LOGINA la mañana siguiente, Natália estaba frente a la puerta de hierro del convento, que también servía como internado. Su corazón latía desacompasadamente. No podía negarlo: estaba nerviosa, casi en pánico. El coche que vendría a recoger a Cecília se retrasaba, y cada minuto parecía una eternidad.
Miró el reloj de su móvil y suspiró.
«¿Qué estoy haciendo aquí? Aún estoy a tiempo de escapar...», pensó, mordiéndose el labio inferior.
El sol fuerte se reflejaba en el elegante vestido beige que llevaba y la obligaba a arreglarse la peluca de pelo negro de vez en cuando. Las gafas de sol ocultaban su aprehensión, pero el bolso grande, nada elegante, desentonaba completamente con las maletas caras que tenía a su lado.
Estaba a punto de enviar un mensaje a Cecilia para confirmar la hora cuando un lujoso coche negro con cristales tintados se acercó lentamente. A Natalia se le revolvió el estómago. Ya no había vuelta atrás. Respiró hondo, levantó la barbilla con altivez y se metió en el papel que tenía que interpretar.
El vehículo se detuvo frente a ella. El conductor bajó, abrió la puerta trasera y, desde dentro, salió un hombre que la miraba con curiosidad.
Cecília había dicho que Carlos era un hombre más joven que el señor Fernando, pero no le había dicho que era extremadamente guapo y encantador. El hombre debía de tener unos treinta y cinco años, como mucho. Era alto, de hombros anchos y complexión atlética. Sus ojos y cabello negros contrastaban con su piel ligeramente bronceada. Su rostro aristocrático, marcado por rasgos fuertes, parecía sacado de una escultura clásica.
Natália tragó saliva cuando él comenzó a caminar hacia ella, con pasos firmes y seguros, como si cada movimiento fuera calculado.
—Señorita... —dijo con una voz grave y tranquila, que sonaba casi como un susurro seductor. Una sonrisa discreta, pero llamativa, apareció en sus labios—. ¿Cómo está?
Natália levantó un poco más la barbilla, tratando de no demostrar el impacto que sintió.
—Llega tarde, señor Carlos Monteiro de Albuquerque —respondió en tono frío e indignado.
Por un instante, sus ojos brillaron con sorpresa, como si no esperara esa reacción. Quizás esperaba una mujer sumisa.
— Le pido disculpas, señorita Cecília Braga —dijo tras una breve pausa, inclinando ligeramente la cabeza, y luego añadió con una sonrisa insinuante—: He tenido algunos imprevistos y le pido disculpas. No debería haber hecho esperar a una dama tan hermosa y encantadora».
Natália entrecerró los ojos detrás de sus gafas de sol. Demasiada osadía para alguien que solo debía recogerla. «El señor Fernando debe de estar loco por confiar en ese hombre tan guapo y atractivo y, además, con un aire tan seductor, para que recoja a su novia...».
— Señor Carlos, espero que recuerde tratarme con el debido respeto —replicó ella secamente.
Él arqueó una ceja y la miró divertido.
— Por supuesto, señorita Cecília Braga. Al fin y al cabo, estamos hablando de la novia del señor Fernando Alcântara de Albuquerque... sin duda, el hombre más afortunado de Brasil. —Extendió la mano—. ¿Puedo llamarla Cecilia?
Natália puso su mano en la de él con vacilación y, en lugar de un apretón formal, sintió que sus dedos acariciaban suavemente su piel y se inclinaba rozando ligeramente sus labios en su mano, en un gesto inesperadamente íntimo y seductor. Un escalofrío recorrió su cuerpo, como una descarga eléctrica. Rápidamente, fingió sentirse ofendida y retiró la mano.
— No le concederé tal intimidad, señor Carlos. Y espero no tener que informar al señor Fernando sobre su comportamiento inadecuado.
Carlos sonrió, sin perder la compostura.
—Pido disculpas por mi atrevimiento... —dijo con una calma desconcertante—. Prometo comportarme. O al menos... intentarlo.
Hizo una señal al conductor para que recogiera las maletas y luego extendió la mano para coger el bolso que llevaba Natalia.
—Déjeme ayudarla con eso también.
— ¡No! No es necesario —protestó con más vehemencia de la que pretendía—. Aquí tengo objetos personales que puedo necesitar durante el viaje.
Carlos inclinó la cabeza, estudiando.
— Debo admitir... que ese bolso no pega nada con usted. Ni de lejos es tan elegante como su ropa.
Natalia apretó el bolso contra su cuerpo, incómoda.
— Es cierto, pero las mujeres llevamos muchas cosas. Este era... el más práctico.
Él la observó en silencio durante unos segundos, con una mirada penetrante, como si intentara descifrarla. Luego sonrió levemente.
— Entiendo.
Hizo un gesto cortés para que ella se dirigiera al coche. Natalia mantuvo su postura altiva, pasando junto a él sin bajar la cabeza. El conductor le abrió la puerta y ella entró, sintiendo la mirada de Carlos sobre ella.
Antes de entrar, él le susurró algo al oído al conductor, que lo miró sorprendido y le lanzó una mirada rápida. Natalia se dio cuenta y su corazón se aceleró.
Poco después, Carlos se sentó a su lado. Su presencia parecía ocupar todo el espacio, haciendo que el interior del coche resultara sofocante. Natália se mantuvo erguida, tratando de parecer imperturbable, pero cada movimiento, cada mirada de aquel hombre, aumentaba su tensión.
El coche arrancó suavemente, dejando atrás las puertas del convento. Natália mantuvo la mirada fija en el paisaje que pasaba por la ventana, la peluca que llevaba tenía un flequillo largo que utilizaba para ocultar parte de su rostro, como si quisiera evitar cualquier contacto. Aun así, era muy consciente de su proximidad, del aroma amaderado de su perfume, de la forma en que su brazo descansaba relajado, pero dominando el espacio a su lado.
—Entonces... —dijo Carlos, rompiendo el silencio con su voz grave—. ¿Está ansiosa por volver a ver al señor Fernando?
Natália no apartó la mirada de la ventana.
—Eso no le incumbe.
Él soltó una risa baja, cargada de ironía.
—Veo que es más temperamental de lo que imaginaba. Fernando siempre me habló de una joven dulce, delicada... casi sumisa.
Natália se giró lentamente, arqueando una ceja.
— Quizás nunca me conoció de verdad.
Los ojos negros de Carlos brillaron, divertidos.
— O quizás la señorita sea más interesante de lo que él imaginaba.
Natália respiró hondo, manteniendo la postura erguida.
— Señor Carlos, sería mejor que no confundiera sus deberes con... otra cosa.
Él se inclinó ligeramente, reduciendo la distancia entre ellos. Su sonrisa era provocadora, pero sus ojos tenían algo enigmático.
— ¿Deberes? Bueno, mi misión es simple: garantizar que la novia de mi primo llegue sana y salva. —Hizo una pausa calculada—. Pero nadie dijo que no pudiera disfrutar de la compañía.
Ella sintió que su respiración se aceleraba. El disfraz debía permanecer intacto. Se obligó a sonreír con desdén.
—Aprecio su franqueza, pero prefiero que limite sus palabras al viaje.
Carlos se recostó en el asiento con elegancia.
—Como desee, señorita Braga. Pero... no prometo que el silencio sea una opción. —Se aseguró de mirarla de arriba abajo, lentamente, antes de desviar la mirada hacia delante.
Natália se estremeció por dentro, algo le decía que ese viaje no sería tan tranquilo como imaginaba. Carlos sin duda despertaba en ella algo que no conseguía descifrar.
Bonus – Jorge, Vanessa, Ricardo, Paula y Mariana.Los celos de Jorge hacia Fernando eran silenciosos, persistentes y profundamente corrosivos. Incapaz de lidiar con los logros, la madurez y la estabilidad del otro, permitió que la comparación constante se convirtiera en resentimiento. La envidia ocupó el lugar de la admiración y, poco a poco, Jorge se alejó de la razón, de la ética y de sí mismo. Si hubiera optado por la humildad, valorado la amistad de Fernando, reconocido las oportunidades que tantas veces rechazó y elegido el diálogo, su destino podría haber sido diferente. Así, su prisión no fue solo física, fue, sobre todo, emocional y psicológica, construida por decisiones que se negó a reconsiderar.La obsesión de Vanessa por Ricardo siguió un camino aún más peligroso y destructivo. Lo que comenzó como deseo y fantasía pronto se convirtió en una fijación enfermiza, marcada por la necesidad de control, por la carencia extrema y por la incapacidad de aceptar límites. No era amor,
La Gran FamiliaLa finca despertó diferente aquella mañana. El sol surgía suavemente sobre las vastas plantaciones y pastos, iluminando los campos verdes aún cubiertos de rocío, mientras el canto de los pájaros parecía anunciar que aquel no era un día cualquiera.En el jardín, bajo las carpas, se habían puesto mesas para recibir a los amigos; no era ningún día especial, solo el deseo de reunir a familiares y amigos que habían estado presentes en la vida de la pareja, Fernando y Natália.Desde el porche, Natália lo observaba todo con una sonrisa serena, con su hija en brazos. Alice, de poco más de un año, tenía el pelo y los ojos de su madre. La pequeña se reía con facilidad. Sin que ella se diera cuenta, Fernando se acercó y las envolvió a las dos en un abrazo silencioso.—¿Eres feliz? —murmuró él, emocionado. Natalia apoyó la cabeza en su hombro.—Muchísimo, nunca imaginé que tendría una familia tan grande y llena de amor que nunca se divide… sino que se multiplica.Abrazados, obse
Llegada la hora de que los novios se retiraran, no hicieron alarde de ello y se marcharon discretamente sin despedirse. Afuera, Fernando y Natália los esperaban para despedirse.Laís sostenía las manos de Natália cuando sintió el apretón cariñoso de su hermana.—Sé muy feliz —dijo Natália, con los ojos llenos de emoción—. Te mereces todo esto… y mucho más.Laís sonrió emocionada y la abrazó con fuerza.—Gracias por estar conmigo en todo momento. Que sigamos caminando juntasFernando se acercó a Carlos y le estrechó la mano con firmeza.—Todo está listo para mañana —dijo con tono seguro—. El helicóptero irá a recogerlos. Los llevará al aeropuerto más cercano y, desde allí, mi avión seguirá hacia Río. Después, Angra dos Reis.Carlos asintió, aún embargado por la emoción del día.—No sé ni cómo darte las gracias.Fernando sonrió con sinceridad.—Sed felices. Tan felices como lo soy yo. Es todo lo que os deseo a los dos.Las luces del jardín iluminaban el camino mientras caminaban de la m
La fiesta se organizó como un auténtico acontecimiento en Pedra Azul.En el amplio jardín de la finca de la familia de Laís, una gran carpa climatizada se alzaba entre los árboles, iluminada por luces cálidas y delicadas que comenzaban a brillar a medida que el sol se despedía tras las montañas. Carlos no escatimó en gastos: el bufé era impecable, con platos sofisticados y sabores que mezclaban la tradición de la sierra con toques contemporáneos, mesas repletas de dulces exquisitos y una imponente tarta que se convirtió en el centro de todas las miradas.La decoración seguía el mismo equilibrio que la boda: sofisticada, pero sin excesos. Arreglos de flores blancas y velas esparcidas, telas ligeras que se mecían suavemente con la brisa de la tarde. Todo pensado para acoger, encantar y celebrar.Los hoteles de la región estaban llenos. Familiares, amigos y figuras influyentes, incluidos políticos cercanos a la familia, acudieron desde diferentes partes del país. Algunos llegaron en coch
Laís apareció en la entrada, acompañada por su padre, Francisco.El vestido blanco era romántico, de líneas suaves, delicado y de corte ligero, como si hubiera sido hecho a medida para aquel escenario. El velo acompañaba sus pasos con ligereza, y su sonrisa, suave, y sus ojos brillantes por la emoción, iluminaban todo a su alrededor.Francisco caminaba orgulloso, sujetando el brazo de su hija con firmeza y ternura. Sus ojos también estaban emocionados, pero su sonrisa era plena.Carlos no pudo contenerse.En cuanto la vio, las lágrimas brotaron libres, silenciosas, resbalando sin ningún tipo de vergüenza. Se llevó la mano a la cara, intentando disimular, pero pronto desistió. No quería ocultar lo que sentía.—Es el amor de mi vida… —murmuró, con la voz entrecortada.Fernando se dio cuenta y sonrió; Natália apretó ligeramente la mano de su marido, emocionada, y las lágrimas también brotaron.Paso a paso, Laís se acercaba al altar. Sus ojos se encontraron con los de Carlos, y en ese ins
Paula ya no era una novedad dentro de la Compañía de Rodeos César Oliveira.Su nombre circulaba entre los competidores con respeto, no por favoritismo, sino por su postura firme, por su disciplina y por la forma en que afrontaba cada montada como si fuera un ajuste de cuentas consigo misma.Aquella noche, la arena de Barretos estaba abarrotada. Las luces atravesaban el polvo suspendido en el aire, el locutor animaba al público y los tambores resonaban graves, marcando el ritmo del espectáculo. Paula se ajustaba los guantes con calma, sentada en el banco de madera detrás de los potros.—¿Te vas a enfrentar hoy al Relâmpago Negro? —preguntó uno de los peones, medio en broma.Ella levantó la vista y esbozó una sonrisa.—Alguien tiene que hacerle entender a ese bruto quién manda.César Oliveira observaba desde la distancia. Ya no hacía falta decir mucho. Paula ya no era tan impulsiva como antes. Entrenaba en silencio, escuchaba cuando tenía que escuchar y solo decía lo imprescindible.— P







