Home / Romance / UN AÑO PARA RECORDARTE / CAPÍTULO 4: LA NOCHE DE LAS MÁSCARAS

Share

CAPÍTULO 4: LA NOCHE DE LAS MÁSCARAS

last update publish date: 2026-08-12 10:49:45

Tres días después de aquella noche en el sofá, Renato me anunció que teníamos una cena de gala. No era una sugerencia, era una orden ejecutiva disfrazada de invitación.

—Es el evento anual de la fundación de mi padre —dijo, mientras me entregaba una elegante caja de terciopelo negro. —Asistirán los jueces del tribunal, los socios comerciales y la prensa. Necesito que estés a mi lado y que actúes como si esto fuera absolutamente real.

Abrí la caja, dentro había un vestido azul noche de seda, con un escote discreto pero de un gusto impecable. Era hermoso, pero también se sentía como una trampa dorada.

—¿Y si me niego a ir? —pregunté, aunque la respuesta flotaba en el aire.

—Entonces tú no podrás salvar tu centro y yo no podré retener a Leo. —Su voz fue plana, despojada de cualquier emoción. —Esa es la naturaleza de los contratos, Mireya, cumples o pierdes.

Cerré la caja y asentí en silencio, no tenía elección. Esa noche, al ingresar al imponente salón de eventos, fuimos recibidos por un mar de luces doradas y sonrisas ensayadas. Yo llevaba el vestido azul, el cabello recogido en un peinado alto y unos zapatos de tacón que ya comenzaban a lastimarme los pies. Sin embargo, no era el dolor físico lo que me abrumaba, sino el peso de las miradas de los invitados y los murmullos maliciosos a nuestro paso.

—¿Quién es ella? —escuché susurrar a una mujer de la alta sociedad.

—Dicen que se casaron en secreto. —Debe ser una aventura pasajera. Un hombre del estatus de Renato Varela no se casaría de la noche a la mañana con cualquiera.

Sintiendo mi rigidez, el brazo de Renato rodeó mi cintura con una firmeza imprevista, pegándome a su costado. Su calor me atravesó la seda del vestido, alterando mi pulso.

—Sonríe —murmuró rozando mi oído con sus labios. —Nos están observando.

Obedecí de inmediato, aunque mi sonrisa se sintió acartonada. La cena transcurrió entre platos gourmet sofisticados y conversaciones superficiales.

Renato dominaba el arte de los negocios con los socios, mientras yo me limitaba a asentir y fingir interés. Todo marchaba según el plan, hasta que un hombre mayor, de cabello completamente blanco y una mirada cargada de astucia, se aproximó a nuestra mesa.

—Renato —dijo el hombre, exhibiendo una sonrisa falsa y tensa. —Veo que has cumplido con el bendito requisito del tribunal. Te felicito.

—Tío Ernesto —respondió Renato, y su voz se transformó instantáneamente en un bloque de hielo. —No sabía que asistirías.

—No podía perderme este espectáculo. —El tío Ernesto me barrió de arriba abajo con desdén. —Así que tú eres la flamante esposa. Supongo que ya sabes que mi sobrino siempre ha sido un témpano... un hombre frío. Me da curiosidad saber qué te hizo aceptar este matrimonio tan repentino.

Un escalofrío me recorrió la nuca, su tono pretendía ser cortés, pero destilaba un veneno evidente.

—Renato me ofreció una oportunidad muy importante —respondí, forzando a mi voz a sonar inquebrantable. —Y yo decidí tomarla.

El tío Ernesto soltó una risa seca, un sonido desagradable.

—¿Una oportunidad? ¿O un contrato de conveniencia? He visto demasiados arreglos de este tipo, querida. Mujeres que se venden por un fajo de billetes y un techo lujoso. Pero dime una cosa, ¿qué pasará cuando se cumpla el año? ¿Qué va a pasar con el pobre Leo?

El nombre del niño me golpeó directo en el pecho, disipando cualquier rastro de timidez.

—¿Qué está queriendo decir con eso? —inquirí, y mi voz se tensó de golpe.

—Solo digo que una mujer con un contrato firmado no es una madre, y un hombre que ni siquiera puede recordar su propia infancia tampoco está capacitado para ser padre. —Se inclinó hacia mí, bajando la voz con crueldad. —Yo vi crecer a Renato, sé perfectamente lo que su padre le hacía, y sé que ese niño merece algo mejor que una farsa montada por el juez.

Renato se puso de pie con una violencia contenida. El impulso fue tal que su silla cayó hacia atrás, impactando contra el suelo y atrayendo las miradas de las mesas contiguas.

—Tío, sal de mi vista ahora mismo —sentenció Renato, con una furia sorda que me congeló la sangre.

—Me voy, me voy —dijo Ernesto con total lentitud, acomodándose el saco. —Solo quería asegurarme de que supieras que yo también solicitaré una audiencia con el juez. Y le diré detalladamente todo lo que sé.

El tío Ernesto se retiró con paso lento, dejando un silencio incómodo y destructivo a su alrededor. Renato levantó la silla de un tirón rústico, me tomó rígidamente del brazo y me guió hacia la salida sin mirar a nadie. Sabiendo que los fotógrafos nos vigilaban, mantuvimos la compostura hasta cruzar las puertas del recinto.

Solo cuando estuvimos resguardados en la penumbra del auto, con las puertas cerradas y los vidrios polarizados aislándonos del mundo, el muro de Renato colapsó por completo. Apoyó la frente contra el volante, con el rostro pálido y las manos temblando de una manera que jamás creí ver en él.

—¿Qué es lo que él sabe? —pregunté en un susurro, rompiendo la densa atmósfera del vehículo.

—Sabe que mi padre me golpeaba, sabe que mi hermana era la que me protegía —confesó, y su voz firme se quebró por primera vez. —Sabe que yo no recuerdo casi nada de mi vida antes de los diez años, y que el psicólogo del tribunal puede usar esa amnesia para tacharme de inestable y quitarme al niño. Ernesto tiene razón, Mireya, no soy apto.

—No, no la tiene —dije, y la contundencia de mis propias palabras me sorprendió. —Tener un pasado roto o lagunas en la memoria no te convierte en un mal padre. Lo que te convertiría en un mal padre sería rendirte y no protegerlo, y tú lo estás dando todo por Leo.

Renato giró la cabeza despacio para mirarme. En la oscuridad del auto, sus ojos ya no tenían la mirada del empresario calculador, reflejaban el pánico desprotegido de un niño.

—¿Por qué me defiendes de esa manera? —murmuró, confundido. —No tienes ninguna obligación de hacerlo, esto es solo un trato financiero.

—Porque cuando defiendo el futuro de Leo, también te estoy defendiendo a ti —las palabras brotaron de mi boca sin filtros, directo del corazón. —Porque sé perfectamente lo que se siente estar completamente solo en el mundo y porque... —me detuve en seco, tragándome el aire al notar la peligrosa cercanía de nuestros rostros. —Por nada, él no logró descifrar el final de mi frase, pero un destello de profunda turbación cruzó sus ojos grises.

Se me quedó mirando fijo, analizando mis facciones, y por primera vez articuló la pista que cambiaría todo.

—Tu voz... —susurró Renato, acercándose un centímetro más, atrapado en su propia confusión. —Cuando hablaste con esa firmeza para defenderme... por un instante tu voz me sonó a un eco lejano. A algo que creí haber perdido hace muchos años.

El corazón me dio un vuelco violento. El pasado estaba llamando a su puerta y el miedo a que me descubriera me paralizó. Me aparté sutilmente, rompiendo el hechizo antes de que el contrato estallara en pedazos.

El trayecto de regreso a la mansión transcurrió en un mutismo absoluto, pero ya no era un silencio incómodo, sino uno cargado de verdades invisibles que flotaban entre los dos.

Al llegar, confirmamos que Leo dormía plácidamente. Renato me escoltó hasta la entrada de mi dormitorio y, justo antes de que yo girara la perilla, apoyó su mano sobre la madera, deteniéndome.

—Gracias —dijo, con una voz ronca que resonó en el pasillo desierto. —Por defenderme ante Ernesto, y por... no haberme mentido hoy.

—No te he contado toda mi historia, Renato —respondí con honestidad, clavando mis ojos en los suyos. —Pero ten por seguro que lo que sabes de mí hasta ahora, es real.

Él asintió lentamente y se retiró hacia su parte de la casa. Entré a mi habitación y me apoyé contra la puerta cerrada, presionando una mano contra mi pecho agitado. La línea del contrato se estaba borrando demasiado rápido entre nosotros, y el abismo que se abría a nuestros pies comenzaba a darme terror.

Continue to read this book for free
Scan code to download App

Latest chapter

  • UN AÑO PARA RECORDARTE   CAPÍTULO 132: LEY DEL HIELO

    POV MIREYA Renato se fue sin despedirse.Bajó a las siete, se sirvió café, le preguntó a Leo por el colegio. A mí no me miró. Cuando le puse el plato en la mesa, él ya estaba de pie con el maletín en la mano. Le dio un beso en la cabeza al niño. Y se fue.Leo me miró desde el marco de la puerta.—¿Por qué no te habla?—Está cansado, cariño, vamos come, que luego llegas tarde—. Traté de que mi voz sonara tranquila para transferir a Leo lo que tanto necesitaba, por supuesto que no lo logré, pues el niño era demasiado intuitivo.Leo se dio cuenta, los niños son muy astutos y sensibles a esos cambios. Se quedó callado, comiendo su cereal, con esa expresión suya de adulto pequeño que ya había visto demasiado.—¿Están enojados? —preguntó.—No, cariño — le dije tratando de suavizar la situación.Lo llevé al colegio yo sola, en el auto no dijo nada. Se quedó mirando por la ventana con la mochila apretada contra el pecho. Y yo supe lo que estaba pensando, juntando piezas, que en algún momento

  • UN AÑO PARA RECORDARTE   CAPÍTULO 131: SE ROMPIÓ LA CONFIANZA

    POV RENATODejé el centro comunitario cuando ya estaba la claridad del amanecer, una luz pálida que hacía ver los edificios de la ciudad como bloques de cemento sucio. En el asiento del acompañante llevaba la carpeta de cartón gastado que Lucía me había entregado sin oponer resistencia. Los números no mentían, las firmas de aceptación estaban allí, con la caligrafía rústica del padre de Mireya, ejecutadas hace diez años, cuando yo todavía intentaba recordar mi nombre en las esquinas de una vida vacía.Manejé de regreso con una mirada autómata, no sentía rabia, sentía esa parálisis física que te da cuando te expones demasiado tiempo al frío extremo. El tablero de mi vida se había reducido a una habitación vacía donde cada persona que creía cercana tenía una parte de mi destrucción guardada en los bolsillos.Cuando estacioné el auto en la entrada de la casa, la llovizna de la madrugada había cesado. Subí los escalones del porche despacio, sintiendo el peso de la carpeta de cartón debajo

  • UN AÑO PARA RECORDARTE   CAPÍTULO 130: LAS PALABRAS QUE ROMPEN TODO

    POV RENATO El limpiaparabrisas de mi auto no daba abasto contra la cortina de agua que caía sobre la avenida. Manejaba a una velocidad estúpida, sintiendo los neumáticos perder adherencia en cada curva sobre el pavimento inundado, pero no aflojé el pie del acelerador. Tenía la nota arrugada dentro del bolsillo del saco, golpeándome contra la costilla a cada movimiento del volante. “Mirlo”. Esa palabra impresa con letras de molde era un clavo caliente metido directo en mi nuca.Llegué al edificio de departamentos de Clara en menos de quince minutos. Estacioné el vehículo sobre la acera, ignorando la entrada de la cochera subterránea, y bajé a la llovizna sin tomar el paraguas. El agua fría me empapó la camisa en tres segundos, pero el frío en mi cara me ayudó a despejar la neblina del pánico que me subía desde las piernas.Burlé al guardia de la recepción mostrando mi credencial corporativa antes de que pudiera registrar mi nombre. Subí en el ascensor en silencio, mirando los números

  • UN AÑO PARA RECORDARTE   CAPÍTULO 129: LA CONFESIÓN COMPLETA

    El ruido del agua corriendo en el baño pequeño parecía amortiguar la densidad que se había instalado en el cuarto. Terminé de abrocharle los botones del pijama limpio a Leo, pasándole los dedos por las sienes para apartarle los mechones de pelo que todavía tenía pegados por el sudor del pánico vivido.El niño ya no lloraba, tenía los ojos fijos en el suelo, con esa mirada perdida que me recordaba la peor época del internado temporal, cuando creía que nadie vendría a buscarlo.—Ya está, mi amor, la cama está limpia —le dije, obligándome a mantener un tono suave, regular, libre de la vibración que sentía en los dedos—. Acuéstate de lado, yo me quedo aquí hasta que salga el sol.Leo se acomodó despacio, arrastrando su oso de peluche bajo las mantas secas. No hizo preguntas, se limitó a cerrar los párpados con fuerza, como si el simple acto de mirar la habitación le causara un cansancio físico insoportable.Me levanté del borde del colchón con un movimiento lento, cuidando de no hacer rui

  • UN AÑO PARA RECORDARTE   CAPÍTULO 128: SIN DARNOS CUENTA

    POV RENATO Los escalones de madera crujían debajo de mis medias con un sonido que me parecía amplificado por el vacío de la casa. Bajaba despacio, no por indecisión, sino porque sentía las piernas pesadas, como si arrastrara el lodo acumulado de los últimos veinte años. La oscuridad de la sala era total, rota únicamente por los fogonazos intermitentes de los relámpagos que cruzaban el ventanal del comedor. Cada resplandor dibujaba sombras alargadas en las paredes de mármol.Mireya venía unos pasos detrás de mí. No necesitaba darme la vuelta para saber que estaba allí, su respiración corta y el roce sutil de su suéter contra la baranda de la escalera eran marcas que mi mente registraba de forma automática.Llegué a la planta baja, los golpes en el vidrio habían cesado, pero el eco del impacto seguía flotando en el ambiente. Me detuve a un metro del ventanal, afuera, la llovizna golpeaba el pavimento del jardín con una insistencia monótona, no había nadie en el porche. La figura encor

  • UN AÑO PARA RECORDARTE   CAPITULO 127: EL MIEDO DE LEO

    —¿Leo? —llamé en un susurro, con el corazón queriendo salirse por la boca.Mis ojos recorrieron el cuarto a toda velocidad. Los juguetes estaban ordenados en sus estantes, la ventana estaba cerrada con el seguro puesto desde adentro. No había signos de violencia, pero el vacío de la cama me desgarró el pecho, corrí hacia el baño de la habitación, pero estaba a oscuras.Fue entonces cuando escuché un pequeño crujido de madera proveniente del rincón más alejado del cuarto, donde estaba el armario empotrado.Me acerqué despacio, conteniendo la respiración, sintiendo que el suelo se movía debajo de mí. La puerta del armario estaba entreabierta apenas un par de centímetros. Me arrodillé en la alfombra, apoyando las manos en el piso para no perder el equilibrio, y empujé la madera con suavidad.Ahí adentro, metido entre las filas de pantalones colgados y cajas de zapatos, estaba Leo.Tenía las piernas encogidas contra el pecho, la frente apoyada en las rodillas y los brazos envueltos alrede

More Chapters
Explore and read good novels for free
Free access to a vast number of good novels on GoodNovel app. Download the books you like and read anywhere & anytime.
Read books for free on the app
SCAN CODE TO READ ON APP
DMCA.com Protection Status