LOGINEl sábado amaneció con un cielo limpio, de esos que no anuncian nada. Leo se fue a una fiesta de cumpleaños a las once de la mañana, y la casa se quedó en un silencio que no estábamos acostumbrados a compartir. Sin sus pasos, sin sus preguntas, sin su voz llenando los pasillos, la casa entera parecía más grande. Más vacía. Más nuestra.Renato estaba en el jardín cuando bajé. Lo vi desde la ventana de la cocina: sentado en uno de los bancos de madera, con un cuaderno en las manos y la vista fija en el suelo. No escribía. No leía. Solo estaba ahí, quieto, como si estuviera esperando algo que no sabía nombrar.Preparé dos tazas de café y salí.—¿Puedo? —pregunté, señalando el otro extremo del banco.Levantó la vista. Me miró un momento, como si tardara en reconocerme, y luego asintió.—Claro.Me senté. Le tendí una taza. La tomó sin decir nada, y por un rato nos quedamos los dos ahí, en silencio, viendo cómo el sol se filtraba entre las ramas del limonero. Un limonero que llevaba años ah
La auditoría del centro nos había dejado exhaustos. Llevábamos tres días revisando documentos, organizando recibos, preparando carpetas para el abogado. Renato había cubierto el alquiler del centro sin decírmelo, y yo lo había descubierto por casualidad, revisando una transferencia bancaria que no reconocía. No le dije nada. Él tampoco mencionó el tema. Pero desde entonces, algo entre nosotros se había vuelto más silencioso. Más denso.Esa noche, después de cenar, estábamos los dos en la mesa del comedor con una pila de papeles cuando Leo apareció en el marco de la puerta, con el oso Peluso colgando de una mano y el pelo revuelto.—¿Pueden venir a ver una película conmigo? —preguntó, con esa vocecita que no pedía, sino que daba por hecho que la respuesta iba a ser sí.—Cariño, estamos trabajando —dije, señalando los documentos.—Siempre están trabajando.Renato levantó la vista de los papeles. Miró a Leo. Y algo en su cara cambió. No era cansancio. Sino otra cosa. Una especie de culpa
A la mañana siguiente, Renato no estaba en la casa.Bajé a la cocina con el cuerpo pesado, los ojos hinchados de no dormir, y encontré sobre la mesa una nota escrita a mano, con esa letra suya que ya conocía de tanto verla en documentos legales."Tuve que salir temprano. Llevo a Leo al colegio. Nos vemos esta noche."Nada más. Ni una palabra sobre la noche anterior. Ni una mención a lo que había dicho en la oscuridad. Ni una señal de que hubiera pasado algo. Como si todo hubiera sido un sueño. Como si yo me lo hubiera imaginado.Tenía la certeza clavada en el pecho como una aguja. Él había dicho cosas de nuestro pasado. Despierto. En la oscuridad. Y lo había dicho como se dice algo que ya se sabe.Me quedé un largo rato de pie en la cocina, con la nota entre los dedos, sin saber qué hacer. Podía llamarlo. Podía escribirle. Podía esperar a que volviera y enfrentarlo de una vez por todas. Pero ninguna de esas opciones me parecía posible. Porque cualquier cosa que hiciera, cualquier pala
Volví a casa a las tres de la tarde, después de haber deambulado por la ciudad sin rumbo durante horas, y lo primero que vi al entrar fue su maletín en el suelo del recibidor, junto a la puerta.Estaba en la casa. Había vuelto.Me quedé un momento en la entrada, con las llaves en la mano y el corazón latiéndome demasiado rápido, sin saber si entrar o salir corriendo. Al final entré, porque no había otro lugar a donde ir, y porque Leo iba a llegar del colegio en una hora y alguien tenía que estar ahí para recibirlo.Lo encontré en la cocina, de espaldas, sirviéndose un vaso de agua. Tenía la camisa arremangada hasta los codos y el pelo revuelto, como si se hubiera pasado la mano por encima mil veces. No se giró cuando entré. Pero sabía que estaba ahí. —Hola —dije, y mi voz sonó pequeña en el silencio de la casa.—Hola.No dijo nada más. Se quedó de espaldas, bebiendo su agua, y yo me quedé de pie junto a la puerta, sin saber qué hacer con las manos, ni qué hacer con el cuerpo, menos q
No dormí.Me quedé en el pasillo hasta que el sol terminó de subir y la casa empezó a llenarse de esos ruidos mínimos que anuncian un día nuevo: el crujido de la madera, el zumbido lejano de la calefacción, el canto de un pájaro en el jardín que no tenía ningún derecho a sonar tan feliz después de la noche que habíamos tenido.Cuando por fin me levanté del suelo, tenía la espalda rígida y los pies tan fríos que apenas los sentía. Me metí a mi cuarto, me lavé la cara con agua helada, y me quedé un largo rato frente al espejo, mirándome como se mira a una desconocida.Tenía los ojos hinchados. La piel pálida. Una marca roja en la frente, del borde de la puerta de Renato, donde había estado apoyada durante largo rato. Me pasé los dedos por encima, como si pudiera borrarla, y sentí que las lágrimas me subían otra vez. Las contuve. No por dignidad. Sino por costumbre.Bajé a la cocina porque Leo iba a despertarse pronto y necesitaba desayuno, y porque la rutina era lo único que me sostenía
Renato se giró hacia mí, con el silbato todavía en la mano, y en su cara había una confusión genuina y sorprendido, como si él tampoco entendiera de dónde habían salido esas palabras.—No sé —dijo—. No sé por qué dije eso. —Se pasó una mano por la cara, temblando—. Es como si... como si alguien me lo hubiera dicho alguna vez. Y mi boca lo recordara.—¿Quién?—No lo sé. —Me miró, y en sus ojos había algo que no le había visto nunca, algo que se parecía al miedo puro—. Pero tú sí lo sabes, ¿verdad?Me dijo con una certeza firme. Pero yo no respondí.—Mireya. —Su voz se quebró del todo—. Tú sabes quién me dijo eso. Sabes de dónde viene el silbato. Sabes por qué sé usarlo. Por qué la canción me suena. Por qué la foto de ese patio me aceleró el pulso. —Dio un paso hacia mí, y yo me apreté más contra la pared, sin poder moverme—. Sabes todo. Y me lo has estado ocultando.—Renato, yo...—¡No! —dijo, y su voz se rompió en mil pedazos—. No me digas "Renato, yo..." No me digas nada más. Porque







