LOGINAlaric
Avancé hacia el estrado manteniendo la barbilla en alto y esa elegancia fría que el mercado financiero tanto me temía. Podía sentir cómo el ambiente en el anfiteatro se tensaba con mi sola presencia. Sabía perfectamente a quién iba a encontrar aquí, y no tardé en localizarla.
Sus pupilas se dilataron por el impacto y supe que me había reconocido al instante, el mismo hombre que la había sostenido contra la puerta del ascensor y que había susurrado su nombre entre mis sábanas de seda era ahora, por giros del destino, el dueño de su futuro académico.
Farah bajó la cabeza de golpe. Fingía una concentración febril en un cuaderno en blanco, apretando los bordes del papel hasta que sus nudillos se pusieron completamente blancos. A su alrededor, el aire ya vibraba con los chismes de los estudiantes.
—¿Viste las noticias de esta mañana? —susurró una chica a su espalda—. Dicen que por fin lo atraparon. ¿Quién será la mujer de la foto?
—Seguro volvió Sweeney Fox —respondió otra—. Ella es la única que tiene el nivel para estar con alguien como Grimaldi. Una estudiante jamás llegaría a su cama.
Mantuve la mandíbula tensa. Si supieran lo que realmente pasó la noche anterior... Mientras acomodaba mis cosas, no pude evitar recordar la textura de su piel, la forma en que mis manos habían rodeado sus caderas y el gemido bajo que se me había escapado cuando pronunció mi nombre antes de huir de mi ático.
El arrepentimiento y la desconexión me provocaban una frustración interna, pero no iba a dejar que nadie lo notara.
Dejé mi maletín sobre el estrado. El roce del cuero contra la madera resonó con autoridad en toda el aula. Recorrí el anfiteatro con una mirada lenta y gélida, desnudando las intenciones de cada alumno. Al llegar a la fila de Farah, detuve mi vista un milisegundo más de lo necesario. No le di un saludo especial, ni una sola sonrisa. Le mostré una indiferencia profesional absoluta; sabía que mi frialdad le resultaría más desconcertante que cualquier reclamo directo.
—Buenos días a todos —dije, dejando que mi voz llenara el espacio—. Soy Alaric Grimaldi, profesor invitado de "Estrategias de Inversión de Alto Nivel".
Comencé el pase de lista. Cada nombre era un trámite burocrático hasta llegar al que realmente me importaba. Al llegar a la letra "B", hice una pausa deliberada. Clavé mis ojos grises directamente en ella, desafiándola a desviar la mirada.
—Farah Bourne.
Ella levantó la barbilla de inmediato. Intentaba invocar la dignidad de su doctorado, pero pude notar la tensión en su postura, como un cable a punto de romperse.
—He leído el artículo que publicaste el año pasado sobre el flujo de capital y desarrollo regional —declaré, apoyando las manos en el podio de madera. Mantuve una postura relajada, aunque mis dedos se cerraron con fuerza invisible sobre el borde—. El punto de vista es innovador, pero la muestra de datos es pobre. No es lo suficientemente completa para una académica de su... reputación.
El aula contuvo el aliento ante mi crítica. Continué con precisión quirúrgica, ejecutando mi plan.
—Este semestre usará mi base de datos privada para procesarlos de nuevo. Quiero el primer borrador antes del próximo mes.
El murmullo estalló entre los alumnos. Le estaba entregando el acceso al Santo Grial de las finanzas corporativas, información reservada que nadie más poseía. Farah asintió mecánicamente, luciendo descolocada. Seguramente se preguntaba si esto era un regalo profesional o una cadena invisible para mantenerla bajo mi control directo.
Acepté el reto de sus ojos. A medida que avanzaba la clase y tenía que acercarme a su fila para explicar los gráficos del proyector, sentí que mi propio cuerpo se ponía rígido. Intentaba mantener la distancia con mis palabras, pero mis pasos me llevaban una y otra vez hacia ella.
Cuando sonó el timbre que anunciaba el final de la sesión, el resto de los estudiantes se abalanzó hacia el estrado con preguntas. Vi de reojo cómo Farah aprovechaba la distracción. Recogió sus cosas a una velocidad frenética, desesperada por escapar antes de que yo pudiera confrontarla. La vi avanzar hacia la salida, buscando el aire fresco del pasillo como una vía de escape para pretender que las últimas doce horas no habían existido.
Estaba a solo un paso de la puerta cuando decidí que no se marcharía así. Mi voz cortó el aire con firmeza:
—Farah Bourne, deténgase. ¿A dónde cree que va?
La vi quedarse petrificada al escuchar su nombre, con la mano temblando sobre el picaporte de metal. No se giró. Su espalda rígida delataba el pánico y la oleada de recuerdos que debían estar cruzando su mente en ese segundo: la intimidad de la noche anterior, las sábanas de seda y la forma en que se había aferrado a mí. Parecía sentirse completamente expuesta ante la mirada del resto de la clase, que se había quedado en un silencio sepulcral observando la escena.
—Señorita Bourne, le he dado una instrucción —insistí, recortando la distancia física hacia ella, dejando que mi tono adquiriera una vibración más severa.
Quería obligarla a mirarme a la cara, a dejar de huir como lo había hecho al amanecer. Sin embargo, el peso de mi cercanía y la tensión acumulada en el aula parecieron sobrepasarla. Presa de un pánico ciego, ignoró mi orden directa por completo. Empujó la puerta con desesperación y salió corriendo al pasillo, dejándome allí, con las palabras contenidas y el control de la situación escapándoseme entre los dedos.
Mientras la puerta se cerraba de golpe tras ella, un silencio sepulcral volvió a inundar el aula, pero el verdadero caos rugía dentro de mi cabeza. Clavé los dedos en el borde del podio de madera con tanta fuerza que crujió. La ira me quemaba el pecho, pero no era una molestia profesional; era algo mucho más primitivo.
La quería a mi lado. La quería para mí, bajo mis propios términos, y esa certeza me golpeó con la violencia de un tren de carga. Supuestamente, me movía el deber, el peso de la promesa que le había hecho a mi abuela Vittoria de sentar cabeza y estabilizar el maldito imperio familiar con una mujer adecuada. Me repetía a mí mismo que Farah Bourne era simplemente la pieza perfecta para ese rompecabezas logístico.
Pero era una mentira piadosa que ya no podía sostenerme.
Pero, no podia ignorar ese deseo profundo, abrasador y completamente egoísta que Farah despertaba en mí con solo respirar cerca. Había algo en su resistencia, en la dignidad con la que sostenía la mirada y en la forma en que su cuerpo se había entregado al mío la noche anterior, que había encendido una chispa obsesiva en mi sistema. Quería adueñarme de su mente brillante, consumir su orgullo y encerrarla en mi mundo para que nadie más pudiera mirarla.
AlaricSalimos de la clínica bajo un sol radiante de mediodía que parecía celebrar la noticia junto a nosotros. Farah caminaba a mi lado con una sonrisa deslumbrante dibujada en el rostro, con los ojos fijos en la carpeta blanca donde guardaba los informes médicos y las fotografías en blanco y negro del ultrasonido. Los miraba con una devoción tan pura y absorbente que prácticamente tuve que tomarla con suavidad del codo para guiarla por la acera y evitar que tropezara con el bordillo del estacionamiento.—Una niña, Alaric... es una niña —repetía en un susurro lleno de ilusión, como si aún intentara asimilar el milagro que acabábamos de atestiguar en la pantalla.—Una niña —asentí, sintiendo que el pecho se me llenaba de una calidez que no experimentaba en años—. Va a ser idéntica a ti.Le abrí la portezuela del vehículo con el mayor de los cuidados. Cuando me acomodé en el asiento del conductor y encendí el motor, me volví hacia ella para hacer la pregunta inevitable:—¿Dónde te gust
FarahEl viento de la costa traía consigo un aroma a sal y pino que lograba despejar los rincones más brumosos de mi mente. Llevaba ya cuatro días en la casa de campo, envuelta en esa rutina pausada y sanadora que solo mis padres sabían construir. Sin embargo, esa mañana noté algo distinto en la dinámica del hogar.Mi padre se pasó el desayuno haciendo preguntas inusualmente detalladas sobre la familia Grimaldi, sobre la estructura actual de sus firmas y el verdadero peso de la abuela Vittoria en Madrid. Cuando intenté indagar la razón de su repentina curiosidad, se limitó a sonreír con una calma misteriosa, acomodó la solapa de su chaqueta y anunció que debía salir hacia el centro de la ciudad para atender "una reunión de negocios inevitable".Me quedé mirando la puerta por la que acababa de salir. Algo no encajaba. Mi padre había dejado de lado las finanzas y las reuniones corporativas desde que pisamos suelo español; ver de pronto ese despliegue de caballerosidad ejecutiva encendió
El impacto de la noticia del embarazo de Farah había calado hondo en la estructura de Enzo Grimaldi. Tras la emotiva y desgarradora conversación en el salón de la finca en Puerta de Hierro, el patriarca neoyorquino experimentó un vuelco en su perspectiva vital. Por primera vez en décadas, la ambición corporativa quedó relegada a un segundo plano, cediendo espacio a una urgente necesidad de enmienda.Sin perder tiempo, y aprovechando la presencia de la comitiva de la abuela Vittoria en Madrid, Enzo se puso en contacto con el asistente personal de su madre. La indicación fue precisa, categórica y confidencial: realizar una auditoría forense e investigación exhaustiva sobre el pasado de la familia Bourne.Enzo recordaba vagamente los informes sesgados que habían circulado en Wall Street años atrás, donde David Bourne, el padre de Farah, era calificado como un empresario caído en desgracia tras un descalabro financiero en la costa este. Sin embargo, con la astucia analítica que lo había l
AlaricSostuve el teléfono contra mi oreja mientras el tono monótono y frío de la contestadora me confirmaba, por quinta vez consecutiva, la misma respuesta devastadora: el móvil de Farah estaba apagado.Un sudor frío me recorrió la nuca. Mi instinto de protección se encendió como una alarma descontrolada en el pecho. Farah estaba en su quinto mes de embarazo; tras el episodio en la boutique y la visita de mi abuela, cualquier anomalía en su rutina era motivo suficiente para hacerme perder la cabeza.—Ronan —llamé con la voz rasposa, girándome hacia mi asistente, quien revisaba unas planillas en el escritorio del salón de la villa en Puerta de Hierro—. Averigua qué está pasando. Llama a la firma Sanz, habla con Alina, contacta a quien sea necesario. Su teléfono está apagado y no me parece normal.Ronan no hizo preguntas. Asintió con la sobriedad que lo caracterizaba, tomó su dispositivo y caminó hacia el ventanal del jardín. Lo vi hablar en voz baja durante varios minutos, gesticuland
SantosMarqué su número por decimoquinta vez en la mañana. La misma locución automática, fría e impersonal, me devolvió a la cruda realidad: el teléfono de Farah estaba completamente apagado.Apreté el volante del coche con rabia mientras el semáforo de la Castellana cambiaba a verde. Había pasado la noche en blanco, dando vueltas en la cama, repasando una y otra vez la helada mirada de Farah cuando le mostré aquel maldito borrador sobre Herrera International. La conocía lo suficiente como para saber que su silencio no era simple cansancio; era una retirada estratégica. Pensé que el trámite de sus vacaciones repentinas era una pausa necesaria para procesar la tensión y descansar de la rutina, pero con cada hora que pasaba, la certeza de que había vuelto a levantar sus muros se volvía más aplastante.Necesitaba hablar con ella. Necesitaba mirarla a los ojos y explicarle que esa carpeta era solo un folio técnico de la división de análisis, una propuesta de tantas que cruzaban mi mesa y
FarahEl otoño en Castilla tenía un matiz dorado que parecía detener el tiempo. Durante las últimas semanas, Madrid y sus alrededores se habían convertido en un escenario de calma casi irreal. Las escapadas de fin de semana a Segovia y Toledo, organizadas por Santos con una discreción impecable, se transformaron en un balsámico refugio para mi alma.Recuerdo la tarde en Toledo, caminando a paso lento por las empedradas callejuelas del barrio judío. Yo vestía un abrigo holgado en tono avellana que resguardaba la silueta ya innegable de mis cinco meses de embarazo, y Santos caminaba a mi lado, ajustando su paso al mío sin atomo de prisa. No había fotógrafos, no había miradas inquisidoras ni el murmullo asfixiante de las guerras corporativas neoyorquinas. Santos tenía una habilidad casi mágica para hacer que lo complejo pareciera simple: sostenía mi mano para ayudarme a bajar los adoquines irregulares con una firmeza protectora, pero sin la posesividad asfixiante a la que me había acostu







