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CAPÍTULO 2: EL HOMBRE QUE ARRUINÓ LA BODA

last update Fecha de publicación: 2026-06-10 10:18:18

Lo seguí sin preguntar, no sé por qué lo hice, tal vez porque su mirada no me dejaba opción, o porque llevaba dos meses escuchando a mi peor pesadilla hablar por teléfono.

Podría ser porque en el fondo, sabía que esa nota no era el final de nada, era el principio. Andrés Córdova caminaba demasiado rápido. 

Apenas podía seguirlo mientras atravesaba el pasillo principal, esquivaba a los organizadores y se adentraba en un ala lateral del edificio, una puerta de madera pesada se abrió frente a nosotros.

Él entró, yo dudé un segundo, luego entré también, la habitación era pequeña, un antiguo vestidor, espejos, una silla, cortinas polvorientas, y él, de espaldas a mí, con la nota en la mano.

—Cierra la puerta.

Obedecí, el sonido del cerrojo fue más fuerte de lo que esperaba.

—Siéntate.

—Prefiero quedarme de pie.

—No me importa lo que prefieras, siéntate, su tono no era agresivo, sino el tono de alguien acostumbrado a que le obedezcan sin explicaciones.

Me senté, él se giró y por primera vez, lo vi sin la máscara de control que había llevado toda la tarde, tenía ojeras, tensión en la mandíbula, yen sus ojos, algo que parecía cansancio.

Cansancio de verdad, no el cansancio de una noche sin dormir, sino el de años cargando algo que nadie más veía.

—¿Quién eres? —preguntó.

—Paula. Paula Reyes, la fotógrafa.

—Ya sé tu nombre, pregunto quién eres realmente.

—No entiendo la pregunta.

—Entonces déjame ser más claro. ¿Por qué estabas en ese pasillo?

—Porque escuché ruidos, y fui a ver qué pasaba.

—No es cierto.

—No estoy mintiendo.

—Sí, lo estás, estabas buscando algo o a alguien.

Mi corazón dio un golpe contra mi pecho.

—No sé de qué hablas.

Andrés se acercó un paso.

—Tomaste fotografías de la boda, de los invitados, de mí y cuando todo empezó a desmoronarse, no te fuiste, te quedaste, observaste y buscaste.

—Es mi trabajo, así es como trabajo.

—No, es así como sobrevives.

Su mirada me atravesó, y supe que no podía esconderme más.

—¿Qué quieres de mí? —pregunté.

—Quiero saber qué viste, qué escuchaste, qué fotos tomaste.

—Nada, no vi nada, ni escuché nada.

—Mientes otra vez.

—No miento. Solo... no sé qué estás buscando.

Él se detuvo, me observó en silencio durante varios segundos, entonces, con una calma que me asustó más que cualquier grito, dijo:

—Esa nota, la que encontraste. ¿La leíste entera?

—Sí.

—¿Y qué pensaste?

—Pensé que tu hermano no quería que lo buscaran.

Andrés soltó una risa seca.

—No, eso es lo que quiere que pienses.

—Entonces, ¿qué significa?

Él guardó silencio y en ese silencio, comprendí que había algo más, y que él no quería decirme, ni siquiera quería admitirse a sí mismo.

—No importa —dijo finalmente—. No es tu problema.

—Entonces, ¿por qué me trajiste aquí?

Andrés me miró fijamente y por un instante, vi algo que no esperaba ver, incertidumbre.

—Porque necesito tu ayuda.

—¿Mi ayuda? ¿Para qué?

—Para fingir.

La palabra flotó en el aire como un cuchillo.

—No entiendo.

—Mi abuela está muriendo, tiene cáncer, los médicos le dan seis meses, quizás menos, su último deseo es verme bien acompañado, feliz, casado.

—¿Casado?

—El novio de hoy era mi hermano, Álvaro, pero Álvaro ya no está y mi abuela no puede saber la verdad.

—¿Qué verdad?

—Que mi hermano huyó, que la boda se canceló y todo este escándalo que podría destruir a mi familia.

Su voz se quebró ligeramente, pero fue suficiente.

—¿Y qué tengo que ver yo en todo esto?

Andrés sacó un sobre de su chaqueta, lo abrió, dentro había un cheque, una cifra tan alta que mi mente tardó varios segundos en procesarla.

—Un año, fingir que eres mi pareja, mudarte a la mansión familiar, asistir a eventos, sonreír, actuar y cuando todo termine, ese cheque es tuyo.

—No puedo aceptar eso.

—Tu estudio está a punto de cerrar, lo sé, investigué, tienes dos meses de alquiler que no has pagado. El propietario te amenaza con desalojo cada día, no tienes ahorros, ni respaldo, si aceptas este trato, todo eso desaparece.

Callé, porque no podía negarlo, ya que cada palabra que decía era cierta.

—¿Por qué yo? —pregunté.

—Porque encontraste la nota, porque viste lo que viste y no eres nadie para mi familia.

—Eso suena cruel.

—Es práctico, eres una desconocida, no tienes vínculos con nadie, ni intereses ocultos.

—Ni siquiera sabes mi nombre.

—Sé más de lo que crees, sé que tienes veintiséis años, que estudiaste fotografía en una universidad pública, tu padre murió hace tres años, tu madre vive en el campo, no tienes pareja, vives sola, además duermes con las luces encendidas.

El aire se congeló.

—¿Cómo sabes todo eso?

—Porque antes de hacerte una oferta, quiero saber a quién estoy contratando.

—Me investigaste.

—Sí.

—Eso es ilegal.

—Eso es negocio.

Me levanté.

—No voy a aceptar.

—Tienes tres días para pensarlo.

—No necesito tres días, la respuesta es no.

Andrés no se movió.

—Tu estudio cerrará la próxima semana, el propietario ya tiene un nuevo inquilino esperando, no te lo digo para presionarte, sino porque es la verdad.

Mis manos temblaron.

—¿Por qué haces esto?

—Porque necesito a alguien de confianza, ya que mi abuela se merece una última sonrisa, además mi familia está a punto de desmoronarse y no puedo permitirlo.

—¿Y qué pasa con Álvaro?

—Eso no es parte del trato.

—Pero…

—No es parte del trato —repitió, más firme—. Tú finges ser mi pareja, yo pago tus deudas, nada más.

—¿Nada más?

—Nada más.

Me quedé en silencio. Dos meses de pesadillas, sin dormir, viendo cómo mi sueño se deshacía frente a mis ojos.

Y ahora, un desconocido me ofrecía una salida, a cambio de una mentira.

—Dame una noche —dije.

—No.

—¿Cómo que no?

—Tienes hasta mañana al mediodía, a las doce, esta oferta desaparece.

—Eso es cruel.

—Es un negocio y en los negocios, el tiempo es dinero.

Se giró hacia la puerta, y justo antes de salir, dijo:

—Mañana a las doce, en el café de la esquina del hotel. Si no apareces, entenderé que tu respuesta es no.

—¿Y si aparezco?

Él sonrió, una sonrisa pequeña casi invisible.

—Entonces empezaremos a construir una mentira tan perfecta que nadie descubrirá la verdad.

Salió, la puerta se cerró tras él, y yo me quedé sola, con un cheque imaginario quemándome en las manos, y la certeza de que mi vida nunca volvería a ser la misma.

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