LOGINPoco después, las dos estaban en un taxi de camino al bar.
El lugar era acogedor y tenía un pequeño escenario donde un cantante amenizaba el ambiente con clásicos de la música popular brasileña. El aroma del vino y las especias se mezclaba con el sonido de las risas y las animadas conversaciones.
Poco después llegó Cecília. Una joven de largo cabello negro, rasgos delicados y armoniosos con el tono ligeramente más moreno de su piel. Sus ojos, también negros, eran profundos. Cecilia no llamaba la atención por su impacto inmediato, sino por la sutil gracia que permanecía en la memoria de quienes la conocían.
Brindaron y bebieron. Cristina pronto comenzó a observar el ambiente y las miradas que provenían de otras mesas. Algunos hombres notaron la presencia de las tres, era imposible no hacerlo.
Algunos chicos incluso pensaron en acercarse, pero la mirada de Natália desanimaba a cualquiera.
*****
Las tres amigas compartían un acogedor apartamento, donde aprendieron a compartir no solo los gastos, sino también confidencias, alegrías y penas. Era más de la una de la madrugada cuando llegaron a casa. Cristina había bebido un poco de más.
—Buenas noches, chicas... ¡Que sueñen con los ángeles! —dijo entre risas arrastradas, dejando los zapatos por el camino y el bolso en el sofá antes de desaparecer hacia el dormitorio.
Natália y Cecília se miraron y, sin poder contenerse, se echaron a reír.
— Creo que es mejor que nos vayamos a dormir también —dijo Cecília en tono suave—. Buenas noches.
— Buenas noches —respondió Natália, sonriendo—. Voy en un momento.
En cuanto Cecília entró en la habitación, Natália prefirió quedarse sola en el salón. Se sentó en el sofá y su mirada pensativa delataba la avalancha de reflexiones que traía consigo.
Trabajar en la implementación de la filial paulista del grupo petrolero había sido un reto intenso, pero también una experiencia gratificante. La rutina era agitada: documentos en idiomas extranjeros, videoconferencias con socios de diversas nacionalidades, decisiones que exigían absoluta atención y le hacían olvidar a Ricardo.
Sabía que no habría conseguido esa oportunidad sin Cristina. Su amiga, al darse cuenta del difícil momento por el que estaba pasando Natália, le tendió la mano como una verdadera hermana. Juntas alquilaron el apartamento y su amistad no hizo más que crecer. Poco después, Cecília entró en sus vidas y, a pesar de su temperamento tímido y reservado, se ganó rápidamente a ambas.
Cecília, en realidad, no tenía amigos cercanos. Cuando las dos descubrieron que era huérfana y vivía bajo la tutela distante de un hombre que apenas la visitaba, sintieron aún más ganas de acogerla.
En aquella época, la joven había empezado a trabajar en la empresa como recepcionista. Su torpeza despertaba ternura: siempre estaba pidiendo perdón por errores sencillos.
Fue en ese contexto que conoció a Pedro. El primer encuentro fue inusual: después de varios errores básicos. Pedro, hasta entonces tranquilo, bajó furioso para quejarse, pero al encontrarse con aquella chica de ojos negros, tímida y delicada, pidiendo perdón con voz temblorosa, se sintió desarmado. Lo que iba a ser una bronca se convirtió en fascinación inmediata.
Pedro le pidió salir casi de inmediato. La relación siguió los patrones antiguos, llena de cuidado y formalidad. Cecilia, tímida, tenía miedo de quedarse a solas con él y Pedro estaba cada vez más fascinado.
Cuando Pedro fue enviado temporalmente a la sucursal del Nordeste, le confió a Natália que, al regresar, anunciaría su compromiso. Cecilia, sin embargo, aún no había encontrado el valor para contarle a su tutor sobre la relación.
“Él nunca lo entendería…”, murmuraba Cecilia en voz baja, cada vez que surgía el tema.
Todo lo que sabían de Fernando Alcântara de Albuquerque era que era un hombre muy rico, propietario de inmensas granjas ganaderas, plantaciones de cereales, industrias alimentarias, empresas de transporte y oficinas de exportación e importación, y que también era propietario de mansiones en lujosas playas como Angra dos Reis y Maceió y otras residencias repartidas por todo Brasil.
Él y Cecilia eran primos terceros y sus padres, además de primos, eran muy amigos y socios en algunos negocios. Tras la muerte de los padres de Cecilia en un accidente, Fernando se convirtió en su tutor legal.
Las pocas veces que Cecilia lo mencionaba era con cierto temor, respeto e incluso miedo. Natalia, en su interior, lo imaginaba como un hombre viejo, corpulento, de semblante severo y malhumorado, arrogante y autoritario. Solo esperaba que, cuando se enterara de la existencia de Pedro, ese tutor no intentara poner barreras al amor de Cecilia.
Pero algo le decía que ese hombre, al que solo conocía por vagos relatos, no permanecería en silencio por mucho tiempo.
Sacudió la cabeza, tratando de alejar esa impresión.
“Tonterías…”, murmuró para sí misma.
Natália cerró la puerta del balcón, apagó las luces y decidió, por fin, retirarse a su habitación.
*****
Al día siguiente, el apartamento estaba agitado. Natália y Cristina comenzaron a hacer las maletas. La radio sonaba con una música animada.
Apenas se dieron cuenta cuando Cecília entró apresurada. La puerta se cerró con un golpe y la vieron de reojo.
Intrigada, Natália apagó la radio. Cristina levantó las cejas sin entender. Natália fue al dormitorio y encontró a Cecília tumbada en la cama, con la cara escondida en la almohada, llorando compulsivamente.
—Cecília, querida, ¿qué ha pasado? —Natália se sentó a su lado, tocándole el hombro con cuidado.
La joven levantó la cara mojada de lágrimas, sin poder decir nada.
— ¿Le ha pasado algo a Pedro? —insistió Natália, con el corazón acelerado.
— No... —Cecília negó con la cabeza, tratando de controlarse—. Él está bien... pero nunca más podremos vernos.
Se arrojó a los brazos de Natália, sollozando tanto que todo su cuerpo temblaba. Unos segundos después, Cristina entró en la habitación, alarmada.
— ¡Dios mío! ¿Qué ha pasado?
— Aún no lo sé... — Natália levantó la mano, pidiendo silencio.
Cecília repetía entre sollozos que quería morir. Natália la sujetó con firmeza por las manos y le habló con dulzura, pero con decisión:
— Tranquila, cariño. Cuéntanos qué ha pasado. Sea lo que sea, encontraremos una solución.
Con esfuerzo, Cecilia respiró hondo y logró hablar:
—Recibí un mensaje del señor Fernando. Cuando lo leí... quise morir.
—¿Te prohibió salir con Pedro? —aventuró Natália.
—No... —ella sorbió por la nariz, secándose las lágrimas—. Él ni siquiera sabe de su existencia. Yo... no me atreví a contárselo por miedo a que se enfadara.
Cristina frunció el ceño.
— Entonces, ¿qué había en ese mensaje para dejarte así?
— Él decidió que... que me voy a casar.
Las dos abrieron mucho los ojos.
— ¿Quiere que te cases con otra persona? —preguntó Cristina.
— Mañana —continuó Cecilia con voz entrecortada— debo dejar São Paulo y viajar a Rondonópolis, en Mato Grosso, con el señor Carlos... y allí... allí. Nos vamos a casar.
— ¿Con ese tal Carlos? —Natália casi se atraganta—. ¿Te vas a casar con él así, de repente?
Cecília volvió a negar con la cabeza, esta vez con más fuerza y de forma más rotunda.
—No... no es con el señor Carlos, él es primo del señor Fernando. Solo lo vi dos veces cuando era niña. No lo conozco bien.
—Si ese tal Carlos no es el novio, ¿quién es entonces? —preguntó Natália temiendo la respuesta.
Bonus – Jorge, Vanessa, Ricardo, Paula y Mariana.Los celos de Jorge hacia Fernando eran silenciosos, persistentes y profundamente corrosivos. Incapaz de lidiar con los logros, la madurez y la estabilidad del otro, permitió que la comparación constante se convirtiera en resentimiento. La envidia ocupó el lugar de la admiración y, poco a poco, Jorge se alejó de la razón, de la ética y de sí mismo. Si hubiera optado por la humildad, valorado la amistad de Fernando, reconocido las oportunidades que tantas veces rechazó y elegido el diálogo, su destino podría haber sido diferente. Así, su prisión no fue solo física, fue, sobre todo, emocional y psicológica, construida por decisiones que se negó a reconsiderar.La obsesión de Vanessa por Ricardo siguió un camino aún más peligroso y destructivo. Lo que comenzó como deseo y fantasía pronto se convirtió en una fijación enfermiza, marcada por la necesidad de control, por la carencia extrema y por la incapacidad de aceptar límites. No era amor,
La Gran FamiliaLa finca despertó diferente aquella mañana. El sol surgía suavemente sobre las vastas plantaciones y pastos, iluminando los campos verdes aún cubiertos de rocío, mientras el canto de los pájaros parecía anunciar que aquel no era un día cualquiera.En el jardín, bajo las carpas, se habían puesto mesas para recibir a los amigos; no era ningún día especial, solo el deseo de reunir a familiares y amigos que habían estado presentes en la vida de la pareja, Fernando y Natália.Desde el porche, Natália lo observaba todo con una sonrisa serena, con su hija en brazos. Alice, de poco más de un año, tenía el pelo y los ojos de su madre. La pequeña se reía con facilidad. Sin que ella se diera cuenta, Fernando se acercó y las envolvió a las dos en un abrazo silencioso.—¿Eres feliz? —murmuró él, emocionado. Natalia apoyó la cabeza en su hombro.—Muchísimo, nunca imaginé que tendría una familia tan grande y llena de amor que nunca se divide… sino que se multiplica.Abrazados, obse
Llegada la hora de que los novios se retiraran, no hicieron alarde de ello y se marcharon discretamente sin despedirse. Afuera, Fernando y Natália los esperaban para despedirse.Laís sostenía las manos de Natália cuando sintió el apretón cariñoso de su hermana.—Sé muy feliz —dijo Natália, con los ojos llenos de emoción—. Te mereces todo esto… y mucho más.Laís sonrió emocionada y la abrazó con fuerza.—Gracias por estar conmigo en todo momento. Que sigamos caminando juntasFernando se acercó a Carlos y le estrechó la mano con firmeza.—Todo está listo para mañana —dijo con tono seguro—. El helicóptero irá a recogerlos. Los llevará al aeropuerto más cercano y, desde allí, mi avión seguirá hacia Río. Después, Angra dos Reis.Carlos asintió, aún embargado por la emoción del día.—No sé ni cómo darte las gracias.Fernando sonrió con sinceridad.—Sed felices. Tan felices como lo soy yo. Es todo lo que os deseo a los dos.Las luces del jardín iluminaban el camino mientras caminaban de la m
La fiesta se organizó como un auténtico acontecimiento en Pedra Azul.En el amplio jardín de la finca de la familia de Laís, una gran carpa climatizada se alzaba entre los árboles, iluminada por luces cálidas y delicadas que comenzaban a brillar a medida que el sol se despedía tras las montañas. Carlos no escatimó en gastos: el bufé era impecable, con platos sofisticados y sabores que mezclaban la tradición de la sierra con toques contemporáneos, mesas repletas de dulces exquisitos y una imponente tarta que se convirtió en el centro de todas las miradas.La decoración seguía el mismo equilibrio que la boda: sofisticada, pero sin excesos. Arreglos de flores blancas y velas esparcidas, telas ligeras que se mecían suavemente con la brisa de la tarde. Todo pensado para acoger, encantar y celebrar.Los hoteles de la región estaban llenos. Familiares, amigos y figuras influyentes, incluidos políticos cercanos a la familia, acudieron desde diferentes partes del país. Algunos llegaron en coch
Laís apareció en la entrada, acompañada por su padre, Francisco.El vestido blanco era romántico, de líneas suaves, delicado y de corte ligero, como si hubiera sido hecho a medida para aquel escenario. El velo acompañaba sus pasos con ligereza, y su sonrisa, suave, y sus ojos brillantes por la emoción, iluminaban todo a su alrededor.Francisco caminaba orgulloso, sujetando el brazo de su hija con firmeza y ternura. Sus ojos también estaban emocionados, pero su sonrisa era plena.Carlos no pudo contenerse.En cuanto la vio, las lágrimas brotaron libres, silenciosas, resbalando sin ningún tipo de vergüenza. Se llevó la mano a la cara, intentando disimular, pero pronto desistió. No quería ocultar lo que sentía.—Es el amor de mi vida… —murmuró, con la voz entrecortada.Fernando se dio cuenta y sonrió; Natália apretó ligeramente la mano de su marido, emocionada, y las lágrimas también brotaron.Paso a paso, Laís se acercaba al altar. Sus ojos se encontraron con los de Carlos, y en ese ins
Paula ya no era una novedad dentro de la Compañía de Rodeos César Oliveira.Su nombre circulaba entre los competidores con respeto, no por favoritismo, sino por su postura firme, por su disciplina y por la forma en que afrontaba cada montada como si fuera un ajuste de cuentas consigo misma.Aquella noche, la arena de Barretos estaba abarrotada. Las luces atravesaban el polvo suspendido en el aire, el locutor animaba al público y los tambores resonaban graves, marcando el ritmo del espectáculo. Paula se ajustaba los guantes con calma, sentada en el banco de madera detrás de los potros.—¿Te vas a enfrentar hoy al Relâmpago Negro? —preguntó uno de los peones, medio en broma.Ella levantó la vista y esbozó una sonrisa.—Alguien tiene que hacerle entender a ese bruto quién manda.César Oliveira observaba desde la distancia. Ya no hacía falta decir mucho. Paula ya no era tan impulsiva como antes. Entrenaba en silencio, escuchaba cuando tenía que escuchar y solo decía lo imprescindible.— P







