INICIAR SESIÓNMILENA
Intento concentrarme en las clases, pero mi mente divaga una y otra vez en los recuerdos que me atormentan. Ya llevaba un año desde que regresé a mi país natal, y aún así, el pasado parecía seguirme como una sombra que se negaba a soltarme. Un dolor de cabeza punzante se instala en mi sien, cada vez más intenso, acompañado de una sensación extraña, como si una parte de mi memoria intentara aflorar sin éxito.
Levanto la mano con discreción y le pido permiso al maestro para ir a la farmacia. Me concede la salida con un ademán rápido y, sin pensarlo dos veces, recojo mis cosas y me encamino hacia el establecimiento más cercano. Pido un analgésico y lo tomo de inmediato con un sorbo de agua. Luego, decido pasar al baño de mujeres. Frente al espejo, mis ojos reflejan el cansancio de los últimos días: rojos, irritados y con rastros de insomnio. Me enjuago la cara con agua fría y respiro hondo. Siento que cada vez que estos dolores me asaltan, vienen acompañados de imágenes difusas, recuerdos fragmentados que no logro situar en mi vida.
Chasqueo la lengua y me obligo a concentrarme. Esta maestría es crucial para mi futuro, no puedo darme el lujo de distraerme. Necesito, además, encontrar un trabajo de medio tiempo, algo estable que me ayude a costear mis estudios y los medicamentos de mi abuela. Sus necesidades médicas son prioritarias, aunque ella tenga un seguro medico, no obstante algunos tratamientos no las tiene, por otro lado, sus dolores se han intensificado con el tiempo.
Regreso al aula y me esfuerzo por seguir el ritmo de la clase. Las horas pasan rápido y, al finalizar, ajusto mi bolso sobre el hombro y salgo del edificio. Me dirijo al metro, coloco mis audífonos y dejo que la música amortigüe el bullicio de la ciudad. A través de la ventana, observo las calles en reparación. Están construyendo un puente para evitar inundaciones durante la temporada de lluvias. Un suspiro escapa de mis labios. Hay tantas cosas que cambian y, sin embargo, hay otras que parecen permanecer inamovibles, como el vacío dentro de mí.
Al llegar a casa, empujo la puerta con suavidad y encuentro a mi abuela sentada en su sillón favorito, con la Biblia abierta sobre su regazo.
—Hola, buenas tardes, abuelita Lupita.
—Buenas tardes, Lena. ¿Cómo fue tu día, cariño?
—Normal, como todos los días —respondo con un suspiro antes de servirme un vaso de agua y sentarme a su lado.
Ella se quita los lentes y acaricia mi mano con ternura.
—¿Cómo te has sentido?
—Estos días me ha dolido mucho la cabeza. No sé por qué, nunca se me quita.
—Con el tiempo sanarás, cariño.
—¿Tú crees?
—Claro que sí.
Dudo por un instante antes de soltar la pregunta que siempre me ronda la mente.
—Abuelita, ¿por qué no recuerdo mi niñez ni mi adolescencia? No tengo memorias o creo que si.
Ella suspira y sus ojos se oscurecen con un dejo de melancolía.
—Cuando eras más joven, estuviste viviendo fuera del país y sufriste un accidente. Tal vez por eso no recuerdas.
Frunzo el ceño, intentando aferrar un fragmento de aquel supuesto accidente, pero nada viene a mi mente.
—Bueno, no lo recuerdo muy bien que digamos. En fin, necesito conseguir un trabajo de medio tiempo antes de regresar a Manhattan, la maestría será solo los sábados.
—¿Quieres regresar?
—Sí. No sé por qué, pero aquí no me siento bien.
Mi abuela me observa con comprensión y luego sonríe con dulzura.
—Tranquila, Dios te guiará. Ojalá encuentres pronto un buen trabajo. Mira, estaba leyendo sobre la vida de Jesús al nacer. ¿Quieres que te cuente?
—Me encantaría. Gracias.
Después de escucharla leer un pasaje de San Mateo, me siento más tranquila. Me retiro a mi pequeño cuarto y me detengo frente al espejo. Paso los dedos por mi frente y, por un instante, noto una pequeña cicatriz sobre mi cabeza. Instintivamente, la cubro con el cabello y sonrío de lado antes de soltar un suspiro y dirigirme al baño. Una ducha caliente me ayuda a relajarme. Al salir, me pongo un short y una camiseta cómoda, luego enciendo la laptop y comienzo a buscar empleo. Ya no quiero seguir trabajando de noche, había pedido unos días pero pronto entraré a trabajar.
Reviso anuncios de trabajos como maestra, pero sin un título aún, las opciones son limitadas. Me detengo en una publicación de un cafetín que busca empleados. Aunque no soy torpe, el fuego me da cierto miedo. A pesar de ello, siempre me ha gustado la cocina y preparar postres. Quizá sea una opción. Anoto algunos números en una libreta y, cuando me siento agotada, cierro la laptop.
Tomo mi teléfono y me pierdo en las redes sociales, viendo publicaciones de artistas hasta que el sueño me vence. Sin cenar y con la luz apagada, dejo que la noche me envuelva en su abrazo silencioso.
***
Por la mañana, desperté con el aroma del café y el pan tostado impregnando el aire. Me desperecé lentamente antes de levantarme, con el cuerpo aún perezoso por el sueño. Caminé descalza hasta la cocina y allí estaba mi abuelita, como todas las mañanas, preparando el desayuno con esa calma que la caracterizaba. Me acerqué y le di un beso en la mejilla, sintiendo su piel cálida y suave.
—Buenos días, abuelita.
Ella me sonrió con ternura mientras removía los huevos en el sartén.
—Buenos días, mi amor. ¿Dormiste bien?— moví la cabeza con un leve asentimiento.
Abrí la puerta de la refrigeradora y saqué un vaso de jugo. Me senté en la mesa y la observé en silencio por un momento. No podía evitar sentirme mal por ella; todas las mañanas estaba despierta desde temprano, ocupándose de la casa, de la comida, de mí.
—Abuela, ¿descansaste bien anoche?
—Sí, cariño, no te preocupes.
—Me hubieras dejado a mí preparar el desayuno.
—Pero si me gusta hacerlo —dijo con una sonrisa serena—. Me he acostumbrado, no me gusta estar sin hacer nada.
Suspiré y bajé la mirada al vaso entre mis manos.
—Me da mucha pena contigo, abuelita. Voy a buscar otro trabajo. He estado revisando algunos contactos, a ver si me sirve de algo.
Ella frunció el ceño con preocupación, pero asintió despacio.
—Está bien, cariño. ¿Estás segura? ¿Y ese trabajo de noche que es...?
Rápidamente desvió la conversación en otra.
—Sí, como te dije, la maestría solo es los fines de semana, así que no quiero estar todo el día sin hacer nada. Necesito trabajar. Además, hay cosas que pagar: la despensa, el agua, el wifi, la línea telefónica...
—Claro, claro, mi amor. Si eso es lo que deseas, te apoyo.
Sonreí con alivio y di otro sorbo a mi jugo.
—En fin, abuela, ¿has sabido algo de Marjorie?
Su expresión se ensombreció al instante. Dejó el sartén a un lado y se secó las manos con un paño antes de responder.
—No he sabido nada. Lo único que sé es que cruzó la frontera y está trabajando en Estados Unidos. Espero que esté bien...
Su voz se apagó en un suspiro, pero luego agregó en un tono más duro:
—Cría cuervos y te sacarán los ojos.
Suspiré. Sabía lo mucho que le había dolido lo que ocurrió con Marjorie.
—Sí, abuelita, lo sé. De verdad lo sé.
—La crié como mi nieta y mira cómo me pagó. Aún no puedo creer que me haya robado el dinero de mi liquidación. No puede demandarla, la quise mucho.
—Pero bueno, abuela, ¿qué podíamos hacer? No todo el mundo es como uno espera.
—Es una lástima, pero tienes razón.
La conversación quedó en el aire mientras terminábamos de desayunar. Me levanté, recogí los platos y limpié la cocina. Luego, tomé mi bolso y me preparé para salir.
—Por cierto, abuela, iré a buscarte unos tratamientos.
—No tenías que molestarte, cariño.
—No es molestia. Además, Gerardo me mandó un poco de dinero.
—¡Oh! Me da pena contigo Lena.
—No te preocupes, abuelita. Gerardo es un buen chico.
—Sí, lástima que no puedas enamorarte de él. — Comento mirándome con las cejas alzadas.
Reí sin humor.
—No sé por qué, abuelita. Intenté hacerlo, pero fallé.
Ella acarició mi rostro con cariño y sonrió comprensiva. Terminado el desayuno, me coloqué los audífonos y salí de la casa. Caminé hasta la estación del metro mientras revisaba mi atuendo: un pantalón sencillo, unas Converse desgastadas y una camiseta básica. Recogí mi cabello en una coleta alta y me observé en el reflejo de un escaparate. Parecía una jovencita, aunque pronto cumpliría los treinta años.
La verdad, ni siquiera recordaba cuántos años tenía. Muchos recuerdos se habían esfumado de mi mente. No solo sufrí un accidente en mi infancia, sino también hace algunos años. Eso me dejó con una memoria fragmentada. Solo me guía por lo que dice mi identificación: que rondo los treinta.
Sonrío para mí misma y dejo escapar un suspiro mientras pongo una alabanza en mis audífonos. Espero el metro con paciencia, con la esperanza de encontrar un buen trabajo hoy.
MILENALa tarde fluyó amena después de que mis padres se fueron al hotel y los niños se acomodaron para dormir. Carelia se metió a la habitación junto con mi hija, Jader se fue a dormir temprano, mientras yo me quedé con mi esposo. Sentí sus labios rozar mi cuello y un estremecimiento recorrió todo mi cuerpo.—No sabes cuánto te extrañé, mi amor.—Solo fueron dos noches y ya me extrañas.—Claro que te extraño, como un loco —respondió mientras nuestras miradas se encontraban.Nos empezamos a besar y a entregarnos con la misma pasión de siempre, aquella que nos unió desde jóvenes y que nos llevó a procrear a nuestros gemelos. Sentí cómo sus manos recorrían mi cuerpo, haciendo magia con cada caricia. Era un fuego cálido y tierno al mismo tiempo, un placer que me habría gustado prolongar por mil años más. Estar en sus brazos me hacía sentir plena, feliz.—Te amo —susurré, incapaz de contener la emoción.—Milena… yo también te amo tanto, mi amor. El destino nos volvió a unir, o más bien, D
MILENAYa habían pasado más de seis meses desde aquel secuestro que cambió mi vida para siempre. Con el tiempo, la justicia por fin se había hecho presente. Alejandro, aquel hombre que dio la orden para que Gerardo le hiciera creer a mi familia que morí en ese accidente de hace años y luego el secuestro, terminó en silla de ruedas; dicen que jamás podrá levantarse de ella. Laura, su cómplice, sigue en la cárcel junto a él. Me enteré de que incluso el propio padre de Alejandro decidió darle la espalda, pues no quiso meter las manos en toda la suciedad que su hijo había provocado. Entre las muchas barbaridades que cometió, también salió a la luz una supuesta malversación que hizo en complicidad con Laura. La empresa, en realidad, pertenecía al padre, nunca al hijo.La verdad, ya no me importa lo que ocurra con ellos. He decidido dejar el pasado atrás.Derek, mi esposo, logró abrir una pequeña oficina que poco a poco ha ido creciendo. Muchas escritoras lo han buscado y ahora maneja una m
DEREK Llegamos finalmente a la ciudad de León. Mi esposa Milena y su prima estaban a salvo, aunque heridas y agotadas. Mientras esperaba noticias, recibí una llamada que me confirmó lo que tanto había deseado escuchar: Laura ya estaba tras las rejas y pronto sería presentada ante el juez. Alejandro, por su parte, se encontraba en la UCI; el disparo en su pecho había y en su espalda, había sido mortal y su estado era crítico. Gerardo no corrió con la misma suerte: dos impactos de bala acabaron con su vida en el acto. Ni siquiera la muerte alcanzaba a pagar todo el daño que habían hecho en el pasado. En mi corazón solo deseaba que, tarde o temprano, el mismo infierno se encargara de ellos.Tras una interminable hora, pude ver al fin a mi esposa. La habían vendado y se encontraba más tranquila. Me acerqué, la abracé con fuerza y la besé como si nunca quisiera soltarla. Con alivio llamé a mis padres para informarles que todos estábamos bien y que pronto volveríamos a casa. Los niños estab
DEREKToda la mañana la pasé organizando junto a Arkady un plan meticuloso para atrapar a Laura y a Alejandro. Estoy convencido de que ellos tienen a Milena secuestrada, y con esa certeza decidí mandar a agentes encubiertos a seguir cada uno de sus movimientos. Mi objetivo es claro: encontrarlos, rescatar a mi esposa y asegurarme de que ambos paguen por cada uno de sus crímenes.No puedo sacarme de la mente la traición de Alejandro y Laura. Jamás imaginé que mi amigo y confidente de tantos años pudiera hundirme un puñal tan profundo. Descubrir que eran amantes no me sorprendió tanto como enterarme de que, tiempo atrás, habían intentado asesinar a Esposa. Ese pensamiento me llena de rabia, de náusea y de un odio que jamás creí capaz de albergar. No descansaré hasta verlos tras las rejas, pagando por cada maldad que cometieron.Antes de ponerme en marcha decidí darme una ducha. El agua fría me ayudó a despejarme y a concentrarme en la batalla que se avecinaba. Al salir, tomé el teléfono
MILENA Estaba pensando en las mil maneras de poder escapar de este encierro. Mis ojos se fijaban en el rostro de mi prima Marjorie; apenas reaccionaba, su semblante me decía que estaba drogada. Casi no hablaba, permanecía dormida, ida… y eso me llenaba de rabia e impotencia. Todo esto era obra de esos engendros, y en especial de Gerardo. ¿Quién lo diría? Él resultó ser de lo peor. Por eso siempre digo que no es bueno confiar en nadie, porque jamás sabemos qué es lo que las personas planean en lo más retorcido de su mente.Ahora, lo único que ronda en mi cabeza son preguntas sin respuesta: ¿quién está realmente detrás de mi secuestro? ¿Quién movió los hilos de lo que me hicieron hace cinco años atrás, cuando bombardearon mi vida y lograron que mi auto explotara? ¿Qué sucedió exactamente aquel día? Demasiadas preguntas, demasiados silencios… pero por ahora, lo único que sé con certeza es que necesito salir de aquí cuanto antes.Mis ojos recorren el lugar. Una pequeña ventana, cubierta
NarradorDesde que Derek había llegado al hospital, aquel mismo lugar donde un mes atrás había llevado a Milena por aquel fuerte dolor de cabeza, algo dentro de él no dejaba de oprimirle el pecho. Apenas se presentó en recepción, pidió hablar con el médico que la había atendido. No tardaron en hacerlo pasar. El doctor, al verlo, quedó un tanto sorprendido por la urgencia en su tono.—Doctor, necesito una cita inmediata… y, sobre todo, necesito que me dé más información sobre mi esposa —pidió Derek con seriedad Milena Forbez. Usted la recuerda, la traje hace un mes por un desmayo.Derek le comento algunos detalles de aquella vez.El médico arqueó una ceja, intrigado.—¿Su esposa? ¿La señora Milena? ¿La misma que hace un tiempo atendimos por una cirugía estética?Derek lo miró confundido.—¿Cirugía estética? Si ese mismo que usted comento. Cuando encontró su información.El médico lo observó detenidamente, sin entender.—Es extraño… usted, siendo su esposo, ¿no sabía que ella se practic







