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Capítulo 7 —La ciudad luz

Autor: Francis Wil
last update Data de publicação: 2026-07-04 10:50:53

Capítulo 7 —La ciudad luz

El sonido de la ducha se apagó.

Vera estaba sentada al borde de la cama, con el vestido abierto en la espalda y las manos aferradas a la tela para que no cayera. Había logrado llegar hasta allí después de que Mauro entrara al baño, pero no había conseguido hacer mucho más que llegar al armario por una camiseta y un pantalón deportivo. El cuerpo no le respondía como quería. Tenía frío en la piel, calor en la cara y una presión insoportable en el pecho que no sabía si era rabia, miedo o el cansancio de haber sostenido la cabeza alta durante demasiadas horas.

La puerta del baño se abrió.

Mauro salió con un pantalón de pijama negro colgando bajo en las caderas, el torso completamente descubierto y el cabello mojado. Las gotas le caían por el cuello, resbalaban por el pecho y se perdían entre un mapa de tatuajes y cicatrices difíciles de ignorar. No eran marcas decorativas. Algunas parecían viejas, otras más crueles, líneas irregulares sobre músculos firmes, como si su cuerpo también guardara una historia que nadie se atrevía a preguntar.

Vera apartó la mirada demasiado tarde. Él lo notó.

Mauro se detuvo apenas al verla en la cama. La observó sin acercarse. Vera sabía lo que él estaba viendo: el vestido sostenido contra su pecho, la espalda descubierta, los hombros tensos, los ojos hinchados y el maquillaje corrido por las lágrimas que no había podido contener cuando él se metió al baño. Ella había llorado en silencio, con los dientes apretados, odiándose por cada lágrima. Pero no había sido capaz de evitarlo.

Su vida, tal como la conocía, había terminado en una iglesia.

Y ahora estaba encerrada en una habitación con el hombre que le había puesto un anillo, su apellido y tenía el poder suficiente para decidir cuánto de ella quedaría intacto.

Mauro no mencionó el llanto.

Eso la desarmó más que una burla.

—En el baño hay toallas limpias —dijo, con voz baja.

Vera no respondió. Si hablaba, tal vez se quebraba otra vez, y no pensaba darle ese resto de sí misma. Se levantó con cuidado, sujetando el vestido contra el pecho, miró el deportivo y la camiseta, los tomó y caminó hacia el baño.

Al pasar junto a él, sintió el calor de su cuerpo recién duchado, el olor a jabón mezclado con algo más oscuro, más suyo. La cercanía le hizo tensar la mandíbula. No quería sentirlo como hombre. No quería notar su piel, sus cicatrices, el peso de su mirada. Quería que fuera solo el monstruo que la compró. Eso sería más fácil.

Entró al baño y cerró la puerta. No echó llave al principio.

Se quedó unos segundos con la mano en la manija, escuchando si Mauro se movía del otro lado. Cuando no oyó nada, giró el pestillo con dedos temblorosos. Solo entonces soltó el vestido. La tela blanca cayó al suelo como una piel ajena.

Vera la miró y sintió que algo dentro de ella se rompía de una manera silenciosa. No era solo un vestido. Era la prueba de que la habían llevado al altar, la habían mostrado frente a todos, la habían convertido en esposa con la misma frialdad con que se firma una cesión de bienes.

Entró bajo la ducha y abrió el agua.

Al principio intentó mantenerse de pie, entera, digna incluso a solas. No duró. El primer sollozo le salió desde un lugar profundo, tan doloroso que tuvo que apoyarse contra la pared para no doblarse. Después vino otro. Y otro. Lloró con la boca tapada, con el agua golpeándole la cara, con el pecho ardiendo por todo lo que no había podido decir.

Lloró por Inés, porque su madre no estaba para verla ni para impedirlo, lloró por la casa que había dejado de ser su refugio, lloró por Arturo, no porque lo perdonara, sino porque el padre que alguna vez creyó tener había muerto mucho antes de venderla, y ella recién acababa de enterrarlo. Y lloró por Mauro Greco.

Por el miedo que le causaba. Por el asco de saber que su vida dependía de un hombre al que aborrecía. Por la forma en que su dedo le había recorrido la espalda y todavía podía sentirlo, como si la piel no supiera distinguir entre una amenaza y una caricia.

Cuando el llanto se agotó, Vera cerró el agua y se quedó un momento respirando con dificultad. Se secó sin mirar demasiado el espejo. No quería verse. No quería confirmar que la mujer que salía de esa ducha ya no era la misma que había bajado al comedor de los Salerno creyendo que aún tenía una vida propia.

Se puso la camiseta y el pantalón deportivo. La ropa le quedó cómoda, pero no la hizo sentir menos vulnerable. Al abrir la puerta del baño, el aire fresco de la habitación le tocó la cara.

Y se quedó paralizada. Mauro estaba sentado en la cama.

No recostado. No invadiéndola con descaro. Sentado, con los antebrazos apoyados sobre los muslos y la mirada fija en ella. Tenía el cabello menos húmedo, pero todavía algunas gotas le caían por la sien.

Vera sintió que el corazón se le disparaba. Mauro vio el miedo antes de que ella pudiera esconderlo. Y entonces rió. No fue una carcajada abierta. Fue una risa baja, cínica, casi incrédula, como si la escena le pareciera absurda y, al mismo tiempo, demasiado tentadora para no disfrutarla.

—Ya deja ese miedo —dijo—. No voy a hacerte nada.

Vera apretó los dedos contra la tela de la camiseta.

—Perdone si no le creo.

Mauro ladeó apenas la cabeza, con una sombra de diversión en los ojos.

—Nada que tú no quieras que te haga.

El calor le subió al rostro antes de que pudiera evitarlo. No por pudor solamente. También por rabia. Por la manera en que él lo dijo, como si supiera que la frase iba a meterse donde no debía.

Vera bufó, intentando recuperar algo de firmeza.

Mauro volvió a reír, esta vez con más descaro. La risa no lo volvía amable. Lo volvía peor. Más humano, sí, pero de una humanidad peligrosa, hecha de cinismo, deseo y una seguridad insoportable.

—Ahí está —dijo él—. Esa cara me gusta más que la de pánico.

—No estoy aquí para gustarle.

—Eso todavía está en discusión.

—No, no lo está.

Mauro se levantó de la cama.

Vera retrocedió un paso sin pensarlo. Él se detuvo al instante, pero no perdió esa expresión entre burlona y oscura. La distancia entre ellos no era mucha, y aun así parecía cargada de todo lo que no había ocurrido, de todo lo que ella temió, de todo lo que él había decidido no tomar.

—Solo quería saber si necesitas algo —dijo.

Vera lo miró con desconfianza.

—¿Ahora le preocupa eso? Váyase a la mier*da

—Me preocupa que estés de pie toda la noche, vigilando el sillón como si me fuera a levantar y devorarte.

—¿Y no?

Mauro la observó despacio. Sus ojos bajaron apenas por su ropa holgada, por el cabello mojado, por el rostro lavado donde aún quedaban rastros del llanto. Vera odiaba que la mirara así, como si pudiera leer debajo de la piel.

—No esta noche —dijo.

La respuesta no la tranquilizó, la alteró de otra manera.

—Qué alivio tan encantador —murmuró.

Mauro caminó hacia la puerta.

—Voy a la cocina por algo de beber.

—No necesito nada.

—No pregunté si necesitabas que te trajera algo. Pregunté si necesitabas algo.

—Ya le respondí.

—No, me mandaste a la mier*da que fue distinto.

Vera lo miró con la poca paciencia que le quedaba.

—Entonces seré precisa: no necesito nada de usted.

Mauro sonrió apenas, como si esa respuesta también le resultara útil.

—Eso ya lo veremos.

Abrió la puerta. Vera creyó que saldría sin decir nada más, pero él se detuvo en el umbral, de espaldas a ella. La luz del pasillo recortó su figura y marcó las cicatrices de su espalda con una crudeza que Vera no quiso observar, aunque lo hizo igual.

—Trata de descansar —dijo—. Y de dormir, si puedes.

—¿Ahora también decide mis horarios?

—Mañana nos vamos de viaje.

La frase cayó en la habitación sin aviso. Vera frunció el ceño.

—¿De viaje a dónde? ¿Y por qué?

Mauro giró apenas la cabeza, lo suficiente para mirarla por encima del hombro. Había algo obscenamente tranquilo en su expresión, como si no acabara de soltar otra bomba en una noche que ya estaba hecha pedazos.

—A París.

Vera parpadeó.

—¿París?

—La ciudad luz —dijo él, como si le explicara algo evidente.

—¿Y por qué demonios iríamos a París?

Mauro la miró unos segundos, con esa calma cínica que empezaba a parecerle una forma refinada de violencia.

—De luna de miel.

Lo dijo como si fuera lo más natural del mundo. Después salió y cerró la puerta.

Vera se quedó inmóvil, incapaz de asimilar la información: París, luna de miel, Mauro, ella... Todo junto sonaba absurdo, ofensivo, casi cruel.

Miró la puerta cerrada, luego la cama enorme, luego el anillo en su mano.

La risa que quiso salirle murió antes de nacer.

Al final, caminó hasta la cama y se dejó caer sobre el colchón, boca arriba, con los ojos abiertos y el cuerpo agotado.

No sabía qué la asustaba más: la noche que acababa de sobrevivir o el viaje que empezaría al amanecer.

Francis Wil

Ups... luna de miel o de hiel, ustedes que dicen?

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Comentários (2)
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Ingriz Fajardo
UPS....SERA UNA DULCE LUNA DE MIEL ?????? YO.LA VERDAD ....NO LO CREO
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Pecas
Hiel, ojalá y no se hagan la vida miserable XD
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