INICIAR SESIÓNEn un mundo donde las criaturas mágicas aprendieron a convivir después de siglos de conflictos, existe una academia muy particular: un lugar donde dragones, vampiros, kitsune, licántropos, elfos, sirenos y muchas otras especies estudian juntos bajo las mismas reglas. Dentro de sus terrenos, una antigua magia institucional otorga a todas las criaturas una apariencia completamente humana. Sin embargo, sus habilidades, instintos y verdadera naturaleza permanecen intactos. La academia no pretende convertirlas en algo que no son, sino enseñarles a convivir sin que sus diferencias perjudiquen a los demás. En este extraño lugar comienza la historia de Elena Fon'Craun, una joven de veinticuatro años criada por brujas. Amable, curiosa y con un talento mágico extraordinario que no sabe controlar, Elena llega a la academia con la esperanza de aprender a dominar sus poderes. Pero hacer magia resulta ser precisamente lo que peor se le da. Entre clases, accidentes mágicos, amistades inesperadas, clubes, competencias y situaciones tan absurdas como cotidianas, Elena comenzará a formar un grupo de amigos que cambiará por completo su experiencia académica. Un licántropo hiperactivo, un dragón orgulloso, un sireno distraído, un elfo aficionado a la tecnología humana, una kitsune de ocho colas y una vampira que repite curso serán solo algunas de las personas que terminarán formando parte de su nueva vida. Mientras tanto, Elena guarda un deseo que nadie conoce: algún día quiere viajar al territorio humano y descubrir cómo es realmente el mundo del que todos hablan. Sin embargo, hay algo que Elena tampoco sabe sobre sí misma. Su verdadero origen está lejos de ser tan sencillo como siempre creyó.
Ver másEl portón de la Academia era más alto de lo que cualquier edificio tenía derecho a ser.
Me quedé plantada en el camino de grava, con mi único baúl a los pies y el corazón latiéndome como si acabara de correr en lugar de simplemente bajarme de un carruaje. Ante mí, la fachada de piedra clara se extendía hacia arriba en torres irregulares, como si el edificio hubiera decidido crecer a su propio ritmo en lugar de seguir un plano. Algunas ventanas eran redondas, otras alargadas, otras tan pequeñas que dudaba que cupiera algo más grande que un puño. Nada encajaba con nada. Y sin embargo, de alguna forma imposible, todo encajaba perfectamente. —Bienvenida sea rara vez tan literal —murmuré para mí misma. Las brujas que me criaron nunca fueron de las que explican demasiado. "Vas a la Academia porque es momento de que aprendas de verdad", me dijo Ágata la noche anterior, mientras guardaba mis pociones mal hechas en el baúl con una paciencia que no merecía. No mencionó que la Academia estaría llena de criaturas que yo solo había visto en libros. No mencionó las torres imposibles. No mencionó, sobre todo, el nudo que se me formaría en el estómago al cruzar ese portón sola. Respiré hondo y crucé el portón. --- Adentro, el camino de grava se convertía en un sendero de piedra pulida que serpenteaba entre jardines que no deberían haber podido coexistir. A mi izquierda, un estanque cubierto de una neblina fría que olía a sal, como si el mar mismo se hubiera colado ahí dentro. A mi derecha, apenas unos metros después, un macizo de flores que solo había visto en las ilustraciones de los libros sobre bosques élficos, con pétalos que brillaban tenue incluso bajo el sol de la mañana. Entre ambos, estudiantes caminaban en grupos pequeños, riendo, quejándose de horarios, cargando libros. Se veían... normales. Completamente normales. Nada en su apariencia sugería que aquella chica de cabello azul fuera, quizás, una criatura acuática, o que el chico corpulento que bostezaba apoyado contra un árbol pudiera respirar fuego si quisiera. La magia de la Academia, supuse. Tenía que ser eso. Seguí las señas hasta un patio central donde una multitud de estudiantes nuevos —reconocibles por la misma expresión de baúl-en-mano-y-pánico-contenido que seguramente yo tenía— se agrupaba frente a un estrado de piedra. Me acomodé al final, cerca de una columna, con la esperanza de que nadie notara lo fuera de lugar que me sentía. No funcionó del todo. Un chico alto, de cabello castaño y ojos que parecían tener un brillo rojizo propio, pasó a mi lado y me miró con una ceja alzada, como evaluando algo. No dijo nada. Solo siguió caminando hacia el frente del grupo con un andar que gritaba "sé exactamente adónde voy y por qué soy importante". Tomé nota mental de evitarlo. Probablemente el tipo de persona que consideraría un error mágico mío como una ofensa personal. (No tenía forma de saber, en ese momento, cuánta razón tenía.) --- El director subió al estrado sin ceremonia, como quien ha hecho esto tantas veces que ya no necesita anunciarse. Era un hombre mayor, de barba corta y bien cuidada, con una toga de un azul tan oscuro que parecía absorber la luz del patio en lugar de reflejarla. Cuando habló, su voz no fue estruendosa ni mágicamente amplificada como yo esperaba. Simplemente... llegaba a todos, clara y firme. —Bienvenidos —dijo—. Algunos de ustedes llevan generaciones enteras esperando este día. Otros —y aquí, juraría, sus ojos se posaron un instante sobre mí, aunque probablemente fue mi imaginación— llegan sin saber muy bien qué esperar. A todos ustedes: bienvenidos por igual. Explicó, con la calma de quien lo ha repetido cientos de veces, lo que ya empezaba a sospechar. La Academia entera estaba sostenida por una magia institucional, antigua y estable, que hacía dos cosas. La primera: dar a cada estudiante una apariencia humana mientras permaneciera dentro de los terrenos, sin que eso significara perder ni un ápice de su naturaleza real. Un dragón seguiría siendo un dragón bajo esa apariencia —fuego incluido, añadió con una media sonrisa que sacó algunas risas nerviosas de la multitud—. Una criatura acuática seguiría necesitando el agua. La magia cambiaba el envoltorio, nunca el contenido. La segunda: los espacios mismos de la Academia se adaptaban. Aulas que por la mañana servían para una clase de historia perfectamente convencional podían, por la tarde, convertirse en algo completamente distinto para acomodar a un grupo de estudiantes con necesidades diferentes. Los dormitorios, los talleres, incluso los patios: todo respondía a quien lo habitaba. —No enseñamos a las criaturas a dejar de ser quienes son —dijo el director, y algo en su tono cambió, se volvió más deliberado, como si esa frase la hubiera pulido durante años hasta dejarla exacta—. Se les enseña a convivir sin que su naturaleza perjudique a los demás. El lema. Lo repitió una segunda vez, más despacio, como si quisiera asegurarse de que se quedara grabado en cada uno de nosotros antes de continuar. Miré alrededor. Nadie parecía sorprendido por las palabras. Para la mayoría de ahí, aquello no era una revelación: era simplemente cómo habían vivido siempre. Yo era, sospechaba, una de las pocas personas en ese patio que no tenía ni idea de qué naturaleza estaba, en teoría, aprendiendo a controlar. Bruja, me recordé. Solo soy una bruja con muy mal control mágico. Nada más raro que eso. No sonó tan convincente como me hubiera gustado. --- Cuando el discurso terminó, el grupo se dividió en filas más pequeñas para el recorrido por las instalaciones. Una mujer joven, de cabello corto y una sonrisa que parecía permanentemente instalada en su cara, se presentó como nuestra guía y nos pidió que la siguiéramos "sin separarse demasiado, sobre todo cerca del ala este, donde el suelo tiende a decidir cosas por su cuenta". Nadie preguntó qué significaba eso. Yo tampoco lo hice, aunque quería. Empezamos por el edificio principal, con sus pasillos que se curvaban en ángulos que no deberían haber sido posibles en una estructura de piedra normal. La guía señalaba puertas al pasar: la biblioteca, los talleres de artes prácticas, el comedor central que —según explicó— cambiaba su menú y hasta su disposición según cuántas especies distintas estuvieran comiendo ese día. Caminaba al final del grupo, absorbiendo cada detalle, cuando noté que el chico de ojos rojizos —el mismo que me había mirado con esa ceja alzada en el patio— caminaba unos pasos por delante, entre un grupo que reía de algo que yo no había alcanzado a escuchar. Por un segundo, me pregunté si valdría la pena intentar hacer amigos ese primer día, o si sería más sensato simplemente sobrevivir a la primera semana sin causar ningún desastre. Conociéndome, pensé, probablemente no tendría opción entre ambas cosas. El recorrido apenas comenzaba, y ya el suelo bajo mis pies se sentía como si respirara.Las clases terminaron sin ningún problema. El resto de la tarde había sido pura teoría, sin una sola práctica de por medio, lo cual agradecí enormemente: no tenía ganas de pasar por lo mismo una vez más en la misma tarde. Los demás ya no me acompañaron el resto del día; cada uno tenía clases en aulas distintas, así que terminé el día prácticamente sola, aunque sin ningún incidente que lamentar, lo cual, para mis estándares, ya era una victoria en sí misma.A la mañana siguiente volví al comedor, y para mi sorpresa me encontré ahí con Reiko. Me explicó que habitualmente preparaba su propio desayuno en su dormitorio —algo simple, según dijo, nada comparado con la variedad que ofrecía la cafetería— pero que esa mañana había sentido curiosidad por probar lo que servían aquí. Escogimos juntas lo que se veía más apetitoso, comparando bandejas como si aquello fuera una decisión de vida o muerte. Seguía sin lograr identificar realmente qué era lo que comíamos, pero no sabía mal, y por lo vist
Llegamos al salón de condición física y me senté junto a Hans y Li, todavía con la ropa algo húmeda por lo de Clauco. El profesor comenzó explicando que, en este mundo, el clima variaba enormemente de un territorio a otro —tormentas eternas en algunas regiones, calor seco en otras, fríos que ni la ropa más gruesa lograba contener del todo— y que por eso resultaba necesario aprender un pequeño hechizo capaz de modificar una pequeña área alrededor de uno mismo, lo suficiente como para que las condiciones climáticas no afectaran directamente mientras uno viajaba o trabajaba fuera de un espacio protegido.Nunca lo había usado. O, al menos, no de la forma en que el profesor lo estaba planteando. Ágata siempre me daba unas píldoras cuando salíamos a buscar mercancía por los distintos territorios de la región —pequeñas, amargas, que se disolvían bajo la lengua y hacían un trabajo parecido, aunque mucho más simple que cualquier hechizo—. Nunca me explicó bien cómo funcionaban, solo que debía
Tocaba ir al comedor. Era mediodía, y después de lo que había pasado en la última clase, el hambre era lo que más tenía.Todavía no lograba descifrar qué era exactamente lo que servían en la cafetería —algo espeso, de color indefinido, que cambiaba de sabor dependiendo de en qué parte del plato lo probaras— pero a esas alturas ya era lo que menos me importaba. No sabía mal, y eso, después de la mañana que había tenido, ya me parecía una victoria suficiente. Yo cocinaba —o al menos lo intentaba— pero todavía recordaba, con una vergüenza que no terminaba de desvanecerse del todo, el pastel quemado que había hecho en una fiesta de Ágata. Tan desastroso había sido el resultado que ella misma decidió, entre risas que no lograban disimular del todo su preocupación real, que jamás volvería a dejarme cocinar nada más para ninguna ocasión importante.Tomé mi charola y me dispuse a buscar dónde sentarme. El comedor bullía con el ruido habitual del mediodía: conversaciones cruzadas, risas, el ti
Resignada a que quizás no volvería a ver a Reiko en el resto del día, llegué al salón de Magia Básica y me llevé una sorpresa: ahí estaba Drake, ya sentado, revisando algo en su cuaderno con esa misma indiferencia elegante de siempre, como si el incidente del broche jamás hubiera ocurrido entre nosotros. Ni siquiera levantó la vista cuando entré, lo cual, sospeché, era mejor para ambos.Busqué la manera de sentarme lo más lejos posible de él. No quería arriesgarme a otro accidente como el de la clase pasada, y mucho menos frente a él otra vez; ya había agotado mi cuota de disculpas y objetos brillantes por esa semana. Recorrí el salón con la mirada, calculando distancias, evaluando asientos vacíos con la seriedad de quien planea una estrategia militar. Para mi sorpresa —y también, como descubriría poco después, mi mala suerte— terminé sentada junto a Reiko, en el único lugar libre que quedaba una vez que terminé mi ronda de cálculos.No lo hubiera esperado ni en un millón de años.Ell






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