LOGINFarah
El aire en mi pequeño apartamento se sentía viciado, cargado con el olor rancio del arrepentimiento y de una resaca que me taladraba las sienes. Cada vez que cerraba los ojos, el mundo giraba y me devolvía ráfagas violentas de la noche anterior: la seda fría de las sábanas, la firmeza brutal con la que Alaric me había sujetado las muñecas y, sobre todo, la forma en que me había entregado a él, buscando en su boca un refugio de fuego para quemar la traición de Elian.
El timbre estridente de mi teléfono me sacudió como una descarga eléctrica. Era Elina.
—Farah, dime que no eres tú —soltó sin siquiera saludar, con la voz ahogada por el pánico—. Abre el portal de noticias financiero ahora mismo.
Con los dedos temblando de forma incontrolable, cargué la página en la laptop. Al renderizarse la imagen, el corazón se me subió a la garganta y me dejó sin aire.
Ahí estaba. Una fotografía en alta resolución, nítida y cruel: yo saliendo del bar, completamente desarmada, aferrada al pecho de Alaric Grimaldi mientras él me rodeaba la cintura con una mirada de posesión aterradora. Aunque mi cara estaba ligeramente de perfil, reconocí mi vestido, la curva de mi espalda y el desastre de mi cabello.
—No... no sé de qué hablas, Elina —mentí, tragando saliva con la boca seca—. Ayer tuve la cena familiar. Me fui a dormir temprano.
—Farah, te conozco desde los cinco años. Ese vestido lo compramos juntas. Y esa forma de inclinar la cabeza cuando estás destruida... —Elina hizo una pausa, bajando el tono a un susurro lleno de pánico—. Si eres tú, ten mucho cuidado. Los comentarios en los foros son una carnicería. Te están tachando de cazafortunas, de una trepadora barata que usó su cuerpo para embaucar al hombre más poderoso del mercado.
Colgué tras balbucear una excusa patética y me dejé caer de espaldas contra la puerta, sintiendo una furia negra quemándome el pecho. ¿Yo, una trepadora? ¿Yo, que había regalado diez años de mi vida a un parásito, que trabajaba dieciséis horas al día para pagar deudas ajenas y sacar adelante a mis padres?
La vergüenza y el despecho se me enredaron en el cuello como una soga. Si mi nombre se filtraba, mi doctorado en Economía —lo único limpio que me quedaba— se iría directo al basurero. Mis padres no sobrevivirían a semejante linchamiento público.
Me obligué a ponerme de pie. En la ducha, dejé que el agua hirviendo me castigara la piel, intentando arrancarme el rastro de las manos de Alaric, pero mi memoria traidora me devolvía el calor de su aliento, la forma implacable en que me había tomado contra la pared y la intensidad oscura de sus ojos grises al llamarme por mi nombre.
—Basta, Farah —me ordené frente al espejo, dándome una palmadita brusca en las mejillas—. Fue un desliz de una noche. Una locura de borracha. Él es un tiburón corporativo y tú eres una académica en la quiebra. Lo olvidas hoy mismo.
Me puse mi armadura: una blusa blanca impecable, una falda lápiz gris ajustada y un moño tirante que tiraba de mis facciones, borrando a la mujer vulnerable de la madrugada.
Hoy no podía fallar. Tenía la clase magistral de Estrategias de Inversión de Alto Nivel, la asignatura cumbre de mi doctorado, impartida por un ponente estrella cuyo nombre la facultad había mantenido bajo reserva.
Caminé hacia el campus con la cabeza en alto, sintiendo que cada mirada de los estudiantes era un dardo acusador. Al entrar al anfiteatro, el murmullo de cientos de personas creaba un zumbido ensordecedor. Elina me hizo señas desde la tercera fila y me senté a su lado, apretando las manos para disimular el temblor al encender la computadora.
—Estás pálida como un fantasma —mormulló Elina, escudriñándome.
—Solo es el estrés de la entrega, Elina. Dicen que el profesor invitado es despiadado.
De pronto, el bullicio del aula se cortó de golpe. El silencio fue tan absoluto y pesado que pude escuchar el chasquido del segundero de mi reloj. La puerta lateral de roble se abrió y un hombre cruzó el umbral con un paso firme que pareció congelar el aire del recinto.
El mundo se me vino abajo. Las piernas me flaquearon bajo el escritorio.
—No puede ser... —exclamó Elina en un jadeo ahogado—. Alaric Grimaldi... El CEO de GRIMALDI GROUP. El hombre del escándalo de esta mañana. Es nuestro profesor invitado.
Me quedé petrificada, sin poder respirar.
Alaric dejó su maletín de cuero sobre el estrado con una parsimonia dominante. Vestía un traje azul noche perfectamente entallado que remarcaba su figura imponente. Sus ojos grises, helados y depredadores, barrieron las gradas como si estuviera cotizando las vidas de todos los presentes.
Y entonces, su mirada se clavó en mí.
Un chispazo de estática pura me recorrió la columna vertebral. Alaric no pestañeó. No hubo sorpresa en sus rasgos, ni una pizca de duda. Me sostuvo la mirada con una fijeza pesada, posesiva, descarada, recordando perfectamente cada gemido y cada rasguño de la noche anterior.
A pesar del pánico que me devoraba por dentro, noté la arrogancia absoluta con la que se adueñaba del espacio. Él no tenía nada que perder; yo lo tenía todo en juego.
Estaba completamente atrapada en su red. El hombre del que había huido descalza al amanecer, el hombre que me había devorado en la oscuridad, era ahora el único dueño de mi calificación, de mi reputación y de mi futuro académico.
AlaricSalimos de la clínica bajo un sol radiante de mediodía que parecía celebrar la noticia junto a nosotros. Farah caminaba a mi lado con una sonrisa deslumbrante dibujada en el rostro, con los ojos fijos en la carpeta blanca donde guardaba los informes médicos y las fotografías en blanco y negro del ultrasonido. Los miraba con una devoción tan pura y absorbente que prácticamente tuve que tomarla con suavidad del codo para guiarla por la acera y evitar que tropezara con el bordillo del estacionamiento.—Una niña, Alaric... es una niña —repetía en un susurro lleno de ilusión, como si aún intentara asimilar el milagro que acabábamos de atestiguar en la pantalla.—Una niña —asentí, sintiendo que el pecho se me llenaba de una calidez que no experimentaba en años—. Va a ser idéntica a ti.Le abrí la portezuela del vehículo con el mayor de los cuidados. Cuando me acomodé en el asiento del conductor y encendí el motor, me volví hacia ella para hacer la pregunta inevitable:—¿Dónde te gust
FarahEl viento de la costa traía consigo un aroma a sal y pino que lograba despejar los rincones más brumosos de mi mente. Llevaba ya cuatro días en la casa de campo, envuelta en esa rutina pausada y sanadora que solo mis padres sabían construir. Sin embargo, esa mañana noté algo distinto en la dinámica del hogar.Mi padre se pasó el desayuno haciendo preguntas inusualmente detalladas sobre la familia Grimaldi, sobre la estructura actual de sus firmas y el verdadero peso de la abuela Vittoria en Madrid. Cuando intenté indagar la razón de su repentina curiosidad, se limitó a sonreír con una calma misteriosa, acomodó la solapa de su chaqueta y anunció que debía salir hacia el centro de la ciudad para atender "una reunión de negocios inevitable".Me quedé mirando la puerta por la que acababa de salir. Algo no encajaba. Mi padre había dejado de lado las finanzas y las reuniones corporativas desde que pisamos suelo español; ver de pronto ese despliegue de caballerosidad ejecutiva encendió
El impacto de la noticia del embarazo de Farah había calado hondo en la estructura de Enzo Grimaldi. Tras la emotiva y desgarradora conversación en el salón de la finca en Puerta de Hierro, el patriarca neoyorquino experimentó un vuelco en su perspectiva vital. Por primera vez en décadas, la ambición corporativa quedó relegada a un segundo plano, cediendo espacio a una urgente necesidad de enmienda.Sin perder tiempo, y aprovechando la presencia de la comitiva de la abuela Vittoria en Madrid, Enzo se puso en contacto con el asistente personal de su madre. La indicación fue precisa, categórica y confidencial: realizar una auditoría forense e investigación exhaustiva sobre el pasado de la familia Bourne.Enzo recordaba vagamente los informes sesgados que habían circulado en Wall Street años atrás, donde David Bourne, el padre de Farah, era calificado como un empresario caído en desgracia tras un descalabro financiero en la costa este. Sin embargo, con la astucia analítica que lo había l
AlaricSostuve el teléfono contra mi oreja mientras el tono monótono y frío de la contestadora me confirmaba, por quinta vez consecutiva, la misma respuesta devastadora: el móvil de Farah estaba apagado.Un sudor frío me recorrió la nuca. Mi instinto de protección se encendió como una alarma descontrolada en el pecho. Farah estaba en su quinto mes de embarazo; tras el episodio en la boutique y la visita de mi abuela, cualquier anomalía en su rutina era motivo suficiente para hacerme perder la cabeza.—Ronan —llamé con la voz rasposa, girándome hacia mi asistente, quien revisaba unas planillas en el escritorio del salón de la villa en Puerta de Hierro—. Averigua qué está pasando. Llama a la firma Sanz, habla con Alina, contacta a quien sea necesario. Su teléfono está apagado y no me parece normal.Ronan no hizo preguntas. Asintió con la sobriedad que lo caracterizaba, tomó su dispositivo y caminó hacia el ventanal del jardín. Lo vi hablar en voz baja durante varios minutos, gesticuland
SantosMarqué su número por decimoquinta vez en la mañana. La misma locución automática, fría e impersonal, me devolvió a la cruda realidad: el teléfono de Farah estaba completamente apagado.Apreté el volante del coche con rabia mientras el semáforo de la Castellana cambiaba a verde. Había pasado la noche en blanco, dando vueltas en la cama, repasando una y otra vez la helada mirada de Farah cuando le mostré aquel maldito borrador sobre Herrera International. La conocía lo suficiente como para saber que su silencio no era simple cansancio; era una retirada estratégica. Pensé que el trámite de sus vacaciones repentinas era una pausa necesaria para procesar la tensión y descansar de la rutina, pero con cada hora que pasaba, la certeza de que había vuelto a levantar sus muros se volvía más aplastante.Necesitaba hablar con ella. Necesitaba mirarla a los ojos y explicarle que esa carpeta era solo un folio técnico de la división de análisis, una propuesta de tantas que cruzaban mi mesa y
FarahEl otoño en Castilla tenía un matiz dorado que parecía detener el tiempo. Durante las últimas semanas, Madrid y sus alrededores se habían convertido en un escenario de calma casi irreal. Las escapadas de fin de semana a Segovia y Toledo, organizadas por Santos con una discreción impecable, se transformaron en un balsámico refugio para mi alma.Recuerdo la tarde en Toledo, caminando a paso lento por las empedradas callejuelas del barrio judío. Yo vestía un abrigo holgado en tono avellana que resguardaba la silueta ya innegable de mis cinco meses de embarazo, y Santos caminaba a mi lado, ajustando su paso al mío sin atomo de prisa. No había fotógrafos, no había miradas inquisidoras ni el murmullo asfixiante de las guerras corporativas neoyorquinas. Santos tenía una habilidad casi mágica para hacer que lo complejo pareciera simple: sostenía mi mano para ayudarme a bajar los adoquines irregulares con una firmeza protectora, pero sin la posesividad asfixiante a la que me había acostu







