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last update Fecha de publicación: 2026-03-26 08:04:39

POV de Nina

Mis manos aún temblaban mientras cerraba con llave la puerta de mi consultorio desde dentro. El sonido de la respiración agitada de Jose y el aroma de su perfume parecían seguir flotando en el aire, asfixiándome. Durante cinco años construí esta fortaleza—ladrillo a ladrillo—con sudor y lágrimas en las noches solitarias de Sevilla. Y en un solo encuentro, Jose Vargas logró abrir una gran grieta en ella.

—Maldito seas, Jose —susurré, apoyando la frente contra la puerta fría.

Lo sabía. Ya sabía lo de Mateo. Ese hombre siempre encontraba la forma de conseguir lo que quería, aunque tuviera que hurgar en la basura o comprar la privacidad de los demás. Pero lo que más me asqueaba no era que me investigara, sino el destello de “posesión” en sus ojos cuando mencionó el nombre de Mateo.

No quería a Mateo por amor. Lo quería como un trofeo. Como el heredero del inestable trono de los Vargas.

—¿Doctora? ¿Está bien? —la voz de Carmen por el intercomunicador me sacó de mis pensamientos.

Respiré hondo, acomodé mi bata blanca y me aseguré de que no quedara rastro de miedo en mi rostro. —Estoy bien, Carmen. Por favor cancela todas mis citas después de esta. Tengo que recoger a Mateo temprano.

No podía dejar a Mateo más tiempo en la escuela. Jose ahora era un depredador hambriento, y sabía que no dudaría en aparecer allí solo para satisfacer su ego.

Al salir hacia el estacionamiento, el SUV negro de Theo ya estaba esperando. Ver a Theo apoyado contra el coche con una sonrisa cálida alivió la presión en mi pecho. Theo era todo lo que Jose no era. Era amable, paciente, y me amaba incondicionalmente—no porque yo fuera “útil” para su imagen, sino porque soy Nina.

—Oye, te ves muy pálida —dijo Theo, acercándose y colocando su mano cálida sobre mi mejilla—. ¿Qué paciente dejó así de agotada a mi prometida? ¿Debería darles un diagnóstico de neurocirugía para que dejen de molestarte?

Intenté reír, aunque sonó vacío. —Solo un paciente antiguo muy terco, Theo. ¿Podemos ir por Mateo ahora? Quiero pasar tiempo con ustedes.

Theo me miró con sospecha, pero fue lo suficientemente prudente como para no insistir. —Claro. Mateo no ha dejado de quejarse porque quiere mostrarte su nuevo dibujo.

De camino a la escuela de Mateo, mi mente volvió al pasado. A los días en que tenía que trabajar en un café hasta las dos de la mañana mientras cargaba a Mateo con fiebre en la espalda porque no podía pagar una niñera. En ese entonces, Jose probablemente estaba de fiesta en su yate, riéndose de mi pobreza.

¿Y ahora se atreve a volver y exigir sus derechos? Idiota.

—Nina, otra vez estás distraída —la voz de Theo me sacó de mis pensamientos cuando llegamos a la escuela.

Parpadeé. —Lo siento, solo estoy un poco cansada.

Entramos al área del jardín de infancia. Mateo corrió hacia mí con su mochila de dinosaurios. —¡Mamá! ¡Mira, dibujé a un héroe!

Me arrodillé y lo abracé con fuerza. Mucha fuerza. Como si soltarlo un segundo permitiera que Jose apareciera detrás de un árbol y se lo llevara. Mateo era mi razón de vivir. Era lo único bueno que quedó de esa relación tóxica.

—Es maravilloso, cariño. ¿Quién es este héroe? —pregunté, viendo el dibujo de un hombre con uniforme y grandes alas.

—¡Es papá! Papá nos protege desde el cielo —dijo Mateo con alegría.

El corazón me dolió. Yo creé esa mentira. Yo le dije que su padre era un héroe que murió en batalla, porque no podía decirle que su padre era un monstruo que se acostó con otra mujer cuando su madre apenas comenzaba el embarazo.

—Vamos, pequeño héroe. Comamos helado antes de ir a casa —dijo Theo, levantando a Mateo sobre sus hombros.

Caminamos hacia el estacionamiento, pero me detuve. Al otro lado de la calle había un sedán negro de lujo estacionado. Los vidrios eran demasiado oscuros para ver el interior, pero lo supe. Podía sentirlo. Esa mirada de depredador observando a su presa.

Jose estaba allí. Nos estaba siguiendo.

—¿Qué pasa, Nina? —preguntó Theo, notando mi mirada.

—Nada. Vamos, entremos rápido al coche —dije con urgencia.

Durante el camino de regreso, no dejé de mirar el espejo retrovisor. El coche no nos seguía directamente, pero sabía que Jose ya había marcado la ubicación de la escuela de Mateo.

Esa noche, después de que Mateo se durmiera, me senté en la sala con una taza de té ya frío. Theo se sentó a mi lado, observándome en silencio.

—Ha vuelto, ¿verdad? —preguntó Theo suavemente.

Lo miré, sorprendida. —¿Quién?

—Jose Vargas. El hombre que estuvo en tu consultorio hoy. Carmen me dijo su nombre cuando llamé esta tarde.

Solté un largo suspiro, cubriéndome el rostro con las manos. —Sabe lo de Mateo, Theo. Amenazó con quitármelo. Su padre también apareció en mi clínica. Quieren un heredero.

Theo tomó mi mano con fuerza. —No podrá tocar a Mateo. Tengo al abogado de la familia Alcantara. Vamos a adelantar la boda, Nina. Una vez que estemos legalmente casados, mi posición como padrastro de Mateo será mucho más fuerte ante la ley española.

—Pero él tiene dinero ilimitado, Theo. La familia Vargas puede comprar la ley.

—Podrán comprar la ley, pero no pueden comprar el amor de Mateo. Y no me vencerán sin luchar —dijo Theo, besando mi frente—. Confía en mí.

Quería creerle. De verdad quería. Pero yo conocía a la familia Vargas. Jose podía parecer destrozado por la depresión, pero su padre, Reginald, era una serpiente extremadamente venenosa. Si Jose no lograba “conquistarme” con encanto o simpatía, recurrirían a métodos sucios.

Esa noche no pude dormir. Fui a la habitación de Mateo y observé su pequeño rostro, tan parecido al del hombre que arruinó mi vida. Me hice una promesa silenciosa: no permitiría que la historia se repitiera. Jose podía ser mi paciente, podía intentar meterse en mi mente, pero nunca tendría un lugar en el corazón de Mateo.

A la mañana siguiente, llegó un paquete a mi clínica. Sin nombre de remitente.

Lo abrí con manos temblorosas. Dentro había una pelota de béisbol nueva, mucho más cara que la que tenía Mateo, y una pequeña nota con una letra que conocía demasiado bien:

“Mateo necesita mejor equipo si quiere ser un gran jugador. Te veré mañana a las ocho de la mañana, Doctora. No intentes huir, porque ya sé a dónde vas.”

Apreté la nota y la tiré a la basura. Jose Vargas acababa de declarar la guerra. ¿Y pensaba que podía ganarse el corazón de Mateo con dinero?

Realmente no me conocía. Y no conocía en absoluto a mi hijo.

—¡Carmen! —llamé por el intercomunicador.

—¿Sí, doctora?

—Instala cámaras de seguridad adicionales frente a mi consultorio. Y si Jose Vargas aparece mañana antes de su cita, no lo dejes entrar. Déjalo esperar en la acera. Quiero que sepa lo que se siente ser alguien no deseado.

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