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UNA NOCHE CON MI CEO PROFESOR
UNA NOCHE CON MI CEO PROFESOR
Author: Día Mond

Capítulo 1: Humillada en la cena de Compromiso

Author: Día Mond
last update publish date: 2026-08-19 03:28:28

Farah

El retumbo de los aplausos aún me reventaba los oídos mientras caminaba por los pasillos de la facultad. Apenas unos minutos antes estaba sobre el escenario, recibiendo el reconocimiento como la doctoranda más brillante de mi generación.

Bajo los focos del auditorio me sentía invencible. Era la mujer que, a pesar de la quiebra financiera de mi familia, había mantenido el promedio más alto y asegurado su puesto. Pero al cruzar la salida y ver a mis padres esperándome con caras de angustia, la ilusión se desmoronó.

—Date prisa, Farah —me susurró mi padre, David, jalando el cuello de su camisa holgada debido al peso que perdió por el estrés—. No queremos que los Callway piensen que despreciamos su invitación. Sabes que esta alianza es nuestra única salida del abismo.

Asentí en silencio, guardando mi diploma en el bolso con una punzada de vergüenza. Subimos al modesto auto familiar y nos dirigimos al Grand Hotel Imperial. Pensé en Elian, el chico que solía regalarme flores silvestres de niños. Pero desde que la empresa de mi padre colapsó, el Elian dulce había sido reemplazado por un cobarde que caminaba cabizbajo ante sus padres y me miraba con una mezcla repugnante de lástima y propiedad.

Al entrar al salón privado del hotel, la opulencia me golpeó en el rostro. Los Callway ya estaban sentados entre copas de cristal de Baccarat. Bett Callway, una mujer de mirada gélida sepultada en joyas, ni siquiera se levantó.

—Llegan tarde —escupió la mujer, consultando su reloj de oro—. Supongo que la vida académica te hace olvidar que el tiempo de la gente importante vale dinero, Farah.

—Lo siento, señora —tragué veneno, bajando la vista.

Me senté junto a Elian y busqué su mano por debajo del mantel, necesitando un ancla. Me la quitó de un tirón seco, fingiendo alcanzar su servilleta. Un latigazo de humillación me cruzó el pecho.

La cena fue un calvario. Mientras servían platos que costaban lo que mi sueldo de seis meses, George Callway cortó su carne con un golpe seco de cuchillo que hizo vibrar las copas.

—Seamos francos —soltó George Callway con brutalidad—. Este compromiso es un acto de caridad pura. Tu padre, Farah, fue un incompetente que tiró su patrimonio a la basura. Si no fuera porque Elian te tiene lástima por el pasado, nuestra familia no tendría nada que ver con ustedes. Es una suerte que mi hijo sea tan noble como para no romper el acuerdo ahora que no tienen ni dónde caerse muertos.

Mi padre apretó los puños bajo la mesa hasta que los nudillos se le pusieron blancos, tragándose el orgullo para no arruinarlo todo. Mi madre lloraba en silencio, ocultándose tras una copa. Se me formó un nudo de bilis en la garganta.

—Y en cuanto a ti —continuó la madre de Elian, apuntándome con una uña afilada—, ese doctorado en Economía es una ridiculez. Una mujer casada con un heredero no necesita estar perdiendo el tiempo entre libros. En cuanto firmen el acta de matrimonio, renuncias. Necesitamos que te enfoques en la casa y en darnos herederos. No queremos una intelectual que descuide su hogar.

Me erguí de golpe, con el pecho ardiendo en rabia.

—He trabajado años por este doctorado. Mis artículos son citados en revistas internacional...

—¡Farah, ya cállate! —intervino Elian, sujetándome el antebrazo con un apretón brutal que me dejó la marca de sus dedos—. No compliques las cosas. Mi padre tiene razón, cuando estemos casados yo me encargaré de todo. No tienes que esforzarte tanto. Solo... acepta y sé agradecida.

Agradecida. Esa palabra me desgarró las entrañas. Mi prometido, el hombre al que le había entregado diez años de mi vida, me estaba subastando por la aprobación de sus padres.

La náusea me ahogó. Me puse de pie violentamente, haciendo tambalear la mesa.

—Necesito ir al baño —escupí, y salí corriendo antes de estallar en llanto.

Empujé la pesada puerta de madera del primer baño que encontré y me abalancé sobre el lavabo, abriendo el grifo para mojarme la cara con agua helada. Me miré al espejo: el rímel estaba corrido, mi piel pálida y los ojos inyectados en sangre.

—¿Por qué? —ahogué un sollozo, apretando las manos contra el mármol hasta temblar—. ¿Por qué tengo que dejar que me pisoteen?

De pronto, un movimiento en el reflejo me congeló. Un hombre estaba detrás de mí, observándome con una calma implacable. La rabia de la cena me nubló el juicio por completo.

—¿Es que no existe un mínimo de respeto en este hotel de m****a? —me giré hecho una fiera, con los ojos echando chispas—. ¡Este es el baño de mujeres! ¿Tan urgente es su necesidad que no pudo buscar el piso correcto?

El hombre no se inmutó. Tenía una mano en el bolsillo de su traje impecable y la otra sostenía un reloj de plata que guardó con exasperante lentitud. Poseía una belleza cruel, esculpida en piedra, con una mandíbula de hierro y unos ojos grises que me recorrieron como si me estuviera diseccionando.

—La urgencia la tiene usted por escupir su miseria contra el primero que se cruza —respondió con un barítono profundo, tan rasposo como peligroso—. Y sobre el respeto... es difícil aplicarlo cuando es la dama quien irrumpe en territorio ajeno.

Parpadeé, confundida. Giré la cabeza y el aire se me congeló en los pulmones. Justo al lado de los lavabos de diseño, se extendía una fila de urinarios de porcelana.

La cara me ardió en un fogonazo de vergüenza absoluta. Estaba en el baño de hombres.

Retrocedí un paso tropezando con el lavabo, pero al volver a mirar al desconocido, el reconocimiento me atravesó como un rayo. No era un cualquiera. Era Alaric Grimaldi. El titán financiero, el "alumno legendario" cuyo retrato de honor estaba colgado al lado del mío en la facultad. El hombre más poderoso del país estaba viéndome hecha un harapo emocional.

Tragué saliva, buscando aferrarme a lo único que me quedaba: mi intelecto.

—Yo... lo siento. Me equivoqué de puerta. El estrés me jugó una mala pasada —balbuceé, intentando recomponer la postura—. Señor Grimaldi, soy Farah, doctoranda en la Autónoma. He intentado contactar a su oficina para una entrevista académica. Su perspectiva sobre las inversiones estratégicas es vital para mi tesis y...

Alaric dio dos pasos agigantados hacia mí, invadiendo mi espacio con una ferocidad silenciosa. Olía a madera, a tabaco caro y al peligro helado del acero. Bajó la vista a mis manos temblorosas y luego me miró a los ojos con una sonrisa afilada.

—¿Una entrevista? —se inclinó tanto que sentí el fuego de su respiración en mi mejilla—. Hay que tener agallas para pedir audiencia mientras lloras como una niña entre urinales, pero te falta un gramo de sentido común.

No retrocedió. Con una lentitud calculada que me paralizó el corazón, llevó sus manos a la cintura. Sus dedos largos rozaron la hebilla de su cinturón. El chasquido metálico al soltarse sonó como un disparo en el baño cerrado.

Me quedé petrificada, con los ojos abiertos de par en par y el pulso desbocado.

—¿Todavía no piensas salir? —preguntó Alaric, con una ironía oscura mientras empezaba a deslizar el cuero de la hebilla—. A menos, claro, que tu investigación académica incluya observar la anatomía de tus entrevistados en momentos privados.

—¡No! Yo... ¡Perdón! —me di la vuelta tropezando con mis propios pies y salí disparada, empujando la puerta de golpe.

—Un consejo gratis —gritó su voz rasposa a mis espaldas—. La próxima vez asegúrate de no equivocarte de puerta... ni en los baños, ni en tus elecciones de vida.

Las palabras se me clavaron en el pecho como espinas. Él lo había escuchado todo.

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