LOGINEl olor a café ya no le resultaba tan reconfortante.Elena pasó el paño por el mostrador una vez más, aunque la superficie de madera ya estaba impecable. La visita del hombre de la chaqueta de cuero seguía dando vueltas en su cabeza.*Bonito lugar, Elena.**En una ciudad como esta, los nombres viajan rápido.*Había revisado las grabaciones de la cámara de seguridad que Adrián había instalado en la entrada. Lo vio cruzar la puerta, pedir el café y detenerse frente a la orquídea blanca. Sin embargo, las gafas de sol, la gorra y el ángulo de la cámara impedían distinguir sus facciones con claridad.Había algo en él. Una pieza suelta. Una familiaridad que le revolvía el estómago.La campanilla de la puerta sonó y la sacó de sus pensamientos.Era Julián. Traía una caja con nuevos empaques para los granos de café.—Dime que no estás a punto de cancelar nuestro contrato —dijo al notar su expresión rígida.Elena parpadeó y se obligó a relajar los hombros.—No voy a cancelarlo, Julián. Solo es
El primer día de apertura fue exactamente como Elena lo había soñado.Agotador. Caótico. Y absolutamente perfecto.El aroma a pan recién horneado y al café de Julián llenaba cada rincón del pequeño local del Distrito Sur. No hubo una gran fiesta de inauguración. Tampoco prensa ni fotógrafos.Solo clientes.Personas que entraban por curiosidad y salían con una bolsa de pan, una caja de galletas o una sonrisa.A media mañana, un mensajero entregó un arreglo floral.Elena sintió que el estómago se le encogía por un segundo.Esperó ver una exhibición desmesurada de poder corporativo.Pero no eran trescientas rosas rojas.Era una sencilla orquídea blanca, plantada en una pequeña maceta de cerámica.La tarjeta solo tenía una línea escrita a mano:*
El sábado por la mañana, Elena estaba frente al pequeño apartamento del Distrito Sur, observando cómo la luz se reflejaba en los ventanales del local que pronto sería su panadería. Todavía había cajas apiladas en el interior y herramientas sobre el suelo, pero por primera vez en mucho tiempo, aquel desorden le pertenecía.Un vehículo oscuro, sencillo y sin chofer se detuvo frente al edificio.Elena levantó la mirada.Adrián bajó del automóvil vestido de manera poco habitual para ella: jeans, botas y una camiseta oscura. No llevaba traje, ni reloj llamativo, ni esa expresión de ejecutivo que parecía acompañarlo incluso fuera de Ardentis.—¿Qué haces aquí? —preguntó Elena.Adrián miró las cajas.—Me dijiste que te mudabas.—Sí.—Entonc
El trayecto de regreso desde el Distrito Sur fue tenso, pero diferente a las huidas del pasado.Adrián conducía su propio vehículo. Marcos y otro automóvil de seguridad avanzaban a una distancia prudente.Mateo, ajeno a la tensión, dibujaba en el asiento trasero.Elena miraba por la ventanilla.Todavía tenía el corazón acelerado, pero había algo distinto.Adrián había cumplido.Había sentido miedo.Había querido protegerlos.Y, aun así, había detenido su impulso de decidir por ella.No era suficiente para borrar el pasado.Pero era un comienzo.Esa misma tarde, el equipo de seguridad de Ardentis reforzó discretamente la residencia.Se instalaron cámaras adicionales y sensores perimetrales.Dos agentes vestidos de civil comenzaron a vigilar los alrededores del colegio que estab
El olor a polvo, pintura fresca y humedad llenaba el pequeño local esquinero del Distrito Sur.Para Elena, sin embargo, aquel lugar olía a libertad.Apoyó el bolígrafo sobre el mostrador de madera desnuda y volvió a mirar su firma al final del contrato de arrendamiento.Esta vez no había fondos de Ardentis.No había fideicomisos de la familia Valtieri.No había una firma de Adrián esperando detrás de la suya.El dinero provenía de un préstamo bancario a su nombre, respaldado por los ahorros que había conseguido rescatar y por el plan de negocios que había redactado durante la última semana.No era un local grande.No era elegante.Pero era suyo.—Felicidades, señorita Rinaldi —dijo el agente inmobiliario, estrechándole la mano mientras le entregaba un manojo de llaves—. Espero qu
El domingo amaneció tranquilo en Aurevia.Demasiado tranquilo.El olor a café recién hecho se extendía por la cocina mientras Mateo intentaba ayudar a Adrián con una mezcla para pancakes que, según el resultado, parecía tener más posibilidades de convertirse en cemento que en desayuno.—Papá, creo que le pusiste demasiada leche.Adrián miró el recipiente.—¿Crees?Mateo asintió con absoluta seriedad.—Sí.Desde la otra esquina de la cocina, Elena soltó una pequeña risa.Hacía días que no veía a Adrián tan concentrado en algo que no tuviera relación con Ardentis.—Tu hijo acaba de descubrir que no eres perfecto.Adrián levantó la mirada hacia ella.—Tu hijo acaba de traicionarme.—Nuestro hijo —corrigió Elena.La sonrisa de Adrián apareció inmediatamente.—Nuestro hijo.Mateo los miró a ambos y siguió mezclando.—Entonces, ¿puedo ponerle más harina?—No —respondieron Elena y Adrián al mismo tiempo.Mateo soltó una carcajada.Durante unos segundos, todo pareció sencillo.Una familia.Un







