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Author: Susan
last update publish date: 2026-02-03 00:46:39

Mateo regresó a la mesa con el rostro endurecido por la supuesta llamada de negocios. Se disculpó con elegancia, demostrando esa caballerosidad que siempre había desarmado a Victoria.

—Debo retirarme, asuntos urgentes en la constructora —dijo, antes de inclinarse hacia Victoria.

Le dio un beso en la mejilla, un roce suave que dejó el rastro de su perfume en la piel de ella y una promesa silenciosa en el aire. Victoria sonrió apenas, sintiendo ese viejo cosquilleo que se negaba a morir.

—Pidan lo que quieran, lo cargarán a mi cuenta —sentenció Mateo con un guiño, antes de desaparecer entre la multitud del bar.

Las dos mujeres lo observaron irse. El encanto de la noche se esfumó en el segundo en que el teléfono de Victoria vibró sobre la mesa. No era un mensaje de amor; era una notificación del banco. El plazo había expirado. Los números en rojo brillaban en la pantalla como una sentencia de muerte para el patrimonio de su padre.

Victoria cerró los ojos y soltó un suspiro tembloroso que pareció sacarle el alma. Miró a su amiga, con la derrota marcada en el rostro.

—Hazlo, Estefany —susurró—. Llama al número del anuncio.

Estefany no perdió tiempo. Marcó el número mientras Victoria observaba el fondo de su copa. Al otro lado, la voz de un hombre, profunda y profesional, dio instrucciones precisas. Estefany sacó un bolígrafo de su bolso y comenzó a anotar una dirección en una servilleta. Colgó un minuto después.

—Bien, tengo la dirección —dijo Estefany en voz baja—. Te acompaño hasta allá. No voy a dejar que vayas sola a ciegas.

Victoria tomó la servilleta con dedos gélidos y leyó la dirección. Era una zona exclusiva, un edificio de alta seguridad que no cualquiera podía pisar.

—Bien —aceptó Victoria, tratando de recuperar una dignidad que sentía que se le escapaba entre los dedos—. Pero te lo advierto: si resulta ser un viejo casado, un pervertido o algo que me dé mala espina, me largo. No importa el dinero.

Estefany se rió con nerviosismo, tratando de aligerar el ambiente.

—Yo misma no te dejaría entrar si fuera así, Vic. Vámonos.

Ambas caminaron hacia el estacionamiento y subieron al auto de Estefany. El trayecto se sintió eterno. El silencio en el vehículo era denso, interrumpido solo por el sonido de los limpiaparabrisas. Victoria observaba las luces de la ciudad pasar como ráfagas borrosas.

—Esto es un poco humillante —dijo Victoria finalmente, rompiendo el silencio. Su voz sonaba pequeña, extraña para ser la de la Directora de Estrategia de Obsidian Global—. Estudié en la mejor universidad, me partí el lomo para llegar a donde estoy... y aquí estoy, yendo a vender mi noche a un desconocido porque el apellido Rivera no vale nada en el banco.

Estefany apretó el volante, lanzándole una mirada de compasión.

—No es humillación, Vic. Es supervivencia. Estás salvando a Gael. Ninguna mujer con menos agallas que tú haría lo que sea por su familia.

El edificio frente a ellas era una columna de cristal y acero que parecía tocar las estrellas. Al bajar del auto, Victoria sintió que sus piernas pesaban. Cada paso hacia la entrada era una traición a su orgullo, pero un respiro para su padre.

Sin embargo, al llegar a la gran puerta de cristal, un guardia de seguridad les cerró el paso con un gesto seco.

—Este es un edificio privado, señoritas. No pueden estar aquí si no son residentes.

Estefany, haciendo gala de su valentía habitual, dio un paso al frente.

—Tenemos una cita. El hombre que vive en el departamento 500, en el piso veintiséis, nos está esperando.

El oficial las miró de arriba abajo con escepticismo. Estaba a punto de echarlas cuando una voz autoritaria, que Victoria reconoció de inmediato, cortó el aire.

—Déjelas pasar. Las conozco y yo mismo me haré cargo de cualquier problema que puedan causar.

Victoria y Estefany se giraron al unísono. Allí estaba él, impecable en su traje oscuro: Julián, el hombre de confianza de Daniel Meléndez.

—¿Julián? —susurró Victoria, sintiendo que el corazón se le subía a la garganta. ¿Qué hacía él ahí?

—¿Está seguro, señor? —preguntó el guardia, suavizando su postura al instante.

—Absolutamente. No se preocupe —respondió Julián con una inclinación de cabeza.

Julián les indicó que pasaran y las escoltó hasta el ascensor. Victoria evitaba mirarlo directamente, temiendo que él pudiera leer en sus ojos el motivo humillante de su visita. Julián, por su parte, se preguntaba qué hacía la Directora de Estrategia de su jefe buscando el piso veintiséis a estas horas, pero su lealtad y discreción eran absolutas. No preguntó.

Entraron al ascensor en un silencio sepulcral. Los números digitales empezaron a correr. Al llegar al piso veinte, las puertas se abrieron.

—Me retiro aquí, señorita Rivera —dijo Julián con una cortesía fría pero respetuosa—. Que tengan una buena noche.

Él salió y las puertas se cerraron de nuevo. Victoria soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo.

—Eso estuvo cerca —murmuró Estefany.

—Demasiado cerca. Si él le dice a Meléndez que me vio aquí... —Victoria no terminó la frase.

El ascensor llegó al piso veintiséis con un suave bip. Salieron al pasillo, donde el silencio era tan denso que podían escuchar sus propios latidos. Caminaron por la alfombra mullida hasta detenerse frente a la puerta del departamento 500.

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