Tómame toda, papi

Tómame toda, papi

last updateLast Updated : 2026-10-14
By:  LunaUpdated just now
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Hay casas que se convierten en hogares, y otras que son fortalezas de cristal diseñadas para mantener a raya los propios demonios. La de los abuelos de Valery Cooper siempre fue lo segundo: una burbuja de sobreprotección de la que ella juró escapar el día que cumplió veinte años. Cansada del encierro, de las reglas estrictas y de ver la vida pasar a través de una ventana, Valery decide reclamar lo que por derecho de sangre le pertenece: la herencia y las acciones empresariales que su difunta madre le dejó. Pero el mundo exterior no se gana con buenos deseos, y el hombre que custodia su destino está hecho de una madera infinitamente más peligrosa. Maximilian von Weber es un exmilitar alemán, CEO implacable, dominante y dueño de una arrogancia que aplasta a cualquiera que se atreva a cruzar su camino. A sus cuarenta años, es un lobo solitario que controla su imperio y sus emociones con disciplina de hierro... hasta que una pelinegra de ojos azules, pecosa y obstinada pisa su despacho corporativo exigiendo lo imposible. Para Maximilian, Valery no es más que una chiquilla insolente que necesita aprender las reglas del sacrificio y la obediencia. Para Valery, él es un tirano al que está dispuesta a retar hasta sacarlo de sus casillas. Bajo un contrato de un año que los obliga a convivir en una mansión tan lujosa como fría, se desata una guerra silenciosa de voluntades. Él quiere doblegar su rebeldía; ella quiere romper su control absoluto. Y en ese juego de poder donde las etiquetas de «padrastro» e «hijastra» pesan menos que el fuego que se enciende en la piel, cruzar la línea prohibida no es solo una tentación... es un destino inevitable.

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Chapter 1

Capitulo 01

Valery Cooper

​El sonido de la cremallera al cerrar la maleta me supo a libertad y a traición al mismo tiempo. Mis manos temblaban ligeramente mientras intentaba contener la marea de emociones que me ahogaba el pecho. A mis veinte años, mi vida entera se resumía en cuatro paredes empapeladas de tonos pastel, alfombras mullidas que amortiguaban cada paso y el silencio perpetuo de una mansión que se había convertido en mi mausoleo en vida.

​La puerta de mi habitación se abrió con un crujido suave. Al girarme, vi a mi abuela. Tenía los ojos hinchados, enrojecidos por las lágrimas que se empeñaban en surcar las arrugas de sus mejillas, y un temblor casi imperceptible en las manos.

​—Valery, mi niña, por favor piénsalo bien —su voz se quebró, cargada de una desesperación genuina que me apachurró el corazón—. Todavía no estás preparada para la ciudad. Ese mundo no es para ti... allá afuera hay puras víboras, gente sin escrúpulos que te va a destrozar en cuanto te descuides. Nos tienes a nosotros aquí, te protegemos...

​—Abuela, tengo veinte años —respondí, intentando mantener la voz firme aunque por dentro sentía que me desmoronaba.

​Mi abuelo entró detrás de ella. Su expresión era dura, un muro de piedra impenetrable. Permaneció en completo silencio, observándome con una mezcla de decepción y rabia sorda. Durante unos segundos interminables, ninguno dijo nada. El peso de su silencio absoluto pesaba más que cualquier grito.

​Luego, con un suspiro pesado que pareció sacarle los años de golpe, el abuelo caminó lentamente hacia mí. Se metió la mano en el bolsillo del chaleco y sacó una tarjeta de presentación elegante, de un cartón grueso y oscuro con letras plateadas. La extendió hacia mí. Mis ojos cayeron de inmediato sobre las letras impresas: Maximilian von Weber. Debajo, la dirección exacta de un imponente edificio corporativo en el centro de la ciudad.

​Mi abuelo me agarró las manos. Su piel estaba fría, áspera, y su apretón fue sorprendentemente firme.

​—Ya tomaste tu decisión y sé que eres terca como tu madre —dijo el abuelo, con la voz ronca—. No vamos a detenerte por la fuerza, pero tampoco vamos a dejarte a la deriva. Voy a llamar a Maximilian para avisarle que vas en camino. Me prometes... nos prometes que al menos los primeros meses te quedarás con él en su residencia. Es su obligación como tu padrastro, y así nos aseguraremos de que estás a salvo. Luego, cuando te acomodes, iremos a la ciudad a ayudarte a conseguir un apartamento propio. ¿De acuerdo?

​Me quedé inmovilizada. ¿Quedarme con él? El hombre al que apenas recordaba, un fantasma alemán del que mis abuelos siempre hablaban con recelo. Pero la alternativa era seguir atrapada aquí para siempre.

​—Está bien... se lo prometo —susurré, tragando saliva con dificultad.

​Una parte de mí, la niña asustada que temía equivocarse, se sentía fatal por dejarlos atrás, viendo el dolor en sus rostros. Pero otra parte, una mucho más salvaje, hambrienta y desesperada, saltaba de júbilo ante la idea de huir. No porque mis abuelos fueran malos —los amaba, sabía que todo lo hacían por protegerme de una tragedia pasada—, sino porque necesitaba con todas mis fuerzas ser libre, ver más allá de las fronteras de este pueblo, perderme en las calles y descubrir quién era yo realmente fuera de esta jaula de cristal.

​Corrí a abrazarlos a ambos. Hundí mi rostro en el hombro de mi abuela, respirando su perfume a lavanda por última vez en mucho tiempo, y luego apreté al abuelo en un abrazo breve pero intenso.

​—Cuídate mucho, mi vida —murmuró mi abuela en mi oído, besando mi frente.

​Terminé de cerrar la maleta con un movimiento seco. El abuelo tomó el asa pesada y me acompañó hasta el carro que había alquilado a escondidas la semana anterior. Me ayudó a subir el equipaje al maletero, y cuando cerró la tapa, lo miré a los ojos.

​—Gracias, abuelo. Por todo.

​Él solo asintió con la cabeza, serio, y me dio una palmada suave en el hombro.

​Me subí al asiento del conductor, encendí el motor y puse en marcha el vehículo, dejando atrás la verja de la mansión. Toda mi vida había vivido en este pueblo. Aunque era un lugar pintoresco, tranquilo y sumamente acogedor con sus casas coloniales y calles empedradas, la verdad es que nunca encajé ahí; mi alma siempre perteneció al caos, a las luces y a la magnitud de una ciudad grande.

​El viaje duró un par de horas. Conforme me alejaba, el paisaje rural iba transformándose en autopistas de varios canales. Al entrar a la capital, comencé a impresionarme de inmediato.

Mi mandíbula se relajó en una mueca de asombro mientras avanzaba por las avenidas principales los edificios gigantescos se elevaban hacia el cielo como monolitos de cristal y acero, los letreros luminosos parpadeaban anunciando marcas inalcanzables y el río constante de autos y personas me hizo sentir diminuta, pero increíblemente viva.

​Seguí las indicaciones del GPS utilizando la dirección exacta que el abuelo me había dado en la tarjeta. Minutos después, me detuve frente a una mole arquitectónica imponente. Desde la acera eché la cabeza hacia atrás, contando los niveles: veintitrés... veinticuatro... Pensé que tendría al menos esa altura. Estacioné el auto en la parte de afuera, en una zona de visitantes, apagué el motor y respiré hondo tres veces, llenando mis pulmones con el aire denso y acelerado de la ciudad.

​Salí del auto y caminé hacia las puertas giratorias de vidrio tintado del edificio.

​Al entrar, el lujo y la fría elegancia del lobby me recibieron de golpe. Pisos de mármol pulido, paredes oscuras y un silencio respetuoso que solo era interrumpido por el eco de mis propios pasos. Me acerqué al mostrador de recepción. La mujer detrás del mesón, con el cabello perfectamente recogido en un moño estricto y un traje sastre impecable, me miró de arriba abajo con una ceja alzada.

​—¿Qué se le ofrece? —preguntó de forma arisca, con una brusquedad glacial.

​Me puse ligeramente tensa, pero saqué el mentón hacia adelante.

​—Soy Valery Cooper —repliqué con voz clara, plantándome frente a ella—. Dile al señor Maximilian que su hijastra lo busca.

​La recepcionista parpadeó, la máscara de desdén se le desmoronó por un segundo y sus ojos se abrieron con sorpresa. Asintió rápidamente, tecleando furiosa en su ordenador.

​—El... el último piso, señorita Cooper. —Se corrigió con velocidad, señalando hacia los ascensores privados—El ascensor del fondo la llevará directamente al piso treinta.

Caminé hacia el elevador privado, presioné el botón y las puertas se abrieron con un susurro metálico. Entré, metí la llave magnética que la recepcionista me había entregado y presioné el número 30.

​El ascenso fue tan rápido que los oídos se me taparon por la presión. Cuando las puertas se abrieron de golpe, un aire completamente distinto me envolvió, parecía un penthouse futurista y sofisticado. Ventanales de piso a techo que ofrecían una vista panorámica de toda la ciudad, muebles de diseño minimalista en tonos grises y negros, y un silencio absoluto que denotaba poder y exclusividad.

​Antes de que pudiera dar un paso más, una mujer de unos treinta años, con lentes de montura fina y una libreta en la mano, salió a mi encuentro.

​—¿Señorita Cooper? Soy la secretaria del señor Maximilian von Weber —dijo con una sonrisa profesional pero cortés—. El señor Maximilian la está esperando en su despacho. Por aquí, por favor.

​—Muchas gracias —repliqué, exhalando el aire contenido.

​Caminé por el pasillo hasta llegar a una puerta doble de madera de roble oscuro. La secretaria dio dos golpes secos, abrió la puerta lo suficiente para anunciarme y me hizo un gesto para que pasara.

​—Adelante.

​Crucé el umbral y la puerta se cerró a mis espaldas con un clic suave que resonó en el interior. El despacho era gigantesco. De espaldas a mí, contemplando la inmensidad de la ciudad a través de los enormes ventanales, había un hombre de pie.

​Yo no recordaba bien cómo era Maximilian cuando era niña, antes de que mi madre muriera. Lo habría visto una o dos veces en reuniones familiares lejanas.

​El do un paso hacia la ventana y la luz de la tarde recortó su silueta. Me detuve a mitad de la estancia, sintiendo que las palabras se me secaban en la garganta. Tragándome el nudo de nerviosismo que amenazaba con asfixiarme, decidí hablar primero, intentando sonar mucho más segura de lo que me sentía.

​—. Quiero tener las acciones y la herencia que mi madre me dejó. He venido a reclamar lo mío.

​El hombre exhaló un suspiro profundo, un sonido áspero y cargado de una autoridad implacable, y finalmente se giró con lentitud sobre sus talones para mirarme de frente.

​Me quedé completamente petrificada, sin aire en los pulmones.

​El hombre que tenía enfrente no era el recuerdo descolorido de un tutor lejano. Era una jodida bofetada a los sentidos. A sus cuarenta años, Maximilian von Weber irradiaba una presencia tan arrolladora que empequeñecía la habitación entera. Era increíblemente alto, superando el metro noventa, con una complexión musculosa e imponente que hacía que el traje sastre gris oscuro a la medida le quedara peligrosamente ajustado, marcando la anchura brutal de sus hombros y el pecho poderoso. Su cabello, de un tono castaño oscuro, lucía elegantes y sutiles destellos canas en las sienes y en la barba perfectamente recortada que enmarcaba una mandíbula dura como el granito. Pero lo que terminó por descolocarme fueron sus ojos de un tono marrón claro, fríos, calculadores y penetrantes, recorriéndome de pies a cabeza con la precisión milimétrica de un depredador analizando a su presa.

​Maximilian exhaló un suspiro pesado, cruzó los brazos sobre su pecho musculoso —haciendo que la tela de su traje sastre pareciera a punto de ceder ante la presión de su fuerza— y me clavó esos ojos marrones claros, fríos y calculadores.

​—Te estaba esperando.— dijo mientras caminaba hacia su asiento —Tu abuelo se encargó de llamarme en cuanto saliste. Y una niña de pueblo claramente no está preparada para obtener las acciones ni manejar las riendas de una empresa tan grande como esta.

​Apreté los puños a los costados de mi cuerpo. La rabia estalló en mi pecho con la fuerza de un latigazo.

​—No soy ninguna niña de pueblo—le espeté, elevando la barbilla con furia, decidida a no achicarme ante su imponente metro noventa—. Y exijo lo que me pertenece por derecho de sangre. Mi madre...

​—Tu madre firmó un acuerdo legal que tú claramente ni te molestaste en leer —me interrumpió con una arrogancia que me envenenó la sangre, dando un paso al frente para invadir mi espacio—. Pero te tengo una propuesta, Valery. Ya que tienes tantos deseos de tener las acciones, serás mi aprendiz durante un año entero.

​Fruncí el ceño, desconcertada a medias.

​—¿Tu aprendiz? No necesito ser la aprendiz de nadie. Mi madre me dejó esas acciones, y tú, quieras o no, me las tienes que dar ahora mismo.

​Maximilian soltó una carcajada seca, un sonido oscuro que me recorrió la columna como una descarga eléctrica. Caminó lentamente alrededor del escritorio, acortando la distancia hasta quedar a pocos centímetros de mí. Su colonia amaderada y el calor de su cuerpo me envolvieron por completo.

​—El testamento estipula que tendrías que esperar hasta los veintidós años y pasar por una serie de evaluaciones estrictas, lo que significa dos años más de espera —replicó con una calma exasperante—. Sin embargo, yo te ofrezco recortarlo a solo un año. Si sobrevives, podrás obtener las acciones y, quién sabe, quizás en un futuro puedas tomar mi puesto como presidenta de la empresa.

​La última frase flotó en el aire, llamando poderosamente mi atención. ¿Presidenta? La idea de gobernar un imperio así de grande me fascinó por un segundo, pero sacudí la cabeza mentalmente, negándome a caer en su trampa de inmediato. ​—Tus abuelos me pidieron que te alojaras al menos dos meses en mi mansión para cuidarte —continuó él, con los ojos fijos en los míos, analizando cada parpadeo—, pero yo espero que te quedes el año completo bajo mi techo. Porque ser mi aprendiz no significa solo estar dentro de la empresa y hacerme caso significa cambiar tu vida por completo. Te vas a levantar temprano, te vas a acostar tarde, y vas a conocer el verdadero significado del sacrificio y el esfuerzo.

​Lo miré con desafío, sintiendo que la sangre me hervía en las venas.

​—No necesitas comportarte como si fueras un militar y yo tu maldito cadete —le solté sin filtros.

​Maximilian endureció la mandíbula. Su mirada se volvió de hielo puro antes de responder con una dureza implacable:

​—Eso es exactamente lo que serás bajo mi mando. Las reglas son claras, Valery. Las acatas bien, o si no las quieres, puedes dar media vuelta e irte de regreso a tu pueblo con tus abuelos y seguir siendo la niña que ellos quieren.

​La humillación me golpeó con fuerza, pero al mismo tiempo encendió una chispa indomable en mi interior. ¿Creía que iba a salir corriendo? ¡Qué iluso! En mi mente, la furia se transformó en una armadura. Tengo veinte años, tengo una carrera universitaria recién terminada en mis manos, y claro que soy capaz de esto y más. Le iba a demostrar de lo que estoy hecha no iba a permitir que me pisoteara ni que me viera como una pobrecita ignorante.

​Tragué saliva, enderezando la postura, y lo miré fijamente a los ojos con absoluta firmeza.

​—Acepto, pero con una condición quiero todo esto por escrito. Cada cláusula, cada mes, cada término de este acuerdo —exigí, extendiendo la mano con descaro.

​Maximilian arqueó una ceja, visiblemente intrigado por mi reacción. Sin apartar su pesada mirada de mí, abrió uno de los cajones inferiores de su escritorio con total calma, sacó un documento impreso de varias páginas perfectamente engrapado y lo deslizó sobre la caoba pulida.

​—Previsible como siempre, Fräulein —murmuró con una mueca burlona—. Ya me imaginaba que ibas a desconfiar de mi palabra. Léelo bien.

​Tomé el papel entre mis dedos. Para mi absoluta sorpresa, al llegar al final de las páginas, vi que el documento ya estaba firmado con una rúbrica pulcra y elegante que llevaba su nombre. Leí rápidamente los apartados clave: la reducción del plazo a un solo año, la tutela residencial bajo su techo y la liberación absoluta de las acciones al cumplir el período estipulado. Todo, absolutamente todo, estaba tal cual él me lo había prometido, sin trampas ocultas.

​Alcé la vista hacia él, sintiendo que la adrenalina me recorría las venas, y sin pensarlo dos veces, tomé una pluma y firmé al lado de su nombre.

​El papel quedó sellado.— Muy bien — Dijo mientras lo guardaba sintiendose triunfador.

​—Lo que tú digas... haré lo que tú digas, papi —susurré con una dulzura fingida.

​ Los ojos marrones claros de Maximilian se oscurecieron de golpe. Un tic furioso saltó en su mandíbula marcada y su respiración se volvió pesada, un gruñido sordo que contenía a duras penas. El aire del despacho se volvió denso, eléctrico, cargado de una tensión tan cruda que casi podía palparse.

Oh! ¡¿Así que había molestado al general?!

​—No me tientes, Valery —masculló en un tono bajo, un gruñido áspero que me hizo jadear por dentro mientras daba un paso amenazante hacia mí—. No tienes la menor idea de dónde te estás metiendo.

​—Oh, lo sé perfectamente —le respondí con una sonrisa cínica, dándome la vuelta con total soltura—. Nos vemos en casa... papi.

​Salí de aquella oficina sintiendo el corazón a mil por hora, pero con una sonrisa triunfante dibujada en los labios.

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