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Capitulo 9: Victoria

last update Data de publicação: 2026-05-26 23:19:04

El zumbido de los flashes fotográficos quedó atrás en cuanto las pesadas puertas blindadas de la limusina de Dante se cerraron, sepultando el ruido exterior en un silencio absoluto. El vehículo avanzaba con suavidad por las avenidas de la ciudad, pero dentro de la cabina, la atmósfera estaba cargada de una energía eléctrica que nada tenía que ver con los negocios.

Asley mantenía la mirada fija en la ventanilla, observando las gotas de lluvia resbalar por el cristal tintado. Sus manos, firmeme
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  • Un Trato Con El Pecado    Capitulo 15: Nuevo Reinado

    El clic definitivo de las puertas blindadas abriéndose en el garaje subterráneo de la mansión fue el sonido que Asley estuvo esperando durante la hora más larga de su vida. Se puso de pie de inmediato, dejando atrás el sofá de la sala de estar donde había estado fingiendo leerle un cuento a Leo, quien ya se había quedado profundamente dormido bajo la vigilancia de Elena en la habitación contigua. Asley llegó al gran recibidor justo en el momento en que Dante cruzaba el umbral. Su abrigo oscuro venía salpicado por las finas gotas de la lluvia del puerto y su cabello lucía ligeramente húmedo, pero su postura volvía a ser la del hombre implacable que dominaba el mundo exterior. Al verla, Dante se detuvo. Se quitó los guantes de cuero y los dejó sobre la mesa de la entrada, mientras su mirada verde recorría el rostro de Asley, buscando cualquier rastro de angustia. No encontró ninguno; los ojos cafés de su esposa brillaban con una expectativa ardiente y helada a la vez. —Te lo dij

  • Un Trato Con El Pecado    Capitulo 14: No Mas

    El rugido del motor del vehículo blindado disminuyó hasta convertirse en un ronroneo sordo a medida que se adentraba en la zona del puerto viejo. La lluvia fina de la noche regresaba, cubriendo los muelles con una neblina densa que distorsionaba las luces de los faroles industriales. Dante permanecía en el asiento trasero, con la mirada fija en el asfalto mojado. Sus manos grandes descansaban sobre sus rodillas, completamente relajadas. A su lado, Marco revisaba el cargador de su arma reglamentaria antes de guardarla debajo de su abrigo de cachemir. —El almacén número cuatro está a doscientos metros, señor —informó Marco en un susurro—. El auto de Gibson sigue ahí. Las luces están apagadas, pero los limpiaparabrisas se mueven de forma intermitente. Sigue adentro. —Detén el auto aquí —ordenó Dante, su voz profunda cortando la penumbra—. No quiero que escuche el motor. Vamos a pie. El vehículo se detuvo de manera suave junto a una fila de contenedores de carga oxidados. Dante

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    El sonido del teléfono desconectado seguía flotando en el aire de la biblioteca como una declaración de muerte. Asley permanecía inmóvil, con las manos presionadas contra el borde del escritorio de roble. Las palabras de Tristan sobre Leo se repetían en su mente como un eco venenoso, pero el miedo no logró paralizarla; en su lugar, una furia materna, fría y calculadora, terminó de sepultar cualquier rastro de la mujer piadosa que alguna vez fue. Dante guardó su teléfono celular en el bolsillo del saco. Su rostro ya no expresaba rabia; se había transformado en una máscara de piedra tallada, desprovista de cualquier emoción humana. Caminó hacia el gran ventanal y observó el jardín, donde las luces de seguridad comenzaban a encenderse de manera automática. —No va a acercarse a él, Asley —dijo Dante, sin girarse. Su voz era un susurro grueso, peligroso—. La seguridad de la escuela de Leo fue triplicada desde el día en que firmamos el acta de matrimonio. Pero el simple hecho de que h

  • Un Trato Con El Pecado    Capitulo 12: Peligro

    ​El trayecto de regreso a la mansión fue tenso. Aunque el cielo de la ciudad lucía un azul impecable, Asley no podía quitarse de la cabeza la advertencia de Dante. Miraba por la ventana de la limusina blindada, observando el tráfico con una mezcla de triunfo y cautela. Sabía de lo que era capaz Tristan cuando se sentía acorralado; el ego de su exesposo era una bestia peligrosa que, al verse herida de muerte, mordería a cualquiera con tal de no aceptar su propia mediocridad. ​En cuanto el vehículo cruzó el portón de hierro, Asley sintió que el aire volvía a sus pulmones. Bajó de prisa y entró a la residencia. ​—¡Mamá! —el pequeño Leo corrió por el pasillo del gran recibidor, esquivando una de las enormes vasijas de porcelana. Traía un avión de juguete en la mano, irónicamente uno de madera que Dante le había regalado dos días atrás. ​Asley se agachó para recibirlo en sus brazos, aspirando el olor a colonia infantil que le devolvía la tierra firme. Lo abrazó con una fuerza casi

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    El sol de la mañana se filtraba por las pesadas cortinas de la suite principal, tiñendo el mármol y las sábanas de un tono dorado. Asley abrió los ojos lentamente, sintiendo una calidez que hacía años no experimentaba. Al girarse, descubrió que el espacio a su lado estaba vacío, pero la marca en la almohada y el persistente aroma a sándalo confirmaban que la noche anterior en la biblioteca no había sido un sueño. Se sentó en la cama, ajustándose la bata de seda. En la mesa de noche, junto a una taza de café humeante, había una pequeña nota con la caligrafía firme de Dante: “Tuve que salir temprano al hangar del norte. El papeleo de la transferencia está listo. El imperio de tu padre regresa a tus manos hoy. Te veo en la noche, mi Señora Moretti”. Una sonrisa real, desprovista de la frialdad de los últimos meses, iluminó el rostro de Asley. Se puso de pie y caminó hacia el ventanal. El cielo estaba despejado; la tormenta finalmente había quedado atrás. Sin embargo, a unas pocas

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    La noche cayó sobre la mansión Moretti trayendo consigo una calma que contrastaba con el terremoto político y financiero que el matrimonio acababa de desatar en la ciudad. Tras cenar con el pequeño Leo y asegurarse de que estuviera profundamente dormido en su cama cálida y segura, Asley se retiró a la biblioteca. Necesitaba silencio para procesar que el primer gran paso de su justicia ya estaba dado. Vestía una bata de seda color perla que fluía a su alrededor con suavidad. Con una taza de té entre las manos, se acercó al gran ventanal de la biblioteca, el mismo lugar donde tres meses atrás había firmado el contrato que cambió su destino. Afuera, la llovizna persistía, pero el cristal templado de la mansión mantenía el frío a una distancia segura. El sonido suave de la puerta abriéndose la hizo girar la cabeza. Dante entró al estudio. Se había quitado el saco gris de la licitación y llevaba las mangas de su camisa blanca remangadas hasta los antebrazos, revelando la tensión de sus

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