LOGINNatalia aceptó ese trabajo de traductora en la multinacional solo para alejarse de Ricardo y no verlo casarse con la hija del presidente de la empresa donde trabajaba anteriormente. Era imposible permanecer en el mismo ambiente después de todo lo que había pasado.
Los recuerdos volvieron como una herida mal curada. Cuando Ricardo fue trasladado a la oficina de Río de Janeiro, ella era solo una simple secretaria que destacaba por hablar varios idiomas con fluidez.
El encuentro entre los dos parecía cosa del destino: amor a primera vista, conversaciones robadas en los descansos, miradas cómplices en los pasillos. Natália creía que el sentimiento era sincero y que el matrimonio llegaría naturalmente en poco tiempo.
Pero todo se derrumbó cuando Ricardo reveló que se casaría con la hija del presidente de la empresa. Se iría a la oficina de Suiza, donde vivía su futura esposa.
Natália aún recordaba el tono frío de su voz. Ricardo intentó convencerla de que eso no cambiaría nada entre ellos:
“El matrimonio es solo un paso estratégico…”, dijo con una calma que la indignó. “En cuanto me asciendan, te trasladaré para que seas mi secretaria personal. Compraré un apartamento para nosotros y tendremos nuestro rincón donde podremos encontrarnos”.
Natália, horrorizada, sintió que se le helaba el corazón. Todo lo que ella creía que era amor, de repente, se revelaba como un juego de conveniencia para él.
Ricardo nunca la había tocado más allá de besos y abrazos contenidos, diciendo que respetaba su tiempo. Pero, en ese momento, todo eso parecía una mentira, una pequeña obra de teatro para hacerla creer que era especial.
Se levantó sin decir una palabra, tragándose las lágrimas. Lo único que sintió por él después de esas palabras fue asco y repulsión, y salió del restaurante donde estaban cenando sin mirar atrás.
Al día siguiente, pidió la renuncia y Cristina, solidaria, la ayudó con un trabajo temporal en una oficina que una multinacional estaba instalando en São Paulo. Como hablaba inglés, español, francés, alemán e incluso mandarín con fluidez, no le costó mucho que la contrataran.
Desde el instituto, Natália tenía facilidad para aprender idiomas de forma autodidacta y no le costó nada cubrir la vacante de la multinacional petrolera. Se mudó sin pensárselo dos veces, cortó todos los lazos con Ricardo y levantó un muro alrededor de su corazón.
Desde entonces, ningún hombre ha conseguido traspasarlo. Reaccionaba con frialdad ante cualquier insinuación y, en los pasillos de la empresa, pronto se ganó el apodo de «Princesa de Hielo». Cuando se enteró, se encogió de hombros. Si eso los alejaba, mejor así.
Pero, contrariamente a lo que esperaba, el apodo se convirtió en un reto. Muchos se acercaban precisamente para intentar romper ese hielo. Uno de ellos, particularmente insistente, acabó convirtiéndose en motivo de burla entre ella y Cristina.
—¿Te puedes creer que pensaba que tenía mal aliento? —contó Cristina entre risas una vez—. ¡Incluso buscó tratamiento psicológico!
Natália solo suspiró, cruzando los brazos.
— ¿Y qué más podía hacer? —argumentó Natália—. Le dije varias veces que no estaba interesada.
— Al menos podrías haberle dado una oportunidad —insistió Cristina—. Todavía aparecerá alguien que te hará olvidar a Ricardo.
—Puede ser. Pero hasta ahora solo he encontrado idiotas que creen que pueden conquistarme con piropos baratos.
—He oído que incluso hicieron una apuesta para ver quién conseguía conquistarte —dijo Cristina divertida—. Creo que nadie va a ganar.
—Seguro —aseguró Natália con seriedad.
Natalia se sentía profundamente herida y pensaba que todos los hombres que se le acercaban solo querían aprovecharse de ella de forma egoísta. Por eso trataba a todos con frialdad y desdén.
En realidad, Natalia no quería conocer a nadie, estaba bien sola. Ya había sufrido lo suficiente por un hombre, no quería volver a sufrir.
—Podrías darle una oportunidad a Danilo, parece buena persona —insistió Cristina—. A veces, uno se lleva sorpresas.
Danilo era otro compañero de trabajo, pero a diferencia de los demás, era más discreto y no se dedicaba a enviar flores y a soltar piropos tontos.
Natália arqueó una ceja, seria.
— ¿Sorpresa? La última que tuve casi me mata.
Cristina puso los ojos en blanco y cogió un bolígrafo de la mesa.
— No puedes comparar a todos los hombres con ese idiota de Ricardo. Algún día aparecerá alguien que derretirá ese hielo y te hará olvidar el pasado.
Cristina se inclinó hacia ella, sonriendo con picardía.
— Lo dudo mucho. De todos modos, quiero vivir mi independencia sin nadie que me controle. No quiero a otro que piense que puede tratarme como un objeto. Todos son unos imbéciles.
— Quizás porque solo los miras esperando que sean imbéciles.
Natália permaneció en silencio, mirando a su amiga. En el fondo, sabía que Cristina tenía razón. Pero no quería admitirlo. Estaba bien sola. Estaba segura.
Después de cerrar las últimas cajas y firmar los últimos documentos, Cristina dijo:
— Basta de trabajo y recuerdos amargos. Hoy vamos a celebrar, como te prometí.
— ¿Celebrar qué exactamente? —preguntó Natália, guardando el bolígrafo en una de las cajas.
— El final de otra etapa. —Cristina abrió los brazos, como si anunciara un logro. — Además, necesito despedirme de São Paulo por todo lo alto.
Natália suspiró, pero no pudo resistirse al entusiasmo de su amiga.
— ¿Y adónde nos vas a llevar?
— A un bar nuevo que ha abierto cerca de la Avenida Paulista. Música en directo, ambiente sofisticado y... buena compañía. —Cristina guiñó un ojo.
—Buena compañía... ni hablar.
—Nat, ya ha pasado un año. Es hora de empezar a vivir de nuevo.
Natália puso los ojos en blanco, no tenía nada que celebrar, al contrario, pero la mirada de Cristina sobre ella exigía algo que en ese momento no podía hacer.
Bonus – Jorge, Vanessa, Ricardo, Paula y Mariana.Los celos de Jorge hacia Fernando eran silenciosos, persistentes y profundamente corrosivos. Incapaz de lidiar con los logros, la madurez y la estabilidad del otro, permitió que la comparación constante se convirtiera en resentimiento. La envidia ocupó el lugar de la admiración y, poco a poco, Jorge se alejó de la razón, de la ética y de sí mismo. Si hubiera optado por la humildad, valorado la amistad de Fernando, reconocido las oportunidades que tantas veces rechazó y elegido el diálogo, su destino podría haber sido diferente. Así, su prisión no fue solo física, fue, sobre todo, emocional y psicológica, construida por decisiones que se negó a reconsiderar.La obsesión de Vanessa por Ricardo siguió un camino aún más peligroso y destructivo. Lo que comenzó como deseo y fantasía pronto se convirtió en una fijación enfermiza, marcada por la necesidad de control, por la carencia extrema y por la incapacidad de aceptar límites. No era amor,
La Gran FamiliaLa finca despertó diferente aquella mañana. El sol surgía suavemente sobre las vastas plantaciones y pastos, iluminando los campos verdes aún cubiertos de rocío, mientras el canto de los pájaros parecía anunciar que aquel no era un día cualquiera.En el jardín, bajo las carpas, se habían puesto mesas para recibir a los amigos; no era ningún día especial, solo el deseo de reunir a familiares y amigos que habían estado presentes en la vida de la pareja, Fernando y Natália.Desde el porche, Natália lo observaba todo con una sonrisa serena, con su hija en brazos. Alice, de poco más de un año, tenía el pelo y los ojos de su madre. La pequeña se reía con facilidad. Sin que ella se diera cuenta, Fernando se acercó y las envolvió a las dos en un abrazo silencioso.—¿Eres feliz? —murmuró él, emocionado. Natalia apoyó la cabeza en su hombro.—Muchísimo, nunca imaginé que tendría una familia tan grande y llena de amor que nunca se divide… sino que se multiplica.Abrazados, obse
Llegada la hora de que los novios se retiraran, no hicieron alarde de ello y se marcharon discretamente sin despedirse. Afuera, Fernando y Natália los esperaban para despedirse.Laís sostenía las manos de Natália cuando sintió el apretón cariñoso de su hermana.—Sé muy feliz —dijo Natália, con los ojos llenos de emoción—. Te mereces todo esto… y mucho más.Laís sonrió emocionada y la abrazó con fuerza.—Gracias por estar conmigo en todo momento. Que sigamos caminando juntasFernando se acercó a Carlos y le estrechó la mano con firmeza.—Todo está listo para mañana —dijo con tono seguro—. El helicóptero irá a recogerlos. Los llevará al aeropuerto más cercano y, desde allí, mi avión seguirá hacia Río. Después, Angra dos Reis.Carlos asintió, aún embargado por la emoción del día.—No sé ni cómo darte las gracias.Fernando sonrió con sinceridad.—Sed felices. Tan felices como lo soy yo. Es todo lo que os deseo a los dos.Las luces del jardín iluminaban el camino mientras caminaban de la m
La fiesta se organizó como un auténtico acontecimiento en Pedra Azul.En el amplio jardín de la finca de la familia de Laís, una gran carpa climatizada se alzaba entre los árboles, iluminada por luces cálidas y delicadas que comenzaban a brillar a medida que el sol se despedía tras las montañas. Carlos no escatimó en gastos: el bufé era impecable, con platos sofisticados y sabores que mezclaban la tradición de la sierra con toques contemporáneos, mesas repletas de dulces exquisitos y una imponente tarta que se convirtió en el centro de todas las miradas.La decoración seguía el mismo equilibrio que la boda: sofisticada, pero sin excesos. Arreglos de flores blancas y velas esparcidas, telas ligeras que se mecían suavemente con la brisa de la tarde. Todo pensado para acoger, encantar y celebrar.Los hoteles de la región estaban llenos. Familiares, amigos y figuras influyentes, incluidos políticos cercanos a la familia, acudieron desde diferentes partes del país. Algunos llegaron en coch
Laís apareció en la entrada, acompañada por su padre, Francisco.El vestido blanco era romántico, de líneas suaves, delicado y de corte ligero, como si hubiera sido hecho a medida para aquel escenario. El velo acompañaba sus pasos con ligereza, y su sonrisa, suave, y sus ojos brillantes por la emoción, iluminaban todo a su alrededor.Francisco caminaba orgulloso, sujetando el brazo de su hija con firmeza y ternura. Sus ojos también estaban emocionados, pero su sonrisa era plena.Carlos no pudo contenerse.En cuanto la vio, las lágrimas brotaron libres, silenciosas, resbalando sin ningún tipo de vergüenza. Se llevó la mano a la cara, intentando disimular, pero pronto desistió. No quería ocultar lo que sentía.—Es el amor de mi vida… —murmuró, con la voz entrecortada.Fernando se dio cuenta y sonrió; Natália apretó ligeramente la mano de su marido, emocionada, y las lágrimas también brotaron.Paso a paso, Laís se acercaba al altar. Sus ojos se encontraron con los de Carlos, y en ese ins
Paula ya no era una novedad dentro de la Compañía de Rodeos César Oliveira.Su nombre circulaba entre los competidores con respeto, no por favoritismo, sino por su postura firme, por su disciplina y por la forma en que afrontaba cada montada como si fuera un ajuste de cuentas consigo misma.Aquella noche, la arena de Barretos estaba abarrotada. Las luces atravesaban el polvo suspendido en el aire, el locutor animaba al público y los tambores resonaban graves, marcando el ritmo del espectáculo. Paula se ajustaba los guantes con calma, sentada en el banco de madera detrás de los potros.—¿Te vas a enfrentar hoy al Relâmpago Negro? —preguntó uno de los peones, medio en broma.Ella levantó la vista y esbozó una sonrisa.—Alguien tiene que hacerle entender a ese bruto quién manda.César Oliveira observaba desde la distancia. Ya no hacía falta decir mucho. Paula ya no era tan impulsiva como antes. Entrenaba en silencio, escuchaba cuando tenía que escuchar y solo decía lo imprescindible.— P







