INICIAR SESIÓN
Enterré a mi papá a las once de la mañana y a la una ya estaba firmado un acuerdo de matrimonio sin siquiera conocer al novio.
Llevo dos días sin comer y no es por drama, es que no me pasa nada por la garganta desde que bajé del avión. Estoy en la cocina de una casa que fue mía hace diez años, sentada frente a un plato que no quiero, mirando a mi madre como a una desconocida. Lleva los labios y las uñas rojos, ni un solo pelo fuera de lugar, y esa mirada dura que me recuerda que volví al infierno del que mi padre me apartó.
—Firma abajo —dice, y jala la silla de enfrente, se sienta, y abre la carpeta dándole vuelta para que quede de frente a mí, y por alguna razón siento como si esa carpeta fuera mi sentencia.
—¿Qué es esto?
—Léelo si quieres. Pero firma.
Lo leo, pero el sello rojo del banco me deja claro de qué se trata. La casa, la empresa y el apartamento donde viví hasta hace dos días, hipotecado todo. Un plazo de veintitrés días. Y detrás, en una segunda carpeta más delgada, un nombre de hombre que no conozco, el mío al lado, y una palabra arriba.
Acuerdo prematrimonial.
—No entiendo. —Aunque ya entiendo, ya sé por qué me exigió quedarme después del funeral, por qué me trajo directo del cementerio a esta cocina sin dejarme ni cambiar de ropa.
—Te casas para que la empresa que dejó tu padre no se arruine. La familia del novio asume la deuda completa. Es un trato excelente.
—¿Casarme con quién? —Le doy vuelta a la hoja, como si atrás fuera a decir algo más—. No conozco a este hombre. No sé quién es. Enterramos a papá hace tres horas.
—Cuatro.
—Mamá.
—Lo conocerás el sábado. Es un buen partido.
Me río, una risa fea y corta, mientras mi mente termina de asimilar lo que dice sin parpadear, acomodándose el peinado como si no estuviera ya perfecto, hablándome de mi vida entera como si repasara una lista del mercado.
—No.
—No es una pregunta. —Y me da esa mirada fría que recordaba de niña, la que me hacía bajar la cabeza a los ocho años.
—Consigo trabajo, tengo título, tengo experiencia, hago lo que sea, vendo el apartamento…
—Está hipotecado. Acabas de leerlo.
—Las perlas que traes puestas, entonces. El carro. Los cuadros del estudio.
—No alcanza.
—Entonces que no alcance. —Me paro y la silla arrastra contra el piso—. Que se lo lleven todo. Que se lleven hasta las cucharas. No me importa quedarme sin nada. Acabo de perder a mi padre y a ti lo único que se te ocurre es venderme como ganado. ¿Nunca me quisiste, mamá? ¿Ni un poquito?
Y eso último me deja sin la poca fuerza que me quedaba. Las lágrimas que llevo dos días negándome salen solas, calientes, sin permiso, y odio que sea frente a ella, que me mira llorar con la misma cara con que miraría la lluvia por una ventana, sin que le toque nada por dentro.
—Firma. Sé que amabas a tu padre. Es tu deber cuidar de su herencia.
Me quedo con la mano agarrada al respaldo de la silla, y algo se me hiela en el pecho. Ella me llamó el viernes a las seis de la mañana para decirme que mi papá se había muerto en la madrugada, con la misma voz plana con que se pide un café, y ahora usa su nombre, usa mi amor por él, lo pone sobre la mesa como una ficha para moverme. Convierte al único hombre que me quiso en la cuerda con la que me amarra.
—¿Crees que el chantaje va a funcionar esta vez? —Me tiembla la voz, pero no bajo la mirada—. Ya no tengo ocho años, mamá. Ya no puedes manipularme.
Ella cierra la carpeta y la empareja con las dos manos, dando golpecitos contra la mesa para que las hojas queden parejas, tan tranquila que dan ganas de gritar solo para ver si algo la despeina.
—Deja el drama. Es una boda por conveniencia. Salimos de las deudas, te haces cargo de la empresa, y en un año te divorcias. Nadie te está pidiendo que lo ames.
—¿Te estás escuchando? —Se me escapa otra risa, incrédula—. Hablas de un matrimonio como de un cambio de zapatos. Diez años afuera y sigues siendo la misma mujer fría que me subió a un avión sin despedirse.
Me seco las lágrimas con el dorso de la mano, y ahí, de golpe, entiendo algo que llevo una década sin entender. Por eso mi padre no me dejaba volver. Todos esos domingos, todavía no, mi amor, todavía no es momento, no era que no me quisiera cerca. Me estaba protegiendo de ella, aunque el precio fuera perderme.
Y ya no le pude preguntar. Ya nunca voy a poder darle las gracias.
—Alguien tiene que ocuparse de las cosas prácticas. —Se levanta, se acomoda el collar—. Tú no estabas. Pero es momento de que asumas tu deber como heredera.
—No lo voy a hacer.
Se detiene un segundo en eso. Solo un segundo. Después sigue como si no lo hubiera oído.
—No me obligues a usar la fuerza. El sábado a las ocho conoces a tu futuro marido. Ponte algo que no sea negro. —Ya va saliendo cuando lo dice, sin voltear—. Y come. Vas a parecer un espanto en las fotos de las invitaciones.
Sale. Los tacones se le apagan por el corredor y después la oigo reírse, ya en otro cuarto, ya por teléfono con alguien, esa risa clara que le sale con todo el mundo menos conmigo, la misma que le oí en el cementerio a dieciocho metros del hueco donde acababan de meter a mi papá.
Me quedo sola en la cocina.
Me arde la cara y me arden los ojos, pero ya no bajan lágrimas. Conozco a mi madre. Sé que habla en serio, sé que al final va a lograr que me case, porque ella siempre logra lo que quiere, y pelear de frente es gastar fuerzas que no tengo. Me siento otra vez frente al plato que no toqué. Saco el celular por hacer algo con las manos, por no quedarme mirando la pared, y paso publicaciones con el pulgar sin leer ninguna, un perro, unos zapatos, la boda de alguien, y entre dos anuncios aparece un fondo negro con letras doradas.
Club privado busca señoritas. Discreción absoluta. Contrato. Caballeros de primer nivel.
Ya voy a seguir de largo.
Y abajo, en gris, en una línea tan pequeña que casi no se ve contra el negro, dice otra cosa.
Si es usted virgen, puede subastar su virtud por la cifra que usted misma decida. Puede ganar una fortuna por una sola noche.
Me quedo quieta. El pulgar se me para solo sobre la pantalla.
El sábado conozco al hombre con el que me van a casar sin haberme preguntado. Le van a entregar mi nombre, mi cuerpo, mi vida entera envuelta en un contrato, y nadie, en ningún momento, se detuvo a preguntarme a mí. Y de repente, por primera vez desde que bajé de ese avión, hay algo en todo este asunto que puedo decidir yo, y solo yo.
Amplío la imagen con dos dedos y copio el número. Si mi madre piensa obligarme, que me obligue. Me voy a casar. Pero lo primero, lo único que va a ser de verdad mío en todo esto, lo decido yo, y va a ser antes de que ella me quite la libertad.
LeonardoÁngela me cita al día siguiente, y voy, porque necesito acabar con esta duda de una vez, porque no aguanto otra noche encerrado en el estudio comparando antifaces en mi cabeza.Nos vemos en el mismo bar. Y esta vez ella está distinta, más suave, menos insistente. No recita detalles, no se insinúa, no presiona. Habla poco, me deja llevar la conversación, y esa contención me desarma más que cualquier avance, porque no parece una mujer tratando de convencerme de nada. Parece, simplemente, una mujer que espera.Y al final, cuando ya nos vamos, me detiene.—Espera. Quiero darte algo. —Busca en el bolso, saca algo envuelto en un pañuelo, y me lo pone en la mano con cuidado, casi con ceremonia—. Lo guardé todo este tiempo. No sé bien por qué. Supongo que porque esa noche significó algo para mí también.
Leonardo volvió a casa esa tarde con el almuerzo revuelto en el estómago y la cabeza hecha un nudo.No podía sacarse de encima lo que Ángela había dicho. La cifra doble. El pago que hizo esa noche para que ningún otro pudiera tener a la desconocida, un impulso que no le había confesado a nadie, y que sin embargo esa mujer conocía. Le daba vueltas y vueltas mientras conducía, mientras entraba a la mansión, mientras colgaba el saco. Si ella sabía eso, tenía que haber estado ahí. Tenía que ser la desconocida. Y si era la desconocida, entonces el fantasma que lo había obsesionado durante semanas por fin tenía cara y nombre.Pero entonces, ¿por qué al mirarla no sentía nada?Esa era la piedra en el zapato, la que no lo dejaba en paz. La cabeza le gritaba "es ella, tiene los datos, es ella", y el cuerpo, el instinto, ese lugar en el pech
RenataVomito por segunda vez en la mañana, agarrada al lavamanos del baño de mi oficina, y cuando me miro al espejo estoy tan pálida que casi no me reconozco.—Es el estrés —le digo a mi reflejo, porque tiene que ser eso—. Es todo esto. Cualquiera se enfermaría.Y me lo creo, porque prefiero creerlo. Entre el fin de semana, la llamada de Emiliano, la mentira de Leonardo y la mujer misteriosa que apareció de la nada, tengo motivos de sobra para que el cuerpo se me revuelva. El estómago me da vueltas, la cabeza me late, no he podido retener el desayuno, pero los nervios hacen eso, la angustia hace eso, y en cuanto resuelva este desastre se me va a pasar.Me enjuago la boca, me acomodo el pelo, y vuelvo a mi escritorio, porque tengo un problema mucho más urgente que un malestar estomacal. Tengo una impostora.Porque eso es lo que ha
LeonardoLlego a casa temprano, como le prometí, con ganas de verla, con ganas de borrar la distancia rara del viaje de vuelta.Pero Renata está indispuesta.La encuentro en el sillón, con una taza de té y una manta sobre las piernas, pálida, apagada, con una sonrisa cansada cuando me ve entrar.—Llegaste temprano —dice—. Cumpliste.—Te dije que sí. —Me siento a su lado—. ¿Estás bien? Te ves pálida.—Cansada, nada más. El viaje, la reunión. —Se encoge de hombros—. Se me revolvió un poco el estómago. Debe ser algo que comí. No es nada.La miro, y no me convence del todo, pero tampoco insisto, porque ella no parece querer hablar, y porque yo tampoco sé bien qué decir. Toda la noche siento que hay algo entre los dos que no se dice, ella con su malestar
LeonardoCuelgo el teléfono con el corazón golpeándome de una manera que no me gusta, y cuando me giro hacia Renata, ella me está mirando con una cara que no sé leer.—¿Quién era esa mujer? —pregunta, y lo pregunta con una calma tensa, cuidadosa—. La que Emiliano encontró.Y ahí está el problema. Porque no le puedo decir la verdad. No le puedo decir que la noche antes de nuestra boda pagué una fortuna en un club por acostarme con una desconocida, que esa noche me marcó de una manera que no he podido explicar, que llevo semanas buscándola como un obsesionado. No a ella. No ahora, no después de este fin de semana, no cuando por fin las cosas entre nosotros empezaban a ser algo bueno. Sería tirarlo todo por la borda.Así que hago lo que hago siempre que me acorralan. Miento.—Nadie importante. &
RenataLlevo media hora dando vueltas en la cama, sin poder dormir, con la piel todavía tibia de sus besos en la arena y el corazón que no se calla, cuando tocan a la puerta.Suave. Dos golpes.Me levanto, me acomodo el pelo por puro nervio, y abro. Y ahí está Leonardo, descalzo, con la camisa a medio abrochar y el pelo revuelto y una cara de no saber muy bien qué hace ahí.—No puedo dormir —dice, bajito.—Yo tampoco. —Me hago a un lado—. Entra.Y entra, y cierro la puerta, y de repente el cuarto se siente pequeño, con los dos ahí de pie, con toda la tensión de la playa todavía flotando entre nosotros. Nos sentamos en el borde de la cama, y hablamos, porque es más fácil hablar que mirarnos, y hablamos de cosas suaves, del mar, de la reunión de mañana, de tonterías, mientras el aire se v







