Un juego de engaños

Un juego de engaños

last updateÚltima actualización : 2025-10-24
Por:  ChelenchoCompletado
Idioma: Spanish
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Resumen
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En un hotel donde los secretos brillan, Leonela reta con un vestido amarillo que desafía las miradas y un impulso que desafía las reglas. Harta de las burlas de su hermana y su arrogante novio, decide no llegar sola a una noche de apariencias. En un acto de rebeldía, elige a Enrique, un mesero de porte magnético y ojos que esconden más de lo que revelan, para ser su cómplice en un juego de engaño. Un beso audaz frente a todos enciende la chispa de una farsa que pronto se complica. Enrique demuestra una astucia que la hace cuestionar sus propios motivos. Lo que comenzó como un reto para probar un punto se transforma en algo más profundo, un romance inesperado que florece bajo el peso de las expectativas y los prejuicios.

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Capítulo 1

Créditos

Dedicatoria

A mi familia: el silencio que le da eco a mis sueños, el abrazo que sostiene mis dudas, la risa que ilumina las páginas en blanco. Sin ustedes, esta historia no tendría raíces.

Y a ustedes, lectores: gracias por prestarle tiempo a estas líneas, los ojos a mis sombras y el corazón a mis luces. Que cada palabra les devuelva algo de la magia que le dieron a este libro con solo abrirlo.

Este libro es tan suyo como mío.

Agradecimiento

A quienes creyeron en mí cuando todo parecía incierto. Sin su apoyo, este libro no existiría.

A quienes me empujaron a seguir adelante con su propio ejemplo.

A la vida, por las lecciones duras y los momentos de luz que terminaron, sin que lo planeara, alimentando estas páginas. Este libro es, en el fondo, un gracias colectivo. Espero que les devuelva algo de lo que me dieron.

Prólogo

Todo empezó con un beso que no era para él.

Un beso robado en el vestíbulo del Hotel Grand Esmeralda, bajo arañas de cristal que derramaban luz como algo demasiado caro para ser real. Un beso que fue mentira desde el primer roce y que, sin embargo, supo a verdad prohibida.

Porque en esta ciudad de apariencias, donde la herencia se mide en anillos robados y el amor en traiciones bien calculadas, nadie llega con las manos limpias. Ni la novia abandonada en el altar. Ni la hermana que se quedó con todo. Ni el desconocido que fingió ser su salvación por una noche y terminó quedándose mucho más tiempo del planeado.

Aquí las sonrisas cortan más que los cuchillos de plata. Aquí un vestido empapado puede hundir una reputación. Aquí un anillo perdido en el fondo de una piscina puede costar un imperio.

Y aquí, entre champán derramado y promesas rotas, cuatro personas mueven sus piezas sin saber que el tablero ya está trucado:

Leonela, que juró no volver a confiar. Enrique, que nunca dice su verdadero apellido. Cassandra, que colecciona traiciones como joyas. Paul, que todavía cree que puede ganar.

Bienvenidos al Grand Esmeralda, donde cada mirada es una apuesta y cada caricia, un arma cargada.

Que empiece el juego. Y que gane el que mejor mienta.

Introducción

Once horas de vuelo y toda una vida practicando no sentir nada al llegar a ningún lado. Eso traía Enrique encima cuando pisó el aeropuerto.

Reconoció el lugar más por costumbre que por memoria. El olor a combustible mezclado con jazmín artificial que algún comité de decisiones —uno del que él nunca formó parte, aunque le pagara el sueldo— había decidido llamar "el aroma corporativo de los hoteles Esmeralda". Lo ponían en el aeropuerto, en los vestíbulos, hasta en los ascensores. Probablemente era el olor más familiar que tenía en el mundo entero, y no le recordaba a ningún hogar en particular.

Ocho años administrando la expansión en Europa. Roma, Milán, una sucesión de departamentos amueblados que dejaba siempre exactamente como los había encontrado, sin una taza fuera de lugar. Le gustaba así: quien no deja huella, no tiene que despedirse de nada.

No siempre quiso ser así. A los once años, cuando el avión de sus padres se estrelló en un vuelo que debía durar cuarenta minutos, su abuela Gerania lo sacó del internado sin avisarle a nadie más que a ella misma. Lo crió con la fiereza de alguien que ya había enterrado a un hijo y no pensaba llorar frente al nieto. Murió cuando él tenía diecinueve. Después de eso solo le quedó Alfonso, su abuelo, y Alfonso llevaba meses con el corazón fallándole de a poco, como una casa que se va apagando cuarto por cuarto.

Enrique no lloraba estas cosas. Las administraba. Era, quizás, lo único que sabía hacer bien de verdad.

—Bienvenido, señor —dijo el chofer, y él respondió apenas lo necesario para que no insistiera en conversación.

No fue directo al hotel. Se cambió en el auto: guardó el traje de vuelo, se puso una camisa blanca sin marca y un pantalón que no decía nada de él. Arnulfo lo esperaba en la entrada de servicio con la cara de quien ya discutió esto mil veces y las perdió todas.

—Sigues aferrado a lo mismo —dijo, y no era pregunta.

—Hago esto con gusto. Mi abuela lo pidió justo antes de morir. Que fuera yo mismo y, de paso, encontrara a alguien que me quisiera sin saber quién soy. Y mi abuelo no se va a ir de este mundo sin verme intentarlo.

—Podrías intentarlo siendo tú mismo.

—Nunca he sido nadie el tiempo suficiente como para saber cómo se hace eso.

Lo dijo sin drama, casi como quien reporta un dato de ocupación hotelera. Arnulfo se quedó callado un momento, porque entendió que ahí no había ninguna queja, solo la cosa más honesta que probablemente Enrique tenía para decir sobre sí mismo. Treinta y dos años y jamás se había quedado el tiempo suficiente en ningún sitio para que alguien lo conociera de verdad. Sus padres apenas alcanzaron a verlo crecer un par de años. Su abuela sí lo conoció —la única, en serio— y también se la llevaron.

Ser mesero, botones o jardinero, no le costaba problema ser uno más en el trabajo dentro del hotel. Llevaba la vida entera siendo invisible en salones llenos de gente que aseguraba conocerlo.

El vestíbulo olía a jazmín y ambición, el mismo aroma corporativo de siempre, mientras los invitados de la fiesta de compromiso de Cassandra Fimbres se acomodaban bajo las lámparas de araña. Enrique tomó su lugar cerca de la entrada, charola en mano, con la calma de quien ya ha hecho esto cien veces.

No esperaba nada de esa noche. Casi nunca esperaba nada de ninguna.

Por eso cuando una mujer de vestido resplandeciente cruzó el salón como si ya hubiera tomado una decisión, lo agarró del brazo y lo besó sin preguntar, lo primero que sintió no fue sorpresa. Fue algo más raro: la sensación de que alguien, por fin, lo estaba mirando a él y no a lo que representaba.

—Sígueme la corriente —le susurró ella contra la boca, sin saber que le estaba pidiendo justo lo único que él sabía hacer bien.

Enrique dejó la charola en la mesa más cercana. Sonrió.

—Perdóname por llegar tarde, amor.

No se dio cuenta, ahí mismo, de que la frase que había usado cien veces para improvisar acababa de convertirse, sin que él la planeara, en la primera verdad que decía esa noche.

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