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Capítulo — La Mirada del Jeque

Author: M Souza
last update publish date: 2026-02-04 11:19:38

Lara Vasconcellos

Las horas siguientes fueron una verdadera carrera contra el tiempo. Yo no quería estar allí y nada tenía sentido para mí, pero de alguna manera me vi haciendo la maleta, doblando ropa nada cómoda y preparándome para subir a un avión rumbo a un lugar tan lejano como Dubái. Mi padre nunca tuvo consideración conmigo y, ahora, me estaba obligando a acompañarlo para que yo formara parte de algo que ni siquiera comprendía. Todo lo que sabía era que su empresa estaba al borde de la quiebra y que él veía ese viaje como la última oportunidad de salvar todo lo que había construido.

Aún no entendía cómo todo se había convertido en un torbellino tan rápido. La idea de viajar con mi padre y mis hermanas al otro lado del mundo, donde él tendría que negociar con un jeque árabe para salvar nuestra vida de lujo, me parecía una broma cruel. Pero las palabras de mi padre seguían resonando en mi mente. Yo no tenía elección.

Preparé mi maleta con el ceño fruncido, sintiendo cómo el peso de todas mis frustraciones se acumulaba con cada prenda que doblaba. Mis hermanas estaban tan emocionadas con el viaje que apenas podían contener sus sonrisas. Amaban todo lo que el dinero de mi padre podía ofrecerles y estaban más que listas para mezclarse con la alta sociedad de Dubái. Yo, en cambio, solo pensaba en lo mucho que quería huir de allí.

El día del viaje finalmente llegó. Como siempre, a mi padre no le importó en absoluto que yo no quisiera estar allí. Simplemente me empujó dentro del auto y me ordenó que me comportara. Al llegar al aeropuerto, nos encontramos con algunos amigos de mi padre, también empresarios y socios de negocios. Yo solo podía mirar al suelo; no quería interactuar con nadie.

Cuando llegamos al hotel en Dubái, el escenario era un espectáculo de opulencia. Un edificio inmenso, de arquitectura deslumbrante, se alzaba frente a nosotros. Era uno de los más grandes y lujosos de la ciudad, y no pude evitar sentirme completamente fuera de lugar. No era mi mundo. El aroma del ambiente, la vestimenta de las personas, el sonido de aquellas voces… todo me resultaba surrealista. Y, aun así, allí estaba yo, cargando con una obligación que no pedí y que me hacía sentir como una pieza más en un tablero de ajedrez donde mi padre intentaba ejecutar su último movimiento.

Mi padre, con una sonrisa en el rostro, ordenó que mis hermanas se arreglaran rápidamente. El evento de negocios estaba a punto de comenzar y quería que todos estuvieran listos.

—Tenemos que causar una buena impresión. El hombre con el que estamos negociando valora mucho a la familia. Así que compórtense y prepárense para el evento.

Sus palabras no eran más que una formalidad. Como si yo realmente fuera a marcar alguna diferencia en la imagen de la familia. Mis hermanas, ya acostumbradas a agradar a los demás, comenzaron a vestirse con los vestidos más caros, sabiendo que ese era su momento para brillar. Yo, en cambio, tenía una sola preocupación.

—Papá, necesito preguntar algo… ¿de verdad tengo que ir a este evento?

Intenté hablar con calma, pero la ansiedad se filtraba en mi voz.

Él respiró hondo y me miró con esos ojos fríos y calculadores.

—Lara, vas a ir porque estoy intentando salvar a esta familia. Tú, más que nadie, sabes lo difícil que está la situación. No me hagas perder tiempo. Si no vas, tendrás que buscar otro lugar donde vivir, porque ya no tenemos nada que ofrecerte. No quiero que seas la hija que lo destruya todo.

Respiré profundamente. Esa conversación siempre era igual. Yo nunca podía cuestionar ni pedir explicaciones.

Lo que más me irritaba era que ni siquiera intentaba explicarme nada con claridad. Todo lo que salía de su boca eran órdenes. Como siempre. Para él, yo no era más que una responsabilidad incómoda: algo que quería mantener lejos, pero lo suficientemente cerca como para usar en sus juegos de poder.

Mis hermanas ya estaban listas y, entonces, fui obligada a arreglarme. Como siempre, a mi padre no le importó que yo no tuviera ropa cara. Lo más frustrante era que nunca se acordaba de darme lo que necesitaba.

Miré mi armario, sintiendo la falta de algo adecuado para el evento. No tenía vestidos de diseñador como mis hermanas, no tenía dinero para sostener un estilo de vida como el de ellas. Lo único que tenía eran prendas simples, comunes.

Entonces él entró en la habitación, con su expresión impasible de siempre.

—¿Por qué estás vestida así? ¿Vas a ir al evento con esa ropa?

Me miró de arriba abajo, claramente decepcionado.

—No tengo ropa cara como tus otras hijas, papá. Nunca me diste una tarjeta de crédito, así que no puedo comprar vestidos de Prada ni nada de eso.

Frunció el ceño.

—Eso no es problema mío. Si no tienes qué ponerte, Bianca puede prestarte un vestido.

Sabía que Bianca jamás me prestaría nada, pero mi padre no estaba dispuesto a escucharme.

—¡Bianca, préstale un vestido a tu hermana! —gritó.

Bianca, con una sonrisa burlona, se negó.

—No le voy a prestar nada. Que se las arregle sola, no es mi responsabilidad.

Pero a mi padre no le gustaban las negativas.

—Si no le prestas el vestido, no recibirás ni un centavo para comprar ese anillo de Tiffany, y mucho menos un vestido de Prada. Así que arréglate con tu hermana ahora mismo.

La amenaza fue suficiente. Bianca protestó, pero subió las escaleras y, minutos después, bajó con un vestido negro impresionante. Era sencillo, pero extremadamente elegante, y supe al instante que valía más que todo lo que yo tenía.

—Toma. No pienses que te hago un favor.

Me puse el vestido y, al mirarme en el espejo, vi una versión de mí que nunca imaginé que existiera. Era una Lara distinta, quizá incluso más bonita. Pero, al mismo tiempo, me sentía incómoda en ese mundo. Yo no pertenecía allí.

Cuando salimos, la ciudad de Dubái se revelaba cada vez más fascinante. Llegamos al imponente edificio donde se celebraría el evento. Todo a mi alrededor parecía una fantasía y, al mismo tiempo, una prisión. No lograba sentirme en casa. El lujo, la pompa, la ostentación… todo era tan ajeno a mí.

Dentro del evento, las conversaciones comenzaron. Mi padre y sus amigos se destacaban, hablando de negocios con hombres de traje, mientras nosotras, las “hijas”, quedábamos al margen. Natália y Bianca, siempre astutas, se alejaron para recorrer el lugar y explorar lo que el evento ofrecía. Yo, en cambio, me quedé sola, observándolo todo.

Fue entonces cuando un hombre se acercó a mí.

Era alto, imponente, con una presencia tan poderosa que parecía que todos a su alrededor se inclinaban ante él. Sus ojos, de un tono oscuro y penetrante, se clavaron en mí, haciéndome sentir incómoda. Era mucho más joven de lo que imaginaba, quizá unos veintiséis años, pero su apariencia era impecable y exudaba confianza y poder.

Me sobresalté y, de forma instintiva, di unos pasos hacia atrás. Fue entonces cuando mi padre, al verme, se acercó de inmediato.

El hombre inclinó ligeramente la cabeza.

—Soy Khaled Rashid. El gusto es mío.

Mi padre, siempre atento a los negocios, sonrió al instante.

—Ah, Khaled, ¡qué bueno verte! Él es el hombre con el que te comenté sobre la posible asociación con nuestra empresa.

Khaled me miró a mí y a mis hermanas, pero sus ojos permanecieron fijos en mí. Hizo un gesto con la mano para que ellas se acercaran también y, casi por reflejo, lo hicieron. Pero lo que más me incomodó fue que él no dejó de mirarme en ningún momento.

Era un hombre de poder, y aun así su mirada me hizo sentir pequeña. Y, al mismo tiempo, no pude evitar preguntarme qué quería de mí.

—Hablemos de los detalles de la asociación en la sala privada, Alberto.

Mi padre asintió y, junto a sus amigos, lo siguió hasta la sala privada, dejándome allí, con la mirada intensa de Khaled fija en mí.

¿Qué era lo que él quería?

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