Início / Romance / UNA NOCHE CON MI ESPOSO / CAPÍTULO 4 Leonardo

Compartilhar

CAPÍTULO 4 Leonardo

Autor: CINVAN
last update Data de publicação: 2026-07-22 09:36:18

Estos días han sido un infierno, entre los abogados, los papeles, el sastre que mi padre mandó a la casa sin preguntarme, y Federico llamándome cada seis horas para recordarme que no me atreva a llegar tarde a conocer a mi prometida, como si a mí me importara un carajo llegar puntual a mi propia condena.

Y esta noche es la cena, la gran presentación, cuatro sillas y dos familias montando la farsa que hay que dejar lista antes de la boda.

Llego tarde a propósito, porque es lo único que me queda por decidir en todo este asunto, la hora a la que entro, así que me doy el gusto. Cuando el mesero me abre la puerta del privado ya están los tres sentados, y mi padre me clava esa mirada que promete sermón largo apenas lleguemos a casa.

—Hasta que apareces —dice Federico, con la sonrisa bien puesta para las visitas.

—No me la perdería por nada del mundo.

Lo digo con la misma sonrisa falsa que él, y veo cómo le tiembla apenas en la comisura, porque los dos sabemos lo que quise decir, pero ninguno lo va a aclarar delante de las señoras. Esa es la única gracia de estas cenas, que a los hombres como mi padre el público los vuelve mansos.

Me siento, y entonces la miro por primera vez.

La mujer con la que me voy a casar es más joven de lo que esperaba, y me molesta sin saber bien por qué, quizás porque yo venía preparado para una cazafortunas de manual y en cambio me encuentro con alguien que está tan derecha en la silla y tan poco dispuesta a sonreír que parece que la trajeron a rastras igual que a mí. Va de un color oscuro que no llega a ser negro, pero le coquetea, como si tampoco ella encontrara mucho que festejar, y cuando me mira entrar no finge ninguna dulzura, solo me estudia con una cara educada y vacía, la misma que debo tener yo.

—Ella es mi hija, Regina —dice la madre, con una voz dulce y pulida que huele a perfume caro hasta por teléfono—. Salúdalo, mi amor, no seas tímida.

—Ya me vio entrar, Roberta, dudo que necesite que me presentes como si fuera el plato principal.

Lo suelta sin levantar la voz, con una sonrisa cortés dirigida a su madre que no le sube ni un milímetro a los ojos, y yo despego la vista del mantel porque esa no me la esperaba. Que le diga Roberta y no mamá ya me cuenta media historia, la de una guerra vieja y cansada entre las dos, y mientras Roberta se ríe como si la niña hubiera dicho una travesura encantadora, yo alcanzo a verle a Regina la cara de verdad por debajo de la sonrisa, y ahí no hay travesura ninguna, hay filo, del bueno, del que solo reconoce quien carga el mismo.

Interesante. La cordera vino con dientes.

—Un gusto —le digo, más por pincharla que por cortesía.

—¿Verdad que sí? —Levanta su copa de agua en un brindis burlón—. Dos desconocidos a punto de jurarse amor eterno delante de un notario. Muy romántico. Deberían hacer una película.

—Yo la vería.

—Yo la protagonizaría llorando.

Y ahí, muy a mi pesar, se me escapa media sonrisa, la primera de la noche, porque la mujer tiene la lengua rápida y yo llevaba semanas sin que nadie me devolviera una pelota. Roberta no comparte la gracia.

—Regina. —Su nombre le sale entre dientes, envuelto en la misma sonrisa de porcelana—. Compórtate, que Leonardo va a pensar que te criamos en un granero.

—Tranquila, madre, seguro Leonardo ya tiene su propia lista de cosas que piensa de nosotras. —Me mira directo, sin pestañear—. ¿O me equivoco?

No se equivoca, y le sostengo la mirada el tiempo justo para que sepa que no se equivoca, pero antes de contestarle algo del otro lado de la mesa me engancha la atención y ya no me suelta.

Mi padre le está sirviendo el vino a Roberta.

No es nada, un hombre sirviéndole vino a una mujer en una cena, salvo que le sirve primero a ella, antes que, a nadie, acercándole la copa con las dos manos mientras le murmura algo al oído que la hace reír, y le sonríe, le sonríe de verdad, con los ojos y todo, atento y cálido como el anfitrión perfecto que no es.

Y eso es lo que me revuelve el estómago, no la mujer, sino él.

Porque yo a ese hombre no le conozco esa cara, llevo treinta y un años viéndolo tratar al mundo entero como a empleados de medio pelo, y de golpe aquí está, deshaciéndose en atenciones con una desconocida como si le brotaran del alma, cuando yo sé perfectamente que a Federico no le brota nada, que Federico calcula, y que si esta noche la ternura le sale tan barata es porque para él siempre fue una herramienta que se saca cuando conviene y se guarda cuando estorba.

A mi madre no se la sacó jamás, ni una sola vez, a ella le tocó el témpano completo y sin rebajas durante dieciséis años, y ahora resulta que a esta mujer que acaba de conocer le regala en una cena más calor del que mi madre le mendigó en toda una vida de matrimonio.

Se me cierra algo en el pecho y suelto el tenedor sin darme cuenta, que golpea el plato con un ruido seco.

—¿Todo bien? —pregunta Regina, y ya no hay burla en su voz.

—De maravilla —le digo—. Nada como una cena en familia para abrir el apetito.

Ella sigue la dirección de mi mirada, ve a su madre inclinada hacia mi padre, y algo se le apaga también en la cara, así que no soy el único en esta mesa incómodo con el espectáculo, aunque me guardo esa observación porque no pienso compartir nada con nadie esta noche, y menos con ella.

La cena se estira una hora más y yo apenas hablo, me dedico a mirar a mi padre repartir esa amabilidad que no le compro ni regalada, tan suelto y tan encantador, y mientras más lo veo actuar más se me confirma lo que ya sospechaba, que un hombre capaz de fingir así de bien es un hombre en el que no se puede confiar ni por equivocación. No me trago el cuento de la vieja amistad y el favor entre familias, porque mi padre no hace favores, mi padre cobra, y para cuando llega el postre ya tengo la cabeza lejos de la mesa, en un despacho y en un teléfono y en las tres o cuatro personas que le deben algo a mi apellido y que mañana mismo van a averiguarme quiénes son exactamente estas dos mujeres y qué gana Federico metiéndolas en mi vida.

No por ella, que quedé claro, sino por él, porque si algo le aprendí a mi padre es que nadie regala nada, y quiero tener la factura de esta boda en la mano antes de firmarla.

Me despido temprano, y a Regina le doy la mano, que ella me devuelve firme y seca, sin inventarse un cariño que no tiene, y ese apretón honesto termina siendo lo único de toda la noche que no me deja mal sabor.

—Nos vemos en el altar —le digo.

—Ahí estaré, tampoco es que la agenda me dé para mucho más. —Y lo dice con una media sonrisa amarga que reconozco al instante, porque es idéntica a la mía.

Salgo de ese restaurante con el cuello apretándome y unas ganas enormes de arrancarme la corbata, la noche entera y la imagen de mi padre inclinado hacia esa mujer, así que en vez de irme a casa le escribo al único que me soporta cuando ando así, y veinte minutos después estoy empujando la puerta de siempre, con la música baja y el whiskey bueno, y Emiliano ya en la mesa del fondo con dos vasos servidos, porque me conoce hace media vida y me lee un "necesito salir" mejor que yo mismo.

—Uy. —Me ve la cara y suelta una risa—. ¿Tan bien te fue con la novia, Leo?

—No empieces.

—Siéntate, siéntate. —Me pasa el vaso y se recuesta con esa facilidad de siempre, la del hombre que nunca tuvo un mal día en la vida, o que aprendió a esconderlos mejor que yo—. Cuéntamelo todo, ¿es fea, es insoportable? Dime al menos que es rica.

—Es la hija de una amiga de mi papá, y no me gusta nada el asunto.

Emiliano arquea una ceja esperando más, pero no le doy nada, porque ni yo tengo claro qué es lo que huele mal, solo que huele.

—Bueno, deja eso, deja eso. —Me palmea el hombro y sonríe, y hay algo en esa sonrisa que esta noche no sé leer, algo que voy a tardar demasiado en aprender a leer—. Justo de eso quería hablarte, porque un hombre no se casa todos los días, hermano, y yo no soy de los que llegan con una tostadora envuelta en papel regalo.

Levanta su vaso.

—Te tengo un regalo de bodas, Leo, uno que no vas a olvidar mientras vivas.

Continue a ler este livro gratuitamente
Escaneie o código para baixar o App

Último capítulo

  • UNA NOCHE CON MI ESPOSO   EPÍLOGO

    — POV LEONARDOEl sol de la media tarde baña la terraza de madera con una luz dorada y tibia que hace brillar la arena blanca de la playa.Estoy sentado en uno de los sillones de mimbre, descalzo, con una taza de café en la mano y la brisa marina agitándome el cabello. Frente a mí, sobre una manta de colores extendida en el suelo, ocurre el milagro más grande que jamás creí merecer en mis treinta años.Luis Mario, con apenas diez meses de vida, apoya sus manitas regordetas en el borde del sillón, se impulsa con fuerza sobre sus piernitas firmes y se pone de pie.—Vamos, campeón... —le susurro, dejando la taza sobre la mesa y extendiendo los brazos a la altura de su pecho—. Ven con papá.El niño me mira con esos ojos oscuros, profundos e idénticos a los míos, dibuja una sonrisa enorme que le enseña sus pri

  • UNA NOCHE CON MI ESPOSO   CAPÍTULO 71

    — POV RENATAMiro el diamante brillando bajo el sol de la mañana y luego a Leonardo, arrodillado frente a mí con el alma en los ojos, esperando mi respuesta como si su vida entera dependiera de un hilo.El nudo que tuve en la garganta durante meses se deshace por completo.—Sí, Leonardo —digo con una sonrisa que me empapa de felicidad—. Claro que me caso contigo.Leonardo suelta el aire en una carcajada limpia, me desliza el anillo por el dedo anular y se pone de pie para levantarme en vilo de la silla, devorándome la boca en un beso hambriento que me arranca un suspiro.Diego y Damián rompen a aplaudir al unísono, silbando y celebrando alrededor de la mesa.—¡Bueno, se dijo y se hace! —grita Diego, dando una palmada sonora—. ¡Manos a la obra, señores! ¡Tenemos una boda que armar antes del atardecer!Me quedo p

  • UNA NOCHE CON MI ESPOSO   CAPÍTULO 70

    Narrador. El llanto desconsolado de Luis Mario rompió el silencio de la villa poco antes de las dos de la madrugada. Renata se levantó de la cama de un salto, cruzando el pasillo a toda prisa con el corazón en un puño. Al empujar la puerta de la habitación del bebé, encontró a la niñera meciéndolo con evidente nerviosismo; el pequeño ardía en calor y tenía la piel encendida.En ese segundo exacto, Leonardo apareció en el umbral, con la respiración agitada y los ojos desorbitados por el pánico.—¿Qué tiene? —preguntó Leonardo, acercándose a la cuna sin dudar—. ¿Por qué llora así?—Tiene fiebre alta —explicó la niñera, pasándose una mano por la frente—. El pediatra del pueblo ya viene en camino, pero tardará cas

  • UNA NOCHE CON MI ESPOSO   CAPÍTULO 69

    — POV RENATAEl agua le empapa el cabello, pegándole la camisa al torso mientras me suplica de rodillas sobre la arena mojada.Los truenos retumban sobre el mar y el viento arrastra sus palabras como cuchillas heladas: «¡Perdóname! ¡No me quites a mi familia!».Siento un dolor sordo y ardiente en medio del pecho. Una parte de mí, débil y desesperada, quiere correr bajo la lluvia, arrodillarse a su lado, abrazarlo con todas mis fuerzas y decirle que la pesadilla terminó.Pero aprieto los dientes y me obligo a mantenerme firme.Si lo perdono tan fácil, si me ablando ante el primer gesto de arrepentimiento, jamás aprenderá a valorarme. Pasará el resto de su vida dudando de mí, tomando decisiones a mis espaldas y tratándome como a una figura de cristal a la que debe manipular para «proteger».Yo no quie

  • UNA NOCHE CON MI ESPOSO   CAPÍTULO 68

    POV LEONARDOLa llamada de la agencia marítima privada entra justo a la medianoche.—Señor Montero, el envío prioritario fue entregado en mano en la terraza de la villa —informa el agente de logística—. La señora Renata recibió la caja personalmente.Suelto el aire de golpe, apoyando la frente contra el cristal frío del ventanal de mi despacho.En esa caja de madera envié mi alma entera. Ropa de recién nacido de la seda más suave, mantas bordadas, juguetes de estimulación temprana, cunas portátiles, pañales de la mejor calidad y cada artículo que los pediatras me recomendaron para un bebé en sus primeros días.Y en el fondo, oculta entre las prendas, una carta de cuatro páginas escrita con el pulso tembloroso y las lágrimas quemándome el papel.Le confesé que era

  • UNA NOCHE CON MI ESPOSO   CAPÍTULO 67

    — POV RENATALa luz cálida del mediodía entra suave por los ventanales de la habitación.Abro los ojos despacio, sintiendo el cuerpo pesado y adolorido por las horas del parto. A mi lado, en una cuna nido sobre el colchón, mi hijo duerme plácidamente envuelto en una mantita blanca de algodón.Tiene la respiración acompasada, las mejillas rosadas y esa serenidad perfecta que me llena el alma con solo mirarlo.Junto a la cama están Diego, una enfermera local y un pediatra que Damián mandó a buscar de urgencia en la clínica del pueblo más cercano.—Despertaste, mamá —me dice Diego con una sonrisa cálida, acercándose para tomarme la mano—. El pediatra acaba de revisar al pequeño Luis Mario de pies a cabeza. Está impecable, sano y con los pulmones de un roble. Tú tienes los signos es

Mais capítulos
Explore e leia bons romances gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de bons romances no app GoodNovel. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no app
ESCANEIE O CÓDIGO PARA LER NO APP
DMCA.com Protection Status