INICIAR SESIÓNLa clase de la tarde se llamaba, según mi horario, "Fundamentos de Control Mágico". El nombre en sí ya me pareció un chiste cruel dedicado específicamente a mí.
El aula —si podía llamarse así a un espacio circular con el techo abierto al cielo y el suelo cubierto de un material oscuro que absorbía cualquier chispa perdida antes de que hiciera daño— estaba organizada en estaciones individuales, cada una marcada con un círculo tallado en la piedra. Nos separamos por parejas, "para practicar bajo supervisión mutua", según explicó la instructora, una mujer de mirada aguda que parecía capaz de detectar un hechizo mal canalizado antes de que el propio estudiante lo notara. Miré a mi alrededor buscando a alguien conocido. No encontré a Li —seguramente en otro grupo— pero sí, para mi genuina sorpresa, al chico de cabello castaño y ojos rojizos, de pie junto al círculo contiguo al mío, revisando algo en un cuaderno con una expresión de aburrimiento tan estudiada que parecía casi un arte. La instructora, sin preguntar preferencias a nadie, nos emparejó por proximidad. —Ustedes dos —dijo, señalándonos a ambos—. Practicarán juntos esta semana. El chico levantó la vista del cuaderno con una lentitud que sugería que hubiera preferido cualquier otro compañero disponible en el aula, incluida, sospeché, una pared. —Genial —dijo, sin ningún entusiasmo detectable en la palabra. —Igual de emocionada, te aseguro —respondí, más seca de lo que pretendía. Algo pareció sorprenderle en mi respuesta, aunque no dijo nada al respecto. Simplemente señaló el círculo con la barbilla. —Empecemos. Cuanto antes terminemos esto, antes puedo volver a mi vida. —Drake —añadió, casi como una idea tardía, sin ofrecerme la mano—. Por si la instructora vuelve a mencionar nombres y decides que necesitas saber el mío. —Elena. No dijo nada más. Aparentemente, con eso bastaba de presentaciones. --- El ejercicio, según explicó la instructora al grupo completo, era sencillo en teoría: un hechizo básico de luz, contenido y liberado en un pulso controlado, del tamaño aproximado de una moneda. Nada que pudiera salir mal, insistió, siempre que uno respetara el flujo natural de su propia magia y no intentara forzarlo. Debí haber sospechado, en ese momento, que "nada que pudiera salir mal" era una frase que el universo entero parecía haber tomado como reto personal en mi contra. Cerré los ojos, concentré la energía en la palma de mi mano tal como me habían enseñado años atrás, y sentí el hechizo formarse: pequeño, cálido, casi dócil. Por un instante, me permití creer que esta vez sería diferente. Que tal vez, solo tal vez, podría hacer algo simple sin que se convirtiera en un desastre. El hechizo no pensaba lo mismo. En lugar de liberarse como una moneda de luz contenida, explotó. No fue una explosión grande —lo suficientemente pequeña como para no atraer la atención de toda el aula, lo suficientemente vergonzosa como para atraer la única atención que me importaba en ese momento—. Un estallido de chispas doradas me salió disparado de la mano directo hacia Drake, que apenas tuvo tiempo de parpadear antes de que el hechizo le explotara en plena cara. Me quedé congelada, horrorizada, esperando gritos, quemaduras, algún tipo de catástrofe. Nada de eso ocurrió. El humo se disipó y reveló a Drake completamente ileso, con una expresión que oscilaba entre el fastidio y algo parecido a la resignación, como si aquello fuera simplemente el tipo de cosa que le pasaba a la gente que tenía la mala suerte de estar cerca de mí. —Lo siento —dije, con la voz saliéndome más aguda de lo normal—. Lo siento muchísimo, no sé qué pasó, se supone que era solo... —Estoy bien —cortó él, sacudiéndose ceniza dorada de la manga con un gesto que sugería más fastidio por la mancha en la ropa que por el hechizo en sí—. No me hace nada. Fuego, chispas, lo que sea. No es mi primera vez recibiendo algo así. Aquello no me hizo sentir mejor. Si acaso, peor: la confirmación silenciosa de que yo era, efectivamente, un peligro andante, y que la única razón por la que no había causado daño real era la resistencia de mi víctima, no mi propio control. La instructora se acercó, evaluó rápidamente que nadie estuviera herido, y siguió su camino con un comentario breve sobre "ajustar la contención antes del siguiente intento" que no me hizo sentir mejor en absoluto. --- Necesitaba compensarlo de alguna forma. No sabía exactamente cómo —disculparme otra vez parecía insuficiente, y ofrecerle dinero hubiera sido extraño además de innecesario— pero el impulso de arreglar las cosas fue más fuerte que cualquier plan razonable. Me llevé la mano al cabello, donde llevaba sujeto un broche pequeño, plateado, con un diseño de líneas entrelazadas que Ágata me había regalado antes de partir a la Academia. No era especialmente valioso —al menos, no en el sentido material— pero era mío, y en ese momento me pareció la única cosa que tenía a mano capaz de funcionar como disculpa tangible. Lo desprendí del cabello y se lo tendí. —Toma. Es lo único que tengo aquí que valga la pena ofrecer. Por... todo esto. Drake miró el broche con una expresión que cambió, casi imperceptiblemente, de fastidio a algo mucho más difícil de nombrar. —No hace falta —empezó a decir, con el tono de alguien a punto de rechazar cortésmente un favor innecesario. No terminó la frase. Sus ojos se quedaron fijos en el broche, en el modo en que la luz del aula se reflejaba sobre la superficie pulida y creaba pequeños destellos plateados que bailaban con cada mínimo movimiento de mi mano. Algo en su expresión se volvió distinto: más atento, casi hipnotizado, como si el resto del aula hubiera dejado de existir por un momento. —Drake —dije, insegura de qué estaba pasando—. ¿Estás...? —¿Eh? —Parpadeó, como si acabara de despertar de algo, y de inmediato pareció avergonzado de lo que fuera que hubiera pasado por su cabeza en esos segundos—. No. No hace falta que me des nada. Pero no apartó del todo la mirada del broche, ni siquiera mientras lo decía. —Insisto —dije, extendiéndolo un poco más hacia él—. Por favor. Me sentiría mejor si al menos aceptas esto. Hubo un silencio breve, casi incómodo, antes de que Drake, con una reticencia que no terminaba de sonar del todo convincente, extendiera la mano y tomara el broche entre dos dedos, con un cuidado que contrastaba enormemente con la indiferencia que había mostrado hacia todo lo demás desde que lo conocí. —Bien —dijo, guardándoselo en el bolsillo del chaleco con un gesto rápido, casi como si temiera que alguien más pudiera reclamarlo—. Pero esto no cambia nada. Sigues siendo un desastre con tu magia. —No esperaba que cambiara nada —respondí, aunque algo en su tono, esa mezcla extraña de desdén y algo que no supe identificar, me dejó pensando durante el resto de la clase. Terminamos el ejercicio sin más incidentes. O, más precisamente, sin más incidentes que involucraran fuego, explosiones o cualquier tipo de humo. Drake no volvió a mencionar el broche. Pero durante el resto de la clase, lo sorprendí llevándose la mano al bolsillo del chaleco más de una vez, como si quisiera confirmar que seguía ahí.Apenas iba a responder quién era Ovi cuando Hans se adelantó, con una rapidez sospechosa, y empezó a hablar por su cuenta, como si llevara horas esperando exactamente esa pregunta.Describió a una persona tan amable, tan especial, tan llena de cualidades, que yo misma me sorprendí de no haber notado todo eso con tanto detalle en el poco tiempo que llevaba conociéndola. Hablaba de su paciencia, de su talento con las manos, de lo bien que explicaba cualquier cosa por complicada que pareciera, incluso de la forma tan cuidadosa en que organizaba cada herramienta del taller antes de empezar una clase. Pero, en ningún momento, ni una sola vez, mencionó si Ovi era hombre o mujer, y lo hacía con una habilidad tan natural para esquivar el tema que casi parecía ensayado de antemano.Y eso, por supuesto, mantuvo a todos en la mesa con el suspenso clavado hasta el cuello.Cada vez que yo intentaba meter una palabra para aclarar que Ovi era, de hecho, una chica, Hans simplemente hablaba más fuerte
Llegué al salón de Manualidades y Ornamentos Ceremoniales y debí haber sospechado, desde el principio, quién estaría ahí. El aula era distinta a las que ya conocía: estantes repletos de telas, carretes de hilo de todos los colores imaginables, herramientas pequeñas cuyo uso no lograba adivinar, y varias mesas de trabajo dispuestas en círculo alrededor de un espacio central. Sentado como si nada, con la misma tranquilidad de siempre, estaba Hans.Me dio un pequeño coraje verlo tan campante. Todo lo que había pasado por hacerle un simple favor —el interrogatorio de Li, el paño quemado, el susto en la oficina del director, las miradas incómodas de Reiko que todavía no terminaban del todo— y él ahí, saludándome como si nada, preguntando de inmediato por "ese maldito libro". Créeme que no vuelvo a hacerte otro favor así en la vida, pensé, aunque no lo dije en voz alta. Me limité a sentarme frente a él con los brazos cruzados, esperando que mi expresión transmitiera al menos una fracción de
Los primeros tres días en la Academia habían sido, sin ninguna exageración, los más intensos de toda mi vida. Más de lo que había vivido en años enteros junto a Ágata, sumados todos de una sola vez.En apenas setenta y dos horas había caído de una cuerda y sobrevivido gracias a un licántropo hiperactivo que ahora me seguía a todas partes con el entusiasmo de un cachorro, siempre atento a cualquier olor extraño a mi alrededor. Había hecho explotar un hechizo en la cara de un dragón que, en lugar de odiarme para siempre, terminó guardando mi broche como si fuera un tesoro, tocándolo de vez en cuando como quien comprueba que un secreto sigue a salvo. Había provocado —sin querer, siempre sin querer— que un tritón despistado quedara convencido de que yo era su salvadora personal, al punto de agradecerme por empaparlo dos veces seguidas. Había conocido a un elfo de trescientos veintidós años con una fascinación secreta por la tecnología humana, y me había convertido, sin buscarlo, en la úni
Las clases terminaron con normalidad, para mi buena suerte. Regresé a los dormitorios, un edificio grande de cuatro pisos donde cada departamento contaba con un baño, una recámara, una sala-comedor y una pequeña cocina que apenas usaba. No era buena cocinera —ni de lejos tan buena como debía serlo Reiko—, aunque pensándolo bien, nunca había probado su comida. Cuando volviera a verla, decidí, se lo preguntaría. Esperaba que supiera bien.Todo eso pensaba mientras me bañaba. El día había sido agotador. Me preparé para estudiar y hacer la tarea, con la intención de descansar temprano, pero antes quería darle una hojeada al libro que Hans me había dejado a cuidar. Todo el día pendiente de él y sin haberlo leído ni una sola vez me parecía, sencillamente, imposible de sostener.A los pocos minutos, tocaron mi puerta. Por la sorpresa, guardé el libro de golpe en el bolsillo de mi vestido y abrí.---Ahí estaba una chica que no había visto antes. Cabello largo, oscuro y ligeramente ondulado,
Pasamos a la siguiente clase. Al menos Li no estaría esta vez, lo cual agradecí de inmediato —después de la mañana que había tenido, una hora sin su olfato encima me parecía casi un lujo—, aunque Reiko sí. Y, para completar el cuadro, también nos encontramos con Merry en el mismo salón. Conociéndome a mí misma, y conociendo un poco a ella, pensé que aquella combinación podía terminar muy mal.La clase era Levitación Básica: un pequeño hechizo para poder levitar lo suficiente como para alcanzar algo, especialmente útil para quienes eran de estatura baja o simplemente no llegaban a ciertos estantes sin ayuda. Pensé de inmediato en Hans, y en lo mucho que probablemente le habría servido ese hechizo en su propia vida diaria.El profesor pidió voluntarios. Reiko se ofreció, como era de esperarse, y lo hizo sin ningún problema, levitando incluso más alto de lo que el profesor parecía anticipar, con el mismo desinterés elegante con el que hacía todo lo demás. El profesor le pidió un aplauso
La pregunta se quedó suspendida entre los tres, y sentí que cualquier titubeo adicional de mi parte sería tan revelador como una confesión directa. Respiré, obligándome a sonar tan despreocupada como pudiera, mientras calculaba a toda velocidad qué versión de la verdad podía ofrecerles sin mentir del todo.—¡Oh, ese chico! —respondí, con una mezcla de duda fingida y confirmación que esperaba sonara más natural de lo que se sentía—. Hace rato, en la cafetería, casi se cae. Yo lo ayudé a sostenerse. Por eso debo traer su olor encima.—No recuerdo eso —dijo Reiko, sin ningún tacto, levantando apenas una ceja.—Tú estabas comiendo, no lo viste. Por eso no te diste cuenta.—Aaaa —contestó, nada convencida, con el tono de alguien que decide dejar pasar una mentira solo porque le resulta más entretenido ver adónde termina llevándola.Tenía razón en no estarlo, obviamente.Li se alteró un poco más y empezó con las preguntas, cada vez más insistentes, dando pequeñas vueltas a mi alrededor como







