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4. Ofrecimiento inesperado

Author: Furukawa
last update publish date: 2026-03-10 09:27:17

—Tengo pensado quedarme cuatro días más —reveló Ana intentando mantener la compostura.

—¿Ah, sí? ¡Qué bien! —exclamó Auritz con una amplia y honesta sonrisa.

Un calor agradable se extendió en su pecho. —Aunque, con la suerte que tengo, probablemente termine viviendo en la calle. Parece que el hotel en el que me estoy quedando está lleno ―dibujó una sonrisa apretada.

La broma, un intento de aligerar la situación, no pareció hacer mella en Auritz que cambió su expresión a una seria y preocupada.

—Con las fiestas de San Juan es normal que los hoteles estén llenos —comentó pensativo. —¿No has conseguido una habitación? ―Ana negó con la cabeza, sintiéndose un poco avergonzada.

—No, y tampoco he buscado mucho, la verdad. Pensé que era mejor esperar hasta esta mañana ―desvió la mirada hacia el piso, mirando un punto indefinido.

Auritz se quedó observándola, reflexionando durante unos segundos. —Tengo una habitación de invitados en mi departamento ―ella alzó la vista de inmediato para fijar sus ojos en él. ―Si no encuentras nada, podrías quedarte allí.

La mandíbula de Ana casi se desencaja.

¿Qué? ¿Se estaba ofreciendo a hospedarla?

La proposición, aunque amable, la tomó por sorpresa. Se sintió halagada, por supuesto, pero también invadida por la incredulidad y la aprensión. Apenas conocía a Auritz desde hacía unas horas, la idea de alojarse en su casa era audaz, por decirlo suavemente; y aunque habían compartido una estimulante y apasionada conversación sobre literatura, eso no era suficiente para justificar semejante propuesta.

La vergüenza se manifestó con mayor intensidad.

—No, no, no… ¡qué va! —reaccionó intentando disimular su nerviosismo. —No quiero ser una molestia. Y… bueno, es un poco…

—¿Extraño? —completó Auritz con una sonrisa comprensiva, entendiendo perfectamente su reacción. —Lo entiendo. Nos conocemos de hace unas horas. No es algo que se haga a la ligera ―intuía que para ella, una mujer joven, aparentemente modesta y de costumbres probablemente más tradicionales, la situación debía resultar incómoda.

Ana sintió un alivio inmenso al escuchar sus palabras. Auritz parecía comprenderla, sin juzgarla ni presionarla.

—Exacto —respondió sintiéndose más tranquila. —Es que… no sé.

—Busca un hotel, por supuesto —propuso Auritz con una sonrisa; —pero, si no encuentras nada, llámame. Seré la última opción y, sinceramente, me agradaría ―le dijo mirándola fijamente.

Ana se quedó callada, procesando la información.

La idea seguía siendo un poco abrumadora, pero la forma en que Auritz lo había planteado, sin presiones ni insinuaciones, la hacía sentir más cómoda e incluso reconfortante.

Auritz sacó su teléfono del bolsillo para escribir su número en un trozo de papel, y se lo ofreció.

—Este es mi número —regresó su mirada a Ana. —Prométeme que me llamarás si no encuentras otro sitio. Me gustaría volver a hablar contigo.

Ana miró el número, luego a Auritz. Su mirada era sincera, llena de una calidez que la hacía sentir segura. Respiró hondo y con la mente hecha un lío, asintió, tomando el número con manos temblorosas.

¿Qué estaba pasando? ¿Cómo había llegado a ese punto?

—Lo prometo. Te llamaré ―murmuró sintiendo emoción y temor a la vez.

Un silencio cómodo se instaló entre ellos. El sol ya había subido en el cielo, tiñendo las calles de Valencia con su luz y la ciudad comenzaba a despertar.

—Bien —dijo Auritz rompiendo el silencio. —Ahora, ve a descansar. Necesitas recuperar fuerzas para la búsqueda del hotel.

Ana sonrió, con la felicidad y el nerviosismo recorriéndole el cuerpo a partes iguales.

—Gracias, Auritz. Por todo ―agradeció sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies.

—De nada —respondió Auritz con una sonrisa. —Nos vemos.

Se despidieron con un breve apretón de manos y Ana se dirigió hacia el hotel, con su libro nuevo y el número de Auritz en el bolsillo.

En el camino, su mente no dejaba de dar vueltas. La conversación, la noche, la propuesta. Todo era nuevo, emocionante e inesperado.

De repente, su celular vibró en su bolso y hasta ese momento recordó que no le había prestado atención. Lo sacó apresurada y, a pesar de que tenía muchos mensajes, llamadas y correos en las notificaciones, lo último que hizo que vibrara el teléfono había sido un mensaje de Malena, su prima.

«¡Ana! ¿Cómo estás? ¿Todo bien por Valencia? ¿Y los españoles?»

Sonrió por las palabras y subió a su habitación con el corazón latiendo con fuerza. Se sintió abrumada por todo lo que había pasado en las últimas horas. Era como si su vida hubiera dado un giro inesperado.

Justo cuando se disponía a ducharse, el teléfono volvió a sonar, pero el sonido era de una llamada. Era Malena y sabía que la conversación no sería breve.

—¡Ana! ¿Cómo estás, prima? ¿Ya te instalaste en el hotel? ¿Y qué onda con el vuelo? ¿Ya lo cambiaste?―Malena, con su voz vibrante y acelerada, no daba espacio para la respuesta.

Sonrió, sintiendo la calidez de la voz de su prima al otro lado de la línea.

—Hola, Malena. Sí, ya estoy en el hotel. Y no, no he pospuesto el vuelo ―le respondió con paciencia.

—¡Ay, qué lata con la notaría! Colgando contigo llamó a la aerolínea para cambiar el vuelo; pero bueno, al menos te quedarás unos días más en Valencia, ¿no? ¡Aprovecha! —exclamó Malena con un tono que oscilaba entre la preocupación y la emoción.

Ana sonrió.

Malena, al trabajar en la cadena hotelera familiar, estaba al tanto de cada detalle de su situación.

—Sí, creo que sí. No sé qué haría sin ti, Male ―dijo con sinceridad y cariño.

—¡Ay, Ana! Para eso estamos las primas, ¿no? Pero bueno, cuéntame, ¿qué has hecho? ¿Ya fuiste a la playa? ¿Te has comido una paella? ¡Dime que has hecho algo interesante!

Ana vaciló. La verdad, no había hecho gran cosa. —No, todavía no he hecho nada. Estaba a punto de ducharme.

—¿Y qué tal la noche? ¿Te divertiste? ¿Saliste a algún bar? ¿Te encontraste con algún español guapo? —preguntó su prima con una picardía evidente en su voz.

Ana sintió un ligero calor en sus mejillas. La conversación con Auritz había sido como un bálsamo para su alma, una bocanada de aire fresco en medio de la tormenta; entonces, recordó su risa, la forma en que sus ojos brillaban al hablar de literatura, y una sonrisa se dibujó en sus labios.

—No, no salí a ningún bar. Y no, no me encontré con ningún español guapo.

Malena, con su aguda intuición, detectó algo en la voz de Ana. —Aja… ¿Segura? ¿Segura, segura? A ver, cuéntame, ¿por qué esa media sonrisa? ¿Quién te hizo reír anoche? ¡Vamos, Ana, no me mientas!

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Mimis
Furukawa definitivamente me fascinan las historias que escribes
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