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Capítulo 6

Autor: Leslie g
last update Fecha de publicación: 2026-03-02 20:15:23

Levantó la mirada con esa precisión suya que siempre parecía escanear personas como si fueran reportes financieros, y tardó apenas un segundo en reconocerme antes de arquear ligeramente una ceja.

—Vega.

No sonó sorprendido.

Sonó evaluativo.

Me acomodé el bolso en el regazo como si eso pudiera darme estabilidad emocional.

—Señor.

Su mirada bajó instintivamente a mi mano izquierda.

Vacía.

Volvió a mis ojos.

—¿Su esposo no viaja con usted?

Directo. Sin anestesia.

Sonreí con esa sonrisa que ya se estaba convirtiendo en mi mecanismo oficial de defensa.

—Se nos complicó la agenda —mentí con fluidez sorprendente—. Él… tuvo que quedarse.

“Quedarse engañándome” no era necesario añadirlo.

Asintió levemente, pero su expresión no indicaba que estuviera completamente convencido. Luego su mirada recorrió la cabina con cierto desagrado apenas disimulado.

—¿Por qué no está en primera clase? —pregunté antes de poder detenerme, porque si él iba a interrogarme, yo también tenía derecho a curiosidad ejecutiva.

Su rostro cambió apenas.

Se volvió más serio, más cerrado.

—Tenía un vuelo distinto —respondió con tono breve—. Surgió un asunto urgente. Un inversionista en Bali que decidió replantear su participación. No había más boletos disponibles en primera clase y necesitaba salir hoy.

Bali.

Claro.

Mientras yo iba a usar mi luna de miel como terapia económica, él iba a perseguir millones bajo palmeras exóticas.

—Debe ser importante —dije.

—Lo es.

Hubo un pequeño silencio incómodo que fue interrumpido por la azafata explicando medidas de seguridad que ninguno de los dos estaba escuchando.

Luego giró ligeramente el rostro hacia mí, estudiándome durante un segundo que se sintió demasiado largo.

—No la pondré a trabajar en su luna de miel.

Parpadeé.

—¿Qué?

Su expresión no cambió, pero su tono se volvió apenas más ligero, casi irónico.

—No la veo muy contenta de encontrarse conmigo —dijo con calma—. No se preocupe, no tengo intención de asignarle tareas a diez mil metros de altura. Probablemente, después de que bajemos de este avión, no nos veremos hasta que ambos regresemos al país… y al trabajo.

Hubo un silencio breve después de eso.

Vaya.

Era la primera vez que lo escuchaba hablarme durante más de veinte segundos sin que fuera para dictarme una cita, corregirme un correo o llamarme Claudia.

Me quedé mirándolo un instante más de lo prudente, intentando procesar la situación: mi jefe, el hombre que medía el tiempo en productividad, estaba teniendo lo que técnicamente podía considerarse una conversación humana conmigo.

—Eso sería… ideal —respondí finalmente, recuperando mi tono profesional automático.

Él asintió apenas, volvió la mirada hacia la ventana y por un momento pareció simplemente un hombre viajando, no el dueño de medio edificio financiero.

Yo, en cambio, estaba en el asiento del medio, con mentiras frescas, un matrimonio inexistente y la incómoda sensación de que tal vez, solo tal vez, Adrián Castellanos veía más de lo que dejaba notar.

El avión comenzó a rodar por la pista y sentí el leve temblor bajo mis pies. Adrián volvió a mirar mi mano izquierda, esta vez con más detenimiento.

—¿No llevaba anillo hace unos días?

Mi corazón hizo un movimiento brusco que probablemente no estaba aprobado por ningún cardiólogo.

Maldita sea.

Había notado el anillo.

—Lo mandé a ajustar —respondí sin titubear, sorprendida de mí misma—. Me quedaba un poco grande.

Sus ojos permanecieron en los míos un segundo más de lo normal.

No dijo nada.

Pero algo en su expresión me hizo sentir que acababa de presentar un informe con cifras dudosas.

El avión despegó y mi estómago hizo lo mismo.

Y ahí estaba yo, atrapada a diez mil metros de altura junto a mi jefe, sin anillo, con una luna de miel inexistente y una colección de mentiras recién estrenadas que esperaba no necesitar actualizar durante las próximas horas de vuelo.

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