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Capitulo 2

Autor: Melissa
last update Fecha de publicación: 2026-05-28 11:38:08

Eres mía, Lia. “Para siempre”. La frase reverberaba en la mente de Lia como el eco de un trueno lejano. Sentía el frío del anillo deslizándose en su dedo, la promesa de eternidad estampada en metal helado. Se aferraba a la ilusión, a ese instante frágil en que el amor parecía indestructible, inmortal. Pero la sonrisa frente a ella se torcía. Las manos que un segundo antes la sostenían con ternura, ahora se convertían en sombras que la empujaban sin piedad hacia el abismo. Lia caía, y en medio de la oscuridad solo escuchaba su propio grito.

—¿Por qué? —preguntó ella, con la voz quebrada, mientras el rostro de Daniel se distorsionaba, convirtiéndose en una máscara irreconocible.

Lia despertó sobresaltada, jadeando, con el corazón a punto de estallar. El sudor le empapaba la frente y tardó varios segundos en distinguir el sueño de la realidad. La voz de su madre atravesó la niebla de su pesadilla, cálida y firme:

—Lia, cariño, es hora de levantarse.

Ella abrió los ojos y se obligó a respirar hondo. Afuera, la luz del amanecer se colaba tímida por la ventana, bañando el cuarto en un tono dorado que intentaba suavizar el peso que cargaba. Se levantó despacio, arrastrando el cansancio y el dolor como si fueran cadenas. Mientras se vestía, repetía mentalmente que solo había sido un sueño, pero la herida seguía abierta. Cada recuerdo con Daniel ardía como una marca recién hecha.

El aroma del café recién hecho la guio hasta el comedor, el único lugar donde aún se respiraba algo parecido a la calma. Su padre, imperturbable, hojeaba el periódico con ese gesto serio que parecía impenetrable. Su madre, en cambio, dejaba ver la preocupación en cada mirada. Sus ojos la examinaban con esa ternura temerosa de quien no sabe cómo curar algo que no puede tocar. Lia se sentó frente a ellos, y el silencio se instaló entre los tres, pesado e incómodo, casi tangible.

—Ya lo saben, ¿verdad? —preguntó finalmente, con la voz apenas como un hilo que amenazaba con romperse.

Su padre bajó el periódico con lentitud. Sus facciones, endurecidas por una mezcla de decepción y tristeza, reflejaban el dolor de un hombre que preferiría no haber tenido razón. Su madre tomó las manos de Lia entre las suyas, cálidas, suaves, pero temblorosas.

—Lia… —Comenzó su padre con un suspiro que parecía cargar años encima—. Sabíamos que esto pasaría, Lia —dijo él, sin mirarla—. Daniel es un hombre de éxito. ¿Qué esperabas? Él necesita a alguien a su altura, no a una mujer que se olvida de vivir por estar frente a un monitor. —Daniel… se casará con tu prima la próxima semana; tu tía llamó para darnos la noticia.

La taza de café tembló entre los dedos de Lia. El líquido osciló, a punto de derramarse. Ella reprimió un sollozo, pero no pudo evitar que una sonrisa amarga le curvara los labios. Su padre era un hombre de carácter fuerte y no pensaba llevarle la contraria.

—Para mí están muertos —susurró, conteniendo las lágrimas—. No quiero volver a escuchar sus nombres jamás.

Su madre apretó los dedos de Lia con fuerza, intentando transmitir una calma que ella misma no sentía.

—Está bien, hija. Nadie te va a obligar a hacerlo —murmuró, acariciando su mano—. Pero no dejes que lo que hicieron apague tu luz.

—Tu madre tiene razón —agregó su padre, con la voz grave—. Ese hombre no merece ni un pensamiento más. A veces el desamor duele tanto porque nos negamos a aceptarlo. Pero una herida que se limpia, sana. La que se esconde, se pudre.

Sus palabras atravesaron a Lia. Ella miró su taza, la observó vacía, como su propio corazón. No sabía cómo volver a llenar lo que Daniel le había robado. El silencio volvió, pero esta vez no era incómodo: era una tregua.

Su madre intentó cambiar el aire sirviendo más café, como si el aroma pudiera recomponerla. En ese momento, el sonido de su teléfono rompió la quietud. Lia lo tomó sin pensar; en la pantalla aparecía el nombre de Laura, su mejor amiga desde la universidad.

—¿Aló? —respondió, intentando sonar normal.

—¡Por fin despiertas, drama queen! —La voz de Laura, siempre viva, logró arrancarle una leve sonrisa—. Escucha, no pienso dejarte llorando por ese idiota. Esta noche hay una fiesta de máscaras en el Hotel Imperial. Todo el mundo va a ir. Y tú también.

—No creo que sea buena idea, Laura… —Suspiró Lia—. No estoy de ánimo para ver gente.

—Precisamente por eso —replicó enseguida su amiga—. Te hace falta salir, reírte, volver a sentirte viva. Además, es con máscaras; nadie sabrá quién eres. Solo por una noche puedes fingir que no eres Lia Moretti, la chica del corazón roto.

—Laura… —Empezó ella, pero su amiga la interrumpió con su habitual entusiasmo—. No hay peros. Voy a pasar por ti a las ocho. Ponte algo espectacular. Te quiero ver brillar, ¿entendido?

Laura colgó antes de que Lia pudiera negarse. Ella dejó el teléfono sobre la mesa y suspiró. Sus padres la observaban con expresiones distintas: su madre sonreía levemente, esperanzada; su padre arqueaba una ceja.

—¿Fiesta de máscaras? —preguntó él, con un tono más curioso que reprobatorio.

—Sí. Laura dice que debería ir… —respondió Lia sin mucha convicción.

—Creo que tiene razón —afirmó su madre enseguida—. Te hará bien distraerte, cariño.

—Ve a esa fiesta; a lo mejor encuentres a alguien allí —dijo su padre, aunque en su voz se adivinaba una aprobación velada—. Pero, Lia, a veces la mejor forma de superar el dolor es enfrentarlo, no esconderlo.

—¿Un baile? ¿Ahora? —repitió ella con ironía.

—No se trata de lo que quieras —respondió él, sereno—. Se trata de lo que necesitas.

Por primera vez en días, una chispa de algo distinto se encendió dentro de Lia. Tal vez curiosidad. Tal vez esperanza.

Horas después, estaba frente al espejo. El vestido negro caía sobre su cuerpo como una sombra elegante, simple pero poderosa. No buscaba llamar la atención; quería protegerse. La máscara plateada cubría la mitad de su rostro. Se observó detenidamente: la mujer del reflejo no parecía tan frágil como ella se sentía. Quizás fingir fuera el primer paso para sanar. Tomó un lápiz negro y colocó un pequeño punto cerca de su labio para verse diferente; sonrió y dijo:

—Perfecto.

Laura llegó poco después, envuelta en energía pura.

—Dios, Lia, luces espectacular. Si Daniel te viera, se arrastraría para volver contigo.

—Que lo intente —respondió ella con una sonrisa amarga—. Así podré escupirle en la cara de una vez por todas.

Laura rio y rodeó a su amiga con un brazo.

—Prométeme que hoy no pensarás en él. Solo esta noche, olvídate del pasado.

—Lo intentaré —susurró Lia.

El salón del Hotel Imperial era un espectáculo de luces doradas, cristales y música envolvente. El aire estaba cargado de perfumes caros, de risas y de murmullos excitados. Todo parecía irreal, como si el mundo exterior no existiera.

Laura se perdió entre la multitud, saludando a medio salón. Lia, en cambio, se refugió en la barra. Pidió una copa y observó el lugar: máscaras doradas, negras, rojas; trajes impecables, vestidos que brillaban como estrellas. Se sentía una intrusa en un universo ajeno.

Y entonces lo vio; a pesar de su máscara, pudo reconocerlo.

Impecable en su traje oscuro, caminaba con esa arrogancia que ella tanto había amado y ahora tanto detestaba. A su lado, su prima Andrea, vestida de rojo, como si el pecado le quedara hecho a medida. Caminaban tomados del brazo, altivos, radiantes. El corazón de Lia dio un vuelco, pero se obligó a no apartar la mirada.

Andrea la vio enseguida. Se acercó con una sonrisa afilada.

—Vaya, prima, no esperaba verte aquí. ¿Viniste sola?

—Vine con una amiga —respondió Lia, con voz fría.

El tono de Andrea se volvió venenoso:

—Qué triste. ¿Todavía no superas que Daniel prefiriera a alguien más…?

Laura, indignada, dio un paso al frente, pero Lia la detuvo con un gesto. No pensaba darle a Andrea el placer de verla perder el control.

—Disfruta mientras dure —le espetó, mirándola directamente a los ojos—. Tú sabes tan bien como yo que Daniel nunca fue fiel.

Por un instante, la máscara de Andrea se resquebrajó. Luego sonrió, altiva.

—Al menos ahora es mío oficialmente. Tú solo fuiste un ensayo, Lia.

Las palabras le cortaron el aire. La copa tembló entre los dedos de Lia. Y justo cuando estaba a punto de responder, una voz masculina, grave y serena, interrumpió:

—Qué curioso. Creí que este era un lugar para celebrar, no para peleas.

Lia levantó la vista. Frente a ella, un hombre alto, vestido con traje oscuro y una máscara negra que le cubría media cara, la observaba. Sus ojos, intensos, parecían leerla. Su sola presencia hizo que Daniel retrocediera un paso, incómodo.

—¿Y tú quién eres? —espetó Andrea, molesta.

El desconocido sonrió con una calma peligrosa.

—Solo alguien que odia ver a una dama siendo atacada. Hay muchas formas de ser felices; la crueldad nunca es una de ellas.

Su voz era firme, cortante. A Lia le sorprendió la naturalidad con la que aquel hombre la defendía, como si su dolor fuera un asunto suyo. Daniel le lanzó una última mirada antes de apartarse con Andrea, derrotados por la elegancia de aquel extraño.

Lia seguía temblando, aferrada a su copa. El hombre se inclinó ligeramente hacia ella.

—No deberías dejar que te hagan pasar por esto —dijo en voz baja, casi un susurro.

Había algo en él que intrigaba a Lia, una calma que la envolvía y la desconcertaba. Él le tendió la mano.

—¿Me permites invitarte a bailar?

Ella lo miró por un segundo eterno. Y, sin saber por qué, dejó que sus dedos rozaran los de él. Sintió un escalofrío que no provenía del dolor, sino de algo nuevo. Al poner su mano en la suya, el abismo dentro de ella se volvió un poco menos oscuro.

Quizás, solo quizás, esa noche fuera el primer paso hacia la libertad.

¿Quién sería ese hombre misterioso que había erizado su piel con solo un toque?

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Último capítulo

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