LOGINAna caminó hacia la salida de la librería, y el desconocido le abrió la puerta con caballerosidad.
Salió de "La musa errante" con el corazón latiéndole a un ritmo frenético ante la inesperada atención. El aire fresco de la tarde le acarició la cara y respiró hondo, tratando de calmar los nervios. La acalorada discusión con el español, la adrenalina, la chispa, la forma en que ambos habían desmenuzado las palabras de Nietzsche; todo la había dejado exhausta y, a la vez, extrañamente revitalizada.
Un ligero calor subió por sus mejillas, era una sensación extraña, la excitación y el nerviosismo mezclándose a partes iguales.
La luz de la luna bañaba la calle con una luz plateada, y el bullicio de la ciudad se mezclaba con el aroma de libros viejos que aún impregnaba su ropa.
—Entonces, ¿aceptas el café? —la voz grave del hombre la sacó de sus pensamientos. Estaba parado a su lado, con una amplia sonrisa amable que le hacía brillar los ojos.
Ana se aclaró la garganta, tratando de recuperar la compostura. —Creo que… no, gracias. Tengo cosas que hacer ―la verdad era que no tenía nada que hacer, salvo volver al hotel.
Sabía que no debía aceptar la invitación, tenía novio, después de todo; y la idea de salir con un completo desconocido, por muy brillante que fuera, no encajaba en sus costumbres y valores.
El español, sin embargo, no se rindió. —Un café no es una cita, señorita ―dijo como si le hubiera leído los pensamientos. ―Es simplemente una oportunidad para seguir conversando. Y usted, con su conocimiento de Nietzsche, es una compañía muy agradable ―la estructura de su frase, la sutileza con la que la invitaba era casi hipnótica y, la verdad, la curiosidad la carcomía.
Sintió una punzada de culpa, pero es que, además, era la primera vez que alguien valoraba su pasión por la filosofía, una pasión que había mantenido en secreto por años, reprimida por la falta de interés de sus padres.
—No lo sé… —titubeó sintiendo la curiosidad y la emoción nublar su juicio.
—¿Qué le parece si lo dejamos al destino? —propuso él con una sonrisa. —Justo enfrente está la cafetería ―el hombre apuntó el lugar, provocando que Ana girará su rostro para verlo con fugacidad, pero notando el anuncio luminoso de la taza de café humeante y un número 24. ―Si le gusta, nos quedamos a tomar solamente un café. Si no, me despido y cada uno por su lado.
Ana dudó por un instante.
La promesa de algo ligero, la seguridad de un buen café, la insinuación de una conversación interesante, porque, ¿qué más sabía ese hombre? ¿Qué más podía aprender de él? Además, ¿quién era ella para rechazar una simple taza de café?
—Está bien; pero, sólo un café ―cedió a la tentación, sorprendiéndose a sí misma.
Un brillo de triunfo iluminó los ojos del hombre. —Permíteme ―con una suavidad inesperada tomó su mano, y con una sonrisa la guió hacia la calle.
Ana, sin saber por qué, se sintió segura. La forma en que la tomaba de la mano, con tanta naturalidad y respeto, la desconcertó, pero eso no la hizo apartarse.
Cruzar la calle con él fue un instante, un instante en el que sintió que el mundo se detuvo. El tráfico, el ruido, todo parecía desvanecerse mientras él la guiaba, con una firmeza cálida y gentil.
El hombre, que aún no le había revelado su nombre, con una cortesía que parecía anticuada y, al mismo tiempo encantadora, le abrió la puerta del local.
—Después de usted, señorita —dijo con una sonrisa.
La cafetería, "El rincón del filósofo", era un pequeño paraíso, un oasis de tranquilidad.
Ana, que había estudiado hotelería y turismo, se sintió inmediatamente atraída por el diseño. La decoración era exquisita: paredes de ladrillo visto, repisas llenas de libros, mesas de madera obscura y sillones de cuero desgastado. Sumándose la iluminación tenue y cálida, el aroma a café recién hecho y a pan recién horneado inundaba el ambiente. Sintió que respiraba con más facilidad, como si el lugar la invitara a dejar atrás el mundo exterior, porque era como un santuario para los amantes de la lectura y la buena conversación.
Ya dentro, el hombre continúo comportándose como todo un caballero: le cedió el paso, la espero mientras ella detallaba el lugar, y la acompañó hasta la barra, donde una chica de cabello rubio y ojos almendrados los recibió con una resplandeciente sonrisa.
—¡Auritz! ¡Qué gusto verte! ¿Lo mismo de siempre? —exclamó la chica con una familiaridad que a Ana le pareció excesiva, y es que la chica parecía radiante al hablar con él. Eran de esas situaciones que la hacía sentir una punzada de incomodidad.
Auritz, por su parte, pareció también lucir incómodo. —Un café, Valeria ―respondió con una frialdad inesperada. ―Y para la señorita… ―se giró para brindarle toda su atención a Ana.
—Un capuchino, por favor —habló con confianza, sintiendo una extraña satisfacción al notar la forma en que Auritz la miraba, como si buscara su aprobación.
Valeria, con una sonrisa forzada, se giró hacia Ana mirándola inquisitivamente por unos breves segundos, para después asentir y marcharse a preparar los cafés.
Para esperar el café, Auritz se encargó de buscar una mesa. Eligió una en un rincón tranquilo, cerca de una estantería exclusiva de libros de filosofía. Ana se sentó observando cada detalle del lugar. La cafetería era un reflejo de sus propios gustos: un lugar donde la mente podía vagar libremente, alimentada por el conocimiento y el buen café.
El español comenzó una conversación ligera y amena, provocando que Ana se sintiera sorprendentemente cómoda en su compañía.
―Soy Auritz Lacon ―le extendió su mano para presentarse de manera formal.
―Mucho gusto, mi nombre es Ana Valle ―estrechó su mano.
―¡Un verdadero placer, Ana! ¿Eres de por aquí? —preguntó tratando de romper el hielo, porque era más que notorio que ella no era española.
—No, estoy de paso. Vengo de México ―reveló con profunda alegría.
Auritz intentó mostrarse sorprendido. —¿Y qué te trae por Valencia?
—Trabajo, principalmente.
En ese momento, Valera se acercó a ellos con las tazas, y aprovechó para dejar un plato de galletas.
—¿Necesitan algo más? ―se dirigió a Auritz, con su voz llena de coqueteo.
—No, gracias —respondió él sin siquiera mirarla, tenía toda su atención en Ana.
Valeria, visiblemente dolida y con los hombros caídos, se alejó, dejando tras de sí una estela de decepción.
Ana, que había prestado excesiva atención a la escena, sintió compasión y confusión a la vez. ¿Quién era Valeria? ¿Qué relación tenía con Auritz?
—¿Cómo está? —cuestionó él con una sonrisa, señalando con su vista a la cafetería.
Ana, que ya había detallado el lugar, se sentía complacida. —Maravilloso. Este lugar es… perfecto.
Auritz asintió satisfecho. —Es el lugar ideal para discutir sobre Nietzsche.
Valeria, que observaba la escena desde la barra, frunció el ceño. Intentó llamar la atención de Auritz varias veces, ofreciendo rellenar sus tazas de café y sugiriendo postres, pero él parecía no escucharla.
Ana, por otro lado, se sentía cada vez más fascinada por la conversación.
—¿Qué es lo que más te atrae de Nietzsche? —Auritz tenía una chispa en los ojos.
Ana se sintió en su elemento. —Su crítica a la moral, su concepto del superhombre. Es una visión provocadora, pero al mismo tiempo liberadora.
Auritz asintió. —Exacto. Y su rechazo a la hipocresía, a la falsedad. Es un filósofo que te obliga a cuestionar todo lo que creías saber.
Y así, con el aroma del café inundando el aire y la luz tenue creando un ambiente íntimo, la conversación fluyó con facilidad, como un río que encuentra su cauce.
Hablaron de filosofía, de literatura, de sus libros favoritos, de ideas, de la vida. Ana, sumergida en la discusión, se olvidó por completo del mundo exterior, de la extensión de su estadía, de sus padres, de su novio. Sentía que había encontrado a alguien que la entendía, que compartía su pasión por el conocimiento.
Las horas pasaron volando, después de rellenar varias veces sus tazas de café, el último se enfrió; pero ninguno de los dos pareció notarlo. La luz plateada de la luna entraba por la ventana de la cafetería, palideciéndose de apoco hasta tornarse azulada, anunciando la llegada de un nuevo día.
Cuando Ana miró el reloj, se sorprendió al descubrir que eran casi las seis de la mañana.
—¡Dios mío! —exclamó con los ojos sumamente abiertos por la incredulidad. —¡Tengo que irme!
Auritz, con una sonrisa cansada pero feliz, asintió. —Parece que nos hemos dejado llevar.
—Sí… —respondió Ana, sintiendo una mezcla de emoción y culpa.
Se pusieron de pie y Auritz, con la misma cortesía de siempre, le ofreció el brazo para caminar hacia la salida. Le abrió la puerta, siendo recibidos en la acera por la brisa matutina y disfrutando de la luz dorada de la mañana.
—Fue una velada fascinante, Ana ―comentó con una voz suave.
—Lo mismo digo, Auritz —respondió ella sintiendo un calor en el pecho.
El español, que la miraba con una intensidad que la puso nerviosa, dibujó una sonrisa genuina. —Y, ¿cuántos días te vas a quedar en Valencia?
La pregunta, aparentemente simple, contenía una carga emocional que la tomó por sorpresa, una extraña mezcla de alegría y aprensión.
Era como si Auritz estuviera interesado en saber si tendrían la oportunidad de volver a encontrarse, y eso la hacía sentir una oleada de calidez, halago y emoción recorrer su cuerpo.
Sabía que lo que había comenzado la noche anterior, con el debate en la librería y el café, era sólo el principio de algo. Aunque no sabía si era bueno o malo.
La luz dorada del amanecer llegó junto a Alba, que con su habitual melena rebelde ondeando al viento, entró al departamento de su hermano Auritz. Sabía que lo encontraría allí, era un lunes por la mañana y él debía estar por preparar el desayuno.Abrió la puerta y entró sin preocuparse por evitar hacer ruido, el aroma del café recién hecho llenaba el aire, y tal como sospechaba, vislumbró a Auritz en la cocina aún con el cabello revuelto y una sonrisa cálida.―¡Alba! Justo estaba preparando café. Siéntate ―él tomó otra taza para compartir con su hermana.―Gracias, Auritz. Te juro que te adoro por esto ―caminó y dejó su bolso en el recibidor. ―Mi estómago te lo agradecerá. ¿Cómo va la vida del sibarita? ―preguntó divertida, recargándose en la barra desayunadora.Auritz rodó los ojos con cariño. ―Ya sabes, sobreviviendo. ¿Cómo va la vida de la reina del queso? ―Alba sonrió, mientras negaba en varias ocasiones―Ah, ya sabes, entre brie y camembert, siempre hay tiempo para alguna aventura
Dos días después, Ana llegó a casa de sus padres más nerviosa de lo que estaba dispuesta a admitir.Entró y vio a Fernando en la sala con expresión tranquila, aunque sus ojos se iluminaron apenas la vio.―Pensé que ibas a venir hasta el domingo ―Ana sonrió con suavidad mientras caminaba hacia él.―También yo ―su padre frunció ligeramente el ceño, como si hubiera detectado algo en su tono, pero se puso de pie para acercarse y recibir el acostumbrado abrazo.La casa olía a café recién hecho y al perfume floral que Elsa llevaba usando desde hacía años. Todo estaba exactamente igual: las fotografías sobre el mueble, el reloj antiguo en la pared, los cojines perfectamente acomodados.Por un instante, Ana sintió algo extraño en el pecho: la sensación absurda de que estaba despidiéndose incluso antes de decirlo.―¿Y mamá? ―preguntó, dejando el bolso sobre el sillón.―En la cocina ―apuntó con rapidez hacia el lugar. ―Peleándose con una receta y perdiendo miserablemente ―ambos comenzaron a cami
Un año se había escurrido como arena entre los dedos.Un año lleno de vuelos, de reencuentros furtivos, de conversaciones susurradas al oído y miradas cómplices.Auritz comenzó a viajar a México con frecuencia usando la excusa de los negocios del viñedo; y Ana, a su vez, encontraba cualquier pretexto para regresar a Valencia. Cada encuentro era un festín para el alma y un deleite para los sentidos.Las semanas se convertían en un torbellino de risas, discusiones filosóficas, paseos por la playa o la ciudad, y cenas a la luz de las velas.Una semana en la que Ana había viajado a Valencia, Auritz la invitó al viñedo familiar, que estaba rodeado de vides y del aroma embriagador del vino. Los padres de Auritz, con sus arrugas curtidas por el sol y sus ojos que transmitían una profunda calidez, la habían recibido con los brazos abiertos. Las cenas habían sido un despliegue de sabores y una danza de conversaciones.El último atardecer de su estadía en el viñedo, Ana y Auritz se alejaron de
Después de ordenar, Auritz y Ana eligieron una pequeña mesa que les daba cierta privacidad dentro del local. El ambiente estaba lleno de incomodidad, pero también de expectativas.―Valeria ha sido una amiga cercana desde hace mucho tiempo… ―bajó la vista por un segundo. ―Me di cuenta que sus sentimientos por mí se intensificaron en las últimas semanas ―sus ojos viajaron de nuevo a Ana, ―pero yo nunca he sentido lo mismo ―la intensidad de su mirada le transmitió veracidad, ―simplemente la situación se complicó, porque Valeria… ―respiró hondo ―fue un intento por llenar el vacío que dejaste con tu partida ―Auritz, a pesar del nerviosismo, le dijo la verdad… aunque no le contó de su viaje a México.Ana lo escuchó atenta, sintiendo un extraño alivio e ilusión, pero también tristeza; porque descubrir que ella era el motivo le dio esperanza, así como saber que era una relación pasajera aligeró la situación, no obstante, le dolía la idea de que él hubiera estado con alguien más. ¿Y ella?Lo m
—¿Qué te pasa? ¿Por qué estabas llorando? —su voz era suave, aunque seguía siendo firme.Ana, que sostuvo la mirada de Auritz, se sintió abrumada por la mezcla de emociones: dolor, rabia, pero también un extraño alivio. La había perseguido y se había deshecho de Valeria, eso debía significar algo.Y es que necesitaba explicaciones, necesitaba saber la verdad.—Yo… —comenzó, luchando por controlar las lágrimas —…yo te vi…Auritz asintió, como si esperara esa respuesta. —Sí, ya veo; pero, ¿por qué lloras? ¿Por qué te importa?Ana no esperaba esa pregunta. —Porque yo… yo… ―su voz se entrecortó. Luego, la verdad, como un torrente imparable, se desbordó. —Te… te estaba buscando —confesó con la voz apenas audible. El color se le subió a las mejillas, avergonzada de su propia vulnerabilidad.Auritz parpadeó desconcertado. Su vista se fijó aún más en la de Ana, buscando una explicación, una pista. —¿Me estabas buscando? —repitió sin poder creer lo que oía. Sus ojos se abrieron demasiado a cau
Necesitaba tranquilizarse, respiró hondo en repetidas ocasiones, pero la ansiedad seguía creciendo con cada paso.Continuó caminando por las calles valencianas, sintiendo la brisa cálida en su rostro. La ciudad parecía diferente, llena de posibilidades.Cuando finalmente se acercó al edificio de Auritz, lo vislumbró a unos metros de distancia, caminando despreocupadamente. El corazón le latió aún más rápido, sus ojos se abrieron un poco más y su boca se abrió ligeramente.Ahí estaba, caminando con una mujer pegada a él, agarrada de su brazo con una familiaridad que la congeló en su lugar. La mujer alta, de cabello rubio y labios pintados de rojo era Valeria.La rabia y los celos se apoderaron de ella, una sensación nueva y desconocida.¿Cómo podía estar tan tranquilo, tan normal?Ahí, en medio de la calle y con el corazón amenazando con salirse de su pecho, una ola de sorpresa y confusión la inundó. El sol se oscureció por un instante, ¿por qué estaba así con ella? Era sólo una amiga,







