로그인Sofía Ferrari tenía apenas diez años cuando perdió a sus padres en circunstancias misteriosas. Entregada al cuidado de su tía Clotilde y su tío Henrique, su vida se transformó en un infierno silencioso de abusos y humillaciones. Durante nueve largos años, soportó las agresiones de su tía y los perturbadores avances de su tío, hasta que una noche, en su decimonoveno cumpleaños, todo cambió. Cuando Henrique intentó abusar de ella, Sofía huyó hacia la noche oscura, con solo un fino camisón y una muñeca de trapo —el único recuerdo del amor que alguna vez había conocido. Perdida y desesperada, Sofía es rescatada por Marlene y Antonio, una pareja bondadosa que la alimenta, la viste y le da dinero antes de dejarla en una plaza italiana. Sola en un país extranjero, pronto descubre que el mundo es aún más cruel de lo que imaginaba. Cuando dos chicas intentan reclutarla para un burdel, Sofía se enfrenta a una elección imposible: la calle o la prostitución. Desesperada, acepta la ayuda de Valentina, una prostituta que entiende su dolor. Pero el burdel es un lugar de degradación y miedo, y Sofía pronto se da cuenta de que no hay salida fácil. Cuando el dueño del burdel la vende en una subasta por un millón de euros a Rafael Almeida, un hacendado que la entrega como "novia" a Leandro Costa, Sofía es arrojada a un nuevo cautiverio. Leandro, un hombre rudo de treinta y ocho años, no quiere una esposa. Le advierte que se mantenga fuera de su camino. Pero Sofía, que ya ha sobrevivido a lo peor, está decidida a no rendirse. Entre el miedo y la esperanza, descubre que la verdadera libertad no es un lugar — es una elección. Y está lista para luchar por ella.
더 보기logo
Diez años. Ese es el tiempo exacto que llevo ocupando espacio en este planeta, y si hay algo que he aprendido en las últimas veinticuatro horas es que el destino no solo tiene un sentido del humor macabro — le gusta ensañarse. Estoy, en este preciso instante, apretujada en el asiento trasero de un Fiat cayéndose a pedazos que huele a una mezcla tóxica de moho, gasolina con aditivos y el perfume barato de lavanda de mi tía Clotilde. ¿El destino? Un pueblecito perdido en las montañas del interior de Sicilia, un lugar tan olvidado por el mapa que el concepto de civilización parece haber sido abolido en la Edad Media. Hasta la semana pasada, mi vida era perfectamente predecible. Tenía una habitación con papel pintado de colores, panqueques con jarabe de arce los domingos y padres que me querían más que a nada en el mundo. ¿Ahora? Cero. Mis padres desaparecieron del mapa. Literalmente. Mis tíos decidieron adoptar la táctica más cobarde de la pedagogía moderna: el silencio absoluto. Actúan como si el tema "mis padres" fuera una enfermedad contagiosa. Mis únicos recuerdos de aquel día son un borrón digno de una película de suspense psicológico con presupuesto desbordado. Recuerdo la lluvia cayendo en capas gruesas contra el parabrisas, rostros desconocidos retorciéndose en un llanto silencioso en las aceras y camiones rojos inmensos rasgando la noche. Las sirenas no parecían sonidos de emergencia; sonaban como heridas abiertas en el aire, aullando que mi mundo tal como lo conocía se había acabado. Nadie me dice nada, pero el aire carga ese peso denso y asfixiante de cuando algo se rompió en mil pedazos y no existe pegamento en el mundo capaz de arreglarlo. Cuando el coche finalmente reduce la velocidad frente a mi nueva "residencia", trago saliva. La construcción de piedra envejecida y musgo parece un castillo de película de terror gótico-cutre. Las ventanas son tan estrechas y oscuras que parecen ojos desconfiados mirándome fijamente, juzgando mi presencia allí antes incluso de que ponga los pies fuera del vehículo. — Llegamos — anuncia la tía Clotilde, sin molestarse en girar el cuello para mirarme por el retrovisor. Su voz tiene la agradable textura de una lija gruesa frotada contra madera seca. — Sin dramas, Sofia. No tengo paciencia para berrinches de niña mimada. Aquí se trabaja. Ayudas en la casa, mantienes la boca cerrada y le das gracias a Dios todas las noches por no haber ido a parar a un orfanato público. Sigo a la pareja hacia el interior de la casa, arrastrando los pies. Mi "nueva habitación" es, en realidad, un trastero de herramientas gourmetizado. El espacio es tan ridículamente reducido que, si estornudo un poco más fuerte, corro el riesgo real de golpearme la frente contra la pared opuesta. Solo cabe una cama de hierro oxidado — cuyo colchón tiene la densidad de un bloque de hormigón — y un baúl antiguo en la esquina, cubierto por una capa de polvo de la época del Imperio Romano. Acomodo mis únicas pertenencias sobre esa madera carcomida: dos mudas de ropa desgastadas, un peine de plástico rosa con la mitad de los dientes rotos y mi muñeca de trapo. La muñeca que mi padre me regaló en mi octavo cumpleaños. Ella es, oficialmente, mi único escudo contra la bancarrota emocional completa. — ¡Sofia! ¡La mesa! ¡Ahora! — el grito de mi tía atraviesa el pasillo de piedra como un latigazo bien dado. Corro a la cocina, dispuesta a ser la huésped modelo para evitar cualquier pretexto para ser enviada al primer reformatorio de Europa. Cojo la pila de platos de cerámica pesada sobre la encimera, pero mis manos deciden convertirse en gelatina. El pánico y el cansancio son pésimos asistentes para la coordinación motora. En un segundo de pura física cruel, la gravedad gana la disputa. El sonido de la vajilla estrellándose contra el suelo de cerámica suena como una orquesta de desastres. Fragmentos blancos vuelan hacia todos lados. Maldita gravedad. Mil veces maldita. Antes de que pueda formular una disculpa, siento el impacto seco en mi mejilla izquierda. Un chasquido estruendoso. Mi cabeza gira hacia un lado y mi piel entra en combustión instantánea. El dolor late como un motor desbocado. — ¡Desquiciada! ¡Incompetente! — la tía Clotilde vocifera, a centímetros de mi rostro. Sus ojos están inflamados de pura furia y las venas de su cuello saltan como cuerdas tensadas. — Si quieres vivir bajo mi techo, lo mínimo que haces es fingir que no existes. No voy a tolerar desastres e incompetencia bajo mi responsabilidad. Si te sales de la raya otra vez, te aseguro que encontrarás un destino mucho más desagradable que la pérdida de tus padres. Mi mejilla arde. Mis padres nunca, en diez años, levantaron la mano contra mí. Cuando rompía algo en casa, mi padre inventaba un chiste ridículo para hacerme reír y mi madre me ayudaba a recoger los fragmentos sin dramas. ¿Aquí? Aparentemente, romper la vajilla es un delito castigado con pena capital. Limpio una lágrima rebelde antes de que tenga la audacia de deslizarse y me siento en la mesa, tragándome el nudo del tamaño de una granada en la garganta.— Tu nariz. ¿De dónde que yo quiero tiempo? Amorcito, solo la muerte para cortar nuestro lazo.— Ya que estamos conversados y aprovechando la oportunidad: Davi Montenegro, yo perdoné todo. Todo mismo. Quedó todo en el pasado, y ahora va a ser una nueva vida. Si yo agarro, si yo sueño con alguna traición de tu parte, puedes olvidarme, yo me voy con mis hijos y no vuelvo más.— Sí, señora. A propósito, tú sabes que Bruninho se queda conmigo siempre.— No, él es mi hijo. ¿Tienes coraje de quitármelo?Ajá, ajá, Alice... Tú nunca vas a liberarte de mi dominio, nunca vas a ser libre. Yo voy a dejarla a gusto, ver cómo se comporta. Bruninho es mi arma ahora, necesito hacerle la cabecita a mi favor. Siempre la tengo en mis manos. Ella me mira seria, yo doy una sonrisa y paso la mano en su rostro lindo.— Mi amor, ustedes tres son lo que yo tengo de más sagrado. Y no me quedo sin ninguno. Tú no vas a quedarte sin Bruninho, porque yo no voy a quedarme sin ti, ni sin mi Moranguito. Ustedes son
Sujeto su rostro, apoyo mi boca en la de ella y beso sus labios dulces, calmo, demorado, mientras ella se cuelga de mí, apoyándose en la punta de los pies para alcanzar mi cuello. De repente, siento dos manos pesadas golpear en mi espalda.— ¡Oye, peón, suelta a la mujer un poco! —Dmitri aparece de la nada, riendo, empujándome con ese modo de él.Él va hasta Annalise, toma a la niña en brazos y gira en el aire, mientras ella gargalja, pareciendo una muñequita de porcelana. Me quedo mirando aquella escena, medio quieto, medio pensativo...— Sabes que... —mi mano aprieta más la cintura de mi golondrina— yo quería tener una niñita también... para hacer marcación cerrada, no iba a dejar que ningún macho se acercara a ella.Sofia sujeta mi mano, aprieta con cariño, y sonríe mirando en mis ojos.— Solo no te olvides del pañal, ¿eh...?— Eita... —arqueo la ceja, conteniendo una risa—. ¿Por qué? ¿Estás queriendo decir qué, mujer?Ella da un paso atrás, riendo, y cuando percibo... su mano va d
Preparo derechito, ajusto la silla, reviso todo unas tres veces. Después, levanto a Arthuro y lo pongo encima del caballo.— ¿Estás seguro ahí? —pregunto, sujetando firme la cincha de él.— ¡Estoy, padre! ¡Anda luego! —él balancea las piernitas, emocionado.Jalo las riendas y comienzo a andar bien despacio, guiando al caballo con calma. El niño está riendo, mirando todo con esa mirada curiosa, como si fuera la primera vez que ve el mundo. Camino por la hacienda hasta llegar debajo de un árbol grande, rodeado de flores coloridas.— Padre... —él me llama, con esa vocecita dulce— quiero llevar unas flores a mamá.— Entonces toma, pues... —sonrío, agachándome y jalando algunas para él—. A mujer le gustan esas cosas... Y ella va a amar saber que fuiste tú quien las tomó.Lo bajo de encima del caballo con cuidado, sujetando firme para que no resbale. Apenas sus piececitos tocan el suelo, él ya sale apresurado, agachándose, tomando flor de aquí, otra de allá, y cuando percibo... está con los
— Tiene sentido... pero hasta me parece bonito él todo sucio de tierra, es raíz, es de crianza.Annalise alza la cabeza, acomoda su tiarrilla y habla, toda metida, con ese acentito lindo que no sacó de Isabella:— A mí no me gusta el caballo, el caballo apesta.Arthuro se gira hacia ella con la cara más indignada del mundo.— ¡No apesta, no! ¡Apesta más tu muñeca vieja que se queda tirada en el rincón! —cruza los brazos, bufando—. ¡Y tú tienes miedo, eso sí!— ¡No tengo no! —ella replica, golpeando el piececito.— ¡Tienes sí! —él responde—. ¡Tú eres miedosa, y yo soy granjero igual que mi padre!— ¡Yo soy una señorita de clase! —Annalise empina la nariz, acomoda la falda y cruza los brazos—. ¡Y no un niño sucio de barro!— ¡Y yo soy un hombre de verdad, pues! —Arthuro replica, golpeando la mano en el pecho—. ¡Y hombre de verdad no tiene remilgos, pisa en el lodo, sube al caballo y enfrenta hasta buey bravo si hace falta!— ¡Qué asco! —ella pone los ojos en blanco, tirando los cabellos






Bienvenido a Goodnovel mundo de ficción. Si te gusta esta novela, o eres un idealista con la esperanza de explorar un mundo perfecto y convertirte en un autor de novelas originales en online para aumentar los ingresos, puedes unirte a nuestra familia para leer o crear varios tipos de libros, como la novela romántica, la novela épica, la novela de hombres lobo, la novela de fantasía, la novela de historia , etc. Si eres un lector, puedes selecionar las novelas de alta calidad aquí. Si eres un autor, puedes insipirarte para crear obras más brillantes, además, tus obras en nuestra plataforma llamarán más la atención y ganarán más los lectores.
리뷰