LOGINFarah
Al regresar al salón privado, solo encontré la mesa desierta y desordenada. Se habían ido. No quedaba nada de la familia Callway ni de Elian, solo una carpeta de cuero con la cuenta astronómica de una cena que yo no había probado. Mi tarjeta de crédito tembló entre mis dedos cuando la entregué al mesero. Elian ni siquiera se molestó en cubrir el desastre de sus padres.
Al salir al pasillo, escuché los murmullos de mis padres cerca del ascensor. Me escondí tras un pilar.
—No podemos permitir esto —decía mi padre con la voz rota por la impotencia—. ¿No viste cómo la trataron, Patricia? Farah es una doctora, una mujer brillante. Esos estúpidos la tratan como a una criada. Prefiero vender lo poco que nos queda antes de verla humillada así.
—¿Y qué vamos a vender, David? —lloró mi madre en un susurro desesperado—. ¿Los recuerdos? Si Farah se casa con Elian, al menos tendrá un techo. Es nuestra única esperanza.
Cerré los ojos mientras las lágrimas me quemaban la cara. El peso de ser su salvación me estaba triturando los huesos. Me limpié el rostro, forcé una sonrisa falsa y salí.
—Ya está todo pagado —dije con voz firme—. Papá, mamá, váyanse a casa. Me quedaré a hablar con Elian. No se preocupen por lo que dijeron sus padres.
Los despedí con un beso. En cuanto el ascensor se cerró, mi fachada se cayó a pedazos.
Bajé al vestíbulo para encarar a Elian, pero la lluvia torrencial me recibió afuera. A pocos metros, bajo la luz amarilla de una farola, la escena me congeló la sangre. Elian estaba allí, pero una mujer vestida con sedas carísimas reía pegada a su pecho. Él no la apartaba; al contrario, la sujetaba de la cintura con una devoción que jamás me había dedicado a mí.
Le paré el alto a un taxi con un gesto desesperado y le pedí al chofer que siguiera el auto de lujo donde subieron.
El trayecto fue mi descenso directo al infierno. El auto se detuvo ante un edificio exclusivo de cristales ahumados. Mi corazón dio un vuelco salvaje: era el edificio donde yo, tras años de quemarme las pestañas con becas y trabajos nocturnos, había pagado el enganche de lo que sería nuestro hogar.
Los vi entrar juntos. Vi cómo la mano de Elian se deslizaba por la espalda de ella con una familiaridad asquerosa. Bajé del taxi y me quedé bajo la lluvia torrencial, afuera de la puerta, escuchando sus risas filtrarse por la ventana. Quise romper el cristal, quise gritar hasta quedarme sin aire, pero la rabia era tan helada que me paralizó.
Caminé sin rumbo bajo el agua. Mi teléfono vibró en mi mano empapada. Era Elian.
—Farah, terminemos esto de una vez —su voz sonó plana, desprovista de cualquier rastro de remordimiento—. Se acabó. Te devolveré el dinero del enganche al precio de mercado. No vas a perder dinero. No me busques más. Es lo mejor.
Clic.
Diez años reducidos a una liquidación. Diez años sacrificando becas en el extranjero para que él no se sintiera acomplejado, trabajando de noche para pagar sus deudas. Cuando mi familia era rica, lo levanté; cuando quebré, me descartó como a un trapo sucio.
En ese instante llegó un mensaje de mi madre: “Hija, no te preocupes por lo de hoy. Se conocen de toda la vida. Si lo amas, te apoyamos en todo.”
Un grito de furia pura se me escapó de la garganta, ahogado por un trueno. Mi madre pidiéndome que luchara por el hombre que acababa de ponerle precio a mi descarte.
Un incendio furioso me devoró por dentro. Entró al primer bar de mala muerte que encontré.
—Un doble de whisky —golpeé la barra con el puño—. Y no pare de servir.
El alcohol me desgarró la garganta, pero no apagaba el ardor del pecho. Bebí copas tras copas recordando las noches en vela redactando sus trabajos académicos, recordando cómo me suplicó que no lo dejara. Mentiras. Todo fueron jodidas mentiras.
Bebí hasta que el mundo empezó a dar vueltas violentas. La náusea y la ira me ahogaron. Necesitaba salir de ahí. Me tambaleé hacia la salida, con el pulso latiendo enfurecido en mis oídos. Al cruzar la puerta de salida, el piso se inclinó.
Perdí el equilibrio por completo. Esperaba el impacto duro contra el suelo, pero choqué de lleno contra un muro sólido. Un pecho firme, cálido y envuelto en una tela tan suave que mis dedos se agarraron a ella instintivamente.
El aroma a lluvia, tabaco y madera fina me llenó los pulmones. Unas manos enormes y potentes me sujetaron con fuerza de los brazos, clavando sus dedos para evitar que me estrellara.
Levanté la vista con los ojos empañados por el alcohol y el dolor. Las facciones esculpidas en piedra y esa mirada gris, implacable y oscura me observaban desde arriba.
—Tú... —susurré, sintiendo que el corazón me daba un vuelco violento.
—Tengo que admitir que me impresiona —continuó la rubia, bajando la voz a un tono amargo y punzante mientras agitaba despacio la copa de champán que sostenía en la mano—. Te trata increíblemente bien, ¿sabes? Incluso mucho mejor de lo que me trataba a mí cuando estábamos juntos. Es casi un espectáculo fascinante ver al frío Alaric Grimaldi jugando a ser el protector abnegado.La escuché en absoluto silencio, manteniendo el rostro impasible a pesar de la provocación.—¿De verdad crees que este papel te queda bien, Farah? —insistió Sweeney, dándole un sorbo lento a su copa sin quitarme los ojos de encima—. A veces te miro y no puedo evitar sentir un poco de lástima. Estás tan orgullosa de este despliegue, de las flores, de los coches y de que te lleve del brazo en los eventos... pero tú no lo conociste cuando no tenía nada que demostrar. No sabes lo que es que te elija cuando no hay cámaras enfrente.—Sweeney —intervine con la voz pausada y la mirada fija en la suya—, si viniste hasta m
FarahEl murmullo del salón se reanudó a mi alrededor como si la tormenta con Sweeney jamás hubiera ocurrido. Tomé un sorbo de agua para asentar el ardor del momento y me dispuse a ajustar la caída de mi vestido cuando una voz masculina, grave y con un acento extranjero sutilmente marcado, interrumpió la penumbra de mi mesa.—Una ejecución impecable, doctora Bourne. Pocas veces se tiene el placer de presenciar una lección de elegancia y firmeza con tan pocas palabras. — Su sonrisa era llamativa, me hizo sentir cómoda.Levanté la vista. Frente a mí se encontraba un hombre de unos cuarenta años, de postura erguida y porte distinguido. Vestía un esmoquin de corte impecable pero desprovisto de la rigidez corporativa local; sus ojos, claros y analíticos, me observaban con una mezcla de respeto genuino y divertida curiosidad.—Buenas noches —respondí, manteniendo la voz serena y la espalda firme—. Me temo que no tengo el gusto de conocerlo.—Mis disculpas por la intrusión —dijo el hombre, da
FarahLa alfombra roja fue un torbellino helado de reflectores y gritos destemplados de los periodistas. Los flashes nos enceguecían a cada paso, convirtiéndonos en la atracción absoluta de la noche. Sin embargo, en medio del caos mediático, no sentí ni una sombra de temor. Me mantuve erguida, segura y con una compostura impecable, sintiéndome respaldada en todo momento por la presencia imponente del hombre a mi lado. Alaric jamás me soltó la mano; la firmeza de sus dedos entrelazados con los míos era una ancla constante.Una vez cruzamos las puertas del gran salón, el ambiente cambió a la opulencia ruidosa de la alta sociedad. Alaric se encargó de presentarme a un sinfín de empresarios, directores de fondos de inversión y figuras clave del sector. Varias de esas miradas masculinas me observaron con genuina admiración profesional, pero más de uno me midió con una abierta intensidad de deseo. De esos últimos, Alaric se encargó personalmente: un cambio sutil en la rigidez de su postura,
AlaricEl teléfono de mi escritorio vibró sobre la madera pulida. Era un mensaje discreto de la encargada de Maison Valette, confirmando que Farah y Alina habían concluido su visita. Al abrir el reporte adjunto, una leve sonrisa amagó en mis labios al leer el detalle: Farah había elegido un vestido rojo intenso. Un color atrevido, imponente, que desafiaba la sobriedad habitual del entorno corporativo. Me fascinaba ver cómo, poco a poco, se atrevía a reclamar el espacio que le correspondía sin pedir disculpas a nadie.Para estar a su altura, modifiqué mi atuendo para la gala. Elegí un traje de tres piezas en negro absoluto, con líneas impecables y un corte quirúrgico, pero añadí un detalle deliberado: una corbata de seda en un tono rojo profundo. Quería ir perfectamente a juego con mi prometida; quería que el mensaje visual para el directorio fuera indivisible.Unos golpes secos en la puerta de mi estudio interrumpieron mis pensamientos. Ronan entró sin ceremonia, cargando una pequeña
FarahEl sábado amaneció radiante. La luz dorada se colaba por los ventanales de la mansión, presagiando una jornada distinta, cargada de una expectativa que me erizaba la piel. Esa noche se celebraba la gala benéfica anual del sector empresarial, el evento más exclusivo del año. Pero para mí, tenía un significado completamente nuevo: era la primera vez que asistía como invitada directa por mi propio nombre y mi labor en la firma, no como una acompañante circunstancial o una analista de fondo. Eso significaba que cada noche en vela y cada informe entregado estaban dando frutos reales.Sin embargo, al bajar a la cocina y ver la magnitud del evento en las noticias corporativas, un nudo de nervios se me asentó en el estómago.Alaric, que terminaba de tomar su café junto a la isla, notó de inmediato mi inquietud. Dejó la taza a un lado y caminó despacio hacia mí.—Te ves pensativa, doctora Bourne —comentó con su habitual tono grave, pero con una calidez sutil en la mirada.—Es solo... la
Mientras Farah y Alaric dormían bajo el mismo techo en la penumbra serena de la mansión, al otro lado de la ciudad el ambiente era completamente distinto. La luz tenue y neón de un bar exclusivo de la zona alta se filtraba entre el humo y el murmullo bajo de la música. Sentado solo en la barra, Elián arrastraba la mirada sobre el fondo de su vaso de whisky, ahogando su rabia en alcohol.Varias mujeres se le habían acercado a lo largo de la noche, atraídas por su presencia, pero él las había ignorado con un ademán brusco. En su mente solo rodaba una idea fija, destructiva y punzante: había perdido ante dos mujeres. Ana, que lo había desechado en cuanto los problemas financieros la alcanzaron, y Farah, la mujer que durante años lo había mantenido en un pedestal, sosteniendo sus gastos y haciéndolo lucir como un hombre inalcanzable ante los demás.Ana ya había pagado su parte al dejarlo en la calle, pero Farah... Farah no lo había aceptado de vuelta.Elián apretó el cristal con fuerza ha







