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CAPÍTULO 4: AGUA FRÍA Y BIENVENIDAS INESPERADAS

Author: Emma Brown
last update Petsa ng paglalathala: 2026-01-22 09:01:20

La mansión de los Black —antes la joya de la corona de los Carte— se alzaba frente a Mia como un mausoleo de recuerdos distorsionados. Al bajar del auto, el aire nocturno le caló en los huesos, pero no tanto como la mirada de los sirvientes que la esperaban en la entrada con una cortesía mecánica. Todo en ese lugar había sido redecorado; ya no quedaba rastro de las alfombras persas que su madre amaba ni de los cuadros clásicos. Ahora, el minimalismo agresivo y los tonos oscuros gritaban el nombre de su nuevo dueño.

Mia fue conducida hasta el jardín trasero, cerca de la piscina infinita que parecía fundirse con el horizonte de la ciudad. Allí, sentado con una copa de cristal tallado en la mano, estaba Liam. El resplandor azul del agua iluminaba su rostro, acentuando la dureza de sus facciones.

—Llegas tarde a tu nueva prisión —dijo él, sin siquiera girarse—. Pensé que serías más puntual tras haberte arrastrado en mi oficina.

El comentario golpeó a Mia como una bofetada. La adrenalina del alivio por la cirugía de Leo se transformó en una indignación líquida que le subió por la garganta.

—Leo acaba de salir de una cirugía de corazón, Liam. Si crees que voy a priorizar tus estúpidos horarios sobre la vida de mi hermano, es que no tienes ni idea de con quién te casaste —respondió ella, caminando con paso firme hasta quedar frente a él.

Liam se puso de pie con una lentitud amenazante. Su sola presencia física solía intimidar a hombres de negocios curtidos, pero Mia no retrocedió.

—Te casaste con el hombre que pagó por esa vida, Mia. Eso me hace dueño de tu tiempo, de tus movimientos y de cada respiración que des en esta casa —siseó él, acortando la distancia—. No olvides que el contrato tiene una cláusula de comportamiento. No me tientes a dejar de pagar el postoperatorio.

—¡Eres un monstruo! —gritó ella, perdiendo los estribos—. ¿Tanto me odias? ¿Tan pequeña es tu alma que necesitas humillar a una mujer que solo intenta salvar a un niño? ¡Ni siquiera sé qué te hicimos!

—¡Tu familia me lo quitó todo! —rugió Liam, perdiendo por un segundo su máscara de hielo. La tomó de los hombros con fuerza, pero no de una forma violenta, sino desesperada, como si intentara sacudir la ignorancia de sus ojos—. No actúes como si fueras una santa. Eres una Carte. Llevas el pecado en la sangre.

—¡Pues esta "pecadora" no se va a quedar callada mientras tú juegas a ser Dios!

Mia intentó zafarse de su agarre con un empujón brusco. Liam, sorprendido por la fuerza de la chica, perdió el equilibrio sobre el borde resbaladizo de la piscina. En un acto reflejo, no soltó los brazos de Mia, y en un segundo, el mundo se dio la vuelta.

El impacto con el agua fría fue un choque eléctrico.

Bajo la superficie, por un instante infinito, el tiempo se detuvo. Mia abrió los ojos y vio a Liam sumergido; su cabello oscuro flotaba como humo y sus ojos la buscaban en medio del azul cristalino. Cuando emergieron a la superficie, ambos tosieron, jadeando por aire, con la ropa empapada pegándose a sus cuerpos como una segunda piel.

Mia se apartó el cabello mojado de la cara, lista para seguir gritando, pero la cercanía era abrumadora. Liam la sostenía por la cintura para evitar que se hundiera, y por primera vez, no vio odio en sus ojos, sino una confusión ardiente. Sus rostros estaban a centímetros; el calor que emanaban contrastaba violentamente con el agua helada. La tensión ya no era solo de furia; era algo más oscuro, algo que hacía que el pulso de Mia se acelerara en sus oídos.

—¡Pero qué entrada tan espectacular! —una voz femenina, cargada de dulzura y sorpresa, rompió el hechizo.

Ambos giraron la cabeza hacia el porche. Allí, de pie con una sonrisa radiante y los brazos abiertos, estaba Julieta Miller. A su lado, un joven de hombros anchos y mirada divertida observaba la escena: Noel Miller.

—¿Liam? ¿Hijo? ¿Es esta la forma en que recibes a tu prometida? —preguntó Julieta, acercándose al borde con una toalla en las manos.

Liam soltó a Mia como si quemara y salió de la piscina con una agilidad envidiable, aunque su expresión era de absoluta derrota moral. Mia lo siguió, tiritando y sintiéndose ridícula con su vestido ahora transparente por el agua.

—Mamá, ¿qué haces aquí? —gruñó Liam, tratando de recuperar la compostura mientras Noel le lanzaba una mirada burlona.

—Marcos me dijo que la boda era inminente y no podía esperar para conocer a la mujer que finalmente logró que mi hijo dejara de dormir en su oficina —Julieta se acercó a Mia y, sin importarle que estuviera empapada, la envolvió en un abrazo cálido—. Bienvenida a la familia, querida. Soy Julieta. Perdona a Liam, a veces olvida cómo ser un ser humano.

Mia se quedó helada. No esperaba esta calidez. En el mundo de Liam, pensó que todos serían sombras frías, pero Julieta Miller irradiaba una luz que la desarmó por completo.

—Soy Mia... gracias, señora Miller —logró decir, con los dientes castañeando.

—¡Nada de "señora"! Llámame Julieta. Noel, ayuda a tu hermano antes de que se congele —ordenó la mujer, guiando a Mia hacia el interior de la casa.

Mientras las mujeres entraban, Noel se acercó a un Liam que bufaba de rabia mientras se sacudía el agua. Noel le dio una palmada en la espalda, riendo entre dientes.

—Vaya, hermanito —susurró Noel para que solo Liam lo escuchara—. Así que este es tu plan de venganza, ¿eh? ¿Tirarte a la piscina para un "encuentro mojado" con la hija del enemigo? Debo decir que tienes métodos muy interesantes para demostrar que la odias.

—Cállate, Noel —mascó Liam entre dientes—. Fue un accidente. Ella es solo una pieza en el tablero.

—Claro, una pieza que tiene unos ojos que no puedes dejar de mirar —se burló Noel, cruzándose de brazos—. Ten cuidado, Liam. El odio y el deseo se parecen demasiado cuando estás bajo el agua. Y por lo que acabo de ver, estás a punto de ahogarte y ni siquiera te has dado cuenta.

Liam lanzó una última mirada hacia la puerta por donde Mia había desaparecido. Sus puños se apretaron. No podía permitir que su familia se encariñara con ella, y mucho menos podía permitir que Noel tuviera razón. Mia Carte era su ruina, no su salvación. Pero mientras subía las escaleras para cambiarse, el aroma de ella —ese perfume de vainilla mezclado con el cloro de la piscina— seguía impregnado en su piel, recordándole que este año iba a ser mucho más largo de lo que había planeado.

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