Mag-log inValery Cooper El pesado silencio que flotaba entre los dos se rompió cuando di un par de pasos hacia su imponente escritorio de caoba. Maximilian se mantuvo de pie a un lado de la puerta, observándome con esa mirada gris, indescifrable y profunda, mientras yo comenzaba a mover las carpetas ejecutivas y los informes contables hacia un extremo de la mesa para despejar la madera pulida. —No tengo la menor idea de qué es lo que te gusta comer en un día de trabajo —comenté con voz serena, acomodando los papeles en una esquina con cuidado impecable—, pero a mí me encanta la comida asiática. Así que decidí que hoy comerías lo mismo que yo. Saqué las cajas de empaque kraft de las bolsas y comencé a desplegar los platillos sobre la superficie despejada. El aroma a salsa de soya, jengibre y verduras salteadas inundó el aire sobrio del despacho de la presidencia. Acomodé los recipientes de sushi, el plato de arroz frito estilo cantonés, las lumpias doradas y los pequeños recipientes con sa
Valery Cooper Al regresar a mi oficina en el piso de la presidencia, el murmullo lejano de la firma se sentía como un zumbido distante. Me senté tras mi escritorio, intentando concentrarme y calmar el pulso acelerado que me recorría el cuerpo. La adrenalina de haber presenciado cómo Maximilian tomaba el control absoluto del piso veinte aún me mantenía en tensión. Apenas me disponía a abrir los primeros archivos, unos toques suaves resonaron en la madera de la puerta. —Adelante —dije, acomodándome en el sillón y fingiendo estar sumergida en la pantalla. La puerta se abrió y apareció Caroline sosteniendo una abultada carpeta de cuero oscuro. —Señorita Cooper, disculpe la interrupción —saludó con voz amable pero profesional—. Le traigo los expedientes consolidados del proyecto urbanístico que me pidió temprano. El señor von Weber me indicó que le diera acceso completo a la documentación técnica para que pueda continuar con la revisión. —Muchísimas gracias, Caroline. Déjalos s
Valery CooperCaminé hacia el pequeño baño privado que estaba integrado en mi oficina.Repasé cada marca con la yema de los dedos, sintiendo una punzada de dolor tibio y eléctrico que descendió directo a mi entrepierna.—Maldita sea, Max... —murmuré para mí misma, entre la fascinación y el pánico.Tenía exactamente diez minutos para borrar cualquier rastro de la tormenta que había ocurrido sobre mi mesa. No podía permitir que nadie en esta empresa, ni Caroline ni los auditores, sospechara lo más mínimo de lo que acababa de suceder. Esta era mi entrada a la firma y mi reputación técnica tenía que mantenerse limpia, impecable y profesional.Me acerqué al lavamanos, abrí el grifo de agua fría y me mojé el rostro para bajar el rubor encendido de mis mejillas. Sequé mi piel con delicadeza usando una toalla de felpa y saqué de mi cartera el cosmetiquero. Me apliqué corrector de alta cobertura sobre el cuello y el escote, difuminando con paciencia las marcas más oscuras hasta reducirlas
Valery CooperLa respiración me quemaba la garganta. Permanecí recostada sobre la caoba helada de mi propio escritorio, con el cuerpo temblando como una vara en medio del silencio denso y sofocante que se apoderó de la oficina. Tenía las piernas entreabiertas, la falda de tubo arrugada a la altura de la cintura, la camisa blanca deshecha y la entrepierna latiendo en un dolor agudo, húmedo y caliente.El perfume costoso de Maximilian y el olor penetrante de nuestra intimidad flotaban en el aire, denso como una neblina invisible.Frente a mí, Max no mostró un solo segundo de arrepentimiento. No hubo culpa en su mirada, no hubo la distancia helada que solía imponer después de un impulso, ni el discurso cobarde de que esto no debía volver a repetirse. Lo observé a través de mis pestañas húmedas mientras él se reacomodaba el pantalón de vestir con movimientos pausados y calculados. Ajustó el cierre, se abrochó la correa con un chasquido metálico y luego, con una parsimonia que rozaba
Valery Cooper —Tú eres mía. Únicamente mía. Y ni tu abuelo, ni Damián, ni ningún otro imbécil va a cambiar eso jamás. Las palabras de Maximilian no sonaron a una promesa ni a una confesión;ñ fueron una sentencia brutal, una marca de propiedad clavada a fuego y escupida con la voz áspera de un hombre completamente ciego de furia. No me dio tiempo de procesar el veneno que llevaba el nombre de Damián en sus labios, ni de entender por qué los celos lo estaban devorando de esa manera tan salvaje. No me dio tiempo ni siquiera de tomar una bocanada de aire. Antes de que pudiera formular una sola pregunta, sus manos grandes y duras me sujetaron con fuerza implacable de la cintura, elevándome en el aire como si mi cuerpo no pesara absolutamente nada. Mi espalda impactó contra la superficie helada de caoba de mi propio escritorio, desordenando a su paso los informes, carpetas y hojas que meticulosamente había organizado durante la mañana. El chasquido de las carpetas cayendo al piso de m
Maximilian von Weber La puerta del despacho se cerró tras los pasos de Valery, dejando en el ambiente una estela sutil de su perfume que me oprimió la garganta. Respiré hondo para recuperar la compostura y clavé la mirada en el hombre que temblaba al otro lado del escritorio. —Bien, Morales —comenzé, con una voz helada que resonó como un látigo en el silencio de la oficina—. Explíqueme detalladamente de dónde salieron esas notas de crédito y por qué los fondos no ingresaron a las arcas principales. El contador se reajustó los anteojos con dedos torpes, trago saliva con dificultad y dejó caer las manos sobre las piernas. —Señor von Weber... le juro que hay una explicación técnica —balbuceó, con el rostro pálido—. Los proveedores de insumos suelen aplicar fluctuaciones de mercado... Yo solo asenté los valores que me llegaron desde la gerencia de compras... —No me tome por imbécil —sentencié, poniéndome de pie lentamente y apoyando las palmas de las manos sobre la caoba. Me inc







