LOGINEn la sala de espera, Kail fue el primero en verlo aparecer.El ruso estaba cómodamente instalado en uno de los sillones, mientras Fiorella terminaba su helado y Jean revisaba algunos mensajes en su teléfono. En cuanto vio la expresión de Giorgio, Kail se incorporó ligeramente y sonrió con malicia.—¡Ahí está nuestro italiano favorito! —exclamó—. ¿Ya te lo dijeron, Bellamonte? ¿Cuánto tiene la Mamba? ¿Cuándo llega la pequeña mambita?Giorgio se detuvo frente a ellos, todavía incapaz de borrar aquella sonrisa de su rostro.—Es muy pequeñito todavía —respondió, con los ojos brillantes—. Pero está sano. El médico dice que está bien y que Lia también se encuentra saludable, falta mucho para saber si será una pequeña mambita o un bichito.Kail levantó ambos brazos hacia el techo.—¡LO SABÍAAAAAAAAAAAAAAAA!Su grito resonó por toda la sala de espera, provocando que una enfermera asomara la cabeza desde el pasillo para comprobar qué estaba ocurriendo.—¡JA! ¡TE LO DIJE, ENANITA! —continuó Ka
Durante varios segundos, el silencio se apoderó de la habitación. Giorgio continuaba mirando al médico, todavía incapaz de asimilar aquellas palabras que acababan de cambiar sus vidas, mientras Lia mantenía los ojos fijos en la pequeña imagen que sostenía entre sus manos.Sus dedos temblaban ligeramente al recorrer el papel, contemplando aquella diminuta figura que apenas comenzaba a formarse en su vientre. Una emoción profunda le oprimió el pecho cuando recordó la primera ecografía que había sostenido meses atrás, aquella que guardaba como uno de los recuerdos más dolorosos de su vida. Las imágenes eran tan parecidas que, por un instante, sintió que el tiempo retrocedía y que una parte de su corazón, aquella que había permanecido vacía desde su pérdida, comenzaba lentamente a sanar.Una sonrisa dulce apareció en sus labios mientras acariciaba la imagen con la yema de los dedos. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero esta vez no eran lágrimas de tristeza, sino de una felicidad tan ine
Cuando regresaron a la sala de espera, Fiorella llevaba un helado en la mano, mientras Kail sostenía dos vasos de café. Jean continuaba sentado cerca de Giorgio, quien no había dejado de caminar de un extremo al otro del pasillo, mirando constantemente hacia las puertas de la sala de evaluación.—Aquí tienen —anunció Kail, entregándoles los cafés—. Les hará bien. Especialmente a ti, Gio, porque estás a punto de hacer un agujero en el suelo de tanto caminar.Giorgio tomó el vaso casi mecánicamente, murmuró un agradecimiento y bebió un sorbo sin detener sus pasos. Jean, en cambio, se acomodó junto a Fiorella y le acarició cariñosamente la espalda mientras ella disfrutaba de su helado.Pasaron varios minutos más hasta que finalmente las puertas se abrieron.Giorgio dejó el café sobre la primera mesa que encontró y prácticamente corrió hacia el médico.—¡Doctor! ¿Cómo está mi esposa? ¿Qué tiene? ¿Por qué se desmayó?El hombre sonrió tranquilizadoramente.—Su esposa ya recuperó el conocimi
Las puertas de la clínica se abrieron de golpe cuando Giorgio Bellamonte atravesó la entrada con Lia inconsciente entre sus brazos. Como siempre que ocurría una emergencia relacionada con la familia, el médico ya los esperaba acompañado de dos enfermeras y una camilla preparada para recibir a la paciente. El rostro del Don reflejaba una angustia que ninguno de sus hombres estaba acostumbrado a presenciar. Había conducido hasta allí con el corazón desbocado, sin dejar de observar a su esposa durante todo el trayecto, aterrorizado ante la posibilidad de que no despertara. En cuanto llegó junto al médico, depositó cuidadosamente a Lia sobre la camilla, apartándole algunos mechones de cabello del rostro antes de tomar su mano.—¡Doctor, por favor, haga algo! ¡Se desmayó y no ha despertado! —exclamó, caminando junto a la camilla mientras el personal médico comenzaba a trasladarla hacia una sala de evaluación.El doctor comprobó rápidamente sus signos vitales y examinó sus pupilas, mantenie
Lia intentó mantenerse rígida durante unos segundos, pero en cuanto sintió los labios de Giorgio sobre su frente y escuchó aquella voz cargada de angustia, terminó aferrándose a su camiseta con ambas manos. Escondió el rostro contra su pecho y comenzó a llorar nuevamente, esta vez abrazándolo con tanta fuerza como si hubiera pasado semanas sin verlo.—¡Giooooo! —sollozó, apretándose todavía más contra él.Giorgio cerró los ojos y la estrechó con desesperación, acariciándole la espalda mientras depositaba pequeños besos sobre su cabello.—Shhh, tranquila, mi amor. Ya estoy aquí, preciosa. Perdóname por ocultarte lo del operativo, Lia. Tenías razón, debí contártelo y dejar que lo habláramos juntos. No volveré a tomar una decisión así a tus espaldas, te lo prometo. Solamente estaba asustado de que algo pudiera pasarte, pero eso no justifica que te haya hecho sentir como si no confiara en ti.Lia levantó ligeramente el rostro, con las pestañas empapadas.—Me hiciste sentir muy mal, Gio...
La noche cayó sobre la mansión Bellamonte, envolviendo los jardines en una oscuridad apenas interrumpida por las luces de seguridad que iluminaban los senderos. Después de la discusión con Lia, Giorgio se había encerrado en su despacho y no había vuelto a salir durante toda la tarde. Ni siquiera quiso recibir a Jean cuando este intentó hablar con él sobre algunos asuntos pendientes de la organización. Había ordenado que nadie lo molestara, necesitaba estar solo, aunque la soledad estaba resultando mucho más insoportable de lo que imaginaba. Cada vez que cerraba los ojos, recordaba la expresión de su esposa, la decepción que había visto en su mirada y aquellas palabras que continuaban repitiéndose en su cabeza: «Soy tu esposa, no una niña a la que puedes distraer con un viaje bonito mientras los adultos resuelven los problemas».Mientras tanto, en la habitación principal, Lia permanecía acostada sobre la enorme cama, abrazando una almohada contra su pecho. Fiorella estaba sentada a su







