FAZER LOGINEl salón principal del Grand Esmeralda vibraba con una energía distinta después del escándalo de la piscina. Las luces doradas danzaban sobre el mármol, las copas de champán tintineaban y los murmullos de los invitados se elevaban como un zumbido de expectación. Leonela, aún con el cabello húmedo y el vestido azul oscuro que le habían prestado, caminaba tomada de la mano de Enrique. Cada paso que daban juntos parecía desafiar las miradas de Cassandra y Paul, quienes los observaban desde un rincón con expresiones agrias.
Enrique la guió hacia el centro de la pista. La orquesta tocó un vals lento, y él la atrajo contra su cuerpo con una naturalidad que la desarmó.
—Acércate más —susurró contra su oído, su voz baja y cálida—. Que todos vean que eres mía esta noche.
Leonela apoyó la mejilla en su pecho, sintiendo el latido firme de su corazón. El calor de su cuerpo contrastaba con el frío que aún le quedaba de la piscina. Por un instante, el mundo se redujo a ellos dos: el aroma de su colonia, la fuerza de su brazo alrededor de su cintura y la forma en que sus ojos claros la miraban como si realmente la deseara.
—Están mirando —murmuró ella, con una sonrisa traviesa.
—Que miren —respondió él, y sin previo aviso la inclinó hacia atrás en un movimiento teatral. Sus rostros quedaron a milímetros. El salón contuvo el aliento.
Cuando la levantó, sus labios se encontraron. No fue un beso breve ni de cortesía. Fue lento, profundo, cargado de una intensidad que hizo que Leonela olvidara, por unos segundos, que todo era una farsa. Cuando se separaron, ambos respiraban agitados.
Enrique no esperó. Dio un paso atrás, sacó de su bolsillo un anillo que destelló bajo las luces como si estuviera hecho de luz pura, y se arrodilló frente a ella.
El silencio que cayó sobre el salón fue absoluto.
—Leonela —dijo con voz clara y firme, resonando en cada rincón—. ¿Te casarías conmigo?
Leonela sintió que el corazón se le detenía. Sus ojos se desviaron hacia la entrada, donde sus padres acababan de aparecer. Ricardo, imponente y con la mirada de acero, observaba con incredulidad. Elena se llevó una mano al pecho, sorprendida.
La necesidad la golpeó con fuerza. La presidencia del Consorcio Eras. El legado que había construido con sus propias manos. La condición de su padre: la que se casara primero se quedaría con la empresa. Cassandra ya tenía a Paul. Ella no tenía a nadie… hasta ahora.
Con la voz temblando apenas, respondió:
—S-sí.
Enrique sonrió, una sonrisa que mezclaba triunfo y algo más profundo, y deslizó el anillo en su dedo. El metal frío contrastaba con el calor de su piel. Sus miradas se encontraron, compartiendo un secreto que ni ellos mismos entendían del todo.
Leonela se inclinó hacia él, susurrando con urgencia:
—¿Qué demonios haces, Enrique?
Él le guiñó un ojo, pícaro.
—Confía en mí. Esto va a ser divertido.
Cassandra, temblando de furia, se volvió hacia su madre.
—¡Esto es inaceptable! —siseó—. ¡Es mi fiesta de compromiso! ¡Debo ser yo el centro de atención!
Elena intentó calmarla, pero Ricardo ya se acercaba con pasos firmes. Su voz grave cortó el aire:
—Leonela. ¿Por qué te comprometes con un extraño?
Enrique sintió el peso de la pregunta. Si digo mi nombre real, todo se derrumba. Antes de que pudiera hablar, Leonela dio un paso adelante, apretando la mano de él.
—Papá, él es mi prometido. Enrique.
Enrique captó la señal y se presentó con una confianza que desconcertó a Ricardo:
—Enrique Rubio, señor.
Ricardo lo miró de arriba abajo, su expresión afilada.
—Rubio, ¿eh? Eso no me dice nada. ¿Cuánto ganas? ¿Quién eres? ¿De dónde saliste?
—¡Papá, no es el momento! —intervino Leonela, su voz una mezcla de exasperación y desafío.
Sin esperar más, tomó el brazo de Enrique y lo arrastró hacia un pasillo lateral, lejos de las miradas. Allí, bajo la luz tenue de las lámparas, se enfrentaron.
—¿Qué acaba de pasar? —preguntó ella, cruzando los brazos, el corazón aún acelerado—. Te dije que fingieras ser mi novio, ¡nada más!
Enrique se apoyó contra la pared, con esa sonrisa que parecía desarmar cualquier defensa.
—Tú me besaste primero, ¿recuerdas? Y dijiste que necesitabas al chico perfecto para no perder la empresa. Yo puedo ser ese chico.
Leonela lo miró, atónita, pero una parte de ella ya calculaba las posibilidades.
—Bien —admitió al fin—. Parece que no me queda otra opción. Lo haremos.
Levantó el dedo índice frente a él.
—Pero escucha las reglas: solo fingimos. Besos para el público. Nada de sentimientos reales. Nos casamos, yo gano la presidencia y luego nos divorciamos. Simple.
Enrique alzó una ceja, divertido.
—¿Todavía no nos casamos y ya estás pensando en el divorcio?
—Solo somos socios —insistió ella, endureciendo la mirada—. Si alguna vez me caso de verdad, será por amor, no por un trato.
Él inclinó la cabeza, aceptando, aunque en sus ojos brillaba un desafío silencioso.
—Trato hecho.
Leonela sacó un talonario de su bolso y comenzó a llenar un cheque.
—Toma. Esto es por tu ayuda. Cuando todo termine, recibirás más.
Enrique empujó el cheque hacia ella con una risa suave.
—No hace falta.
—¿Entonces qué ganas con todo esto?
Él la miró con una intensidad que le aceleró el pulso.
—Quiero apreciar tu belleza, Leonela. Nada más.
Ella resopló, incrédula, pero no pudo evitar una sonrisa.
—Una regla más: no busques nada conmigo. Los besos son solo para las miradas. ¿Entendido?
—Claro —respondió él, aunque sus ojos brillaban con algo que no era solo juego—. Quédate con el anillo.
Con una inclinación teatral, se alejó por el pasillo. Leonela lo observó irse, el anillo pesando en su dedo. Al examinarlo, notó unas iniciales grabadas en el interior: GE.
¿Cómo puede un mesero costear esto?
Antes de que pudiera pensar más, su teléfono vibró. La voz de su padre, fría y cortante, resonó al otro lado:
—Leonela, no sé qué estás haciendo, pero si quieres la empresa, espero verte a ti y a tu “prometido” en el desayuno de mañana.
Colgó. Leonela se quedó mirando la pantalla, sintiendo una mezcla de adrenalina y pánico.
—Demonios… ni siquiera tengo su número.
En algún lugar del hotel, Enrique sonreía para sí mismo, el peso de su secreto aún oculto, pero el juego ya había comenzado de verdad.
Y ninguno de los dos sabía hasta dónde los llevaría.
Seis meses después.La luz de la tarde entraba a raudales por los ventanales del despacho principal del Consorcio Eras. Leonela, sentada en el gran sillón de cuero que alguna vez perteneció a su padre, firmó con trazo firme y decidido el último documento. El sonido de la pluma sobre el papel fue casi ceremonial.Presidenta Ejecutiva.Las palabras brillaban en negro sobre el membrete dorado. A su lado, de pie y con una mano apoyada en su hombro, Enrique observaba con orgullo silencioso. Había renunciado a gran parte de sus responsabilidades directas en la cadena de hoteles para estar a su lado en este nuevo capítulo. “Mi imperio puede esperar”, le había dicho semanas atrás. “El tuyo apenas comienza”.Leonela dejó la pluma sobre la mesa y exhaló lentamente. Luego levantó la mirada hacia él, con los ojos brillantes.—Lo logramos —susurró.Enrique se inclinó y besó su sien con ternura.—Tú lo lograste —corrigió suavemente—. Yo solo tuve el privilegio de acompañarte.Esa misma tarde, escapa
La terraza del Grand Esmeralda estaba envuelta en una atmósfera de ensueño. Luces doradas colgaban como estrellas bajas, el aroma de las gardenias flotaba en el aire nocturno y el murmullo de la fiesta de compromiso falsa se filtraba desde el salón principal. Era todo apariencia: risas calculadas, vestidos caros y copas de champán que escondían puñales.Leonela estaba apoyada en la barandilla de piedra, contemplando los jardines iluminados, cuando una voz que odiaba con cada fibra de su ser rompió la calma.—Sigues estando preciosa —dijo Paul, acercándose con esa sonrisa lenta y arrogante que alguna vez la había hecho sentir especial.Llevaba un traje negro impecable, el cabello perfectamente peinado y esa expresión de quien cree que el mundo le debe algo. Leonela sintió un escalofrío de asco subirle por la espalda.—Vete, Paul —respondió con frialdad, sin siquiera girarse del todo.Pero él no se detuvo. Se acercó más, invadiendo su espacio hasta acorralarla suavemente contra la barand
La terraza del Grand Esmeralda estaba envuelta en una atmósfera de ensueño. Luces doradas colgaban como estrellas bajas, el aroma de las gardenias flotaba en el aire nocturno y el murmullo de la fiesta de compromiso falsa se filtraba desde el salón principal. Era todo apariencia: risas calculadas, vestidos caros y copas de champán que escondían puñales.Leonela estaba apoyada en la barandilla de piedra, contemplando los jardines iluminados, cuando una voz que odiaba con cada fibra de su ser rompió la calma.—Sigues estando preciosa —dijo Paul, acercándose con esa sonrisa lenta y arrogante que alguna vez la había hecho sentir especial.Llevaba un traje negro impecable, el cabello perfectamente peinado y esa expresión de quien cree que el mundo le debe algo. Leonela sintió un escalofrío de asco subirle por la espalda.—Vete, Paul —respondió con frialdad, sin siquiera girarse del todo.Pero él no se detuvo. Se acercó más, invadiendo su espacio hasta acorralarla suavemente contra la barand
En el interior del hotel, los pasillos brillaban bajo la luz cálida de los candelabros, y el murmullo del restaurante se desvanecía a la distancia. Enrique, con un traje impecable y una tensión apenas disimulada en los hombros, se acercó a Ignacio, un empleado del hotel cuya discreción era tan confiable como el tictac de un reloj suizo.—Lleva velas y champán a la habitación del penthouse —ordenó Enrique, su voz firme pero baja, como si temiera que las paredes escucharan—. Lo más rápido posible.Ignacio asintió, sus ojos esquivando los de Enrique con una mezcla de respeto y cautela.—Sí, señor —murmuró, y se alejó con pasos rápidos, perdiéndose en el laberinto de pasillos.Enrique exhaló, pasándose una mano por el cabello, pero su alivio duró poco. Una figura emergió de las sombras, su perfume dulzón precediéndola como una advertencia. Samara, con un vestido rojo que parecía arder contra su piel, sostenía dos copas de vino espumoso, las burbujas danzando como promesas rotas.—¿Enrique?
En el interior del hotel, los pasillos brillaban bajo la luz cálida de los candelabros, y el murmullo del restaurante se desvanecía a la distancia. Enrique, con un traje impecable y una tensión apenas disimulada en los hombros, se acercó a Ignacio, un empleado del hotel cuya discreción era tan confiable como el tictac de un reloj suizo.—Lleva velas y champán a la habitación del penthouse —ordenó Enrique, su voz firme pero baja, como si temiera que las paredes escucharan—. Lo más rápido posible.Ignacio asintió, sus ojos esquivando los de Enrique con una mezcla de respeto y cautela.—Sí, señor —murmuró, y se alejó con pasos rápidos, perdiéndose en el laberinto de pasillos.Enrique exhaló, pasándose una mano por el cabello, pero su alivio duró poco. Una figura emergió de las sombras, su perfume dulzón precediéndola como una advertencia. Samara, con un vestido rojo que parecía arder contra su piel, sostenía dos copas de vino espumoso, las burbujas danzando como promesas rotas.—¿Enrique?
Se alejó unos pasos, y Leonela, con el corazón latiendo con fuerza, agudizó el oído. La voz al otro lado del teléfono era clara, aunque distante.—Necesito que tengas una entrevista con Gloria esta noche.Enrique respondió, su tono profesional pero tenso.—Hoy no puedo, se me complica. Sé que quieres una posición en específico, pero estoy seguro de que Arnulfo puede encargarse.Leonela sintió que el suelo se desvanecía bajo sus pies. ¿Posición específica? ¿Arnulfo? Su mente, alimentada por las palabras de Samara, dibujó una conclusión devastadora: Están manejando un negocio sucio. Un trío sexual, un intercambio de parejas… algo ilícito.Enrique colgó, girándose hacia ella, pero Leonela ya estaba retrocediendo, fingiendo leer un folleto del hotel para no ser descubierta. Él se acercó, su expresión cargada de urgencia.—Sé que tenemos que hablar, pero me llamaron por un asunto de última hora. ¿Hablamos luego?Leonela lo miró, sus ojos encendidos de dolor y desconfianza. ¿Por eso no quiso







