Se connecterAlessandro Riva era, sin temor a equivocarse, el hombre más hermoso y letal que Bianca había visto en su vida. Tenía una mandíbula afilada que parecía tallada por un escultor despiadado, un cabello oscuro perfectamente peinado y unos hombros tan anchos que hacían que el traje de diseñador a la medida luciera como una armadura. Bianca, acostumbrada a ver hombres demacrados por los vicios o gordos por la autocomplacencia en el club, se lo devoró con la mirada en un segundo.
«Dios santo, si la mirada de este hombre pudiera embarazar, yo ya tendría mellizos», pensó, sintiendo un calor repentino que no tenía nada que ver con el clima. Todo en aquel despacho estaba impecable, limpio y ordenado de una forma casi enfermiza. Sobre el escritorio de caoba maciza, justo al lado de unos pulcros fajos de documentos, destacaba un péndulo de Newton: ese adorno de metal con esferas colgadas que, al mover una, golpeaba a las demás en un compás eterno. Bianca, incapaz de quedarse quieta debido a los nervios que le carcomían el estómago, extendió sus dedos delgados y coquetos y empujó la primera pelota, provocando un rítmico *clac, clac, clac* que rompió el silencio sepulcral de la habitación. —No toque eso, por favor —dijo una voz de barítono, fría como el viento del ártico. Alessandro extendió una mano de dedos largos y detuvo el balanceo de las esferas metálicas. Fue entonces cuando, por fin, levantó la mirada para fijar sus ojos en ella. En ese instante, el tiempo se detuvo. Bianca vio cómo las pupilas del millonario se dilataban y un leve destello de asombro cruzaba sus facciones perfectas; se quedó completamente embobado por un segundo, atrapado por el fantasma del parecido físico de esta extraña con su mujer ya muerta. Alessandro parpadeó, sacudiéndose la parálisis, y desvió la mirada hacia el rincón del despacho. Allí, de pie junto a un archivador, estaba su asistente. Bianca lo recorrió con la mirada y un brillo de picardía se encendió en sus ojos verdes. El asistente era un hombre joven, de cabello castaño claro, hombros atléticos y unos ojos azules profundos que gritaban peligro. Era justo el tipo de Bianca; el tipo de hombre con el que le encantaba juguetear en una noche libre. «Bueno», pensó Bianca, acomodándose un mechón de cabello de forma coqueta, «sé que no podría seducir a este estirado trozo de hielo de señor Riva, pero su sexy asistente definitivamente no estaría nada mal para pasar el rato». Alessandro aclaró su garganta, recuperando la máscara de hierro. —Bien, señorita Bianca —comenzó él, revisando una hoja en blanco—. Su perfil encaja con lo que busco. Empecemos. ¿Qué edad tiene? —Veintidós años, señor Riva. —¿Tiene pareja? ¿Algún compromiso emocional o legal con alguien? —Ninguno. Estoy completamente sola y enfocada en salir adelante. —¿Tiene hijos? —¿Le parece que tengo el cuerpo de una madre? —bromeó ella, sin embargo no recibió ninguna reacción del aburrido hombre frente a ella —no, no tengo hijos señor —dijo ya más seria y un tanto avergonzada. Alessandro continuó con un interrogatorio preciso y distante, preguntando sobre sus hábitos, sus estudios fingidos y sus antecedentes familiares. Bianca respondió a cada pregunta con una inteligencia brillante, envolviendo cada palabra en una capa de timidez inocente que parecía complacer al magnate. Sin embargo, el golpe definitivo llegó al final. —Perfecto. Solo queda un detalle —dijo Alessandro, extendiendo la mano—. Entrégueme sus exámenes médicos oficiales y el historial clínico de su ginecólogo. Bianca se quedó gélida. En su prisa por salvar la vida de su padre, no había tenido tiempo ni dinero para conseguir estudios médicos en laboratorios privados. —Yo... no los traigo conmigo hoy, señor Riva —titubeó, maldiciéndose internamente—. Pensé que era una primera entrevista de preselección. La mirada de Alessandro se volvió severa y distante una vez más. —Este es un proceso serio, señorita. Ya puede irse. Si considero que vale la pena esperar por sus papeles, mi asistente la estará llamando. Que tenga un buen día. Bianca se levantó de la silla con el orgullo herido y una opresión aplastante en el pecho. Salió de la mansión sintiendo que había arruinado la única oportunidad que tenía de salvarse. Para colmo, en el camino de regreso, las nubes del cielo se rompieron y comenzó a caer una lluvia torrencial que empapó su vestido prestado y arruinó su peinado impecable. Cuando llegó a los callejones de su barrio, el agua ya corría como un río de lodo entre las aceras agrietadas. Al entrar a su casa, se encontró con su padre, quien estaba medio borracho, temblando en un rincón y sosteniendo una botella casi vacía. —¿Y bien? ¿Conseguiste el dinero? —preguntó el hombre con voz arrastrada—. Bianca, esa gente va a volver. Me van a romper las piernas, nos van a matar... La rabia acumulada de Bianca estalló como una bomba. Se plantó frente a él, chorreando agua y lágrimas de frustración. —¡Vete al diablo, papá! ¡Vete al maldito infierno! —le gritó, empujándolo—. Tú te metiste en esta maldita deuda de juego y tú deberías pagarla. ¡Estoy harta de cargar con tus porquerías! —¡Vamos a sufrir los dos, Bianca! —chilló el viejo, rompiendo en un llanto patético—. Van a matar a tu pobre padre... ¡Entiéndelo, yo no tengo dinero! —¡Claro que no tienes dinero! ¡Pero siempre encuentras dinero para seguir bebiendo y apostando en esas mesas de mala muerte! —le reclamó ella, con la voz rota por el dolor—. ¡Siempre hay para tus vicios, pero nunca para resolver tus problemas! El hombre, desesperado y patético, salió arrastrándose detrás de ella cuando Bianca intentó salir de nuevo a la calle. En medio de la lluvia torrencial, sobre el fango de la acera, su padre se le tiró a los pies, agarrándola de los tobillos con fuerza mientras sus lágrimas se mezclaban con el agua sucia. —¡Sálvame, Bianca! ¡Te lo ruego, por favor, por lo que más quieras! —le rogaba de rodillas, con el rostro cubierto de lodo—. Desde que perdí a tu madre... lo perdí todo, mi vida se volvió una basura... Bianca se quedó estática bajo el aguacero, sintiendo que el pecho le ardía. Las lágrimas le nublaban la vista mientras miraba al hombre que se suponía debía protegerla. —¿Y tú crees que fuiste el único que perdió a alguien? —le gritó con el alma rota—. ¡Yo también perdí a mi madre! ¡Y también te perdí a ti, porque te convertiste en este monstruo! Me he pasado la vida entera sintiendo pena por ti, aguantándote... ¿pero tú alguna vez has sentido pena por mí? ¿Alguna vez has tenido compasión de tu pobre hija, que tiene que ir a vender su cuerpo cada noche para que tú puedas seguir con tus vicios? Con un movimiento brusco lleno de desprecio y dolor, Bianca alejó su pie del agarre de su padre y se dio la vuelta, dejándolo tirado en el fango. Caminó sin rumbo bajo la lluvia, llorando con el corazón destrozado, sintiendo que el viernes se acercaba y su sentencia de muerte estaba dictada. De pronto, el teléfono celular dentro de su bolso empapado comenzó a vibrar. Con las manos temblorosas, Bianca contestó sin mirar la pantalla. —¿Diga? —sollozó, intentando aclarar su voz. —Señorita Bianca —la voz de barítono, gélida pero inconfundible de Alessandro Riva, resonó al otro lado de la línea, cortando el ruido de la tormenta—. He tomado una decisión. Usted es la elegida para el trabajo. Olvídese de los papeles anteriores; mañana mismo mi asistente la llevará a una clínica privada para hacerle unos estudios médicos de mi confianza. Si todo sale bien, usted será la mujer que dé a luz a mi hijo. Bianca se detuvo en medio de la calle. El agua seguía cayendo sobre su rostro, pero la desesperación se transformó en una chispa de triunfo y peligro. El juego con el millonario acababa de comenzar oficialmente.La tormenta estalló con furia justo cuando Alessandro cruzó las enormes escalinatas de la catedral. El cielo plomizo se abrió de par en par, descargando una cortina de agua densa y fría que empapó su traje de alta costura en cuestión de segundos. Lejos de importarle, sintió que el aguacero lavaba el peso de los años, el polvo de la culpa y la sangre podrida de un apellido que acababa de sepultar en vida. El imperio Riva se estaba desmoronando en directo ante los tribunales y las cámaras de televisión, pero para él, la única victoria que importaba estaba a kilómetros de distancia. Subió de un salto al coche, arrancó el motor con desesperación y pisó el acelerador a fondo, ignorando los semáforos en rojo y las calles anegadas por la tromba de agua. Su mente era un torbellino de urgencia y esperanza. Ya no había contratos matrimoniales, ni bodas falsas, ni la sombra amenazante de Doña Carmen acechando en las sombras con documentos de custodia en la mano. Era un hombre libre, dispuesto
El eco de la negativa simultánea resonó con la fuerza de un trueno bajo las altas cúpulas de la catedral, dejando a la élite del país sumida en un estado de parálisis colectiva. Los invitados contenían la respiración, incapaces de procesar lo que acababan de presenciar. La boda del siglo, la unión cuidadosamente orquestada para blindar el poder absoluto del emporio Riva, se acababa de desmoronar en cuestión de segundos ante los ojos de la prensa nacional. Doña Carmen, sentada en la primera fila, dio un salto mortal con el rostro desencajado de una furia homicida. El collar de esmeraldas temblaba sobre su pecho mientras sus nudillos se aferraban al bastón de ébano con tanta fuerza que parecía que iba a astillarlo. —¡Están locos! ¡Deténganlos! ¡Inmovilicen a esa maldita sabandija y a la traidora! —bramó la matriarca con un grito estridente, intentando avanzar hacia el altar, pero los agentes federales que ya custodiaban el pasillo central le bloquearon el paso de inmediato. Lejos de
El caos y los gritos ahogados de la alta sociedad resonaban bajo las altas cúpulas de la catedral, pero el bullicio de los agentes federales y el rostro descompuesto de Doña Carmen parecieron desvanecerse en un segundo plano. En el altar principal, suspendidos en el ojo de la tormenta que ellos mismos habían desatado, Alessandro y Emma permanecían inmóviles, atrapados en el silencio ensordecedor de su propia realidad. El juez de paz, con las manos temblando sobre el misal y el rostro bañado en sudor frío ante la presencia imponente de la policía y las cámaras, intentó recuperar el control de la ceremonia con un hilo de voz que apenas rebasaba un murmullo patético. —Por... por favor, guarden silencio y vuelvan a sus bancas. Necesitamos continuar con el protocolo legal... —tartamudeó el oficial, mirando de reojo a los agentes que ya custodiaban las salidas y rodeaban la primera fila donde la matriarca intentaba incorporarse con furia. —Olvídese del protocolo, juez —interrumpió Aless
Las imponentes puertas de roble macizo de la catedral principal se abrieron con un sonido solemne y ceremonioso que retumbó en cada rincón del sagrado recinto. Cientos de flashes de las cámaras de la prensa comenzaron a disparar en una ráfaga incesante y ciega, iluminando el altar mayor decorado con miles de lirios blancos importados que exhalaban un aroma dulzón y pesado. La élite del país ocupaba las bancas de caoba pulida, expectante, dispuesta a presenciar la unión del año entre dos de los apellidos más poderosos e influyentes del territorio. Pero bajo la superficie de aquella ostentación desmedida, el aire de la catedral estaba cargado de una electricidad estática y palpable, un silencio espeso que presagiaba una catástrofe inminente. —No mires atrás, querida, todo el país tiene los ojos puestos en ti —susurró su padre con una sonrisa de fachada impecable mientras le ofrecía el brazo a Emma en el umbral. Emma dio el primer paso hacia el largo pasillo alfombrado de terciopelo
La imponente mansión de los Riva no parecía un hogar; a pocas horas de que despuntara el alba, se había transformado en un búnker silencioso y tenso, donde la opulencia exagerada de las paredes de mármol de Carrara y las molduras de oro viejo contrastaba grotescamente con el aire viciado de conspiración, paranoia y terror acumulado. En lo más profundo de su despacho privado, sumido en una penumbra absoluta y con la única compañía del parpadeo frío y azulado de la pantalla de su ordenador portátil, Alessandro terminó de estructurar y verificar el último de los paquetes legales. Había pasado toda la madrugada cruzando datos fiscales, respaldando las copias digitales de los desfalcos, sobornos y fraudes financieros de su abuela, y asegurándose de que la contrademanda redactada por su equipo de abogados de confianza quedara completamente blindada e impenetrable. Ningún juez corrupto, ninguna influencia de los viejos testaferros de la junta y ninguna argucia legal de Doña Carmen podría ro
La mansión Riva permanecía despierta a pesar de la hora. Los pasillos estaban iluminados con una tenue luz amarilla, el personal entraba y salía en silencio ultimando los preparativos de la boda y, detrás de aquella calma cuidadosamente mantenida, todos parecían contener la respiración. Al amanecer, la familia más poderosa de la ciudad celebraría el enlace entre Alessandro Riva y Emma, un acontecimiento destinado a ocupar las portadas de todos los medios. Nadie imaginaba que, mientras los floristas terminaban los últimos arreglos y los organizadores repasaban el protocolo por enésima vez, el verdadero peligro ya se encontraba dentro de la casa.En el despacho privado de Alessandro solo permanecía encendida la pantalla de su computadora.Llevaba horas revisando documentos, comparando fechas, verificando firmas y haciendo copias de seguridad de cada prueba que había reunido contra su abuela. No podía permitirse el menor error. Si alguno de aquellos archivos desaparecía, si alguien conse







