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last update Petsa ng paglalathala: 2026-11-01 04:07:06

Cumple el protocolo derechito, igual que aprendió conmigo.

— Estás grandote, ¿eh, muchachito...? —Diogo habla, apretando la mano de él con esa sonrisota—. Eita que es la cara de tu padre, misericordia. Ahora... ¿será que el genio es el mismo también?

Doy una risa, acomodando mi sombrero.

— Si no es peor, ya estoy en la ganancia. —niego con la cabeza, cruzando los brazos—. Pero te digo... creo que es peor, ¿eh.

— Padre... —Arthuro me codea, frunciendo la frente—. Dijiste que me ibas a dejar anda
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  • Una Virgen En La Fazenda    364

    — Tu nariz. ¿De dónde que yo quiero tiempo? Amorcito, solo la muerte para cortar nuestro lazo.— Ya que estamos conversados y aprovechando la oportunidad: Davi Montenegro, yo perdoné todo. Todo mismo. Quedó todo en el pasado, y ahora va a ser una nueva vida. Si yo agarro, si yo sueño con alguna traición de tu parte, puedes olvidarme, yo me voy con mis hijos y no vuelvo más.— Sí, señora. A propósito, tú sabes que Bruninho se queda conmigo siempre.— No, él es mi hijo. ¿Tienes coraje de quitármelo?Ajá, ajá, Alice... Tú nunca vas a liberarte de mi dominio, nunca vas a ser libre. Yo voy a dejarla a gusto, ver cómo se comporta. Bruninho es mi arma ahora, necesito hacerle la cabecita a mi favor. Siempre la tengo en mis manos. Ella me mira seria, yo doy una sonrisa y paso la mano en su rostro lindo.— Mi amor, ustedes tres son lo que yo tengo de más sagrado. Y no me quedo sin ninguno. Tú no vas a quedarte sin Bruninho, porque yo no voy a quedarme sin ti, ni sin mi Moranguito. Ustedes son

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    Sujeto su rostro, apoyo mi boca en la de ella y beso sus labios dulces, calmo, demorado, mientras ella se cuelga de mí, apoyándose en la punta de los pies para alcanzar mi cuello. De repente, siento dos manos pesadas golpear en mi espalda.— ¡Oye, peón, suelta a la mujer un poco! —Dmitri aparece de la nada, riendo, empujándome con ese modo de él.Él va hasta Annalise, toma a la niña en brazos y gira en el aire, mientras ella gargalja, pareciendo una muñequita de porcelana. Me quedo mirando aquella escena, medio quieto, medio pensativo...— Sabes que... —mi mano aprieta más la cintura de mi golondrina— yo quería tener una niñita también... para hacer marcación cerrada, no iba a dejar que ningún macho se acercara a ella.Sofia sujeta mi mano, aprieta con cariño, y sonríe mirando en mis ojos.— Solo no te olvides del pañal, ¿eh...?— Eita... —arqueo la ceja, conteniendo una risa—. ¿Por qué? ¿Estás queriendo decir qué, mujer?Ella da un paso atrás, riendo, y cuando percibo... su mano va d

  • Una Virgen En La Fazenda    362

    Preparo derechito, ajusto la silla, reviso todo unas tres veces. Después, levanto a Arthuro y lo pongo encima del caballo.— ¿Estás seguro ahí? —pregunto, sujetando firme la cincha de él.— ¡Estoy, padre! ¡Anda luego! —él balancea las piernitas, emocionado.Jalo las riendas y comienzo a andar bien despacio, guiando al caballo con calma. El niño está riendo, mirando todo con esa mirada curiosa, como si fuera la primera vez que ve el mundo. Camino por la hacienda hasta llegar debajo de un árbol grande, rodeado de flores coloridas.— Padre... —él me llama, con esa vocecita dulce— quiero llevar unas flores a mamá.— Entonces toma, pues... —sonrío, agachándome y jalando algunas para él—. A mujer le gustan esas cosas... Y ella va a amar saber que fuiste tú quien las tomó.Lo bajo de encima del caballo con cuidado, sujetando firme para que no resbale. Apenas sus piececitos tocan el suelo, él ya sale apresurado, agachándose, tomando flor de aquí, otra de allá, y cuando percibo... está con los

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    — Tiene sentido... pero hasta me parece bonito él todo sucio de tierra, es raíz, es de crianza.Annalise alza la cabeza, acomoda su tiarrilla y habla, toda metida, con ese acentito lindo que no sacó de Isabella:— A mí no me gusta el caballo, el caballo apesta.Arthuro se gira hacia ella con la cara más indignada del mundo.— ¡No apesta, no! ¡Apesta más tu muñeca vieja que se queda tirada en el rincón! —cruza los brazos, bufando—. ¡Y tú tienes miedo, eso sí!— ¡No tengo no! —ella replica, golpeando el piececito.— ¡Tienes sí! —él responde—. ¡Tú eres miedosa, y yo soy granjero igual que mi padre!— ¡Yo soy una señorita de clase! —Annalise empina la nariz, acomoda la falda y cruza los brazos—. ¡Y no un niño sucio de barro!— ¡Y yo soy un hombre de verdad, pues! —Arthuro replica, golpeando la mano en el pecho—. ¡Y hombre de verdad no tiene remilgos, pisa en el lodo, sube al caballo y enfrenta hasta buey bravo si hace falta!— ¡Qué asco! —ella pone los ojos en blanco, tirando los cabellos

  • Una Virgen En La Fazenda    360

    Cumple el protocolo derechito, igual que aprendió conmigo.— Estás grandote, ¿eh, muchachito...? —Diogo habla, apretando la mano de él con esa sonrisota—. Eita que es la cara de tu padre, misericordia. Ahora... ¿será que el genio es el mismo también?Doy una risa, acomodando mi sombrero.— Si no es peor, ya estoy en la ganancia. —niego con la cabeza, cruzando los brazos—. Pero te digo... creo que es peor, ¿eh.— Padre... —Arthuro me codea, frunciendo la frente—. Dijiste que me ibas a dejar andar a caballo.Lo miro conteniendo la risa.— Y dije correcto... solo que tienes que pedirle a tu madre. Ve allá, mi peoncito, corre.Él pone los ojos en blanco, cruza los brazos por un segundo, pero enseguida dispara corriendo hecho un cabritillo desgobernado, en dirección al caserón. Solo percibo que estoy sonriendo cuando siento la mejilla repujar. Respiro hondo, acomodo de nuevo el sombrero y vuelvo a encarar a Diogo. La vida cambió, cambió mucho... pero estar aquí, en este olor de pasto, de m

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    Cruz credo... hasta había olvidado que el olor aquí era tan fuerte así. Olor de heno mojado, de estiércol, de caballo... de hacienda, pues. Y pensar que yo viví mi vida entera en ese olor y ahora hasta me extraña. Siete años... siete años sin vivir esto aquí de verdad.— Padre... —la voz del pequeño viene bajita, mirando a los caballos allá al fondo—. ¿Puedo andar a caballo?— Por mí puedes. —respondo, acomodando el sombrero en la cabeza—. Pero tienes que pedirle a tu madre, ¿eh? Ella te arregló todo para venir aquí, limpiecito, bonito. Si ella te ve todo sucio, quien recibe soy yo.Él cruzó los brazos, emburrado, frunciendo esa frente igualita a la mía.— Ya dije que ella está ocupada... —bufa—. Está allá escribiendo, tomando café con la tía Isabella y con Annalise, aquella metida.Alzo la ceja, conteniendo la risa.— ¿Y ella no te está dando atención, es eso?— Estaba... —responde, pateando unas pajas en el suelo—. Pero del modo equivocado. No quiero quedarme allá dentro tomando lec

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