tienes muchísimas opciones, luciérnaga, pero no Giorgio. Sue
Al salir del restaurante, Elian estiró los brazos por encima de la cabeza y dejó escapar un suspiro de satisfacción. La tarde parisina continuaba siendo perfecta, con el sol iluminando las fachadas de los edificios y una brisa agradable que recorría las calles cercanas al Sena. Los tres habían disfrutado de un almuerzo delicioso y, aunque Giorgio había pasado buena parte del tiempo lanzándole miradas asesinas a su antiguo rival, Lia se había divertido muchísimo escuchando las constantes provocaciones entre ambos. Elian se acomodó la chaqueta y miró a la joven con una sonrisa.—Estaba realmente delicioso. ¿Te gustó, Lia?—Sí, todo estuvo maravilloso. Anny tenía razón cuando recomendó este lugar, la comida es exquisita y el ambiente precioso.—Bueno, ya almorzamos —intervino Giorgio, rodeando inmediatamente la cintura de su esposa—. Ahora, Santana, anda a ver si está lloviendo en la esquina.Elian lo observó durante unos segundos antes de soltar una carcajada.—¡Pero qué hombre tan desa
Elian observó a Giorgio durante unos segundos y después dirigió su atención hacia Lia, quien acomodaba cuidadosamente la servilleta sobre sus piernas. Una sonrisa más tranquila apareció en su rostro, dio un suspiro pesaroso mientras la miraba.—Estás hermosa, Lia. De verdad. París te sienta muy bien.Ella levantó la mirada y sonrió.—Gracias, Elian. Estamos disfrutando mucho del viaje.—Eso puedo verlo. Aunque tu esposo parece estar a punto de lanzarme por la ventana.—Todavía estoy considerando la posibilidad —respondió Giorgio mientras servía agua en la copa de Lia.Elian soltó una carcajada y finalmente apoyó los antebrazos sobre la mesa.—Bueno, ahora cuéntenme qué está pasando. Hace semanas que escucho rumores bastante extraños sobre Génova. Algunos dicen que hubo problemas en los muelles, otros hablan de enfrentamientos entre organizaciones y hasta escuché que alguien consiguió entrar en la mansión Bellamonte. Pensé que eran exageraciones, pero por la cara que están poniendo par
El sol de París iluminaba las calles mientras Giorgio y Lia caminaban tomados de la mano, disfrutando de aquella tranquilidad que tanto les había costado conseguir. La brisa movía suavemente el cabello de Lia y hacía ondear su camisa de seda, mientras Giorgio mantenía los dedos entrelazados con los de su esposa. Las pequeñas pulseras rojas que habían recibido junto al Sena continuaban adornando sus muñecas y, de vez en cuando, Lia acercaba su mano a la de él para ver cómo los medios corazones se unían gracias a los diminutos imanes. Giorgio sonreía cada vez que lo hacía, disfrutando de aquella felicidad sencilla que contrastaba tanto con la vida que llevaban en Génova. Estaban a pocos metros del restaurante cuando una voz masculina, demasiado familiar, los hizo detenerse. —¡Pero miren nada más! ¡Mi hermosa Lia! ¿Qué hacen ustedes por aquí? Giorgio se detuvo inmediatamente y puso los ojos en blanco antes siquiera de darse vuelta. Reconocería aquella maldita voz en cualquier lugar del







