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El Secreto de la Prostituta: El Hijo que el Magnate Compró
El Secreto de la Prostituta: El Hijo que el Magnate Compró
Penulis: Leslie g

Capítulo 1

Penulis: Leslie g
last update Tanggal publikasi: 2026-05-18 21:56:15

El sol se filtraba entre los cables de luz enredados y la humedad de los callejones, pero para Bianca, el día nunca terminaba de amanecer. Sus tacones, ya desgastados en la punta, golpeaban el pavimento irregular mientras caminaba con la barbilla en alto, ignorando el ardor en sus pantorrillas tras una jornada de diez horas.

En su mano apretaba una bolsa de plástico de la farmacia con los medicamentos para el corazón de su padre. Eran caros, ridículamente caros para alguien que vivía en una casa que se estaba cayendo a pedazos.

Al doblar la esquina hacia su calle, sintió las miradas. Eran como alfileres clavándose en su espalda. Las mujeres del barrio, aquellas que se santiguaban al verla pasar pero que no dudaban en pedirle prestado cuando el hambre apretaba, murmuraban detrás de sus manos. "Ahí va la Gatita", susurró una, lo suficientemente alto para que Bianca la oyera. "Vende el cuerpo por monedas y camina como si fuera la reina de Inglaterra. Una vergüenza para el vecindario".

Bianca se detuvo en seco y giró la cabeza. Sus ojos verdes, brillantes de rabia contenida, se clavaron en la mujer.

—Si te sobra tiempo para juzgarme, doña Rosa, quizás te sobre tiempo para lavarte la lengua. O para pagarle a mi padre los diez dólares que te presté el mes pasado. ¿O prefieres que sigamos hablando de vergüenzas?

La mujer palideció y se refugió tras su puerta.

Bianca soltó un bufido y siguió caminando. Ser una "chica de la vida" no era su sueño, pero la dignidad no llenaba el estómago ni pagaba la farmacia. Odiaba cada minuto bajo las luces de neón del club, pero era inteligente; sabía cómo manejar a los hombres, cómo ser coqueta sin entregar el alma, y cómo sacarles hasta el último centavo mientras les hacía creer que ellos tenían el control.

Sin embargo, al llegar a la puerta de su casa, el instinto de supervivencia que había desarrollado en las calles le gritó que algo estaba mal.

La puerta estaba entreabierta. Escuchó un gemido sordo, seguido del sonido de algo pesado golpeando carne. Bianca empujó la puerta con el corazón martilleando en sus oídos.

El espectáculo era dantesco. Su padre, un hombre que alguna vez fue un roble y ahora no era más que un saco de huesos empapado en alcohol, estaba en el suelo. Dos hombres corpulentos, con chaquetas de cuero y nudillos tatuados, lo estaban pateando con una saña mecánica. El olor a whisky barato y orina inundaba la habitación.

—¡Déjenlo! —gritó Bianca, lanzándose sobre el hombre más cercano. Le clavó las uñas en el rostro y le tiró del cabello con una furia animal. —¡Suéltenlo, malditos! ¡Lo van a matar!

El hombre soltó una maldición y, de un revés violento, mandó a Bianca contra la pared. El golpe le sacó el aire y sintió el sabor metálico de la sangre en su boca. El segundo hombre la tomó del cabello, obligándola a levantar la vista. Su rostro estaba a pocos centímetros del de ella; olía a tabaco rancio y a muerte.

—Escúchame bien, muñequita —dijo el matón, mientras el otro seguía pisándole la mano a su padre, quien solo emitía sollozos roncos. —Tu viejo se cree un gran apostador. Pidió dinero prestado a la gente equivocada para jugar al póker. Y perdió mucho.

—¿Cuánto? —logró decir Bianca, intentando recuperar el aliento a pesar del dolor punzante en su hombro.

—Cien mil dólares. Con intereses —el hombre sonrió, mostrando unos dientes amarillentos. —Tienes una semana. Si para el próximo viernes no tenemos el dinero, vendremos a terminar lo que empezamos con él. Y a ti... bueno, una cara como la tuya se vendería muy bien en los burdeles de la frontera. Te sacaríamos cada centavo hasta que no te quedaran ni los dientes.

Lanzaron a Bianca al suelo junto a su padre y salieron del apartamento. Bianca se quedó allí, temblando, mirando las medicinas desparramadas por el suelo. Su padre, arrastrándose como un gusano, se acercó a ella y le tomó los pies, llorando desconsoladamente.

—Perdóname, Bianca... perdóname, hijita... Pensé que esta vez iba a ganar, te lo juro... quería sacarte de trabajar en ese lugar... —lloriqueaba el hombre, besando sus zapatos sucios.

—¡Suéltame! —gritó ella, apartándolo de una patada. —¡Eres una basura! ¡Me has vendido! ¡Has vendido mi vida por una mano de cartas, maldito borracho! ¿De dónde voy a sacar cien mil dólares? ¿Crees que soy millonaria? ¡Me mataste, papá! ¡Nos mataste a los dos!

Bianca salió corriendo de la casa, ignorando los gritos de su padre. No podía respirar. Corrió por las calles oscuras hasta llegar a un edificio de fachadas coloridas pero decadentes. Subió las escaleras a trompicones y golpeó la puerta del 3B. La puerta se abrió y apareció Lola, su mejor amiga, una mujer trans de facciones imponentes y un corazón de oro que siempre olía a perfume de rosas.

A Lola la conoció en las calles, básicamente ella el enseñó todo lo que sabía, cuando Bianca moría de hambre y tuvo que venderse para sobrevivir, Lola fue su único apoyo y aún hoy lo sigue siendo.

—¡Niña! ¿Pero qué te pasó en la cara? —Lola la tomó de los hombros y la hizo entrar. —Estás sangrando, Bianca.

Bianca se derrumbó en el sofá de terciopelo gastado. Entre sollozos y gritos de rabia, le contó todo: la deuda, la paliza, la amenaza de venderla.

—¡Lo odio, Lola! ¡Odiaría que lo mataran pero lo odio más por estar vivo! ¿Qué voy a hacer? No puedo conseguir ese dinero ni en cien años.

Lola se quedó en silencio, limpiándole la sangre de la comisura de los labios con un algodón. Luego, se levantó y buscó una tableta que tenía sobre la mesa de noche. Suspiró profundamente antes de hablar.

—Escucha, Bianca. Sabes que yo siempre te digo que salgas de esa vida antes de que la vida te saque a ti. Y hoy vi algo... es una locura, pero es tu única salida. —Lola le mostró la pantalla. —Es un anuncio que está circulando en los círculos de la alta sociedad. Un millonario, un tal Alessandro Riva, busca una madre de alquiler.

Bianca soltó una carcajada amarga. —Lola, no estoy para bromas.

—No es broma. Mira los requisitos: rubia, ojos verdes, complexión delgada, inteligente y con un historial de salud perfecto. Te describe a ti, niña. Está pagando doscientos mil dólares por el contrato exclusivo. —Lola la miró fijamente. —El tipo es un amargado que quedó viudo y quiere un hijo que se parezca a su mujer. Dicen que es un monstruo de hielo, pero ese monstruo tiene el dinero que necesitas para que no te maten.

Bianca miró la foto del hombre en el artículo: elegante, frío, intocable y escandalosamente guapo, si sus clientes se vieran la mitad de bien que el quizás no odiaría tanto su trabajo. Luego miró sus propias manos temblorosas y llenas de mugre. Doscientos mil dólares. Ese dinero era suficiente para pagar todas sus deudas y aún así le sobraría.

Quizás podría estudiar con eso, o armar un negocio y dejar las calles, pero al leer las cláusulas era cada vez más exigentes, ya quedar embarazada y vender a tu hijo sonaba mal, pero el también buscaba a cierto tipo de mujer muy específico que Bianca claramente no era.

Aún así la desesperación era mayor, y las ganas de salir adelante a cualquier costo la superaban.

—Mañana me convierto en una santa, Lola —dijo Bianca, con una voz que ya no temblaba, sino que cortaba como el cristal. —Mañana voy a buscar ese contrato.

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