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Capítulo 4

Author: Leslie g
last update publish date: 2026-05-18 21:56:49

La biblioteca de la mansión Riva parecía un museo donde el polvo tenía prohibido entrar por decreto divino. Bianca estaba sentada en un sofá de cuero que costaba más que toda la manzana de su barrio, cruzada de piernas con la elegancia que Lola le había ensayado a golpes de cepillo el día anterior. Frente a ella, de pie y sosteniendo una tableta digital, estaba Alan, el asistente de ojos azules y cabello castaño que le había estado quitando el sueño desde la tarde anterior.

Aprovechando que Alessandro todavía no bajaba, Bianca sacó su teléfono discretamente por debajo de la mesa. Sus dedos volaron sobre el teclado mientras chateaba con Lola.

Bianca:

tienes que ver al secretario. Está más bueno que el pan caliente. Si el jefe es un témpano de hielo, este es el chocolate que lo derrite.

Lola:

¡Mándame foto ya! No me dejes con la intriga.

Bianca levantó la vista, le dedicó a Alan su sonrisa más coqueta, esa que entornaba los ojos verdes y dejaba ver un hoyuelo encantador, y apuntó con la cámara. El asistente, al notar el lente, se acomodó la corbata con evidente nerviosismo, carraspeó y desvió la mirada, con las mejillas ligeramente teñidas de rojo. Bianca capturó su expresión incómoda pero terriblemente sexy, se rió por lo bajo y le envió la imagen a su amiga con un emoticón de diablito.

—¿Desea un té o un café mientras espera al señor Riva, señorita Bianca? —preguntó Alan con voz temblorosa, intentando recuperar el profesionalismo.

—Un café, negro con mucha azúcar, por favor —respondió ella, guiñándole un ojo sin ningún tipo de vergüenza.

En ese momento, las grandes puertas dobles se abrieron. Alessandro Riva entró a la habitación como un huracán de elegancia y severidad. Su sola presencia congeló las risas flotantes. Lo primero que hizo el millonario no fue mirar a Bianca, sino detenerse frente a la mesa de centro. Con una mueca de fastidio, estiró dos dedos largos y enderezó un portavasos de plata que estaba desviado apenas un milímetro del centro exacto de la madera. Luego, sacó un pañuelo de su bolsillo, limpió una mota invisible sobre su escritorio y finalmente se sentó, alineando su bolígrafo de oro de forma perfectamente paralela al borde de los documentos. Su Trastorno Obsesivo Compulsivo era casi un arte.

Alan se acercó de inmediato y le entregó la carpeta con los resultados médicos que él mismo, bajo las órdenes de su jefe, había ayudado a tramitar en la clínica privada esa mañana.

Alessandro abrió el historial y comenzó a analizarlo línea por línea con ojos de halcón. El silencio en la sala era tan denso que Bianca juraría escuchar los engranajes de la cabeza del magnate. Tras unos minutos que parecieron eternos, una pequeña y perfecta sonrisa satisfecha apareció en los labios de Alessandro. Se veía increíblemente guapo, tanto que a Bianca se le olvidó por un segundo que el hombre era un témpano de hielo.

—Todo está impecable —declaró Alessandro, cerrando la carpeta con un golpe seco—. Su salud es perfecta. Pasemos al contrato.

Deslizó el fajo de papeles hacia ella, manteniendo el orden milimétrico de su escritorio.

—Te lo resumo —continuó, fijando sus ojos grises en ella—. Es un contrato de un año. Tu único deber es quedar embarazada de mi hijo, dar a luz y amamantar al bebé por unos meses. Al firmar, renuncias de manera inmediata y definitiva a cualquier tipo de maternidad, derecho o patria potestad sobre la criatura. Una vez entregado el bebé, no volverás a tener contacto con él, ni conmigo, jamás. El dinero total de la transacción se te otorgará al completar el proceso de entrega.

A Bianca se le encendieron las alarmas. Esa última frase la golpeó como un balde de agua fría.

—Espere un momento —interrumpió ella, dejando salir un destello de su carácter fuerte—. Pensé que el dinero se entregaba antes, o al menos una parte. Señor Riva, tengo una situación de extrema urgencia en la que realmente necesito un adelanto de dinero ahora mismo. Si no, no puedo comprometerme a estar encerrada aquí un año.

Alessandro alzó una ceja, sorprendido por la audacia de la chica. Miró de reojo a Alan, quien asintió levemente confirmando que la muchacha parecía desesperada por temas financieros. El millonario tamborileó sus dedos sobre la mesa, lo pensó un segundo y volvió a enderezar el bolígrafo de oro antes de hablar.

—Está bien. No suelo cambiar mis políticas, pero haré una excepción —dictaminó con frialdad—. Te daré cien mil dólares de adelanto hoy mismo, y los otros cien mil cuando se complete el contrato.

Por dentro, Bianca estaba armando una fiesta con fuegos artificiales. «¡Cien mil dólares!», celebró mentalmente, sintiendo que un peso de toneladas se le quitaba de encima. Con eso le alcanzaba perfectamente para pagar la deuda de juego de su padre y salvarle el pellejo a ambos antes del viernes.

—Continuemos —dijo Alessandro, cortando su celebración mental—. Tú puedes cancelar este contrato en cualquier momento... siempre y cuando sea “antes” de quedar embarazada. Una vez que el embarazo comience, tanto tú como yo nos comprometemos legalmente a cumplir nuestra parte hasta el final. Yo también puedo cancelar el contrato en cualquier momento si lo considero necesario, pero en cualquiera de los dos casos de cancelación, tendrás que devolver el dinero de inmediato.

Bianca frunció el ceño, sintiendo una punzada de desconfianza.

—A ver si entendí... ¿Si usted decide cancelar todo porque se le da la gana, yo tengo que devolverle el dinero?

Alessandro asintió con una tranquilidad exasperante.

—Así es. Y no solo eso. Tendrás que pagar una penalización de cincuenta mil dólares extra por hacerme perder el tiempo. Además, si llego a descubrir que mentiste en tu historial, en tus datos personales, o si tienes algún vicio oculto como alcohol, drogas o conductas que puedan afectar al bebé o a la reputación de mi familia, todo se cancela y procederé legalmente contra ti.

Un frío polar recorrió la espina dorsal de Bianca y el corazón le dio un vuelco violento. Sus manos comenzaron a sudar bajo la mesa. Si este hombre o su sexy asistente investigaban un poco más profundamente y descubrían que todo en su vida era una farsa; si se enteraban de que no era una universitaria buena, sino la "Gatita" del club nocturno, se metería en el peor problema de su vida, perdería el dinero y terminaría en la cárcel.

—Vivirás conmigo en esta mansión durante todo el año —agregó Alessandro, ajeno al pánico interno de la joven—. Pero habrá un periodo de prueba de un mes. Durante estas primeras cuatro semanas, analizaré tu carácter, tus modales y tu comportamiento diario para determinar si eres realmente adecuada para llevar el apellido Riva en tu vientre.

Alessandro tomó el bolígrafo de oro de la mesa y se lo extendió en el aire, mirándola fijamente a los ojos, como si intentara leer los secretos guardados en el fondo de sus pupilas verdes.

—Si tienes algo que ocultar, Bianca, sal por esa puerta ahora mismo y no me hagas perder el tiempo. Pero si estás dispuesta a entregarme un año de tu vida a esto, y no tienes absolutamente nada que esconder, firma el documento y Alan te entregará el cheque de cien mil dólares de inmediato.

Bianca miró el bolígrafo brillante en la mano del millonario. Su mente era un caos de advertencias. Sabía que no debía hacerlo. Sabía que su secreto era una bomba de tiempo imposible de ocultar en una convivencia diaria bajo el mismo techo. Pero luego recordó el rostro cubierto de lodo de su padre, las amenazas de los cobradores y el hecho de que solo faltaban unos días para que esos criminales volvieran a su casa a matarlo y a venderla a ella al mejor postor.

El cheque estaba ahí. La salvación estaba a un centímetro de su mano.

Bianca extendió los dedos temblorosos hacia el bolígrafo, deteniéndose justo antes de tocar el metal, atrapada entre el abismo del pasado y el peligro del presente...

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