ログインParís, veintitres años después...Samantha tomaba un café en uno de los tantos lugares pintorescos cercanos al Sena, donde el aroma del café se mezclaba con el murmullo de la ciudad y una melancolía suave parecía flotar en el aire.Había elegido ese sitio porque allí había pasado su luna de miel con Martín. Y también porque, antes de comenzar a escribir su nuevo libro, necesitaba unos días para detenerse. Para respirar.Llevó la taza a los labios y sonrió al creer escuchar, a lo lejos, La vie en rose. En otro tiempo, esa canción había marcado el inicio de su historia.Hacía apenas unos días, Daniela se había casado con Alexander, el hijo de un magnate naviero, en la isla de Capri. Samantha sonrió al recordar el rostro de Javier conduciendo a su hija hasta el altar.Orgullo. Y también tristeza. Porque aquella niña que había sido siempre su punto débil ya era toda una mujer. Y para él, ningún hombre parecía suficiente para cuidarla.Sonrió un poco más al recordar el día en que Alexander
POV SamanthaHan pasado casi tres años desde aquel día en que Martín me pidió que fuera su esposa.Como nunca tuve boda religiosa con Javier, pude casarme con Martín por iglesia. Apenas comenzaba el otoño en Buenos Aires y nuestra luna de miel, como buenos románticos que somos, fue en París.Nuestra boda fue un sueño hecho realidad para mi querido Damián de Loredo, que desplegó toda su creatividad para diseñar mi vestido de novia. No puedo explicar la locura que tuvo durante todo ese tiempo. Porque no solo se encargó del vestido, también quiso ocuparse de la organización completa de la boda, algo que disfrutó de manera exagerada, mientras yo trabajaba en la empresa y empezaba a bosquejar mi nuevo libro.Pensarán que, con semejante responsabilidad, Damián fue el padrino. Pero no.Mi padrino fue Alex. Ese hombre maravilloso que supo ocupar el lugar de padre que tantas veces me hizo falta.Se preguntarán qué pasó entre esos dos seres que tanto amo. Pues bien: viven en un constante tire y
Buenos Aires, septiembre de 1995 La primavera en la ciudad era inmejorable y la vida de Samantha, también. Desde que Javier había salido del hospital, el tiempo parecía haber pasado rápido y lento a la vez.Su recuperación había sido dificultosa pero la tenacidad del hombre, el apoyo, cuidado y amor de todos, habían logrado lo que en principio parecía algo imposible: que Javier volviera a caminar sin ningún tipo de problemas.Para Samantha, regresar a la mansión que había compartido con Javier fue una experiencia profundamente desafiante. El día en que cruzó el umbral de aquella casa, que antes había sido su hogar como esposa de Javier, se sintió puesta a prueba. Al recorrer los espacios familiares, se sorprendió al descubrir que su exesposo había conservado cada detalle exactamente como ella lo había dejado. Nada parecía haber cambiado; era como si el tiempo se hubiese detenido en aquellos pasillos y habitaciones, preservando los recuerdos y la esencia de lo que había sido su vida
Martín no esperó a que Samantha llegara con los niños al hospital para ver a Javier; quiso adelantarse y ser el primero en visitarlo. Desde que su mejor amigo había despertado del coma, aquella sería la segunda ocasión en que lo vería.La primera vez que Martín visitó a Javier, el encuentro fue breve. Apenas intercambiaron unas palabras de cortesía, sin profundizar en nada más.Javier se asombró al ver entrar a Martín después de escuchar dos golpes suaves en la puerta.—¿Puedo pasar? —interrogó el abogado esbozando una tímida sonrisa—. O ¿me vas a tirar con lo que tengas a mano?Javier no pudo contener una carcajada al oír el comentario de Martín. A pesar de la seriedad de la situación, ese instante de humor le recordó cuán valiosa era la presencia de su amigo en su vida. Sabía, sin lugar a duda, que estar allí, con vida y recuperándose, se debía en gran parte a la lealtad y generosidad de Martín. Su mejor amigo había dejado de lado sus propios intereses y necesidades para priorizarlo
Damián se encontraba en el jardín, sentado tranquilamente con un vaso de té helado entre las manos. Sus ojos se perdían en el vacío, acompañados de un suspiro que reflejaba su estado de ánimo. Tan absorto estaba en sus pensamientos, que no percibió la presencia de su mejor amiga acercándose rápidamente por el sendero.Al llegar junto a él, Samantha no pudo contener su inquietud y, con tono directo, le preguntó:—¿Se puede saber qué te pasa a vos que andas con esa cara?El hombre apoyó sus brazos sobre la mesa, buscando un poco de estabilidad en medio de su desasosiego. Luego, con un gesto cansado, afirmó su rostro entre la palma de sus manos, dejando que el peso de sus pensamientos y emociones se reflejara en esa postura.Suspiró profundamente antes de responder, con una voz cargada de cansancio:—Nada, es solo que estoy aburrido. Siento que me falta algo —explicó, dejando entrever el agotamiento que lo invadía—. Tal vez, tenga que tomarme unas vacaciones... Nueva York, París, Milán..
Dos días después, Elena Guerrero falleció. El funeral, a pesar de su elegancia, fue una ceremonia sencilla, reflejando la humildad y discreción que la caracterizaron en vida. Gustavo permaneció a su lado en todo momento, sin apartarse ni un instante.Elena había partido de este mundo creyendo que su hija seguía viva y que simplemente se había marchado de viaje. Entre Gustavo y Samantha la habían convencido de que, cuando Luciana se había ido a despedir de ella, estaba profundamente dormida, por el efecto de los fármacos. Ni Gustavo ni nadie más tuvo el valor de contarle la verdad sobre el destino de su amada hija, pues revelar lo ocurrido habría destrozado su corazón, y nadie quiso cargar con esa responsabilidad.Mientras estaba parado junto al féretro, Gustavo recordó el final de su hija. Las imágenes que habían quedado plasmadas en su mente se proyectaban una y otra vez.Luciana en su habitación gritando algo inentendible para él que estaba en la sala pero que el policía encubierto







