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Capitulo 14

Author: Josyfer
last update publish date: 2025-02-27 11:14:34
Valeria miró a su hermano, sintiendo que las palabras se atascaban en su garganta. No tenía respuestas justas para darle, ni para sí misma. Moretti había aparecido de la nada, involucrándose en su vida de una manera que nunca había anticipado. Ahora, no era libre; estaba siendo perseguida por matones, todo porque su hermano había decidido jugar con el fuego de un hacker peligroso.

—No lo sé, Samuel, yo misma quisiera saberlo —susurró, suspirando mientras tomaba un sorbo de agua. —Pero te aseguro
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  • UNA ABOGADA PARA EL MAFIOSO MORETTI    Capítulo 58

    La escalera de servicio olía a cera y a lluvia. Valeria bajaba con Herrera detrás y Morrison un poco más arriba, hablando por radio en voz baja. Leonardo la alcanzó en el segundo rellano.—Espera. Morrison tiene tres hombres en la entrada del salón. Dame cinco minutos.—Samuel no tiene cinco minutos.—¿Y tú sí puedes entrar ahí sin que te maten?Ella se volvió. Él tenía el rostro gris y las ojeras de quien no ha dormido en semanas. Le tomó la muñeca para detenerla, con cuidado, pero con firmeza.—Suéltame —dijo Valeria.Leonardo aflojó la mano de inmediato, como si el contacto le quemara.—Perdón.—No me pidas perdón. Pídeme que confíe, y decidiré yo.—Confía —respondió él, casi sin voz—. Por favor.Valeria lo miró un segundo más de lo necesario. Después bajó el último tramo sin esperarlo.La puerta de servicio daba a un pasillo de mármol que desembocaba en el vestíbulo del Imperial. Desde allí llegaban los violines del cuarteto, el tintineo de las copas y las risas de los invitados.

  • UNA ABOGADA PARA EL MAFIOSO MORETTI    Capítulo 57

    Herrera dejó el sobre sobre la mesa, junto a la carpeta verde. No lo empujó hacia Valeria. Lo dejó allí, como quien deja una herramienta que ya no le sirve.—Siéntate, Andrés —dijo Morrison, con la mano todavía cerca del arma, aunque ya no la apuntaba a nadie.Herrera no se sentó. Se quedó junto a la cortina, con el abrigo mojado y las manos temblorosas.—Me pediste la verdad en el juzgado, Valeria, y yo te dije que tenía todo bajo control. No era cierto.Valeria dejó el bolígrafo sobre la mesa.—Empieza por el principio. No por el juzgado.—El principio es Ricardo Stern.El nombre cayó en la sala como una piedra en un pozo. Leonardo, junto a la puerta, levantó la cabeza de golpe.—El fundador —dijo Valeria—. El que me suspendió.—El mismo. Hace dos años, Stern empezó a vender expedientes del buffet a una gestora de Florida: Duarte & Partners. Les pasaba clientes con deudas, cuentas que se podían manipular y nombres de jueces que aceptaban presiones. Cobraba por cada expediente. Y yo

  • UNA ABOGADA PARA EL MAFIOSO MORETTI    Capítulo 56

    Morrison la citó en un salón privado del Imperial, dos pisos por encima del Salón Real donde se celebraría la boda. Las cortinas estaban cerradas y sobre la mesa había una carpeta verde. Valeria llegó sola, con el abrigo mojado y la certeza de que la esperaban desde mucho antes.—Siéntese, licenciada —dijo Morrison—. Hoy no le voy a pedir que firme nada.—Entonces, ¿para qué me trajo aquí?—Para que lea la segunda página.Abrió la carpeta. Dentro había una copia en papel fino de un poder de beneficiarios de tres sociedades de Florida, fechado hacía tres años. En el apartado de beneficiaria final aparecía un nombre que Valeria no esperaba ver: Valeria Cruz Lorca. Debajo, una firma que reconoció de inmediato. Era la misma letra apretada del registro de visitas de la mansión, con la "C" cerrada como un puño.—Yo nunca he tenido nada en Florida —dijo, con la voz firme.—Lo sé. Pero el banco la tiene como titular de las cuentas. Elena usó su nombre para mover el dinero de Moretti Enterpris

  • UNA ABOGADA PARA EL MAFIOSO MORETTI    Capítulo 55

    El viernes amaneció con la fotografía de Valeria en todas las portadas. La tomaron en el aeropuerto, con el abrigo empapado y el rostro vuelto hacia Elena. El titular la llamaba "la abogada que no supo salir del escándalo".En la televisión del vestíbulo, Rosario Vidal hablaba con las manos cruzadas sobre el regazo y los ojos secos.—Me quitaron a mi hijo en un incendio que nadie investigó —decía—. Y ahora sé quién pagó por esos silencios. Esa mujer vendió la muerte de Mateo por una cuenta en Florida.El presentador le pidió que dijera un nombre.—Valeria Cruz. La abogada que los Moretti compraron con su apellido.Desde otro canal, una de las damas del Club Imperial pedía que le retiraran el título a Valeria por "pasar las noches en la casa de un mafioso". Lucía apagó el televisor sin que nadie se lo pidiera.Valeria subió a su oficina. Ya no tenía placa en la puerta. Solo una caja de cartón con sus pertenencias, lista para llevársela.Su teléfono sonó. Era Sofía.—Mi madre quiere ver

  • UNA ABOGADA PARA EL MAFIOSO MORETTI    Capítulo 54

    El viernes amaneció con la fotografía de Valeria en todas las portadas. La tomaron en el aeropuerto, con el abrigo empapado y el rostro vuelto hacia Elena. El titular la llamaba "la abogada que no supo salir del escándalo". En la televisión del vestíbulo, Rosario Vidal hablaba con las manos cruzadas sobre el regazo y los ojos secos. —Me quitaron a mi hijo en un incendio que nadie investigó —decía—. Y ahora sé quién pagó por esos silencios. Esa mujer vendió la muerte de Mateo por una cuenta en Florida. El presentador le pidió que dijera un nombre. —Valeria Cruz. La abogada que los Moretti compraron con su apellido. Desde otro canal, una de las damas del Club Imperial pedía que le retiraran el título a Valeria por "pasar las noches en la casa de un mafioso". Lucía apagó el televisor sin que nadie se lo pidiera. Valeria subió a su oficina. Ya no tenía placa en la puerta. Solo una caja de cartón con sus pertenencias, lista para llevársela. Su teléfono sonó. Era Sofía. —Mi madre qu

  • UNA ABOGADA PARA EL MAFIOSO MORETTI    Capítulo 53

    La lluvia caía sobre el aparcamiento de la terminal con una insistencia casi personal. Morrison esperaba junto a un sedán gris, con las manos en los bolsillos del abrigo y la cicatriz de la ceja húmeda bajo la luz amarilla.Leonardo bajó del coche antes de que se detuviera del todo.—Habla —dijo.—Subamos —respondió Morrison, abriendo la puerta trasera—. Aquí no hay paraguas ni testigos.Valeria no esperó permiso. Bajó también, con el bolso apretado contra el pecho.Morrison la observó sin sorpresa.—Usted es testigo, señorita Cruz. Si sube, lo que escuche puede costarle lo poco que le queda.—Ya me costó casi todo —dijo ella—. Y sé más de lo que cree.Morrison sonrió sin humor y abrió la puerta del copiloto. Valeria se sentó detrás, junto a Leonardo, que tenía la mandíbula tensa y la vista clavada en el parabrisas.Dentro olía a café frío y a cuero mojado. Morrison dejó sobre el salpicadero una carpeta con fotografías. La primera mostraba la fachada de una oficina en Miami. En la seg

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