LOGINEl pequeño apartamento de Lola siempre olía a una mezcla intensa de laca para el cabello, tabaco mentolado y ese perfume barato de rosas que usaba para ocultar la humedad de las paredes. Era un refugio de seda, plumas y desorden en medio de un mundo de concreto y callejones grises. Sobre la cama de resortes vencidos, descansaba lo que ambas habían decidido llamar "la armadura": un vestido de lino color crema, de corte impecable, cuello alto y mangas tres cuartos que Lola guardaba celosamente para las raras ocasiones en que debía enfrentarse a la burocracia estatal.
—Párate derecha, niña, que no estás en la barra del club —ordenó Lola mientras tiraba de los lazos del cinturón con una firmeza que le sacó el aire a Bianca—. Una mujer de la alta sociedad no camina como si fuera a comerse el mundo a mordiscos; ella flota, como si el suelo no fuera lo suficientemente digno para sus zapatos. Y por el amor de Dios, deja de morderte el labio inferior o te vas a quitar el brillo natural que acabamos de lograr. Bianca soltó una carcajada limpia, una de esas que rara vez se escuchaban en su propia casa, y comenzó a desfilar por el reducido espacio de la habitación. Exageró el movimiento de sus caderas, entornó los ojos verdes con fingido desdén y levantó la barbilla con un aire de superioridad tan artificial que resultaba hilarante. —"Oh, querido Alessandro, mi linaje es tan puro como el diamante de mi anillo de compromiso, y jamás he visto un billete de baja denominación en mi vida" —imitó Bianca, afinando la voz con un tono agudo y nasal que hizo que Lola estallara en una risotada ruidosa—. ¿Qué tal? ¿Así está bien, o necesito parecer un poco más aburrida y estirada para convencer al millonario? Sin embargo, la risa de Lola se fue apagando lentamente, disolviéndose en el aire pesado del cuarto. Se sentó en el borde de la cama, dejando caer las manos sobre sus piernas, y miró a su amiga con una seriedad tan profunda que calaba los huesos. —Bianca... hablando en serio. ¿Realmente estás bien con todo esto? —preguntó en un susurro cargado de genuina preocupación—. Esto no es como los servicios del club. No es una noche incómoda que olvidas al día siguiente con una ducha caliente y el dinero en la cartera. Es un embarazo. Son nueve meses llevando algo dentro de ti, viendo cómo cambia tu cuerpo, para luego tener que entregarlo, dar la vuelta y pretender que nunca pasó. No volverás a ver a ese niño, Bianca. Bianca se detuvo en seco frente al espejo gastado. Se observó en silencio, analizando el reflejo transformado que le devolvía el cristal. La máscara de "chica buena", dulce e inocente, ya estaba perfectamente colocada sobre su rostro, pero detrás de las capas de maquillaje sutil, sus ojos verdes seguían siendo los de una fiera acorralada, los de una verdadera sobreviviente de los suburbios. —He vendido mi cuerpo desde que tenía diecisiete años, Lola —respondió, y el tono de su voz fue tan frío y cortante que le dolió a ella misma—. He dejado que hombres asquerosos y extraños me tocaran, me usaran y me miraran como si fuera basura, todo a cambio de unos billetes arrugados. Y lo hice solo para que el maldito de mi padre no muriera en una zanja, o de hambre, o por una cirrosis que de todas formas se está buscando. Esta es mi última oportunidad real de cambiar mi destino. De tener un capital de verdad, ser alguien nueva y alejarme de ese viejo y de sus deudas de una vez por todas. Prefiero vender mi vientre una sola vez por una fortuna, que seguir vendiendo mi piel cada noche por monedas el resto de mi vida. Con pasos suaves, Bianca se acercó a Lola. Se arrodilló frente a ella y, con una ternura que guardaba bajo llave para casi todo el mundo, extendió los dedos para acariciar con delicadeza un moretón amarillento que asomaba en el pómulo izquierdo de su amiga. —Tienes que dejar al desgraciado de Carlos, Lola. Ya basta. La próxima vez que intente levantarte la mano, no te quedes callada. Defiéndete, o defiéndamonos juntas. No dejes que ese infeliz te apague la luz. Lola suspiró profundamente, cerrando los ojos ante el contacto cálido de Bianca. —Tú sabes cómo es el amor, niña. Es una enfermedad que te ciega y te debilita. Pero prométeme una cosa: pase lo que pase en esa mansión, nunca te vas a enamorar de ese millonario. Los hombres como Alessandro Riva no ven a mujeres como nosotras como seres humanos; para ellos somos herramientas, juguetes o adornos. No vayas a caer en su trampa. —¿Amor? —Bianca soltó una risa seca y coqueta mientras terminaba de acomodarse un mechón rebelde detrás de la oreja—. Yo no creo en los cuentos de hadas, Lola. El amor es un invento de los ricos, un lujo para los que tienen tiempo de sobra y la barriga llena. Jamás caería en una estupidez semejante. Mi corazón está blindado. Cuando Bianca cruzó el umbral del edificio, lucía absolutamente impecable. El vestido prestado por Lola le sentaba como un guante y el peinado recatado camuflaba por completo a la mujer que dominaba las noches del club. Caminaba con elegancia, pero la cruda realidad de su barrio no tardó en salirle al encuentro. Sentada frente a su enorme sartén de aceite hirviendo, doña Rosa, la vecina más chismosa y venenosa del sector, la escaneó con ojos de víbora. —¿Y ahora a dónde vas tan emperifollada y fina? —se mofó la mujer a voz en cuello, asegurándose de que los pocos transeúntes la escucharan—. ¿Es que te cambiaste de esquina o ahora resulta que cobras en dólares? Que yo sepa, tu horario de trabajo es cuando se apaga el sol. No me digas que ahora abriste turno diurno para los clientes ejecutivos. Bianca sintió una oleada de fuego recorrerle las venas y la tentación de arrancarle los pelos a la vieja casi la domina, pero recordó los consejos de Lola. Mantuvo la espalda rígida, clavó sus ojos verdes en la mujer y forzó una sonrisa de absoluta serenidad. —Voy a mi nuevo empleo, señora Rosa. Un trabajo de día, decente y excelentemente pagado. —¿Ah, sí? ¿Y de qué podría trabajar una salvaje como tú? —insistió la anciana con una malicia destilada, cruzándose de brazos. Bianca sintió un leve destello de nerviosismo. No podía decir la verdad, así que su mente, siempre rápida y astuta, disparó la primera mentira creíble que encontró: —De niñera. Una agencia internacional me contrató para cuidar a los hijos de una familia sumamente importante de la zona alta. La carcajada que soltó doña Rosa fue tan ruidosa y vulgar que un par de palomas salieron volando del techo. —¡Niñera! ¡Por favor! ¡Nadie en su sano juicio contrataría a una puta para que le cuide a sus hijos! ¡Los vas a terminar contaminando con solo mirarlos, muchacha descarada! El fino hilo del autocontrol de Bianca se rompió en mil pedazos. Ya harta de los insultos de esa mujer ella caminó con paso firme hacia el puesto, le dedicó una mirada coqueta y letal a la mujer y, con un movimiento rápido y certero de su tacón, pateó la base de madera que sostenía la bandeja principal. El soporte cedió y toda la mercancía —empanadas, frituras y masa cruda— voló por el aire antes de estamparse contra el suelo polvoriento y lleno de tierra. —¡Maldita seas, desgraciada! ¡Me vas a pagar hasta el último centavo de esto! ¡Llamaré a la policía! —bramó doña Rosa, roja de la ira, mientras intentaba salvar algo del fango. Bianca se dio la vuelta y se alejó a paso elegante, riendo a carcajadas mientras el sonido de los insultos se perdía a su espalda. Tomó el primer autobús hacia el norte de la ciudad, viendo cómo el paisaje cambiaba de fachadas agrietadas a imponentes rascacielos de cristal y avenidas arboladas. Al bajarse frente a la imponente mansión de la familia Riva, el estómago se le dio un vuelco. La fila de mujeres le daba la vuelta a la manzana. Todas eran rubias, todas tenían ojos claros y figuras esbeltas; el millonario realmente estaba buscando un clon exacto de su difunta esposa. Sin embargo, Bianca las observó con detenimiento y una sonrisa de suficiencia apareció en sus labios. Eran copias deslavadas. Ninguna de esas chicas de sociedad tenía el fuego, la chispa ni la gracia que ella poseía. Bianca siempre había sido la mujer más deslumbrante en cualquier rincón oscuro que pisara, y bajo la intensa luz del mediodía, su belleza resultaba simplemente demoledora. Después de dos tediosas horas de espera, las puertas de roble se abrieron y un mayordomo de expresión fúnebre pronunció su nombre real: "Bianca". Al cruzar el umbral del despacho principal, el aire acondicionado la recibió como una bofetada de hielo, congelándole las palabras en la garganta. El lugar destilaba un lujo silencioso y opresivo. Y allí, sentado detrás de un monumental escritorio de caoba que parecía un altar dedicado al poder absoluto, vio por primera vez al protagonista de su nueva vida: Alessandro Riva. El hombre ni siquiera levantó la vista de los papeles que revisaba, pero la densidad del aire cambió por completo en cuanto ella pisó la alfombra. Bianca supo, con el latido acelerado de su corazón, que el juego más peligroso de su existencia acababa de comenzar.La tormenta estalló con furia justo cuando Alessandro cruzó las enormes escalinatas de la catedral. El cielo plomizo se abrió de par en par, descargando una cortina de agua densa y fría que empapó su traje de alta costura en cuestión de segundos. Lejos de importarle, sintió que el aguacero lavaba el peso de los años, el polvo de la culpa y la sangre podrida de un apellido que acababa de sepultar en vida. El imperio Riva se estaba desmoronando en directo ante los tribunales y las cámaras de televisión, pero para él, la única victoria que importaba estaba a kilómetros de distancia. Subió de un salto al coche, arrancó el motor con desesperación y pisó el acelerador a fondo, ignorando los semáforos en rojo y las calles anegadas por la tromba de agua. Su mente era un torbellino de urgencia y esperanza. Ya no había contratos matrimoniales, ni bodas falsas, ni la sombra amenazante de Doña Carmen acechando en las sombras con documentos de custodia en la mano. Era un hombre libre, dispuesto
El eco de la negativa simultánea resonó con la fuerza de un trueno bajo las altas cúpulas de la catedral, dejando a la élite del país sumida en un estado de parálisis colectiva. Los invitados contenían la respiración, incapaces de procesar lo que acababan de presenciar. La boda del siglo, la unión cuidadosamente orquestada para blindar el poder absoluto del emporio Riva, se acababa de desmoronar en cuestión de segundos ante los ojos de la prensa nacional. Doña Carmen, sentada en la primera fila, dio un salto mortal con el rostro desencajado de una furia homicida. El collar de esmeraldas temblaba sobre su pecho mientras sus nudillos se aferraban al bastón de ébano con tanta fuerza que parecía que iba a astillarlo. —¡Están locos! ¡Deténganlos! ¡Inmovilicen a esa maldita sabandija y a la traidora! —bramó la matriarca con un grito estridente, intentando avanzar hacia el altar, pero los agentes federales que ya custodiaban el pasillo central le bloquearon el paso de inmediato. Lejos de
El caos y los gritos ahogados de la alta sociedad resonaban bajo las altas cúpulas de la catedral, pero el bullicio de los agentes federales y el rostro descompuesto de Doña Carmen parecieron desvanecerse en un segundo plano. En el altar principal, suspendidos en el ojo de la tormenta que ellos mismos habían desatado, Alessandro y Emma permanecían inmóviles, atrapados en el silencio ensordecedor de su propia realidad. El juez de paz, con las manos temblando sobre el misal y el rostro bañado en sudor frío ante la presencia imponente de la policía y las cámaras, intentó recuperar el control de la ceremonia con un hilo de voz que apenas rebasaba un murmullo patético. —Por... por favor, guarden silencio y vuelvan a sus bancas. Necesitamos continuar con el protocolo legal... —tartamudeó el oficial, mirando de reojo a los agentes que ya custodiaban las salidas y rodeaban la primera fila donde la matriarca intentaba incorporarse con furia. —Olvídese del protocolo, juez —interrumpió Aless
Las imponentes puertas de roble macizo de la catedral principal se abrieron con un sonido solemne y ceremonioso que retumbó en cada rincón del sagrado recinto. Cientos de flashes de las cámaras de la prensa comenzaron a disparar en una ráfaga incesante y ciega, iluminando el altar mayor decorado con miles de lirios blancos importados que exhalaban un aroma dulzón y pesado. La élite del país ocupaba las bancas de caoba pulida, expectante, dispuesta a presenciar la unión del año entre dos de los apellidos más poderosos e influyentes del territorio. Pero bajo la superficie de aquella ostentación desmedida, el aire de la catedral estaba cargado de una electricidad estática y palpable, un silencio espeso que presagiaba una catástrofe inminente. —No mires atrás, querida, todo el país tiene los ojos puestos en ti —susurró su padre con una sonrisa de fachada impecable mientras le ofrecía el brazo a Emma en el umbral. Emma dio el primer paso hacia el largo pasillo alfombrado de terciopelo
La imponente mansión de los Riva no parecía un hogar; a pocas horas de que despuntara el alba, se había transformado en un búnker silencioso y tenso, donde la opulencia exagerada de las paredes de mármol de Carrara y las molduras de oro viejo contrastaba grotescamente con el aire viciado de conspiración, paranoia y terror acumulado. En lo más profundo de su despacho privado, sumido en una penumbra absoluta y con la única compañía del parpadeo frío y azulado de la pantalla de su ordenador portátil, Alessandro terminó de estructurar y verificar el último de los paquetes legales. Había pasado toda la madrugada cruzando datos fiscales, respaldando las copias digitales de los desfalcos, sobornos y fraudes financieros de su abuela, y asegurándose de que la contrademanda redactada por su equipo de abogados de confianza quedara completamente blindada e impenetrable. Ningún juez corrupto, ninguna influencia de los viejos testaferros de la junta y ninguna argucia legal de Doña Carmen podría ro
La mansión Riva permanecía despierta a pesar de la hora. Los pasillos estaban iluminados con una tenue luz amarilla, el personal entraba y salía en silencio ultimando los preparativos de la boda y, detrás de aquella calma cuidadosamente mantenida, todos parecían contener la respiración. Al amanecer, la familia más poderosa de la ciudad celebraría el enlace entre Alessandro Riva y Emma, un acontecimiento destinado a ocupar las portadas de todos los medios. Nadie imaginaba que, mientras los floristas terminaban los últimos arreglos y los organizadores repasaban el protocolo por enésima vez, el verdadero peligro ya se encontraba dentro de la casa.En el despacho privado de Alessandro solo permanecía encendida la pantalla de su computadora.Llevaba horas revisando documentos, comparando fechas, verificando firmas y haciendo copias de seguridad de cada prueba que había reunido contra su abuela. No podía permitirse el menor error. Si alguno de aquellos archivos desaparecía, si alguien conse







