MasukEstos días han sido un infierno, entre los abogados, los papeles, el sastre que mi padre mandó a la casa sin preguntarme, y Federico llamándome cada seis horas para recordarme que no me atreva a llegar tarde a conocer a mi prometida, como si a mí me importara un carajo llegar puntual a mi propia condena.
Y esta noche es la cena, la gran presentación, cuatro sillas y dos familias montando la farsa que hay que dejar lista antes de la boda.
Llego tarde a propósito, porque es lo único que me queda por decidir en todo este asunto, la hora a la que entro, así que me doy el gusto. Cuando el mesero me abre la puerta del privado ya están los tres sentados, y mi padre me clava esa mirada que promete sermón largo apenas lleguemos a casa.
—Hasta que apareces —dice Federico, con la sonrisa bien puesta para las visitas.
—No me la perdería por nada del mundo.
Lo digo con la misma sonrisa falsa que él, y veo cómo le tiembla apenas en la comisura, porque los dos sabemos lo que quise decir, pero ninguno lo va a aclarar delante de las señoras. Esa es la única gracia de estas cenas, que a los hombres como mi padre el público los vuelve mansos.
Me siento, y entonces la miro por primera vez.
La mujer con la que me voy a casar es más joven de lo que esperaba, y me molesta sin saber bien por qué, quizás porque yo venía preparado para una cazafortunas de manual y en cambio me encuentro con alguien que está tan derecha en la silla y tan poco dispuesta a sonreír que parece que la trajeron a rastras igual que a mí. Va de un color oscuro que no llega a ser negro, pero le coquetea, como si tampoco ella encontrara mucho que festejar, y cuando me mira entrar no finge ninguna dulzura, solo me estudia con una cara educada y vacía, la misma que debo tener yo.
—Ella es mi hija, Regina —dice la madre, con una voz dulce y pulida que huele a perfume caro hasta por teléfono—. Salúdalo, mi amor, no seas tímida.
—Ya me vio entrar, Roberta, dudo que necesite que me presentes como si fuera el plato principal.
Lo suelta sin levantar la voz, con una sonrisa cortés dirigida a su madre que no le sube ni un milímetro a los ojos, y yo despego la vista del mantel porque esa no me la esperaba. Que le diga Roberta y no mamá ya me cuenta media historia, la de una guerra vieja y cansada entre las dos, y mientras Roberta se ríe como si la niña hubiera dicho una travesura encantadora, yo alcanzo a verle a Regina la cara de verdad por debajo de la sonrisa, y ahí no hay travesura ninguna, hay filo, del bueno, del que solo reconoce quien carga el mismo.
Interesante. La cordera vino con dientes.
—Un gusto —le digo, más por pincharla que por cortesía.
—¿Verdad que sí? —Levanta su copa de agua en un brindis burlón—. Dos desconocidos a punto de jurarse amor eterno delante de un notario. Muy romántico. Deberían hacer una película.
—Yo la vería.
—Yo la protagonizaría llorando.
Y ahí, muy a mi pesar, se me escapa media sonrisa, la primera de la noche, porque la mujer tiene la lengua rápida y yo llevaba semanas sin que nadie me devolviera una pelota. Roberta no comparte la gracia.
—Regina. —Su nombre le sale entre dientes, envuelto en la misma sonrisa de porcelana—. Compórtate, que Leonardo va a pensar que te criamos en un granero.
—Tranquila, madre, seguro Leonardo ya tiene su propia lista de cosas que piensa de nosotras. —Me mira directo, sin pestañear—. ¿O me equivoco?
No se equivoca, y le sostengo la mirada el tiempo justo para que sepa que no se equivoca, pero antes de contestarle algo del otro lado de la mesa me engancha la atención y ya no me suelta.
Mi padre le está sirviendo el vino a Roberta.
No es nada, un hombre sirviéndole vino a una mujer en una cena, salvo que le sirve primero a ella, antes que, a nadie, acercándole la copa con las dos manos mientras le murmura algo al oído que la hace reír, y le sonríe, le sonríe de verdad, con los ojos y todo, atento y cálido como el anfitrión perfecto que no es.
Y eso es lo que me revuelve el estómago, no la mujer, sino él.
Porque yo a ese hombre no le conozco esa cara, llevo treinta y un años viéndolo tratar al mundo entero como a empleados de medio pelo, y de golpe aquí está, deshaciéndose en atenciones con una desconocida como si le brotaran del alma, cuando yo sé perfectamente que a Federico no le brota nada, que Federico calcula, y que si esta noche la ternura le sale tan barata es porque para él siempre fue una herramienta que se saca cuando conviene y se guarda cuando estorba.
A mi madre no se la sacó jamás, ni una sola vez, a ella le tocó el témpano completo y sin rebajas durante dieciséis años, y ahora resulta que a esta mujer que acaba de conocer le regala en una cena más calor del que mi madre le mendigó en toda una vida de matrimonio.
Se me cierra algo en el pecho y suelto el tenedor sin darme cuenta, que golpea el plato con un ruido seco.
—¿Todo bien? —pregunta Regina, y ya no hay burla en su voz.
—De maravilla —le digo—. Nada como una cena en familia para abrir el apetito.
Ella sigue la dirección de mi mirada, ve a su madre inclinada hacia mi padre, y algo se le apaga también en la cara, así que no soy el único en esta mesa incómodo con el espectáculo, aunque me guardo esa observación porque no pienso compartir nada con nadie esta noche, y menos con ella.
La cena se estira una hora más y yo apenas hablo, me dedico a mirar a mi padre repartir esa amabilidad que no le compro ni regalada, tan suelto y tan encantador, y mientras más lo veo actuar más se me confirma lo que ya sospechaba, que un hombre capaz de fingir así de bien es un hombre en el que no se puede confiar ni por equivocación. No me trago el cuento de la vieja amistad y el favor entre familias, porque mi padre no hace favores, mi padre cobra, y para cuando llega el postre ya tengo la cabeza lejos de la mesa, en un despacho y en un teléfono y en las tres o cuatro personas que le deben algo a mi apellido y que mañana mismo van a averiguarme quiénes son exactamente estas dos mujeres y qué gana Federico metiéndolas en mi vida.
No por ella, que quedé claro, sino por él, porque si algo le aprendí a mi padre es que nadie regala nada, y quiero tener la factura de esta boda en la mano antes de firmarla.
Me despido temprano, y a Regina le doy la mano, que ella me devuelve firme y seca, sin inventarse un cariño que no tiene, y ese apretón honesto termina siendo lo único de toda la noche que no me deja mal sabor.
—Nos vemos en el altar —le digo.
—Ahí estaré, tampoco es que la agenda me dé para mucho más. —Y lo dice con una media sonrisa amarga que reconozco al instante, porque es idéntica a la mía.
Salgo de ese restaurante con el cuello apretándome y unas ganas enormes de arrancarme la corbata, la noche entera y la imagen de mi padre inclinado hacia esa mujer, así que en vez de irme a casa le escribo al único que me soporta cuando ando así, y veinte minutos después estoy empujando la puerta de siempre, con la música baja y el whiskey bueno, y Emiliano ya en la mesa del fondo con dos vasos servidos, porque me conoce hace media vida y me lee un "necesito salir" mejor que yo mismo.
—Uy. —Me ve la cara y suelta una risa—. ¿Tan bien te fue con la novia, Leo?
—No empieces.
—Siéntate, siéntate. —Me pasa el vaso y se recuesta con esa facilidad de siempre, la del hombre que nunca tuvo un mal día en la vida, o que aprendió a esconderlos mejor que yo—. Cuéntamelo todo, ¿es fea, es insoportable? Dime al menos que es rica.
—Es la hija de una amiga de mi papá, y no me gusta nada el asunto.
Emiliano arquea una ceja esperando más, pero no le doy nada, porque ni yo tengo claro qué es lo que huele mal, solo que huele.
—Bueno, deja eso, deja eso. —Me palmea el hombro y sonríe, y hay algo en esa sonrisa que esta noche no sé leer, algo que voy a tardar demasiado en aprender a leer—. Justo de eso quería hablarte, porque un hombre no se casa todos los días, hermano, y yo no soy de los que llegan con una tostadora envuelta en papel regalo.
Levanta su vaso.
—Te tengo un regalo de bodas, Leo, uno que no vas a olvidar mientras vivas.
LeonardoÁngela me cita al día siguiente, y voy, porque necesito acabar con esta duda de una vez, porque no aguanto otra noche encerrado en el estudio comparando antifaces en mi cabeza.Nos vemos en el mismo bar. Y esta vez ella está distinta, más suave, menos insistente. No recita detalles, no se insinúa, no presiona. Habla poco, me deja llevar la conversación, y esa contención me desarma más que cualquier avance, porque no parece una mujer tratando de convencerme de nada. Parece, simplemente, una mujer que espera.Y al final, cuando ya nos vamos, me detiene.—Espera. Quiero darte algo. —Busca en el bolso, saca algo envuelto en un pañuelo, y me lo pone en la mano con cuidado, casi con ceremonia—. Lo guardé todo este tiempo. No sé bien por qué. Supongo que porque esa noche significó algo para mí también.
Leonardo volvió a casa esa tarde con el almuerzo revuelto en el estómago y la cabeza hecha un nudo.No podía sacarse de encima lo que Ángela había dicho. La cifra doble. El pago que hizo esa noche para que ningún otro pudiera tener a la desconocida, un impulso que no le había confesado a nadie, y que sin embargo esa mujer conocía. Le daba vueltas y vueltas mientras conducía, mientras entraba a la mansión, mientras colgaba el saco. Si ella sabía eso, tenía que haber estado ahí. Tenía que ser la desconocida. Y si era la desconocida, entonces el fantasma que lo había obsesionado durante semanas por fin tenía cara y nombre.Pero entonces, ¿por qué al mirarla no sentía nada?Esa era la piedra en el zapato, la que no lo dejaba en paz. La cabeza le gritaba "es ella, tiene los datos, es ella", y el cuerpo, el instinto, ese lugar en el pech
RenataVomito por segunda vez en la mañana, agarrada al lavamanos del baño de mi oficina, y cuando me miro al espejo estoy tan pálida que casi no me reconozco.—Es el estrés —le digo a mi reflejo, porque tiene que ser eso—. Es todo esto. Cualquiera se enfermaría.Y me lo creo, porque prefiero creerlo. Entre el fin de semana, la llamada de Emiliano, la mentira de Leonardo y la mujer misteriosa que apareció de la nada, tengo motivos de sobra para que el cuerpo se me revuelva. El estómago me da vueltas, la cabeza me late, no he podido retener el desayuno, pero los nervios hacen eso, la angustia hace eso, y en cuanto resuelva este desastre se me va a pasar.Me enjuago la boca, me acomodo el pelo, y vuelvo a mi escritorio, porque tengo un problema mucho más urgente que un malestar estomacal. Tengo una impostora.Porque eso es lo que ha
LeonardoLlego a casa temprano, como le prometí, con ganas de verla, con ganas de borrar la distancia rara del viaje de vuelta.Pero Renata está indispuesta.La encuentro en el sillón, con una taza de té y una manta sobre las piernas, pálida, apagada, con una sonrisa cansada cuando me ve entrar.—Llegaste temprano —dice—. Cumpliste.—Te dije que sí. —Me siento a su lado—. ¿Estás bien? Te ves pálida.—Cansada, nada más. El viaje, la reunión. —Se encoge de hombros—. Se me revolvió un poco el estómago. Debe ser algo que comí. No es nada.La miro, y no me convence del todo, pero tampoco insisto, porque ella no parece querer hablar, y porque yo tampoco sé bien qué decir. Toda la noche siento que hay algo entre los dos que no se dice, ella con su malestar
LeonardoCuelgo el teléfono con el corazón golpeándome de una manera que no me gusta, y cuando me giro hacia Renata, ella me está mirando con una cara que no sé leer.—¿Quién era esa mujer? —pregunta, y lo pregunta con una calma tensa, cuidadosa—. La que Emiliano encontró.Y ahí está el problema. Porque no le puedo decir la verdad. No le puedo decir que la noche antes de nuestra boda pagué una fortuna en un club por acostarme con una desconocida, que esa noche me marcó de una manera que no he podido explicar, que llevo semanas buscándola como un obsesionado. No a ella. No ahora, no después de este fin de semana, no cuando por fin las cosas entre nosotros empezaban a ser algo bueno. Sería tirarlo todo por la borda.Así que hago lo que hago siempre que me acorralan. Miento.—Nadie importante. &
RenataLlevo media hora dando vueltas en la cama, sin poder dormir, con la piel todavía tibia de sus besos en la arena y el corazón que no se calla, cuando tocan a la puerta.Suave. Dos golpes.Me levanto, me acomodo el pelo por puro nervio, y abro. Y ahí está Leonardo, descalzo, con la camisa a medio abrochar y el pelo revuelto y una cara de no saber muy bien qué hace ahí.—No puedo dormir —dice, bajito.—Yo tampoco. —Me hago a un lado—. Entra.Y entra, y cierro la puerta, y de repente el cuarto se siente pequeño, con los dos ahí de pie, con toda la tensión de la playa todavía flotando entre nosotros. Nos sentamos en el borde de la cama, y hablamos, porque es más fácil hablar que mirarnos, y hablamos de cosas suaves, del mar, de la reunión de mañana, de tonterías, mientras el aire se v







