FAZER LOGINAna asintió interesada. —Suena interesante. ¿Qué tipo de clientes tienes?
—Gente que aprecia la buena vida, el buen vino y las buenas conversaciones —contestó guiñándole un ojo y regresó su atención a la cena.
Ana sonrió divertida y continuó su exploración de la estantería.
La plática se detuvo un momento, y la mirada de Ana se fijó en un libro en particular. Sus dedos se detuvieron en un ejemplar encuadernado en cuero, con letras doradas y una ilustración delicada. Era una edición especial de "Mujercitas".
Lo sacó del estante, sintiendo la textura de la cubierta rojo profundo bajo sus dedos. La curiosidad la invadió y abrió el libro en la primera página que ya parecía susurrarle la historia.
—¿Ana? ¿Has probado ya la horchata? ¿O la fartons? —las preguntas flotaron en el aire, sin respuesta.
Ana, embelesada por el libro, no lo escuchó. Estaba emocionada, se mantuvo acariciando las páginas mientras leía absorta las primeras líneas, perdiéndose en la bella prosa elegante y evocadora. La historia la había atrapado, transportándola a otro mundo. La cena, la conversación, todo se había desvanecido a su alrededor.
Auritz, al ver su falta de respuesta, se acercó con una sonrisa en los labios y se detuvo a su lado observando el libro que la había cautivado.
—¿Te gusta? —cuestionó con una sonrisa comprensiva.
Ana se sobresaltó, levantó la vista parpadeando varias veces para regresar a la realidad, mientras sus ojos brillaban con emoción y vergüenza por igual; y es que la mirada de Auritz estaba sobre ella, haciéndola sentir avergonzada por su falta de atención.
—¡Ay, lo siento! —se disculpó, sonrojándose. —Es que… es una edición preciosa de "Mujercitas". No pude evitarlo ―sus padres, poco aficionados a la lectura, nunca le habían permitido tener una edición así.
Auritz mantuvo su sonrisa, entendía su fascinación. —Es una joya. Entonces, ¿te gusta? ―preguntó dirigiendo su mirada hacia el libro.
Ana asintió con entusiasmo. —¡Me encanta! ―sintió un escalofrío de emoción.
—¿Qué te parece si lo lees ahora? —ofreció Auritz con una sonrisa amable. —La paella tardará un poco más en estar lista.
Ana lo miró con los ojos brillantes. —¡¿Me lo prestas?!
—Por supuesto —respondió Auritz regresando a la cocina. —Es tuyo por el tiempo que lo necesites.
Ana, con la emoción a flor de piel, tomó el libro con cuidado, como si fuera un tesoro. —¡Muchísimas gracias! No sé qué decir… Perdóname por no hacerte caso antes. Es que… es precioso.
—No te preocupes —dijo Auritz, volviendo a la cocina. —A veces, un buen libro es más importante que cualquier otra cosa.
Ana se sentó en el sofá con "Mujercitas" en las manos, sintiendo una profunda gratitud hacia Auritz.
La paella, el departamento, la conversación, todo parecía secundario en ese momento. Lo único que importaba era la promesa de sumergirse en las vidas de las hermanas March.
Después de bastantes minutos, Auritz volvió a llamar la atención de Ana. ―¿Te apetece un poco de vino para la cena?
Se sintió un poco nerviosa ante la propuesta. No era una gran bebedora, y generalmente se limitaba a una copa en eventos sociales; pero la atmósfera del apartamento, la amabilidad de Auritz y la buena lectura, la convencieron de aceptar.
Auritz abrió una botella de vino tinto, llenó dos copas con un líquido rubí y sirvió la cena, que tenía un color vibrante y un aroma embriagador. Ana se sentó en la mesa sintiendo una extraña mezcla de expectación y aprensión. Tomó un sorbo de vino, y sintió un calor agradable que se extendió por su cuerpo.
La cena fue deliciosa y la conversación fluyó como el vino que Auritz descorchó para acompañarla. Hablaron de libros, de viajes, de sus sueños y aspiraciones. La noche anterior, la conversación se había centrado en debates intelectuales, pero esta vez, la atmósfera era más relajada, más íntima. Ana, liberada de la preocupación de encontrar un hotel, se sentía más abierta, más ella misma.
Las risas resonaron en el apartamento. Ana sintió una conexión con Auritz que la sorprendió. Él era inteligente, sensible y compartía su amor por la literatura.
La noche se alargó y las horas volaron. La velada estaba siendo estimulante como la anterior. La paella había desaparecido, la botella de vino estaba vacía, y la conversación, como una llama, amenazaba con extenderse hasta la madrugada.
Ambos, absortos en la charla, olvidaron por completo la hora; pero el cansancio comenzó a hacer mella. La falta de sueño, la emoción del día, el vino, todo conspiraba para adormecerlos.
De pronto, Auritz bostezó.
—Creo que es hora de dormir —comentó con una sonrisa cansada. —Ya es muy tarde y mañana tengo que madrugar.
Ana, sorprendida por el cambio de tono, miró el reloj. Efectivamente, eran casi las dos de la mañana.
—¡Ay, lo siento! No me había dado cuenta de la hora. Gracias por todo, Auritz. Por la cena, por la conversación, por… por el libro —respondió sintiendo una gratitud sincera.
Auritz se encogió de hombros con una sonrisa. —Ha sido un placer. Y no te preocupes, la conversación siempre es bienvenida; pero, sí, creo que es hora de descansar.
Ana asintió, con una ligera decepción acrecentándose en su interior. La conversación con Auritz era tan estimulante que no quería que terminara.
—Buenas noches, Ana, mañana te prepararé un buen desayuno —dijo Auritz caminando hacia la puerta de su habitación. —Descansa.
—Buenas noches, Auritz —le respondió mientras lo observaba alejarse.
Auritz cerró la puerta tras de sí, dejando a Ana sola en el departamento.
Ella suspiró sosteniendo "Mujercitas" en sus manos y en la mesa, la copa de vino a medio vaciar, brillando a la luz de la lámpara. El aroma a ajo y pimentón, mezclado con el perfume del vino aún flotaba en el aire.
La noche había sido perfecta; sin embargo, la curiosidad la carcomía, y una pregunta se instaló en su mente: ¿qué secretos escondía Auritz?
La luz dorada del amanecer llegó junto a Alba, que con su habitual melena rebelde ondeando al viento, entró al departamento de su hermano Auritz. Sabía que lo encontraría allí, era un lunes por la mañana y él debía estar por preparar el desayuno.Abrió la puerta y entró sin preocuparse por evitar hacer ruido, el aroma del café recién hecho llenaba el aire, y tal como sospechaba, vislumbró a Auritz en la cocina aún con el cabello revuelto y una sonrisa cálida.―¡Alba! Justo estaba preparando café. Siéntate ―él tomó otra taza para compartir con su hermana.―Gracias, Auritz. Te juro que te adoro por esto ―caminó y dejó su bolso en el recibidor. ―Mi estómago te lo agradecerá. ¿Cómo va la vida del sibarita? ―preguntó divertida, recargándose en la barra desayunadora.Auritz rodó los ojos con cariño. ―Ya sabes, sobreviviendo. ¿Cómo va la vida de la reina del queso? ―Alba sonrió, mientras negaba en varias ocasiones―Ah, ya sabes, entre brie y camembert, siempre hay tiempo para alguna aventura
Dos días después, Ana llegó a casa de sus padres más nerviosa de lo que estaba dispuesta a admitir.Entró y vio a Fernando en la sala con expresión tranquila, aunque sus ojos se iluminaron apenas la vio.―Pensé que ibas a venir hasta el domingo ―Ana sonrió con suavidad mientras caminaba hacia él.―También yo ―su padre frunció ligeramente el ceño, como si hubiera detectado algo en su tono, pero se puso de pie para acercarse y recibir el acostumbrado abrazo.La casa olía a café recién hecho y al perfume floral que Elsa llevaba usando desde hacía años. Todo estaba exactamente igual: las fotografías sobre el mueble, el reloj antiguo en la pared, los cojines perfectamente acomodados.Por un instante, Ana sintió algo extraño en el pecho: la sensación absurda de que estaba despidiéndose incluso antes de decirlo.―¿Y mamá? ―preguntó, dejando el bolso sobre el sillón.―En la cocina ―apuntó con rapidez hacia el lugar. ―Peleándose con una receta y perdiendo miserablemente ―ambos comenzaron a cami
Un año se había escurrido como arena entre los dedos.Un año lleno de vuelos, de reencuentros furtivos, de conversaciones susurradas al oído y miradas cómplices.Auritz comenzó a viajar a México con frecuencia usando la excusa de los negocios del viñedo; y Ana, a su vez, encontraba cualquier pretexto para regresar a Valencia. Cada encuentro era un festín para el alma y un deleite para los sentidos.Las semanas se convertían en un torbellino de risas, discusiones filosóficas, paseos por la playa o la ciudad, y cenas a la luz de las velas.Una semana en la que Ana había viajado a Valencia, Auritz la invitó al viñedo familiar, que estaba rodeado de vides y del aroma embriagador del vino. Los padres de Auritz, con sus arrugas curtidas por el sol y sus ojos que transmitían una profunda calidez, la habían recibido con los brazos abiertos. Las cenas habían sido un despliegue de sabores y una danza de conversaciones.El último atardecer de su estadía en el viñedo, Ana y Auritz se alejaron de
Después de ordenar, Auritz y Ana eligieron una pequeña mesa que les daba cierta privacidad dentro del local. El ambiente estaba lleno de incomodidad, pero también de expectativas.―Valeria ha sido una amiga cercana desde hace mucho tiempo… ―bajó la vista por un segundo. ―Me di cuenta que sus sentimientos por mí se intensificaron en las últimas semanas ―sus ojos viajaron de nuevo a Ana, ―pero yo nunca he sentido lo mismo ―la intensidad de su mirada le transmitió veracidad, ―simplemente la situación se complicó, porque Valeria… ―respiró hondo ―fue un intento por llenar el vacío que dejaste con tu partida ―Auritz, a pesar del nerviosismo, le dijo la verdad… aunque no le contó de su viaje a México.Ana lo escuchó atenta, sintiendo un extraño alivio e ilusión, pero también tristeza; porque descubrir que ella era el motivo le dio esperanza, así como saber que era una relación pasajera aligeró la situación, no obstante, le dolía la idea de que él hubiera estado con alguien más. ¿Y ella?Lo m
—¿Qué te pasa? ¿Por qué estabas llorando? —su voz era suave, aunque seguía siendo firme.Ana, que sostuvo la mirada de Auritz, se sintió abrumada por la mezcla de emociones: dolor, rabia, pero también un extraño alivio. La había perseguido y se había deshecho de Valeria, eso debía significar algo.Y es que necesitaba explicaciones, necesitaba saber la verdad.—Yo… —comenzó, luchando por controlar las lágrimas —…yo te vi…Auritz asintió, como si esperara esa respuesta. —Sí, ya veo; pero, ¿por qué lloras? ¿Por qué te importa?Ana no esperaba esa pregunta. —Porque yo… yo… ―su voz se entrecortó. Luego, la verdad, como un torrente imparable, se desbordó. —Te… te estaba buscando —confesó con la voz apenas audible. El color se le subió a las mejillas, avergonzada de su propia vulnerabilidad.Auritz parpadeó desconcertado. Su vista se fijó aún más en la de Ana, buscando una explicación, una pista. —¿Me estabas buscando? —repitió sin poder creer lo que oía. Sus ojos se abrieron demasiado a cau
Necesitaba tranquilizarse, respiró hondo en repetidas ocasiones, pero la ansiedad seguía creciendo con cada paso.Continuó caminando por las calles valencianas, sintiendo la brisa cálida en su rostro. La ciudad parecía diferente, llena de posibilidades.Cuando finalmente se acercó al edificio de Auritz, lo vislumbró a unos metros de distancia, caminando despreocupadamente. El corazón le latió aún más rápido, sus ojos se abrieron un poco más y su boca se abrió ligeramente.Ahí estaba, caminando con una mujer pegada a él, agarrada de su brazo con una familiaridad que la congeló en su lugar. La mujer alta, de cabello rubio y labios pintados de rojo era Valeria.La rabia y los celos se apoderaron de ella, una sensación nueva y desconocida.¿Cómo podía estar tan tranquilo, tan normal?Ahí, en medio de la calle y con el corazón amenazando con salirse de su pecho, una ola de sorpresa y confusión la inundó. El sol se oscureció por un instante, ¿por qué estaba así con ella? Era sólo una amiga,







