LOGINLlegué al salón de Manualidades y Ornamentos Ceremoniales y debí haber sospechado, desde el principio, quién estaría ahí. El aula era distinta a las que ya conocía: estantes repletos de telas, carretes de hilo de todos los colores imaginables, herramientas pequeñas cuyo uso no lograba adivinar, y varias mesas de trabajo dispuestas en círculo alrededor de un espacio central. Sentado como si nada, con la misma tranquilidad de siempre, estaba Hans.Me dio un pequeño coraje verlo tan campante. Todo lo que había pasado por hacerle un simple favor —el interrogatorio de Li, el paño quemado, el susto en la oficina del director, las miradas incómodas de Reiko que todavía no terminaban del todo— y él ahí, saludándome como si nada, preguntando de inmediato por "ese maldito libro". Créeme que no vuelvo a hacerte otro favor así en la vida, pensé, aunque no lo dije en voz alta. Me limité a sentarme frente a él con los brazos cruzados, esperando que mi expresión transmitiera al menos una fracción de
Los primeros tres días en la Academia habían sido, sin ninguna exageración, los más intensos de toda mi vida. Más de lo que había vivido en años enteros junto a Ágata, sumados todos de una sola vez.En apenas setenta y dos horas había caído de una cuerda y sobrevivido gracias a un licántropo hiperactivo que ahora me seguía a todas partes con el entusiasmo de un cachorro, siempre atento a cualquier olor extraño a mi alrededor. Había hecho explotar un hechizo en la cara de un dragón que, en lugar de odiarme para siempre, terminó guardando mi broche como si fuera un tesoro, tocándolo de vez en cuando como quien comprueba que un secreto sigue a salvo. Había provocado —sin querer, siempre sin querer— que un tritón despistado quedara convencido de que yo era su salvadora personal, al punto de agradecerme por empaparlo dos veces seguidas. Había conocido a un elfo de trescientos veintidós años con una fascinación secreta por la tecnología humana, y me había convertido, sin buscarlo, en la úni
Las clases terminaron con normalidad, para mi buena suerte. Regresé a los dormitorios, un edificio grande de cuatro pisos donde cada departamento contaba con un baño, una recámara, una sala-comedor y una pequeña cocina que apenas usaba. No era buena cocinera —ni de lejos tan buena como debía serlo Reiko—, aunque pensándolo bien, nunca había probado su comida. Cuando volviera a verla, decidí, se lo preguntaría. Esperaba que supiera bien.Todo eso pensaba mientras me bañaba. El día había sido agotador. Me preparé para estudiar y hacer la tarea, con la intención de descansar temprano, pero antes quería darle una hojeada al libro que Hans me había dejado a cuidar. Todo el día pendiente de él y sin haberlo leído ni una sola vez me parecía, sencillamente, imposible de sostener.A los pocos minutos, tocaron mi puerta. Por la sorpresa, guardé el libro de golpe en el bolsillo de mi vestido y abrí.---Ahí estaba una chica que no había visto antes. Cabello largo, oscuro y ligeramente ondulado,
Pasamos a la siguiente clase. Al menos Li no estaría esta vez, lo cual agradecí de inmediato —después de la mañana que había tenido, una hora sin su olfato encima me parecía casi un lujo—, aunque Reiko sí. Y, para completar el cuadro, también nos encontramos con Merry en el mismo salón. Conociéndome a mí misma, y conociendo un poco a ella, pensé que aquella combinación podía terminar muy mal.La clase era Levitación Básica: un pequeño hechizo para poder levitar lo suficiente como para alcanzar algo, especialmente útil para quienes eran de estatura baja o simplemente no llegaban a ciertos estantes sin ayuda. Pensé de inmediato en Hans, y en lo mucho que probablemente le habría servido ese hechizo en su propia vida diaria.El profesor pidió voluntarios. Reiko se ofreció, como era de esperarse, y lo hizo sin ningún problema, levitando incluso más alto de lo que el profesor parecía anticipar, con el mismo desinterés elegante con el que hacía todo lo demás. El profesor le pidió un aplauso
La pregunta se quedó suspendida entre los tres, y sentí que cualquier titubeo adicional de mi parte sería tan revelador como una confesión directa. Respiré, obligándome a sonar tan despreocupada como pudiera, mientras calculaba a toda velocidad qué versión de la verdad podía ofrecerles sin mentir del todo.—¡Oh, ese chico! —respondí, con una mezcla de duda fingida y confirmación que esperaba sonara más natural de lo que se sentía—. Hace rato, en la cafetería, casi se cae. Yo lo ayudé a sostenerse. Por eso debo traer su olor encima.—No recuerdo eso —dijo Reiko, sin ningún tacto, levantando apenas una ceja.—Tú estabas comiendo, no lo viste. Por eso no te diste cuenta.—Aaaa —contestó, nada convencida, con el tono de alguien que decide dejar pasar una mentira solo porque le resulta más entretenido ver adónde termina llevándola.Tenía razón en no estarlo, obviamente.Li se alteró un poco más y empezó con las preguntas, cada vez más insistentes, dando pequeñas vueltas a mi alrededor como
Las clases terminaron sin ningún problema. El resto de la tarde había sido pura teoría, sin una sola práctica de por medio, lo cual agradecí enormemente: no tenía ganas de pasar por lo mismo una vez más en la misma tarde. Los demás ya no me acompañaron el resto del día; cada uno tenía clases en aulas distintas, así que terminé el día prácticamente sola, aunque sin ningún incidente que lamentar, lo cual, para mis estándares, ya era una victoria en sí misma.A la mañana siguiente volví al comedor, y para mi sorpresa me encontré ahí con Reiko. Me explicó que habitualmente preparaba su propio desayuno en su dormitorio —algo simple, según dijo, nada comparado con la variedad que ofrecía la cafetería— pero que esa mañana había sentido curiosidad por probar lo que servían aquí. Escogimos juntas lo que se veía más apetitoso, comparando bandejas como si aquello fuera una decisión de vida o muerte. Seguía sin lograr identificar realmente qué era lo que comíamos, pero no sabía mal, y por lo vist







