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CAPÍTULO 112: LA SOSPECHA CRECE

last update publish date: 2026-10-02 06:09:23

Volví a casa a las tres de la tarde, después de haber deambulado por la ciudad sin rumbo durante horas, y lo primero que vi al entrar fue su maletín en el suelo del recibidor, junto a la puerta.

Estaba en la casa. Había vuelto.

Me quedé un momento en la entrada, con las llaves en la mano y el corazón latiéndome demasiado rápido, sin saber si entrar o salir corriendo. Al final entré, porque no había otro lugar a donde ir, y porque Leo iba a llegar del colegio en una hora y alguien tenía que esta
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  • UN AÑO PARA RECORDARTE   CAPÍTULO 113: CLARA APROVECHA LA DISTRACCIÓN

    A la mañana siguiente, Renato no estaba en la casa.Bajé a la cocina con el cuerpo pesado, los ojos hinchados de no dormir, y encontré sobre la mesa una nota escrita a mano, con esa letra suya que ya conocía de tanto verla en documentos legales."Tuve que salir temprano. Llevo a Leo al colegio. Nos vemos esta noche."Nada más. Ni una palabra sobre la noche anterior. Ni una mención a lo que había dicho en la oscuridad. Ni una señal de que hubiera pasado algo. Como si todo hubiera sido un sueño. Como si yo me lo hubiera imaginado.Tenía la certeza clavada en el pecho como una aguja. Él había dicho cosas de nuestro pasado. Despierto. En la oscuridad. Y lo había dicho como se dice algo que ya se sabe.Me quedé un largo rato de pie en la cocina, con la nota entre los dedos, sin saber qué hacer. Podía llamarlo. Podía escribirle. Podía esperar a que volviera y enfrentarlo de una vez por todas. Pero ninguna de esas opciones me parecía posible. Porque cualquier cosa que hiciera, cualquier pala

  • UN AÑO PARA RECORDARTE   CAPÍTULO 112: LA SOSPECHA CRECE

    Volví a casa a las tres de la tarde, después de haber deambulado por la ciudad sin rumbo durante horas, y lo primero que vi al entrar fue su maletín en el suelo del recibidor, junto a la puerta.Estaba en la casa. Había vuelto.Me quedé un momento en la entrada, con las llaves en la mano y el corazón latiéndome demasiado rápido, sin saber si entrar o salir corriendo. Al final entré, porque no había otro lugar a donde ir, y porque Leo iba a llegar del colegio en una hora y alguien tenía que estar ahí para recibirlo.Lo encontré en la cocina, de espaldas, sirviéndose un vaso de agua. Tenía la camisa arremangada hasta los codos y el pelo revuelto, como si se hubiera pasado la mano por encima mil veces. No se giró cuando entré. Pero sabía que estaba ahí. —Hola —dije, y mi voz sonó pequeña en el silencio de la casa.—Hola.No dijo nada más. Se quedó de espaldas, bebiendo su agua, y yo me quedé de pie junto a la puerta, sin saber qué hacer con las manos, ni qué hacer con el cuerpo, menos q

  • UN AÑO PARA RECORDARTE   CAPÍTULO 111: LA REACCIÓN DE MIREYA

    No dormí.Me quedé en el pasillo hasta que el sol terminó de subir y la casa empezó a llenarse de esos ruidos mínimos que anuncian un día nuevo: el crujido de la madera, el zumbido lejano de la calefacción, el canto de un pájaro en el jardín que no tenía ningún derecho a sonar tan feliz después de la noche que habíamos tenido.Cuando por fin me levanté del suelo, tenía la espalda rígida y los pies tan fríos que apenas los sentía. Me metí a mi cuarto, me lavé la cara con agua helada, y me quedé un largo rato frente al espejo, mirándome como se mira a una desconocida.Tenía los ojos hinchados. La piel pálida. Una marca roja en la frente, del borde de la puerta de Renato, donde había estado apoyada durante largo rato. Me pasé los dedos por encima, como si pudiera borrarla, y sentí que las lágrimas me subían otra vez. Las contuve. No por dignidad. Sino por costumbre.Bajé a la cocina porque Leo iba a despertarse pronto y necesitaba desayuno, y porque la rutina era lo único que me sostenía

  • UN AÑO PARA RECORDARTE   CAPÍTULO 110: PERDÓNAME

    Renato se giró hacia mí, con el silbato todavía en la mano, y en su cara había una confusión genuina y sorprendido, como si él tampoco entendiera de dónde habían salido esas palabras.—No sé —dijo—. No sé por qué dije eso. —Se pasó una mano por la cara, temblando—. Es como si... como si alguien me lo hubiera dicho alguna vez. Y mi boca lo recordara.—¿Quién?—No lo sé. —Me miró, y en sus ojos había algo que no le había visto nunca, algo que se parecía al miedo puro—. Pero tú sí lo sabes, ¿verdad?Me dijo con una certeza firme. Pero yo no respondí.—Mireya. —Su voz se quebró del todo—. Tú sabes quién me dijo eso. Sabes de dónde viene el silbato. Sabes por qué sé usarlo. Por qué la canción me suena. Por qué la foto de ese patio me aceleró el pulso. —Dio un paso hacia mí, y yo me apreté más contra la pared, sin poder moverme—. Sabes todo. Y me lo has estado ocultando.—Renato, yo...—¡No! —dijo, y su voz se rompió en mil pedazos—. No me digas "Renato, yo..." No me digas nada más. Porque

  • UN AÑO PARA RECORDARTE   CAPÍTULO 109: LA FRASE TEXTUAL

    Esa noche hubo tormenta.Empezó tarde, con un viento que sacudía las ventanas y un cielo que se puso negro de golpe, como si alguien hubiera apagado la luna. Leo se despertó llorando a las dos de la mañana, con la cobija apretada contra el pecho y los ojos abiertos de par en par.—Hay truenos —dijo, con la vocecita quebrada—. No me gustan.Lo llevé a mi cuarto, lo acosté a mi lado, y me quedé con él hasta que se durmió de nuevo, con una mano enredada en mi camisón y la respiración todavía entrecortada. La lluvia golpeaba el techo con una violencia que no me dejaba dormir, así que me quedé despierta, mirando el techo, escuchando los truenos y sintiendo cómo cada uno me sacudía por dentro.A las tres, escuché pasos en el pasillo.No eran los de Leo porque estaba conmigo y además, eran más lentos, más pesados. Pasos de alguien que lleva horas despierto y ya no sabe qué hacer con el cuerpo. Me levanté con cuidado de no despertar al niño y salí al pasillo.Renato estaba al final, junto a l

  • UN AÑO PARA RECORDARTE   CAPÍTULO 108: UN OBJETO DE LA INFANCIA

    El sábado amaneció con un sol hermoso, de esos que hacen que la casa entera parezca más grande, y Leo decidió que era el día perfecto para ordenar su cuarto. Solo que "ordenar", para un niño de seis años, significaba sacar todas sus cosas al pasillo y sentarse en medio del desastre a mirarlas una por una.—Estoy clasificando —anunció, con una solemnidad que no admitía réplica.—¿Clasificando qué? —preguntó Renato, desde el marco de la puerta.—Cosas que quiero y cosas que ya no.Renato me miró por encima de la cabeza de Leo, con una media sonrisa, y yo le devolví el gesto. Era una de esas mañanas en las que la casa funcionaba sola, sin tensión, sin cálculos, sin ningún juez esperando del otro lado de la puerta. Hacía semanas que no teníamos una mañana así.—Te dejo —dije—. Voy a hacer café.Estaba en la cocina cuando escuché la exclamación. No fue un grito. Fue un "¡Ah!" corto, de sorpresa genuina, seguido de un silencio que me hizo levantar la vista de la cafetera.—¡Tío! —llamó Leo—

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