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Capítulo 6: Frente a frente

Author: Día Mond
last update publish date: 2026-08-20 00:13:48

Farah

La adrenalina del escape todavía me quemaba los pulmones y me hacía hervir la sangre cuando crucé el umbral del edificio de la facultad. Sentía que si me detenía un solo segundo, la mirada tormentosa de Alaric me alcanzaría y me consumiría allí mismo. Pero el destino, cruel, cínico y juguetón, me tenía preparada una emboscada antes de que pudiera tocar la libertad de la calle.

Salí disparada por la puerta principal, con las pulsaciones desbocadas en los oídos y los nervios tan desquiciados que el mundo a mi alrededor era un borrón de formas y colores. No miré por dónde iba y, con un impacto seco que me sacudió los hombros, choqué de frente contra una mujer.

—Lo siento —balbuceé, apretando los dientes mientras levantaba la cabeza para disculparme.

Las palabras se me quedaron atoradas en la garganta como espinas de cristal.

Frente a mí estaba Ana Beltrán. Llevaba un vestido de seda que costaba lo que yo ganaba en tres meses de trabajo duro y una sonrisa de arrabalera con dinero grabada en el rostro. A su lado, Elian sostenía el bolso de marca de Ana con una actitud servil, casi grotesca, que me provocó un vuelco violento en el estómago y una punzada de náusea pura.

Ana me recorrió con la mirada, deteniéndose con deliberada crueldad en mi ropa sencilla y en mi rostro, que aún debía proyectar la pidez de la resaca y el cansancio. Soltó una risa fría, aguda, que de inmediato atrajo la atención de los estudiantes que transitaban por el campus.

—Oye, ¿es que no tienes ojos para andar, muerta de hambre? —escupió Ana con desprecio veneno purificado—. Aunque bueno, es lógico. Estás tan acostumbrada a la miseria que, por más que logres colarte en una universidad buena, no puedes ocultar tu esencia de clase baja. Mírate, con esa ropa barata. Elian por fin está donde pertenece, con una mujer de verdad, mientras tú vas a terminar limpiando las oficinas de los verdaderos empresarios de esta ciudad. Las mujeres como tú nacieron para servir, no para destacar.

Elian desvió la mirada, cobarde, evitando mis ojos a toda costa. Tiró suavemente de la manga de Ana, como un perro castigado que teme la correa.

—Déjalo, Ana... vámonos. No vale la pena.

—¿Qué? ¿Te da pena la muerta de hambre? —Ana se soltó de su agarre con un ademán brusco, elevando la voz para disfrutar del espectáculo público—. ¡Solo le estoy recordando su cruda realidad! ¿De verdad crees que tu estúpido doctorado te va a salvar del pozo en el que está tu familia?

Una ola de fuego líquido me recorrió las venas. Pero no fue la arrogancia de Ana lo que me rompió por dentro, sino la estampa de Elian. Lo miré fijamente y, por primera vez en diez años, lo vi desnudo de toda ilusión, sin el filtro ciego del amor. Vio a un hombre desprovisto de alma, un traidor diminuto incapaz de sostenerle la mirada a la mujer que le había entregado su juventud.

—¿Ni siquiera vas a decir nada, Elian? —le pregunté. Mi voz no tembló; cortó el aire como una navaja—. ¿Tantos años a mi lado y te has convertido en esto? En un perro faldero que carga bolsos de marca.

—Farah, no hagas un ridículo peor —murmuró Elian, con las orejas rojas de la vergüenza—. Ana solo está siendo realista sobre tu situación económica. Yo intenté ayudarte, pero siempre fuiste demasiado soberbia con tus libros y tu maldita dignidad.

—¿Ayudarme tú a mí? —Solté una carcajada seca, áspera, llena de un veneno que me quemaba la garganta—. Tú no me ayudaste jamás, sabandija. Tú te alimentaste de mí como un parásito. Yo escribí tus ensayos para que no te expulsaran, yo gestioné las deudas de tu padre, yo rechacé mi beca en el extranjero porque tú llorabas diciendo que me necesitabas.

Di un paso al frente, acortando la distancia, ignorando el gesto de asco exagerado de Ana.

—Lo que me destroza las entrañas no es que te hayas ido con ella, Elian. Lo que me da asco es darme cuenta de lo poco hombre que eres. No tienes espina dorsal. Ayer me dejaste por un miserable mensaje de texto después de una década porque no tuviste los pantalones de decírmelo a la cara. Eres tan insignificante que necesitas el cheque de Ana para sentir que existes.

—¡Basta ya, Farah! —gritó Elian, perdiendo los papeles ante los murmullos de la gente—. ¡Al menos ella no me hace sentir como un inútil con su intelecto! Ella sabe cuál es su lugar. Tú siempre te creíste superior por ese maldito doctorado.

—No me creía superior, Elian. Lo soy —sentencié con una gélida ferocidad que los dejó mudos—. La diferencia es que yo construyo mi futuro con la cabeza, y tú lo haces vendiendo tu dignidad por un apartamento que, por cierto, pagué yo con mis ahorros.

Los murmullos a nuestro alrededor estallaron. Ana apretó la mandíbula, viendo cómo el control de la escena se le escapaba de las manos.

—La señorita Ana tiene mucha razón —dije, elevando la voz para que hasta el último curioso me escuchara—. Soy pobre de bolsillo. Pero mil veces más pobre es la gente que junta las sobras que otras tiramos a la basura y las presume como si fueran un trofeo. Disfrútalo, Ana. Te llevas a un hombre castrado que solo sabe obedecer y quebrar negocios.

Giré la cara hacia Elian por última vez.

—Acuérdate de pedirle un préstamo a tu nueva dueña, porque te voy a demandar hasta el último centavo del pago inicial de ese apartamento. No te voy a dejar ni el recuerdo de mi generosidad.

Me di la vuelta. Con el pecho agitado, la sangre latiéndome en las sienes y la columna rígida como el acero, me alejé con paso firme. Los chillidos destemplados de Ana se ahogaron a mis espaldas, pero cada paso que daba quemaba como si caminara sobre brasas.

Solo cuando logré doblar la esquina y me interné en un callejón lateral, lejos de las miradas, mi armadura se colapsó. La descarga de adrenalina me vació las piernas. Corrí a ciegas, tropecé torpemente con una grieta del pavimento y me torcí el tobillo con un chasquido sordo que me sacó un gemido de dolor.

Ese latigazo físico fue la gota que derramó el vaso. Caí de rodillas contra el suelo sucio, apoyando la espalda contra la fría pared de ladrillos, y me dejé vencer.

Las lágrimas brotaron en un torrente violento, ahogándome. Me odiaba. Me daba asco. Había ganado la discusión, los había pisoteado verbalmente, ¿entonces por qué sentía que me estaba muriendo por dentro? No lloraba por perder a un cobarde; lloraba por el luto furioso de haberle regalado diez años de mi vida, mi fe y mi juventud a un tipo que no valía ni la basura que pisaba.

Enterré el rostro entre las rodillas, sollozando con la garganta desgarrada, deseando tragarme la tierra.

De pronto, un rugido grave, potente y engalanado rompió la soledad del callejón. Un Maybach negro, majestuoso como una bestia de ébano, se detuvo a centímetros de mí con una suavidad insultante.

No levanté la cara, hasta que el zumbido eléctrico de la ventanilla al bajar cortó el llanto de golpe. El aire se saturó al instante de un aroma inconfundible: tabaco caro, cuero importado y notas de madera profunda. Un perfume que no pedía permiso; exigía.

Alaric estaba al volante. Su perfil, tallado como una escultura de mármol y sombras, se recortaba contra la luz de la calle. No había compasión en su rostro, ni lástima, ni consuelos baratos. Mantenía la vista fija al frente, con sus manos firmes sobre el cuero del volante.

—Sube —ordenó. Su voz no admitía réplicas.

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