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CAPÍTULO 3: ROZANDO LA SUPERFICIE

last update publish date: 2026-08-12 10:48:23

Las dos semanas previas a la llegada de Leo se convirtieron en un ejercicio de supervivencia silenciosa. La mansión era lo suficientemente grande como para no cruzarnos, pero el aroma de su perfume en el pasillo o el sonido de sus pasos firmes a las seis de la mañana eran recordatorios constantes de mi encierro voluntario.

Una mañana, tres días antes de que el juez entregará la custodia temporal, bajé a la cocina creyendo que la casa estaba vacía. Llevaba una camiseta vieja y el cabello despeinado. Me detuve en seco al ver a Renato de pie junto a la barra, sosteniendo una taza de café espresso.

Tenía su saco colgado en la silla y las mangas de la camisa blanca remangadas hasta los antebrazos, revelando una piel bronceada y unas venas marcadas que me hicieron tragar saliva.

—Buenos días —dijo, sin apartar los ojos de su computadora corporativa.

—Buenos días —respondí, caminando hacia la cafetera con una timidez que odié. —No sabía que seguías aquí.

—Tengo una reunión tarde. —Él dejó la computadora de golpe y se giró hacia mí. Sus ojos grises me barrieron por completo, deteniéndose un segundo de más en mis hombros descubiertos. Noté cómo su postura se tensaba.

—Mañana traen las cosas de Leo, quiero que verifiques que su habitación tenga todo lo necesario, no quiero fallas ante la trabajadora social.

—Me encargaré —aseguré, sirviéndome agua caliente. La mano me tembló ligeramente y unas gotas cayeron fuera. Antes de que pudiera limpiar el desastre, Renato dio dos pasos largos y me quitó el paño de las manos.

Su cercanía me invadió de golpe, olía a menta, café y a esa madera cara que recordaba de mi infancia. Sus dedos rozaron los míos con brusquedad y ambos contuvimos el aliento. Ninguno de los dos se movió.

—Estás nerviosa, Mireya —murmuró, con la voz extrañamente baja, clavando su mirada en mis labios.

—Esto es una situación extraña —mentí, obligándome a sostenerle la mirada aunque el corazón me suplicara retroceder. —No todos los días me caso con un desconocido para salvar mi vida y la de un niño.

Un destello de confusión, esa interferencia que le provocaba mi cercanía, cruzó sus ojos. Estaba tan cerca que podía ver el latido rápido en su cuello.

Estuvo a punto de decir algo, de acortar los escasos centímetros que nos separaban, pero el pitido de su teléfono rompió el hechizo. Renato parpadeó, recuperó su máscara de piedra y dio un paso atrás, dejándome con el pecho agitado.

Cuando Leo llegó, la casa cambió por completo, el vacío de la mansión se llenó con sus pasos pequeños y sus preguntas inocentes, pero la amenaza de Clara seguía flotando como una nube negra.

—Ella no tiene derecho a hacer esto —soltó Renato una noche en la estancia, caminando de un lado a otro tras una llamada con su abogado. —Clara estaba presionando con las visitas.

—Entonces deja que se quede con él —dije, y mi voz temblaba mientras me ponía de pie—. Si no la detienes ahora, ella va a llenarle la cabeza de historias horribles sobre ti, sobre mí, sobre todo. Leo necesita estabilidad, Renato, no una guerra destructiva entre sus tíos.

Él se detuvo y me miró, por un instante, vi la misma confusión de la mañana en la cocina. Como si mis palabras, mi vehemencia por proteger al niño, despertaran un eco dormido en su memoria.

—Tienes razón —admitió, y fue la primera vez que lo escuché ceder en algo. —Pero no sé cómo frenarla sin empeorar la situación legal.

—Entonces hazlo conmigo —respondí, dando un paso hacia él. —Esta noche, hablemos con Leo entre los dos, creemos un frente unido y mañana, cuando Clara vuelva a presionar, la enfrentaremos juntos, como una familia real.

Él asintió una sola vez, pero fue más que suficiente. Un pacto silencioso se selló entre nosotros, uno que iba más allá del dinero.

Esa noche nos sentamos los tres en el sofá del salón. Leo se acomodó justo en medio, con su oso Peluso, Renato a su izquierda con los brazos rígidos y yo a su derecha. Leímos un cuento sobre un barco que buscaba su hogar en el océano. A medida que avanzaban las páginas, la rigidez de Renato se fue disolviendo, terminó apoyando su brazo en el respaldo del sofá, rodeándonos sutilmente a Leo y a mí.

El calor de su cuerpo me envolvía, cuando el niño finalmente se quedó dormido, Renato lo levantó en brazos con una ternura infinita que me oprimió el pecho, y lo llevó con cuidado a su habitación.

Me quedé esperándolo en el pasillo en penumbras. Al salir del cuarto del niño, Renato cerró la puerta despacio, se detuvo frente a mí y me miró a los ojos.

—Gracias —murmuró, por fin, su voz no arrastraba esa capa de hielo. Era la voz de un hombre agradecido.

—No tienes que agradecerme —respondí en un susurro, obligándome a recordar las barreras de nuestro juego. —Es parte del trato.

—El trato —repitió él, y una sombra de amargura cruzó sus facciones, apagando el brillo de sus ojos. —Sí… El trato.

Dio un paso atrás para retirarse a su habitación, pero en su mirada limpia capté algo que no encajaba en absoluto con ninguna cláusula legal, una duda latente, una grieta en su armadura y, quizás, el principio de un incendio que ninguno de los dos estaba preparado para nombrar.

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