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last update Fecha de publicación: 2026-04-09 23:53:18

POV de NINA

Supuestamente, en los brazos de Theo debería sentirme a salvo. Theo es el hombre que ha restaurado los fragmentos de mi autoestima, el hombre que me dio un hogar cuando el mundo parecía una tormenta.

Theo comenzó a besar mi cuello. Su toque era suave, muy diferente a la forma en que José siempre dominaba, como si yo fuera de su propiedad. Cerré los ojos, intentando sumergirme en este calor.

Una vez.

Cuando los labios de Theo rozaron mi hombro, mi nariz captó de repente el aroma equivocado. No era el aroma cítrico y fresco de Theo, sino el aroma a sándalo, pesado y masculino.

El aroma de José. Mi cuerpo se tensó al instante.

—¿Nina? ¿Estás bien? —susurró Theo en mi oído.

Forcé una sonrisa, aunque mi pecho comenzaba a asfixiarse.

—Sí... yo solo... estoy bien, Theo. Continúa.

Dos veces.

Intenté abrazar el cuello de Theo, buscando un punto de apoyo. Sin embargo, cuando sus dedos acariciaron mi cintura, mi memoria reprodujo aquella noche —hace cinco años— en la que José me tocó de la misma manera, justo antes de irse a ver a Rosalía. La imagen de José burlándose de mí en nuestra cama de bodas apareció tan real en la oscuridad de la habitación. El aliento de José parecía sentirse en mi nuca, frío y asqueroso.

—Nina, tus manos están muy frías —Theo detuvo sus movimientos, mirándome con preocupación.

—No pasa nada, Theo. Por favor, no te detengas. Solo necesito concentrarme —susurré, más para mí misma que para él. ¡Quería demostrarle a José —dondequiera que estuviera— que ya no tenía poder sobre mi cuerpo. ¡Quería a José fuera de mi cabeza!

Tres veces.

Theo se movió sobre mí, besando mis labios profundamente. Abrí un poco los ojos, buscando consuelo en su mirada. Sin embargo, mi mundo pareció girar. La tenue luz de la lámpara hizo que el rostro de Theo se nublara y, en una fracción de segundo, sus rasgos cambiaron.

No vi a Theo. Vi a José.

Aquel hombre me estaba sonriendo con malicia. Su mirada llena de desprecio parecía decir: 'Nunca podrás librarte de mí, Nina. Eres mía'.

—¡NO! ¡NO ME TOQUES!

Grité, empujando el pecho de Theo con una fuerza que no sabía que poseía. Theo cayó de lado, luciendo impactado y confundido. Mi respiración se agitó y las lágrimas comenzaron a brotar intensamente sin poder contenerlas. Me acurruqué en un rincón de la cama, abrazando mis rodillas.

—¡Nina! ¡Soy yo, Nina! ¡Es Theo! —Theo intentó acercarse con las manos en alto, temiendo que su movimiento me hiciera entrar más en histeria.

Lo miré con ojos desorbitados. Pasaron unos segundos antes de que mi conciencia regresara. Era Theo. Ese rostro amable era de Theo, no el demonio de mi pasado.

—Lo siento... Theo, perdóname —mi voz se quebró. Me cubrí la cara con las manos, llorando desconsoladamente—. Lo vi... él estaba aquí, Theo. ¡Él estaba aquí!

Theo me atrajo de inmediato hacia su abrazo. No estaba enojado por haberlo empujado; solo me sujetó con fuerza, dejando que su camisa se empapara con mis lágrimas.

—Sshh... tranquilízate. Él no está aquí. José no volverá a tocarte nunca más. Te lo juro, Nina. No dejaré que se te acerque ni un centímetro.

—¿Por qué no se va de mi cabeza? —sollozé—. ¡Lo odio, Theo! ¡Lo odio tanto!

—Lo sé, cariño. Lo sé —Theo acarició mi cabello, dándome pequeños besos en la coronilla hasta que mi cuerpo dejó de temblar—. No tenemos que continuar con esto. Vamos a dormir. Te abrazaré hasta mañana.

Mis ojos permanecieron despiertos, mirando la puerta de la habitación cerrada bajo llave. Me sentía traicionada por mi propio cerebro. José Vargas solo había reaparecido hace dos días, pero ya había logrado arruinar el único lugar sagrado que tenía.


A la mañana siguiente, Madrid estaba bajo una lluvia fina. Me obligué a levantarme y actuar con normalidad. Invité a Theo a hacer las compras mensuales en un gran supermercado cerca del centro, esperando que esta actividad rutinaria pudiera ahuyentar los restos del trauma de la noche anterior.

—¿Qué pasta quieres para la cena de hoy? —preguntó Theo mientras empujaba el carrito. Parecía muy paciente, como si lo de anoche nunca hubiera ocurrido.

—Lo que sea, Theo. Seguiré tu gusto —respondí, intentando dar mi mejor sonrisa.

De repente, una niña de unos cuatro años salió corriendo desde el pasillo de las especias. Parecía asustada y, accidentalmente, lanzó una lata de leche hacia Theo. La lata golpeó la pierna de Theo con bastante fuerza. Él soltó un pequeño quejido, pero de inmediato se puso en cuclillas para ver a la niña, que ahora temblaba de miedo.

—Oye, no pasa nada, pequeña. No tengas miedo —dijo Theo con ese tono dulce de pediatra.

Me acerqué a ellos para calmar a la niña. Sin embargo, desde la distancia, una mujer llegó corriendo sin aliento con un uniforme de sirvienta gris, desgastado y desaliñado. Su cabello estaba atado de cualquier manera, su rostro estaba pálido sin maquillaje y sus manos parecían agrietadas por el detergente.

—¡Perdón! ¡Perdonen a mi hija! ¡Les ruego que no nos reporten! —la mujer hablaba con la cabeza baja, su voz temblando de pánico.

Me quedé helada. Esa voz. Era imposible no reconocer esa voz, aunque su tono estuviera ahora lleno de una sumisión lamentable.

—¿Rosalía? —susurré.

La mujer se sobresaltó. Levantó la vista lentamente. Cuando sus ojos se encontraron con los míos, pareció ver el apocalipsis. Retrocedió un paso, casi cayéndose.

—¿Ni... Nina? —su voz era casi inaudible.

Mi mente giraba a toda velocidad. ¿Esta era Rosalía? ¿La amiga que antes siempre llevaba bolsos de diseñador? ¿La mujer que con arrogancia me arrebató a mi marido porque me consideraba "aburrida"? Ahora, estaba frente a mí como una sirvienta aterrada.

Una mujer de mediana edad y elegante —la señora Sofía, una de mis pacientes de consulta— se acercó.

—¿Doctora De la Cruz? ¿Conoce a mi empleada?

Tragué saliva, intentando mantener mi voz estable.

—Sí... somos viejas amigas, señora Sofía.

—Oh, menos mal entonces. Rosalía es realmente trabajadora, pero su vida es una desgracia. Su marido la abandonó estando embarazada, llevándose todo su dinero. La traje a trabajar por lástima, incluso a su hija la considero parte de mi casa porque Rosalía no tiene para escuela ni leche —explicó Sofía con tono compasivo.

Theo me miró inquisitivamente; sabía quién era Rosalía por mi breve relato, pero eligió permanecer en silencio y darme espacio. Rosalía no se movía, seguía con la mirada baja. El fastidio me hacía querer burlarme de ella, pero había otro sentimiento que me hacía sentir mucha lástima.

—Rosalía, ¿podemos hablar un momento? —pregunté—. Solo un momento, señora Sofía, porque hace mucho tiempo que no hablo con esta vieja amiga.

Rosalía levantó la vista y miró a Sofía.

—Por supuesto, pero solo diez minutos, perdóneme doctora De la Cruz, pero tengo otros asuntos —respondió Sofía.

—Claro, me aseguraré de que antes de diez minutos hayamos terminado.

Sofía le hizo un gesto a la pequeña y dijo:

—Vamos, Valerie, ven con Mommy.

La niña no dudó en tomar la mano de Sofía, ignorando incluso a Rosalía que le decía adiós con la mano. Las observamos hasta que desaparecieron dentro de una tienda de ropa de lujo.

—Cariño, iré allí un momento —le dije a Theo—. Por favor, continúa con la lista que te di.

Theo levantó el pulgar y yo le hice una señal a Rosalía para que camináramos.

—¿Qué pasó, Rosa? ¿Dónde está José? ¿No obtuviste lo que querías hace cinco años? —pregunté, fingiendo no saber que se había separado de él.

Rosalía, de repente, se arrodilló ante mí. En medio del supermercado, comenzó a llorar desconsoladamente, aferrándose a mis piernas.

—Nina... perdóname. ¡Por favor, perdóname! ¡Dios me ha castigado!

—¡Levántate, Rosa! ¡No hagas una escena! —ordené.

Se puso en pie de nuevo, limpiándose las lágrimas con brusquedad.

—José... él es un demonio, Nina. Nunca me amó. Solo me usó para que tú te fueras. Dijo que eras demasiado fuerte, demasiado difícil de controlar, así que me necesitaba a mí para destruir tu estabilidad mental.

Mi pecho dolió al escucharlo. —¿A qué te refieres?

—Después de que te fuiste, José se convirtió en un monstruo. Me torturaba mentalmente cada día. Siempre me comparaba contigo. Decía que yo era basura, mientras que tú eras el diamante que él desechó por idiota. ¡Me tendió una trampa con deudas, Nina! Hizo que pareciera que yo le robaba su fortuna, ¡y luego me echó a patadas cuando estaba embarazada!

—¿Él sabía que estabas embarazada? —pregunté con la respiración contenida.

—¡Lo sabía, pero no le importó! Dijo que no necesitaba un hijo de una mujer rastrera como yo. ¡Él solo te quería a ti de vuelta, Nina! Durante estos cinco años, ha estado obsesionado buscándote, ¡y desquitó toda su rabia conmigo!

Sentí náuseas. Mi odio por José alcanzó un nuevo nivel. No solo era un traidor, era un depredador. Sin embargo, este relato de Rosalía y el margen de tiempo que me había dado José antes me hacían desconfiar un poco. José dijo que ella se había ido hacía dos años, y ella afirmaba que se fue embarazada. Pero su hija parecía de la misma edad que Mateo, tal vez un año menor. Tampoco creía del todo que José me buscara así; estaba segura de que él todavía me menospreciaba en aquel entonces.

Miré a Rosalía. Se veía tan destruida. Como ser humano, había una parte de mí que sentía lástima. Pero como mujer a la que ella ayudó a destruir, sentía que esto era el karma. Aun así, si se quedaba como empleada de la señora Sofía, no me serviría de nada.

Quizás jugar un poco a la venganza no estaría mal.

—Deja de trabajar para la señora Sofía —dije justo frente al café al que nos dirigíamos.

Rosalía levantó la vista, sus ojos hinchados se abrieron de par en par. —¿Qué?

—Ven a mi clínica mañana por la mañana a las ocho. Te daré un trabajo en el área de administración. Tendrás un sueldo digno y un lugar temporal para vivir para ti y tu hija.

—Nina... ¿por qué? ¿Después de lo que te hice?

La miré con una frialdad glacial.

—No te confundas, Rosa. No hago esto porque te haya perdonado. Lo hago porque... Olvídalo, ¿qué importa lo que haya en mi corazón? Si de verdad te importara, habrías entendido mis sentimientos cuando me traicionaron, ¿no? Solo responde a mi oferta.

Rosalía temblaba, pero asintió levemente.

—Lo que sea, Nina. Lo que sea con tal de salir de este sufrimiento.

Saqué una tarjeta de presentación y se la entregué, sin olvidar darle algo de dinero también.

—Bien, ven mañana a las ocho. Además, he perdido el apetito para pedir café; toma este dinero para ti. Hasta mañana, Rosalía.

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